POR KELVIN ORTIZ
SEUDÓNIMO ALISTER RIVER
-¿Tienes cigarros? -preguntó el niño a la señora Marta.
Pasada la media noche ella se disponía a recoger su pequeño tarantín que consistía en una mesa improvisada con patas de chatarra y una tabla plástica cubierta por un mantelito. Sobre ella organizaba los caramelos, los cigarros y las chucherías que vendía afuera, en la entrada de su rancho.
—Ya estoy guardando hijo-respondió con cierto desasosiego y quizás disimulando un poco el dolor de tripas con el que había despertado aquella mañana.
-Anda vale, véndeme uno, es que sin cigarro no me explota la nota-insistió el niño.
-Bueno, bueno, ¿de cuál quieres?-preguntó hurgando un sucio saco donde metía las cajetillas.
-Dame el de cinco bolos.
-Toma, y no estés tan tarde por ahí.
-Gracias mi vieja, hoy me toca la calle, en mi casa es puro peo, así no cuadra.
Marta vio al niño alejarse mientras terminaba de arreglar, vio que estaba sucio, vio sus chancletas desgastadas más grandes que sus piesitos, la misma ropa de toda la semana, la flacura de su pequeño cuerpo y uno que otro hematoma en sus bracitos descubiertos. Se fue echando humo a quién sabe donde con paso juguetón entre los montículos de tierra húmeda.
Comenzaban a caer gotas mansas anunciando la lluvia, Marta se apresuró, forcejeó con la oxidada puerta hasta que por fin abrió, entró justamente cuando se desató el palo de agua, por alguna razón su dolor de tripas se hizo mas intenso. Rápidamente buscó ollas y potes plásticos para ponerlos en las goteras que ya tenía medidas previamente, la lluvia arreciaba, algunas láminas de zinc se alzaban con la ventisca. Como era típico en esos aguaceros el barro se metía por la rendija entre la puerta y el piso inundando la sala.
Marta, acostumbrada por años a estos eventos, se acostó cansada en el viejo catre, prendió la televisión donde se desarrollaba un drama de gente guapa en bellas mansiones, exhaló profundo para calmar el dolor que persistía.
Se estaba quedando dormida cuando la puerta se abrió con gran sonoridad. Era Julián, su marido, venía emparamado con un objeto entre las manos cubierto de una bolsa plástica.
-¿Porqué llegaste tan tarde?
-Es que le estaba buscando un regalo a mi amorcito.
-Jummmmmmmm, ¿qué trajiste? Deberías echarte un baño, ya te voy a montar un tesito, no quiero que te enfermes, hace mucho frío.
-¡Bahhhhh! ¿qué importa? Primero lo primero.
Julián descubrió aquello que traía, era una torta sencilla con una vela en forma del número 72.
-¡Ay mi Juliancito bello!-exclamó Marta con los ojos aguados-¿De dónde sacaste plata pa eso? Es un lujo.
-Pedí prestado, pero el cumpleaños de mi Marta no iba a pasar por debajo de la mesa.
-¿Prestado? ¿a quién? Será que vendiste la plancha de los dientes.
-No, vendí unas viagras que tenía guardadas.
Rieron, por un instante se miraron a los ojos, el tiempo parecía devolverse, se vieron jóvenes como el día en que se conocieron, la ilusión se sentía igual. Julián tomó las manos de Marta, entonces se fue la luz, solo quedó la oscuridad, el canto de la lluvia sobre el techo de zinc y la textura arrugada de aquellas manos.
Julián sacó un yesquero para encender la vela.
-¡Ay que noche tan preciosa-comenzó a cantar aplaudiendo en la remota intimidad de aquella penumbra-es la noche de tu vida-algunos truenos se oían a la distancia-todos llenos de alegría, en esta fecha natal-la flama de la vela danzaba suave como acompañando el canto-tus más íntimos amigos, esta noche te acompañan, te saludan y desean un mundo de felicidad-Marta lloraba y reía emocionada-y que esta luna plateada brille su luz para ti y ruego a Dios porque pases un cumpleaños feliz!
Marta se acercó a la vela y la sopló deseando secretamente besar a Julián en la colina distante donde pasaban tardes y noches enteras contemplando la ciudad, hablando de los misterios de la vida y refugiándose en los brazos del otro.
-Vas a tener que prender la vela otra vez, no veo un carajo-dijo Marta divertida.
Julián volvió a encender la vela, buscaron un cuchillo para picar la torta, comieron sentaditos en la cama bajo la tenue luz.
-Guarda torta para mañana, no hay nada en esa nevera-dijo Julián.
El viejo se bañó y se tomó su té de hierbas, luego se metió en la cama con su doña.
Pasaron la noche acurrucados, arropados con una cobija remendada, absorbiendo el calor del otro para contrarrestar el frío. Durmieron tranquilos, felices, con el concierto de la lluvia, con el don de la compañía.
Llegó la mañana, Julián se despertó, besó a Marta en los cabellos canosos, luego coló café y se asomó lentamente en la ventana a ver los azules y los blancos del cielo con la taza humeante entre las manos.
Pasaron un par de horas cuando el señor notó que Marta no se había despertado aún para poner diligentemente su tarantín de chucherías como era costumbre. Se acercó a la cama intuyendo algo, estando próximo trajo una silla para sentarse, el cuerpo inerte de su esposa no respiraba.
Lloró en silencio descorriendo la cobija.
No tenía dinero para un funeral o un crematorio, quería ahorrarse la pena de llamar a nadie, por años fueron solo Marta y Julián.
El anciano terminó su café, esperó la extraña tarde asomado en la ventana, sintiendo entre los pliegues de las arrugas de su cara la brisa vieja que solía soplar a la misma hora durante décadas. Luego de pasar todo el día limpiando el barro que se había metido en la sala durante el aguacero, no tuvo más remedio que asomarse y esperar.
El primer día el cuerpo empezó a atraer un festín de moscas, para el segundo día ya empezaban a ser levemente visibles las viscosas masas agusanadas. Sin pensarlo mucho buscó un gran saco que tenía guardado y metió a su mujer adentro. Apenas podía levantar el peso con sus músculos avejentados, pero se llenó de coraje y se fue barrio abajo con el saco al hombro.
La fetidez era inevitable cuando llegó al metro, se metió a empujones en el atiborrado vagón , la gente percibía el olor que emanaba aquel viejo con su pesado y misterioso saco, se tapaban las narices con las camisas, una mujer no aguantó y se bajó vomitando.
-¡Señor bájese!-le gritaban.
-¿Qué lleva ese señor? Huele horrible-murmuraban.
Llegó a su parada, se bajó para el alivio de muchos.
Julián subió la colina distante llevando a cuestas el cuerpo de Marta, llegó a la cima y se sentó cansado sobre el pasto bañado por los naranjas del ocaso.
Se hizo de noche, el viejo miraba las luces parpadeantes de la ciudad a lo lejos, Marta yacía recostada a su lado.
Y allí se quedaron, hablando de los misterios de la vida, refugiados en los brazos del otro.
-Feliz cumpleaños mi amor, buen viaje amiga mía-dijo Julián con aire nostálgico. Sacó de su bolsillo la vela con la forma del número 72 parcialmente derretida, la encendió colocándola en la tierra.
Las dos siluetas permanecieron largo rato quietas. Julián le acarició a Marta los cabellos canosos y le dio un beso en sus labios rígidos.
