Confíteor

Por Beira Ramírez
Seudónimo Luna Maldonado

Confíteor: Oración que inicia el acto penitencial
y en la que se confiesan los pecados a Dios, a la
Virgen María y a todos los santos.

«Creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro
Señor y SalvadorJesucristo». A él sea la gloria ahora y
siempre. Amén.
Pedro3:18

Domingode Ramos

Desde que Víctor fue diagnosticado con leucemia, mi vida se convirtió en un caos. La enfermedad lo consumió lentamente, y cada visita al hospital era un recordatorio de que el tiempo se nos escapaba. Recuerdo la primera vez que lo vi en esa cama, con su piel pálida como un papel y sus ojos apagados. Alicia, su esposa, estaba a su lado, como una sombra, cuidándolo con una devoción que me resultaba incomprensible. La veía hablarle con dulzura, acariciarlo, como si su amor pudiera curarlo. Pero yo sabía que eso no era suficiente.

Desde que Víctor y yo éramos unos niños, nuestros padres nos llevaban todos los domingos a la iglesia. Nuestra casa siempre estuvo llena de fe, lo que, para mí, significa el motor de la vida, lo único que puede mantenernos vivos y llevarnos rectamente al deslumbrante camino de los confines de la salvación de todos nuestros pecados. Por eso, desde que Víctor se casó con Alicia, una mundana cualquiera, alejada de la palabra de Dios, nuestra relación no fue nunca igual.

Alicia me recordaba a la tía Carolina, siempre llevaba los labios de rojo, un rojo en tono bermellón y usaba un perfume que te ocasionaba un ardor en las fosas nasales a la inmediatez de chocar mejillas para saludarle cuando solo eran las siete de la mañana. Nunca me llevé bien con la tía Carolina. Mi abuelo siempre me dijo que era una prostituta, no literalmente, pero con los labios rojos lucía como una, entonces, ¿cuál es la diferencia?

Sé que Víctor ama a Alicia, y ella trata de demostrar que también lo ama a él. ¿Pero, cómo ama alguien que primeramente no ama a Dios?

«No os engañéis; las malas compañías
corrompen las buenas costumbres.»
Corintios15:33

Jueves Santo

Una tarde, decidí visitarlos. Al entrar, encontré a Alicia sentada junto a Víctor, con la cabeza entre las manos. Él intentaba sonreírme, pero su esfuerzo era evidente.

—¿Por qué no has rezado por él? —le pregunté a Alicia, incapaz de contener mi frustración.

Ella levantó la vista con sus ojos llenos de lágrimas y sus labios rojos, chorreados, inapropiados, irrespetuosos, como ella.

—Porque no creo que eso lo ayude. Estoy aquí, Marlene, y eso es lo que importa.

Mi indignación creció. ¿Cómo podía ser tan ciega? La fe era todo lo que teníamos en esos momentos oscuros.

—No puedes amar a alguien y no querer rezar por su alma —respondí, sintiendo que cada palabra era un puñal.

Luego de eso, me fui. No podía soportarlo, no podía ni siquiera mirarla a los ojos, yo que dediqué toda mi vida a la adoración no podía permitir que alguien que no hace más allá que cuidar el sueño de Víctor, suministrar medicamentos y llorar todo el día piense que es suficiente, yo por eso prefiero no visitarlo. Digo, no es que no lo ame, pero ya alguien lo está cuidando, y yo enciendo todas las noches las velas que lo llevarán a la sanación, voy a la iglesia a ofrecer misas y rezo todas las noches. Si ellos no lo hacen, alguien debe ser sensato y preocuparse por la vida de Víctor.

«El que encubre sus pecados no prosperará,
más el que los confiesa y los abandona
alcanzará misericordia.»
Proverbios 28:13

Viernes Santo

Víctor se deterioraba, y yo me sentía cada vez más impotente. La enfermedad lo consumía, y cada vez que lo veía, me recordaba que no había nada que pudiera hacer. Mientras tanto, Alicia continuaba a su lado, con su amor “inquebrantable”. La veía hablarle, acariciarlo, y eso me llenaba de rabia. ¿Cómo era posible que alguien que no creía en Dios pudiera ofrecer tanto amor?

Una noche, después de una larga jornada, decidí ir al hospital. Cuando llegué, encontré a Víctor, despierto, pero su mirada estaba vacía.

—Marlene —dijo con voz débil—, ¿por qué no te quedas un rato?

Alicia lo miró con tristeza, pero yo no podía soportar la idea de estar allí, junto a la Madre Teresa de Calcuta.

—No puedo, Víctor. Tengo cosas que hacer —respondí, sintiendo que mi corazón se endurecía.

Esa noche se celebraba la vigilia del Viernes Santo. Antonio tuvo un viaje de negocios, por lo que pude asistir sola. Recuerdo cuando nos casamos ante los ojos de Dios, Antonio, al igual que Alicia, estaba un poco desviado de la verdad y la paz, pero yo siempre fui firme. Le dije desde un principio que solo existía una manera de compartir la vida con alguien: desde la lealtad y el amor puro, y si él no conocía el amor de Dios, ¿cómo iba a demostrarme amor a mí?

Fueron dos largos años, pero al final tomó la decisión correcta, y estoy segura de que no se arrepiente.

Luego de ir al hospital, llegué a casa de Carmen para la vigilia. Allí encontré a varias personas de la iglesia. Como de costumbre, rezamos, cenamos y nos fuimos a casa. Yo volví a casa con Martín, mi compañero de hace un año. Martín sabía comprenderme perfectamente y me hacía más feliz de lo que Antonio en seis años habría siquiera intentado. Además, asistíamos juntos a la iglesia y estaba más presente en mi vida que cualquier otra persona.

Al día siguiente, como de costumbre, me levanté y fui a confesarme. El hecho de que cometiera adulterio no significa que no supiera que entre los juramentos de Dios este

no era parte de una promesa firme hacia su amor. Mientras manejaba camino a la iglesia, pensaba en cómo sería mi vida sin Dios, y pensé en Alicia: ¿Cómo conseguirá la salvación? Yo reconozco mis pecados y no me hago la víctima, los enfrento, voy a la casa de Dios, me confieso, ruego por mi perdón y rezo por mi salvación.

Pero Alicia, la mundana de Alicia, haciéndose la mosca muerta con un mar de lágrimas, postrada todas las noches junto a la cama de Víctor, velándole el sueño, ¿acaso cree que así Dios le concederá la entrada al reino de los cielos? Quien sabe qué otros actos blasfemos hará sin tener el valor de pisar el templo y honrar la palabra del todopoderoso.

—Líbranos del mal, amén —exclamó el padre Juan, sacándome de mis pensamientos.

—Amén —respondí posicionando mi mano en mi frente para comenzar a persignarme y recibir mi bendición.

—Ahora, como hermanos, dense un saludo de paz —dijo el padre Juan para finalizar el encuentro sagrado.

Yo me volteé para abrazar a Martín, quien estaba a mi derecha junto a su esposa Julia y su hija. A ellas también las abracé y, al igual que a Martín, les di la paz.

La paz sea con ustedes, hermanos.

«Porque si creemos que Jesús murió y resucitó,
así también traerá Dios con Jesús a los que
durmieron en él.»
Tesalonicenses 4:14

Domingode Resurrección

Víctor partió al reino de los cielos ese mismo sábado a las nueve de la noche. Como Dios es grande, el funeral de Víctor es justamente un Domingo de Resurrección.

Toda nuestra familia se hizo presente. Mientras escuchaba las palabras de consuelo de los demás, el resentimiento se acumulaba dentro de mí. Alicia se mantenía al margen, con su “dolor” a cuestas, pero yo no podía dejar de pensar en su falta de fe.

Incluso, mientras todos lloraban y el padre le concedía el perdón de los pecados a Víctor para guiar su alma a la gloriosa vida eterna, yo solo podía pensar en el desagrado de tener a una hipócrita y pecadora como Alicia en la casa del señor.

La misa de despedida se celebró y observé a Alicia arrodillada, con las manos entrelazadas, buscando consuelo en un Dios que nunca había reconocido. Era un acto de amor, y en ese momento, sentí una punzada de envidia. «¿Por qué ella puede encontrar paz en un lugar que yo considero sagrado, mientras yo me siento tan perdida?».

Al alzar su rostro, con su máscara de pestañas esparcida por toda su cara y su infaltable pintura de labios roja, caminó hacia la salida del templo, sin dejar de derramar lágrimas por todo el camino, sola, sin nadie que la abrazara o consolara. Son las consecuencias, pensé. Ojalá Dios la perdone.

Al verla salir de la iglesia, miré a mi abuelo, quien estaba sentado a mi lado, y murmuré:

—No sabía que las prostitutas podían venir a la casa de Dios.

Así cerré el capítulo de Víctor, sin remordimientos, sin reflexiones. La vida continuaba, y yo seguiría siendo quien siempre he sido: una mujer que no se deja engañar por las apariencias. Por supuesto, firme en fe.

Al darme un baño, encendí una vela en la mesita donde le di sitio a la foto de ahora mi difunto hermano, Víctor. Le preparé la cena a Antonio y salí a la vigilia en casa de Carmen. Abrí la puerta de mi carro y saqué de la guantera el regalo que Martín me dio el viernes por la noche y que, entre tanto ajetreo, no había podido abrir. Usualmente, sus regalos se basan en accesorios o prendas que quiere ver en mí, yo las uso cuando estamos en reuniones, porque no podemos desbordar pasión públicamente.

Abrí la caja azul y quité la nota con el romántico “Úsalo hoy”

Ahí estaba, un labial rojo. Rojo bermellón.

«Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados;
y con la medida con que medís, os será
medido.»
Mateo7:2

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