El gotero de tinta

Por César Araujo
Seudónimo Tinta Pinta Fantasía

      Conocí, o creo haber conocido, a la señora Vanessa Dugarte.

      Por eso me dolió con amargura la noticia de su reciente fallecimiento, como si un mundo sin ella fuese inimaginable, aunque ella me hubiese demostrado lo contrario. La visité hace tres años y a ese día le guardo increíble cariño, tanto como se lo guardo a ella, como un recordatorio de una presencia que no es fácil de borrar.

      Por aquel entonces, llevaba buen registro de experiencia en mi carrera como periodista. Trabajaba por mi cuenta y aportaba noticias a distintos medios. Era solitario, a veces algo tardado, pero siempre encontré comodidad en mi oficio independiente.

      La primera vez que supe algo de la señora Dugarte fue gracias a un reportaje chileno local, que la presentaba como la asombrosa profetisa que logró advertir, con buena antelación, catástrofes y milagros que alguna vez tomaron lugar en su país. A pesar de mi escepticismo, me atrajo su caso. Incluso cuando no había mucha información, logré contactarme por primera vez con su familia mediante su hija, Miranda, por correo electrónico. Ella aclaró que no habría problema alguno con mis visitas con propósito de entrevista; empero, me advirtió que su madre no se encontraba tan lúcida como antes. Conversaba poco, con frecuencia hablaba sola. Luego de planificar y ponernos de acuerdo, organicé cinco días de vacaciones en Chile, de los cuales estaría tres de esos conociendo a la vidente Dugarte.

      Indagué más sobre la señora Vanessa durante mi viaje de Caracas hasta Valparaíso. Era ciega, viuda y ya bastante mayor para la fecha. Encontré videos donde se le veía mucho más joven. Fue una cuentacuentos para distintos colegios de su región de la mano de varias organizaciones caritativas. Pude ver un poco de su vida personal, en su mayoría se compartían videos de su trabajo. Su voz: suave, aguda y cuidada, sin coloquialismos y un acento poco marcado. El resto de cosas que pude leer eran abundantes rumores que, supuestamente, probaban su clarividencia; como que podía adivinar lo que estabas a punto de decir o que se orientaba muy bien pese a estar, sin duda alguna, ciega; esto, por supuesto, poco aportaba, al ser solo chismes que se difundían sin cuidado.

      Llegué de noche al hotel, preguntándome si lo que se decía eran exageraciones, suerte, quizás solo guiones en busca de fama en los periódicos.

      A la mañana siguiente, bajé a la recepción y pedí una llamada. Fue la primera vez que escuché la voz de Miranda, quien me confirmó la dirección e indicaciones, así como la hora a la que me recomendaba llegar. Con mucha amabilidad, me sugirió un par de sitios turísticos y llamativos para desayunar y pasear. Pajaritos cantaban a las afueras del hotel y rescato con cierta alegría que también se escuchaba ese cántico del otro lado del teléfono; posiblemente Vanessa los escuchaba en anhelante sosiego.

      Una vez próximo el atardecer, caminé por una plaza cercana de escaleras coloridas y grafiteadas. Desde las casas más elevadas hasta los tejados más bajos, se hacía buen contraste con la vida de la ciudad. Y en los balcones de ese fin de semana, podía ver el gozo de los lugareños, charlas y juegos tradicionales, junto con lo que me pareció eran tragos de anís para pasar el calor con alcohol. Parecían tantos, parecían tan variados, luciendo despreocupados, disfrutando de un momento donde no necesitas un país perfecto.

      Como cualquiera que visitase dicha zona por primera vez, empecé a tomar fotos y videos. Era muy bonito, era demasiado. Sentí que ese instante no se repetiría; que por más que me esforzara, jamás serían suficientes cámaras que capturasen aquél presente. No sería posible plasmar ni una porción de lo que disfrutaba con mi visión, audición u olfato. Se perdía mucho en cualquier intento. Cada que estoy por capturar ese parpadeo, incluso ahora que lo rememoro en mis palabras, me hace sentir insatisfecho.

      Llegué a la casa donde me esperaban y me recibiría Miranda. Conversamos un poco sobre su mamá y lo preocupada que se sentía por ella. Con una expresión pálida, me contó cómo la trataban de loca. Poca razón no le quitaba a tal deprecio, pues estando una señora mayor con tantas condiciones, tenía adicionalmente las extrañas costumbres de entablar conversaciones sola, se contaba historias a sí misma en voz alta y en cualquier hora del día se encontraba perdida en sí misma y distante de sus cercanos o siquiera de su entorno. Algunas veces parecía no escuchar, otras, escuchaba demasiado; o bien se le veía de chismosa o de muy preocupada por los demás. Miranda esperaba que mi compañía le hiciera algún bien.

      Me guio hasta su puerta abierta. La luz cálida de la tarde, junto con el reflejo de los vidrios y metales de los muebles y espejos, daban al cuarto una iluminación con una pizca amarilla y otro poco verdosa, que complementaba la vestimenta extensa y dorada de Vanessa, con su cabellera larga y plateada. Recostada en su mecedora, enfrente de una mesa pequeña.

      –Pasa, pasa –fueron las primeras palabras que me dijo Vanessa–. Imagino que eres Daniel, el venezolano. Por favor, entra. Tienes un color azul muy bonito, por cierto.

      Las arrugas marcaban en su piel una cantidad pronunciada de nobles años. Sus manos tenían cierto temblor constante. Con la mano derecha, parecía sostenerse al aire con mucha fuerza, aferrándose a algo que no estaba, pero que debería. La blancura en el iris de sus ojos hacía un curioso juego con su cabello. Su voz sonaba más ligera en persona, pausada y sin prisas. Con esta primera impresión, me desconcertó que me reconociera al ser la primera vez que nos encontramos en persona. Fue modesta, respondió que había sido suerte. Le creí, aunque claro, mi llegada nunca fue planificada como inesperada para ella.

      Luego de saludarnos formalmente, le conté de mis planes y la logística de la entrevista, que además sería grabada. Tras darme su consentimiento informado, comenzó la primera ronda de preguntas, donde quería saber sobre ella, su vida, su dedicación y sobre lo que piensa al respecto.

      Atrapada en meditaciones y reflexiones, me contó cómo fue crecer en Santiago de Chile. Me dijo que si bien su infancia no fue particularmente trágica, no fue la más ideal. Su madre murió poco después de su nacimiento y su papá, aunque afectado por la pena, era una persona muy ocupada en su trabajo, cuidaba de ella apenas lo necesario. Encontró refugio en ella misma y en hobbies, más que en sus contados amigos.

      A inicios de su vida adulta, resolvió comprometerse a la narración para distintas primarias del país. En uno de esos viajes conocería a Carlos Dugarte, con quien luego formaría el resto de una vida tranquila, hasta eventualmente dejar de trabajar y llegar al retiro en su casa actual. Me llamó la atención que siguiera usando el apellido de su esposo, cuando su nombre legal era Vanessa Castro. Que la esposa mantenga el apellido del padre de la familia no es una práctica común en Latinoamérica, a lo que ella me respondió:

      –Es mi forma de conmemorarlo. Yo lo amo tanto como para dejar una partecita, así sea pequeñita, de él conmigo en vida. Después de décadas casados, estoy segura de que él haría lo mismo si yo me hubiese ido antes. Tal vez estarías hablando con un «Carlos Castro», de ese haber sido el caso. –Se pausó un momento, como buscando las palabras en su cerebro, moviendo la mirada como si buscase leerlas–. Si me permites hablar de él, Carlos, mi viejito, siempre estuvo como un padre y esposo amoroso, con quién encontré el amor de muchas formas. 

      Me ablandó el corazón ver la vehemencia con la que hablaba y las poquitas lágrimas, no sé si de tristeza o de felicidad, que le dieron una mirada literalmente brillante.

      –Los 14 de septiembre fueron días especiales para nosotros –prosiguió, hablando de su relación–. Mientras estábamos de novios, se le ocurrió hacer que un día arbitrario fuese feliz. Ese día no nos conocimos, ni nos hicimos pololos, tampoco nos casamos, aunque pudimos haber elegido esa sobre cualquier otra fecha. Ese día era especial porque así lo decidimos juntos, sin otro particular aparte de nuestro capricho.

      Por último, le pregunté acerca de su trabajo. Se emocionó al hablar de historias, relatos y poemas. Me dijo que, en su profesión, veía la pasión al narrar, ver las diversas reacciones de sorpresa, miedo y alegría de los niños; el paso a paso de las emociones hasta culminar en hacer feliz a la gente. Allí mencionó algo sobre un gotero metafórico de tinta, donde poco a poco cae, letra por letra, cada cuento que de alguna forma se nos cuenta y contamos.

      Dada la hora, le pedí continuar el día siguiente. Todavía me quedaban dudas incluso con la increíble claridad en la exposición que me dio, sin titubeos ni dubitaciones. Me dejó pensando con sus respuestas.

      Llegada la mañana y faltando menos para esa tarde, volví a verme con Vanessa, quien estaba entusiasmada, confiada y tomándole la mano al vacío como si alguien la sostuviese para no caerse, frente a la misma mesa y desde su asiento. La noche anterior me había percatado de que no alcancé a preguntarle por su clarividencia. Una vez reiniciada la dinámica, pensé en mis preguntas orientadas a ese tema.

      Me contó que sus predicciones habían empezado a la par de su pérdida de la vista, fechas en las que empezó a hablar de infortunios y revueltas sociales con los vecinos. A medida que se volvían realidad, su voz llegó hasta las televisoras y su palabra empezó a ser tomada como profecía. Cuando le pregunté cómo pudo acertar cada vez, me dijo que, estando tan adulta, solo se le ocurría leer –padeciendo de catarata– y entre esas respuestas que leía, compartía las que parecían más obvias.

      No me quedaba claro cómo era capaz de predecir, menos así cómo podía leer dado que, cuando empezó a salir en televisión, ya había consolidado su enfermedad. Me insistió bastante en que no «veía» el futuro, hizo mucho énfasis en que «leía». Aún ese verbo por sí solo era difuso, así que le pedí conversar sobre aquella susodicha lectura. Respondió que cada historia en sus múltiples formas tiene siempre un inicio, desarrollo y final, que esto simplemente ocurre y que eso, entre distintos posibles escenarios, es lo que lee. 

      Seguía sin entenderle, por lo que me invitó, con un ejemplo, a dejar caer un vaso de vidrio, otro de metal y uno de plástico a la misma altura. El primero colapsaría apenas tocar el piso; el segundo, con todo y que seguramente haría un estruendo, conservaría su forma; el tercero, el de plástico, dependiendo de distintas propiedades (altura, temperatura, fuerza) podría romperse o no; para el ejemplo, sirve decir que cualquiera de los dos desenlaces es igual de posible. Todas estas, por sí mismas, son historias. Puede haber una historia sobre un vaso de vidrio que permanezca intacto después de caer cientos de metros, tanto como de un vaso de metal resquebrajado al sentir el más ligero soplo. 

      Conociendo de lo que se habla, se pudiese anticipar un porvenir con mayor precisión. Seguido de esa explicación, Vanessa se corrigió a sí misma, diciéndose «puede que no sea obvio, pero sí esperable».

      Le pregunté entonces si es capaz de leer el futuro. Con una risa bastante segura, como si mi interrogante fuese ingenua, me dijo que no, que el futuro no existe como una sola cosa, sino como algo que eventualmente pasará, que yace escrito a través de muchas cosas que tampoco han pasado, que podrían suceder. Ella, según me dijo, solo es una lectora.

      A partir de este punto me costaba seguirle el ritmo, así que le pedí enseñarme en dónde o cómo leía esto.

      –Desde el gotero de tinta –y remarcó–, creí habértelo dicho antes.

      –Perdóname –le interrumpí, confundido–, ¿podrías repetirme qué es el gotero de tinta?

      –Es un lugar donde reposan, esperan y se reproducen todas las historias con todas sus variaciones.

      En este punto pareció dudar y volver sobre sí para buscar otra perspectiva, tal vez más pedagógica. 

      –Observa a un pintor cuya meta es plasmar la montaña que se ve en su mente. Como artista, seguramente ha visualizado esa montaña antes y se ha replanteado la idea en su cabeza en reiteradas ocasiones, con la dificultad de que solo él se da cuenta que el resultado final no es idéntico al que esperaba. 

      Al rato recordé cómo me sentí el día anterior, en aquella plaza, mientras tomaba fotos y videos; no es muy diferente el paisajista con su pincel del turista con su celular.

      –Es probable que la primera imagen se parezca mucho a la resultante; y aunque no la podamos ver, esa primera, la última, cada variación y cada realización de la misma pintura, pintada o ideada, una porción de ellas irá cayendo poco a poco en el gotero de tinta, donde duerme cada idea y cada poquito de ellas. Sin perder detalle alguno, allí existen –luego hubo un silencio que ni por asomo daba el final de sus palabras, solo las afincaba–. Me gusta pensar en ese pintor como un soñador. Los años en el gotero me enseñaron que los sueños no se hacen realidad. Los sueños ya son reales, están allí, sencillamente tenemos que llegar a ellos, como… como nuestros colores al paisaje. ¿No se te hace precioso? 

      El ardor con el que hablaba del tal gotero de tinta volvía cada vez que se asomaba el tema onírico. No en vano se exaltaba, pues me invitó a ir a ese lugar que tanto repetía, asegurándome que sería como un sueño lúcido y sobrio. 

      Pese a mi incredulidad, cumplí sus pasos a cabalidad. Cerré los ojos, me relajé y escuché sus instrucciones. Me permití sentir el movimiento de abrirlos sin mover los párpados. Dijo que al principio serían imágenes confusas, las cuales atribuí a mi cansancio. Me pidió concentrarme en mi cuerpo hasta ignorar el mundo exterior, para luego «dejarme sentir en descenso» mientras seguía recostado en la silla. 

      Me quedé sereno durante todo el ejercicio, una tranquila meditación en una ficticia caída libre. Al pasar de varios minutos orientados por su voz, recuerdo, si es que me puedo permitir recordar, una incomodidad en mi oreja izquierda que me hizo voltear y ver por primera vez al gotero de tinta. 

      Para lo que voy a describir, recomiendo cierta calma y apertura de mente. Por lo irreal y fantasioso de mi relato, espero poder captar la mayoría de lo que aterrizó en mi propio campo fenomenológico y resguardado en mi memoria, alterada después de tanto tiempo.

      Pude ver, con perfecta discriminación, en simultáneo y en diferido, mi vida entera decorada en azules. Pude verme nacer y crecer, así como cada imaginación de mi infancia y cada lágrima inocente, desde la más pequeña hasta la más significativa. Vi todos los monstruos debajo de mi cama y entré al closet en la oscuridad de mi primera habitación. Todos mis amores y las bodas que no pasaron, junto con el sonido del brindis y campanas nupciales de cada pequeña ramita del extendido que va desde mi natalicio. Cada vez que el dolor me arrugó la cara y cada vez que el orgullo adornó mi sonrisa. Me vi morir en todos los hospitales de todas las condiciones posibles: sentí esa mortalidad renal, cancerígena, nerviosa y/o cerebral. De innumerables variaciones, me vi con mis cortes de cabello, mis ropas, mis estudios, mis amigos. Entre distintas saturaciones azulejas, el mundo me conoció, y me conocí, no solo como el periodista que soy, mas como psicólogo, filósofo, ingeniero, autor, bombero, encargado, contador y en cada posible graduación por cada profesión. Pude ver integrado, en la misma línea, mi lejana vejez con la niñez que todos los años se vuelve menos cercana. Reviví todos los rostros de las calles que he visitado, los lugares oníricos que he dormitado y la ansiedad de cada pesadilla y parálisis de las que he escapado y que alguna vez tendré que escapar. Me sorprendí, reiterativamente y desde afuera, viajando a Chile y entrevistando a Vanessa con las preguntas que no le hice y las respuestas que jamás soltó. Alcancé a leer el mismo relato que hoy me he encargado y otros similares. Hace tres años, me hallé escribiendo como hoy lo estoy haciendo, con cada reformulación considerada en estas oraciones, en todas las variaciones de cada signo de puntuación.

      Seguí cayendo hasta pasar mi vida azulina. Contemplé a cada persona como lo había hecho en las calles de Valparaíso, viendo un tinte único y especial goteando de cada una de ellas. El planeta y todo su trayecto a lo largo de los siglos se presentía como un lienzo de cada experiencia consciente e inconsciente. Tal paisaje teñido y ligeramente cambiante era único y una unidad en sí misma, completo y holístico, como lo serían las estrellas y los astros al universo, de los libros a la biblioteca, como de las piezas al museo y, especialmente, como gotas de tinta colorida de una gran tela. Con una sola mirada, sin rememorar si fue prolongada o reducida, sentí una infinita manía, infinita depresión; viví infinitas emociones, sentimientos, sorpresas, iras. Inundó entre cada órgano sensor de mi cuerpo una infinita plenitud, infinita grandeza, infinita y azulada soledad.

      Al caer, fui ambos testigo y espectador con todas mis percepciones de los cuentos que solo se supone pueden ser escuchados. Logré ser otro personaje sobreviviendo en la arcilla de las pinturas primitivas de las cavernas y sobre la caza de animales intimidantemente masivos. Conviví entre la comedia y la tragedia de antiguos dioses griegos y de toda su larga cadena de descendencia, desde donde vi perderse a Eliseo, Patroclo y Aquiles; el laurel de Dafne y el amoroso parásito de Apolo que parece muérdago; la decadencia dionisiaca de la cual otros se transformarían en fanáticos. Retomé cada pasaje del maravilloso Hércules y de la tan preciosa Helena, por allí estuve cada vez que alguien los cantase de nuevo. Estuve frente a cada sacrificio de los salvadores y lloré al ver cómo al hombre bondadoso le habría abandonado su todopoderoso padre. Vi los milagros y la desesperación; la bendición del camino del río, la sabiduría del fuego de Agni, el ojo de Odín. Vi la muerte de los grandes y el nacimiento de los pequeños. Sentí la magia de los días en mil y una noches. Volví a las revoluciones con sus tiranías enemigas y los futuros, o muy perfectos o muy temibles, después de cada conflicto. Me enfrenté al romance, al terror, a la sátira y a la burla. En cada idea y cada rechazo por el que músicos, escritores y dramaturgos han enfrentado, con sus arreglos y frustraciones.

      Tuve el honor de conocer, de primera mano, un par de los sueños de Shakespeare y Quevedo, en armonía del resto. Conocí a los héroes, los villanos, los trágicos, los tramposos y a los enamorados. A las víctimas, los perpetradores, los afectados. Conocí gente incapaz de olvidar y otros cuya memoria les hacía revivir el mismo día perennemente. Sentí el calor prometeico al lado del monstruo de Frankenstein, pero también al sol anti-prometeico de Ícaro y sus alas. Allí estaba Dante, apuntando a las estrellas con sus versos, otros que encontraron la omnipresencia y sintieron el miedo cósmico en el sótano de una casa. Además descansaba el valiente Quijote, postrado en cama, dándose cuenta de la imposibilidad de su amor con Dulcinea del Toboso. Y sin nada que envidiar, me choqué en cada escena con el ambiente y la fantasía de la melodía de cada siglo que poca distancia guarda entre bardos, clásicos y contemporáneos. Conocí a un hombre convertido en insecto, a una mujer transformada en pintura, millones de niños trágicos, a un hombre que veía sin sus ojos, malditos lamentándose de ser chistes sin gracia.

      En cada planteamiento me comprendí perdido, no desorientado. Estaba postrado sobre un gran y único texto, dentro del cual cada párrafo cobra su propio movimiento y se impulsa independientemente, como si cada uno fuese otro texto aparte. Si cada morfema y cada lexema bailan en un mar imposible de posibilidades, juntándose tan aleatoria como realistamente. Encontré en el lenguaje lo más cercano a lo que la humanidad llamaría existencia.

      Luego pude ver a la señora Dugarte, rodeada en su propia galaxia amarilla. Los detalles que me contó de su vida flotaban esparcidos alrededor de la imagen central de su figura, con la cual parecía devolverme la mirada para reconocer mi personalidad, tanto como yo reconocía la suya. Vanessa me llevó a la época donde relataba cuentos a los niños de las escuelas. Algunos niños podían refunfuñar, mentir, sollozar; algunos incluso querían morir, salvo cuando ella les contaba un cuento. Pude ver cada hermosa locución hecha por Vanessa y cada recreación en la psique de las cabezas de sus niños. Conocí a Carlos Dugarte a los ojos de su esposa, quien sentía infinito amor en cada latido de su corazón. Pude ver todos sus 14 de septiembre como el día perfecto entre ellos, donde se compartían hasta el alma. Vanessa me señaló, con cuidado de no tocar lo que no fue, esa misma fecha año tras año hasta los últimos segundos unidos, besándose por minutos, tomados de las manos y abrazados por horas. Tuvieron citas, veranos, descansos, fiestas, el nacimiento de Miranda. Cocinar, trabajar, aprender, temblar, crecer, bostezar, dormir, despertar, caer, subir; no existe ninguna acción alegre con la que no tengan una anécdota juntos.

      Aquella Vanessa amarillenta, era ella, en ese momento, si es que había uno, en ese espacio, si así se le puede llamar. Me mostró un punto del infinito de su vida, una Vanessa y su esposo, jóvenes, bailando en una habitación.

      –¡Ay, mi viejito! –dijo, indefensa, en el abrazo de su correspondido– Eres tan lindo que deberías durarme la Vía Láctea y un ratito más. 

      –¡Ay, mi viejita! Te lo piensas demasiado –respondió su esposo, en el mismo tono sincero–. Disfruta este momento y te juro que se nos hará eterno.

      Volví a Vanessa, expectante en su propia infinidad, donde se repasaba y reincidía su propia vida y la vida que pudo haber tenido. A su lado, estaba quien parecía ser Carlos. No parecía sacado de algún recuerdo. Ella tomaba fuertemente su mano con la derecha.

      Después de eso, sentí que abría los ojos como por segunda vez consecutiva, despertando en la silla de nuevo y sintiendo el cuerpo pesado. Yacía sudado. Vanessa hizo un gesto como saludándome de vuelta, sujetando la otra mano al aire, o tal vez al señor Dugarte.

      Ya se había hecho bastante tarde y estaba pronta la noche, así que me despedí y volví a mi hotel. Esa noche no pude descansar bien, sentía que al dormirme me iba a caer de nuevo en el gotero de tinta y que podría perderme accidentalmente.

      Llegó el tercer día. No estaba seguro de ir. Sentí que mis preguntas ya estaban respondidas y no quería quitarles mucho tiempo. Llegué planeando despedirme y agradecer su hospitalidad. Vanessa insistió en que me quedara a almorzar y descansar. Mientras comíamos los tres, me confesó que la mayor parte de su rutina se la pasaba perdida entre relatos.

      –Así acompaño a mi Carlitos –me dijo–. Aunque a veces me sienta solita, él me hace compañía.

      Miranda la compadeció, queriendo brindarle cobijo. La ayudaba a comer, angustiada por ella. Disociaba, parecía perderse, buscar un escape. Su hija buscaba aterrizarla en el comedor nuevamente, atraer su atención.

      –Yo sé que mi Carlitos está ahí, esperándome. Me ama y yo lo amo, y sigue aquí. Lo veo.

      Yo agradecí por la comida y reflexioné. La suavidad de la mesa, los cubiertos metálicos un poco fríos, el viento de esa mañana, el sabor del alimento y las juguetonas formas que tomaron las nubes. No fue para nada tan ostentoso como el gotero, pero fue una escena sin mucho que envidiarle. Perderse en aquél tintero parece inquietantemente fácil.

      –A veces me acuesto, pienso y le cuento bonitos cuentos a Carlos antes de dormir. Los recojo, los pulo en mi cabeza, los narro en voz alta y, por último, se los cuento a él. Se ve tan tranquilito escuchándolos.

      Nos despedimos por última vez y volví a Venezuela a los pocos días. Es escaso lo que volví a saber de la familia Dugarte, hasta hace poco, por el fallecimiento de Vanessa el pasado 14 de septiembre. Confieso que a veces la veo al parpadear o dormir, o en los reflejos oscuros de las noches. Creo que me contó, o que alguna vez ha dicho y yo pude escuchar en algún sueño, que no tenía idea de donde terminaría tras la vida, que quizás no subiría al cielo ni bajaría al infierno, que tal vez nadaría a algún lugar entre los lados. Por otra parte, no le daba miedo no saber, porque estaba segura de que no se quedaría sola.

      Fue bueno verla en vida. A veces, en el rostro de los otros o en los detalles más pequeños, la veo, o quizás la leo. Siento que la sigo conociendo, me hace sentir que yo tampoco me quedaré solo.

Firma: Tinta pinta fantasía.

Un comentario sobre "El gotero de tinta"

  1. holaaaa holaaaaa soy el autor de este cuento. Espero que al leerlo te guste mucho, pues me esforcé muchísimo por él. Como esta es una sección de comentarios, me estoy saltando un poquito las formalidades, y si te parece también abandonarlas un poco, me parecería súper válido. Exprésense como quieran, y si es con emoción, ¡muchísimo mejor!

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