Por Florángel Gómez
Seudónimo Fantine
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En el año 2029, escribí un relato cosmogónico, en el que di respuesta a las interrogantes de la existencia humana. Alimenté las esperanzas de alcanzar una vida sana, sabia y casi inmortal.
Publiqué mi relato en Cósmica, una web para escritoras amateur de corte feminista. La página me anunció que estaba entre las más leídas, y Arcángel, el bot de escritura, me animó a redactar la segunda entrega. Ayudó mucho que una lectora, con doscientos cincuenta mil seguidores, subiera un video con una reseña del primer capítulo en su canal de Tiktok. Gracias a su entusiasta crítica—y a que lleva traje de baño cuando habla de literatura—, me llevó a la posición de las top diez más leídas. Durante los tres siguientes años no descendí del ranking hasta que comencé a editar mis libros y me despedí de Cósmica.
Con cada capítulo sumé seguidoras, en su mayoría lectoras inconformes con sus vidas. La historia era una utopía sobre un mundo en que gobiernan las mujeres. Paradójicamente, este relato llenó de sentido sus existencias. Fue un antídoto contra la angustia y deshizo el malestar histórico de ellas.
Cuando llevaba tres capítulos, pensé que podía ser una saga, y, aunque Arcángel me hacía infinidad de sugerencias para titular mi trabajo, decidí colocarle sencillamente La Saga. En este punto, me di cuenta de que no me bastaba Arcángel para interactuar y suplir la carencia de experiencia literaria, así que le pedí ayuda a mi ex profesor de Castellano y Literatura, en quinto año de bachillerato, Alexis Márquez, un viejo escritor, laureado en su época por ser especialista en Alejo Carpentier, y a quien veía todos los lunes en el antiguo teatro Urdaneta, devenido en sala de cine porno, donde yo trabajaba como taquillera, hacía diez años, y él era asiduo espectador de la función de la una de la tarde.
El siguiente lunes, al venderle la entrada, le pedí al profesor Márquez que me regalara media hora de su tiempo, cuando saliera de su función. No obstante, no llegó a entrar a la sala y lo encontré esperándome cuando cerré la taquilla, sentado en una vieja butaca del lobby, vestigio de una elegancia de los años cuarenta del siglo pasado. Temí que pudiera haber entendido mal mi petición, por demás comprensible en un hombre viudo y de un poco más de sesenta años, así que me apresuré a aclararle mi solicitud: “escribo de nuevo profe (así le decía desde que fui su mejor alumna) y necesito que sea mi mentor”. El profesor Márquez se quedó estupefacto con la noticia de que escribiera, o al ver derrumbarse las expectativas que se hiciera, o por ambos motivos. Pero, se compuso de inmediato y me dijo: “la felicito y la congratulo bachillera”―usaba el lenguaje de género desde que estaba en el liceo, no sé si para defenderlo, o todo lo contrario.
Semanalmente nos dimos cita, antes de la función de matiné de los lunes, en el restaurante que queda frente al teatro Urdaneta. Él leía, pedía dos cafés pequeños, en taza, uno detrás de otro, y me sugería cambios; yo solo bebía agua con gas, llevaba nota de las correcciones, reescribía en la semana, publicaba los domingos en Cósmica y traía un nuevo capítulo los lunes. Esa fue mi rutina durante un año.
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En el ascenso de mi fulgurante carrera como escritora me acusaron de misandria. La acusación provino de una noticia del periódico El Racional que estaba en el edificio contiguo al teatro Urdaneta. El otrora diario de circulación nacional del siglo XX, ahora estaba reducido a su versión digital hecha con ayuda de la IA. Los domingos todavía sacaba una edición impresa, que sólo se vendía en la ciudad, e incluía Páginas literarias, un suplemento de dieciséis páginas, escrito íntegramente por humanos, financiado con donativos y suscripciones.
Eso sí, El Racional, “El periódico impreso en la red”, era el mejor periódico digital de variedades y noticias sensacionalistas. La confluencia de una serie de circunstancias desafortunadas, hizo que el único editor jefe que quedaba en la redacción se enterara del éxito de La Saga. El pequeño equipo de El Racional, compuesto por una pasante de redacción, una diseñadora, un sociólogo y un cobrador, estaba sometido al férreo liderazgo del editor de marras, Justo Dizionari, quien hacía las veces también de director.
Penélope Dubois, la única pasante de redacción, una jovencita que pronto se licenciaría en ciencias fiscales, era una de mis seguidoras, y fue el caso que Justo Dizionari la pillara leyendo Cósmica, cuando debía terminar de editar la página de sociales. La cadena de causas y efectos no se detuvo, porque Dizionari quiso escribir un artículo para las Páginas literarias del domingo siguiente, sobre las nuevas voces de la literatura digital, al oír las explicaciones que daba Penélope sobre La Saga en la plataforma de escritura de Cósmica. Pero al leer el perfil de la autora, es decir el mío, Flor Cárdenas, entró en cólera. Me había reconocido en la foto; era también espectador del teatro Urdaneta.
En la biografía de Cósmica, para que sonara más interesante, había puesto a lo que me dedicaba: taquillera de un cine de películas censura triple XXX, acompañada de una foto que me tomé con filtro en blanco y negro, como hacen ciertos escritores.
Justo Dizionari era habitué de la función de las diez de la mañana, de donde salía a El Racional, para preparar la edición vespertina. El lunes siguiente, Dizionari llegó hasta la taquilla del teatro Urdaneta, pero cuando le extendí el ticket se disculpó y se identificó como editor jefe de El Racional y articulista del suplemento literario. Se me hizo un nudo en el estómago cuando Dizionari me pidió una entrevista. Nunca imaginé que en mi modesta posición tendría acceso a personas influyentes en la alta esfera cultural del país. El editor no quiso entrar a la función, supongo que no lo consideró apropiado. En ese momento no sabía que él no volvería a entrar al teatro Urdaneta hasta que yo dejara mi puesto en la taquilla.
A Dizionari no le impresionó mi obra, y supe que sintió una verdadera repulsa cuando leyó el capítulo de La Saga en el que un grupo de periodistas, sublevadas en el Día Internacional de la Mujer, encierran al jefe de información en un baño, para tomar el control de un importante diario del siglo XXI y hacer valer la perspectiva de género en las informaciones.
De la mala predisposición de Dizionari hacia mí, caí en cuenta cuando leí el artículo en el suplemento Páginas literarias del siguiente domingo:
Novela por entregas de la prestigiosa web literaria Cósmica
LA MISANDRIA ES EL CENTRO DE LA SAGA
La autora, Flor Cárdenas, quien es taquillera de un derruido teatro del centro de la capital, ha alcanzado renombre, en una meteórica carrera, pero igual que un fulgurante cometa, está destinada a desaparecer del panorama literario nacional.
3
Una semana después me llegó una citación. El comisionado del tribunal resultó ser el rollizo hombre de edad madura, simpático y hablador, que venía a la función de las cinco de la tarde. Pero cuando entregó la citación, llegó taciturno a la taquilla, y solo me extendió el sobre. Se quedó esperando a que lo abriera, y me dijo como un martillazo: “está notificada ciudadana”, me dio la espalda y se marchó sin comprar el ticket de la función.
En la citación, además de las señas donde debía comparecer, se leía la acusación: delito de odio (misandria), tipificado en el artículo 3 de la Ley de Discursos de Incitación al Odio; y falta grave según el Código Ético de Buenas Prácticas Autorales (artículo 2). Me tenían en tres y dos, literalmente, y debía buscar el apoyo legal necesario. Y este llegó, sin moverme de la taquilla, al día siguiente, cuando Abelardo, el jorobado acomodador, abrió el cine a las nueve de la mañana y yo me preparaba para vender la función de las diez.
Percibí que algo inusual sucedía en la fila cuando un grupo de siete mujeres, se abrió paso pidiendo permiso, sólo como una mera fórmula de educación, puesto que entre ellas había unas tres o cuatro de estilo tomboy, que lanzaban frías miradas a los hombres en cola, quienes protestaban levemente. Cuando ese racimo de mujeres llegó a la taquilla, se abrió y de ellas surgió la profesora Gioconda, pensadora del grupo lesbofeminista “Cachapita”.
Traía una proclama en favor de la libertad de expresión y la libertad creativa de las mujeres. Me explicó de manera concisa qué era la misandria y por qué era absurda la acusación. Anunció que se desempolvaba una denuncia de acoso sexual contra Dizionari, a la que se sumaban más señalamientos de periodistas y escritoras sobre su acuciada misoginia aplicada a la crítica literaria. Era una reacción previsible ante tamaña injusticia que significaba la persecución en mi contra.
Las mujeres se colocaron frente a las puertas del cine y leyeron la proclama, donde Dizionari fue acusado de misoginia en grado sumo y reiterado, lo cual quedaba de manifiesto en su renuencia a aceptar voces femeninas en el suplemento literario. Después de todo aquello, se volvió a cerrar el racimo en torno a la profesora, y desaparecieron. Me tocó dar puerta franca con Abelardo porque ya estaba por comenzar la función y no quedaba tiempo para vender los boletos.
Se dieron largos debates en los foros de Cósmica, y en las redes, entre las que pedían un boicot al suplemento literario por lo que consideraban discriminación, y por el otro, los que defendían a Dizionari y opinaban que era peligrosa una fantasía de un mundo gobernado por mujeres. Como resultado de la polémica, La Saga se hizo más popular y subió el número de seguidoras de mi canal en Cósmica.
El mundillo literario nacional, apenas se vio sacudido.
Antes de presentarme a la citación, recibí una llamada de un defensor público, el doctor Julius Naime, a quien conocía de cuando era poeta y un abogado con pocos años de graduado. Él comenzaba a hacer divorcios y sucesiones, nada de penal. Frecuentaba el teatro Urdaneta al salir de los tribunales; iba a la función de las cinco de la tarde enfundado en un traje, camisa y corbata negra ―decían que se vestía así desde un despecho amoroso. Se había enterado de la acusación con el alboroto armado por las feministas y su repercusión en redes sociales.
Su llamada me puso muy nerviosa; me alarmó su sola oferta de defender mi causa. Se había hecho fama con casos sonados, en temas de violencia de género y maltrato animal. Por la vía de la notitia criminis, la acusación contra mí calzaba más en la primera que en la segunda. Me supuse ya en medio de un proceso judicial sin fin, con la publicidad que podría hacer Julius Naime, quien se había convertido en un divo de la jurisprudencia.
Me saludó con amabilidad y hasta con nostalgia, de tiempos pasados en los que era “feliz e indocumentado” (dijo así para recordarme su vena bohemia). “¿Te acuerdas, Florcita—él me conoció cuando tenía diecinueve años—, que te hablaba de Gabriel García Márquez?”. “Sólo leí Cien años de soledad en quinto año de bachillerato”, le respondí, aunque no me oyó, y siguió atendiendo otros asuntos mientras hablaba conmigo. Yo esperaba que en cualquier momento me propondría una rueda de prensa, pero en vez de eso me preguntó por Abelardo. Le conté que seguía igual, un poco más encorvado y viejo; ahora vivía en los altos del cine, en compensación era vigilante de noche y también obrero de limpieza en la mañana, antes de la primera función.
No me preguntó por La Saga. Pero le comenté que el profe Alexis Márquez era mi tutor, y eso bastó para que dijera: “tranquila Florcita, eso es caso cerrado, no hay elementos para llevarte a juicio. Yo me encargo, pero ese Dizionari las va a pagar. Nunca me cayó simpático; le mandé varias veces mi poemario y jamás lo reseñó, ni una línea”. Se despidió hasta la fecha de vernos en Tribunales. Le mandó saludos a Abelardo y colgó.
El día de la citación me alegré de ver en las agitadas oficinas públicas a Julius Naime; cuando me abordó, levantó la voz de barítono y dijo: “mi amor, ven conmigo, vamos a salir de esto rápido, dame tu cédula”. Luego desapareció entre el personal tribunalicio y regresó a la media hora con una planilla, para aceptar su representación e introducir un documento. “Firma aquí, pon tu huella, ya está”, sentenció el abogado.
Naime me invitó a un bar cercano a los Tribunales, en la esquina de Perita; nos sentamos en la barra. Saludó y pidió una cerveza, yo pedí un agua con gas sabor a limón. No me permitió que le contara nada de La Saga. “Florcita, florcita, esta gente es envidiosa, escribe tus cosas, pero no te metas en líos”, me recomendó. Pensé que pronto le daría las gracias y tomaría el autobús de regreso al teatro Urdaneta, pero en cambio Julius me habló de su viejo amor, Lupe. Supe que se refería al despecho que le había labrado la fama de poeta maldito. Aunque me había dado cuenta de que ya no se vestía de negro cerrado, y en cambio, cargaba un traje de exquisito color azul eléctrico con una corbata fucsia a juego.
Guadalupe había sido compañera de secundaria de Julius. Según él yo guardaba un gran parecido con Lupe, y era el motivo por el que había ido durante años al teatro Urdaneta. Julius pidió otra cerveza. Por un momento, temí que me hiciera algún requiebro y me aferré a la cartera instintivamente. Durante la hora siguiente rememoró las tardes cuando iba a casa de Lupe a estudiar Castellano. Al graduarse de bachiller, Lupe siguió la carrera de Medicina y no volvió a verla.
Julius Naime amaba a Lupe, pero nunca pasó de ser un compañero de estudios para ella. Iba a pedir otra agua con gas, cuando Julius lloró —y eso que solo había tomado dos cervezas—, entonces decidí que era el momento de despedirme. Julius me tomó la mano y me hizo una última confesión: “Guadalupe es neuróloga y está casada en Argentina con una compañera del colegio, que nos llevaba un año, ¡la Guzmán Arrieta! ¿Te puedes imaginar, Florcita, cuando me enteré?”. “Entiendo doctor”, le respondí, y agregué: “Tengo que ir al Cine, Abelardo está solo”. Salí pitando cuando oí que Naime pedía un ron.
Así acabó todo, la denuncia a las dos semanas fue desestimada por el juez. Pero Julius tomó el caso de una periodista a la cual Dizionari le había ofrecido trabajo a cambio de salir con él en un viaje, el tipo de caso que le había dado fama al defensor “Julius, el justo” (su nombre en redes sociales).
4
Tiempo después renuncié a mi trabajo, para dedicarle las mejores horas del día a la escritura. Solicité apoyo a mis fans de diferentes formas, que respondieron generosamente, a tal punto que superó lo que ganaba como taquillera, y empecé a pagarle al profesor, que había quedado un poco mosqueado no por el hecho de que tuviera éxito, sino porque el dueño del cine dejó también la taquilla en manos de Abelardo, a quien repelía y se refería a él como “Quasimodo”.
Para mí La Saga era una fantasía que me daba sustento y goce. Pero pronto surgieron relatos conexos a mi historia desde otras cuentas de la misma plataforma. Reconocí a otras autoras que labraban sus voces narrativas, a través de historias ambientadas en mi mundo ficticio: un universo creado por diosas provenientes del planeta Dhei1, de la galaxia de Andrómeda, quienes alteraban el curso de la historia humana desde su llegada al planeta Tierra. Ellas se reproducían de forma asexual.
El profesor Márquez pensaba que el fanfiction era una forma creativa de plagiar una buena historia. “¡Abominable!”, exclamó. Yo traté de hacerle comprender que las reglas habían cambiado en el siglo XXI, y el fanfiction de La Saga aumentaba mis lectoras. Hubo una profusión de libros no autorizados de La Saga, no sólo en Cósmica, sino también en otras plataformas similares.
Le hablaba del apropiacionismo, de la réplica y la copia, términos que aprendí de un estudiante de Arte, que iba al teatro Urdaneta. Se llamaba Fecundo Serrano, se quedaba de último en la fila, porque al llegar a la taquilla me lanzaba las peroratas de sus clases de estética, mientras sacaba monedas de veinticinco céntimos, para completar los diez bolívares que costaba el ticket. Yo rechazaba el resto de las monedas cuando llegaba a tres bolívares: “Chico, déjalo así”, y le hacía una señal a Abelardo para que le permitiera pasar a la función de las dos de la tarde, a la que solía asistir hasta tres veces por semana.
En contra de lo que me aconsejaba el profesor Márquez, decidí que en vez de clamar por derechos autorales, debía sumar a las autoras más destacadas. Elegí a las once de las mejores escritoras y las invité a crear un cuerpo narrativo que las integrara a todas. Hablé con Fecundo que ya estaba por entregar la tesis, ―hizo la carrera en cuatro años y esperaba graduarse con honores―, para que ayudara al profesor Márquez a darle un corpus estético al fanfiction.
Así, La Saga aumentó de tamaño, y la dividí en Libros que llevaban los nombres de las otras autoras; por ejemplo el “Libro según Emicazgo”, narraba episodios de profunda sabiduría, en un lenguaje hecho de parábolas, que podían interpretarse de diversas formas, y muchas veces de manera contradictoria; cada quien encontraba mensajes cifrados y personales, totalmente incomprensibles para otras lectoras.
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A los tres años, recibí una jugosa oferta por la publicación de los libros originales de La Saga. Pero en vez de aceptarla, fundé mi propio sello editorial. El profesor Márquez en vano trató de convencerme de aceptar la oferta, soñaba con mudarse a España. Pero yo deseaba repetir lo hecho por una escritora venezolana, quien abrió su propia editorial para recibir las ganancias completas de sus libros de Metafísica, los más vendidos de Venezuela, Latinoamérica y España.
Al profe le expliqué que tener mi propia editorial me permitiría publicar en varios países, distintos idiomas, en los lapsos que me conviniera y establecer los contratos con las demás autoras del fanfiction de La Saga. Se dio cuenta de que no desistiría y cuando le dije que sería el subdirector, aceptó la propuesta. Sugirió el título “El reino de este mundo”, como nombre para la editorial, pero había que pagar derechos de autor, así que decidí por una denominación sin grandilocuencia: Flor Cárdenas S.A.
Incorporé a mi equipo a la pasante de redacción de El Racional, Penélope Dubois, quien ya se había licenciado en ciencias fiscales, pero seguía contratada con sueldo de pasante, y ella me recomendó a la diseñadora Desireé Leal del mismo periódico, y por último ambas me convencieron de que sumara a la nómina al sociólogo Lucio Infortunio, en calidad de corrector. Para no romper la sinergia del equipo que habían logrado en El Racional, decidí contratar también al cobrador, al Sr. Martínez, quien no dudó en aceptar. A Fecundo Serrano lo dejé encargado de la línea estética de la editorial, desde el diseño de interiores de las oficinas hasta las portadas retrofuturistas de nuestros libros.
Un mes después, El Racional anunció que su contenido sería producido con su propia Inteligencia Artificial, sin intervención humana, lo que prometía contenido verdaderamente imparcial, con noventa y nueve por ciento de veracidad.
La IA también se ocuparía de dirigir el suplemento Páginas literarias, que fue transformado en una ágora virtual, en la que bajo suscripción, cualquiera podía escribir, y ascender de nivel según un sistema gamificado. Los lectores dejaban sus comentarios gratuitamente, pero bajo registro, y recibían recompensas según los “estoy de acuerdo”, “eres genial” que acumularan, o bien, si destacaban en negativo, con las calificaciones de “no estoy de acuerdo”, “eres un desgraciado”, etc.
Claro que despidieron a Justo Dizionari, quien me culpó de esto y me odió más que nunca. Pasó a trabajar en Marcación, una web deportiva especializada en fútbol.
Disfruté del prestigio y las ganancias, hasta que años después me retiré a vivir a Hawai, donde adquirí una hermosa propiedad. También compré el teatro Urdaneta, para asegurarle una vivienda a Abelardo. Rehabilité la sala y se hizo famosa por las películas de porno de ciencia ficción que se proyectaban allí.
Epílogo
Tomado de LA VIDA DE FLOR CÁRDENAS,
biografía no autorizada de Penélope Dubois
En el año 2042, cuando Flor Cárdenas desapareció de la vida pública, La Saga llegó a veintisiete reimpresiones. Fue publicada en inglés, francés, alemán y chino. El profesor Alexis Márquez tuvo una esplendorosa segunda carrera en la editorial Flor Cárdenas S.A.; viajó por el mundo y recorrió las ferias de libros, en las que buscó nuevos talentos de ciencia ficción feminista para la editorial.
A los cinco años de crear la editorial, Cósmica le ofreció a Flor Cárdenas una sociedad. El acuerdo incluyó el relanzamiento de sus textos originales en la plataforma y una coedición completa de toda La Saga de fanfiction, a cambio de veinte por ciento de las acciones de Cósmica y la cesión de derechos de Arcángel, el bot de escritura, que la había acompañado en sus primeros pasos literarios. Cuando Flor Cárdenas cerró el acuerdo, se enteró de que Cósmica pertenecía a un grupo de mexicanas que sólo leía a mujeres, que vio con mucho agrado el impulso que Flor Cárdenas S.A. podía darles.
En los años siguientes florecieron los clubes de lectura, alrededor de La Saga. Abundaron los estudios sobre los libros originales y se realizaron convenciones anuales, a las que asistían las más excepcionales seguidoras y creadoras de fanfiction de La Saga de todo el mundo.
Las más respetadas eran las lectoras que hablaban el idioma español por encima de otras lenguas, porque era el idioma original de La Saga. En las convenciones se recrearon las ceremonias, vestimentas de los personajes, se armaron tours por los países, ciudades y lugares en que se desarrollaban los Libros de La Saga. Caracas se convirtió en el segundo camino a Santiago, a Santiago de León de Caracas.
Los libros fueron estudiados por las expertas en ficción feminista y sobre ellos se escribieron tesis y críticas literarias. Con frecuencia Flor Cárdenas asistía a todo tipo de eventos feministas, aunque no era experta en espistemología feminista ni tampoco era Radfem, a pesar de que se le quiso etiquetar como tal. Una de esas teóricas, Rosario Dianova, estudió profundamente La Saga y propuso un constructo de feminismo dheiosa; extrajo de la ficción modelos de vivir del ser femenino.
Sobre este cuerpo teórico se tejieron nuevas historias, y se consideraron las diferentes apariciones Marianas como pruebas de la presencia de las dheiosas entre los humanos. También surgieron testimonios de mujeres con la capacidad de partenogénesis, que convivían en supuestas comunas ocultas, en distintos puntos del planeta Tierra.
En 2045 las seguidoras de La Saga crearon rituales derivados de la interpretación de los relatos. Encontraron verdad en estos y reforzaron sus creencias. Las convenciones pasaron a llamarse concilios. En el año designado como 1 d. Dheidhei, organizaron todos los relatos en un único volumen, donde fueron purgados los apócrifos y divinizados los canónicos. En 2055 se instituyó una IGlesia que se encargó de llevar la palabra. Flor Cárdenas S.A. siguió funcionando hasta que fue absorbida por la IGlesia.
Cuando murió Flor Cárdenas, en el año 2092, se construyó una catedral Dheiosa sobre los cimientos del teatro Urdaneta; donde otrora estaba la pantalla de proyección se colocó el altar mayor. Allí yace su tumba y sus restos son venerados.
