Zoología

Por Felipe Ezeiza
Seudónimo J. De Palma

A mi edad, he aprendido que pocas certezas logran sostenerse durante el transcurso de la vida. Sin embargo, me atrevo a afirmar que en ocasiones la noche nos sueña con ojos feroces, y la muerte de un ser amado puede atraparnos en un crudo insomnio, hasta que una fuerza misteriosa nos brinda la oportunidad de redescubrirnos. A partir de ese momento habitamos un cuerpo que no es el mismo del día anterior; habrá algún detalle, un vestigio animal, algo ínfimo que lo vuelva distinto. 

En una depresión el borde de la cama no es diferente al borde de un abismo, y ante el abismo es mejor valerse con ciertas garras, ya sean reales o imaginarias.  Por eso, al despertar, me siento en el borde de la cama y me tomo unos minutos para estirar mis brazos y mirar los dedos de mis manos y pies. 

Cualquiera diría que examinar los dedos de tus pies es una pérdida de tiempo, pero no es cierto. Los dedos de los pies en el ser humano sirven para equilibrar la pisada; nos ayudan a tomar impulso y correr. Cuando una persona pierde los dedos de sus pies, se ve en la obligación de comenzar de nuevo. Entonces, mientras veo los dedos de mis pies, pienso en lo difícil que puede ser un nuevo comienzo, y agradezco esa luz que me protege.

Veo mis dedos, los cuento del uno al diez, luego cuento los de las manos. Si estuviera en la naturaleza salvaje, estos dedos bastarían para valerme por mí misma. Y si pudiera cambiarlos, lo haría por unas aletas o unas patas palmeadas de cisne para desenvolverme eficientemente en el agua. Dejaría de trabajar en la oficina y me dedicaría al nado.

Por otro lado, si alguien se siente como un ave que no puede volar, entonces debería tener las patas del avestruz, que son largas y poderosas, diseñadas para correr a altas velocidades. Huir de la muerte hasta tropezar en una encrucijada, y que pase lo que tenga que pasar. Digo, cuando un animal se lesiona una extremidad en la naturaleza, queda a merced de los depredadores. En el caso de ser un depredador, este no tendrá la posibilidad de cazar y morirá de hambre o se convertirá en una presa. Con suerte, podrá encontrar una cueva oscura para lamerse las heridas hasta sanar.

El dolor tiene muchas formas; hay heridas que no se llevan en la piel y que pueden incapacitarnos. Los elefantes, luego de muchos años, regresan al sitio en donde fallecieron sus seres queridos, como una forma de rendir tributo. Ciertas especies de pingüinos se quedan solos por largos periodos de tiempo (incluso toda la vida) luego de perder a sus parejas. Las madres delfines son capaces de cargar a sus crías muertas durante varios días. La muerte de un hijo es probablemente la experiencia más abrumadora que puede existir.

Elías y yo nunca tuvimos hijos. Después de dos abortos espontáneos en nuestra juventud, decidimos que nos acompañaríamos el uno al otro durante toda la vida y juramos que con nuestro amor bastaría para apoyarnos en la vejez. En el camino, fuimos entendiendo que la vejez no llegaría para los dos (esto solo lo puedo decir ahora; mientras él vivía, jamás me di espacio para la resignación) y que eventualmente me encontraría en el lugar en el que estoy, escribiendo lo que escribo.

Elías tenía un corazón muy grande, en sentido literal y figurado. Padecía de hipertensión y cardiomegalia (él explicaba que sufría de “corazón de tigre alegre”). Los animales y las personas lo adoraban; atendía con el mismo cuidado a sus grandes felinos del zoológico y a los gatos de los vecinos. Si al final de la existencia somos juzgados por nuestros corazones, Elías se merece la oportunidad de ser juzgado justamente y ganar un buen lugar en el más allá. 

El primer infarto fue el Big Bang: nuestro universo se contrajo en un solo punto, dio paso a la luz y, al mismo tiempo, a la oscuridad y el caos. Lo cambió todo.

Fuimos cuidadosos con su medicación, y cumplimos con las constantes visitas al médico. Pasaron algunos años entre el primer y el segundo infarto. En esa ocasión, se fue durante un minuto y los médicos lograron regresarlo. Las conversaciones después del segundo infarto fueron tan distintas, no sabría explicarlo, pero él decía: «Estuve muerto durante un minuto, sé que en la muerte no hay nada, y eso me asusta, pero no debemos ser presas del miedo. Jocelyn, quiero que vivamos de la mejor manera el tiempo que tengamos». Le pregunté si había algo que quisiera hacer; incluso le dije que podíamos vender la casa para hacer ese viaje al santuario de tigres en Tailandia que tanto anhelaba. Pero la cercanía de muerte no solo sirve para repasar nuestros sueños, también reafirma nuestras prioridades.

Cada vez que podíamos, nos acostábamos tarde viendo películas. Procurábamos siempre tener una botella de vino en la cocina. Además, comenzamos a pintar juntos los domingos por la tarde, pues era algo que hacíamos en nuestras primeras citas. Con respecto al trabajo, invirtió gran parte de su tiempo en formar a los cuidadores menos experimentados en las distintas particularidades de los animales del zoológico, en especial el cuidado de Bakari, un tigre de bengala al que Elías le había dedicado gran parte de su vida.

Elías y Bakari eran inseparables. Tal era su vínculo que Elías, en sus horas de descanso, tomaba una siesta en la jaula de Bakari y le inventaba canciones durante los baños de aguas perfumadas a su bebé de 250 kilogramos. Su hermano tigre. 

Recuerdo bromear diciéndole que un día Bakari vendría a casa y él se quedaría a dormir en la jaula. No era broma del todo. Elías y yo recién nos habíamos casado cuando un Bakari de meses llegó al zoológico y lo asignaron como su primer gran felino. Durante más de 23 años estuvieron juntos todos los días, aprendiendo uno del otro. Elías decía que no puedes amar a un tigre sin antes leerlo; los tigres se deben leer entre líneas, y el problema del mundo era que para confiar en las personas no bastaba con leerlas y releerlas. Él sabía cuándo un tigre era de fiar y cuándo no; no opinaba lo mismo de mis compañeros de recursos humanos. «Entre nosotros dos, alguien trabaja con fieras, y no soy yo», me debatía entre carcajadas. Elías era un gran hombre. 

La mañana del tercer infarto, desayunamos ligero. Me comentó que no había podido dormir bien; tuvo un sueño sobre un largo camino de raíces que culminaba en un matorral de hojas plateadas. Se despidió de mí con un beso en la frente y se fue al trabajo. Su corazón se detuvo una cuadra antes de llegar al zoológico.

No lloré, tampoco grité, no hice nada. Tardé en procesarlo. Esa noche me senté en la sala a tener una conversación imaginaria con él hasta la madrugada. También las noches siguientes, en el infinito insomnio. Insomnio la noche del funeral. Insomnio en el siguiente enero. Insomnio que me dejó cierta manía por tener bastante claros los periodos de tiempo de cada uno de los sucesos (para no desdibujarme), y también me llevó a realizar algunas preguntas: ¿Cuánto de Elías ahora solamente existía en mí y en Bakari? ¿Qué sentía Bakari? ¿Cómo es el duelo de un tigre? Para mí, la muerte de Elías se tradujo en distintos niveles de cansancio; aprendí a vivir en la carencia. Sabía que debía continuar en un mundo incompleto. Hacerme un lugar entre lo faltante.

Las conversaciones y las horas en la oficina diluyéndose en una espesa bruma, sentirme invadida por la sensación de no haber estado ahí, como si un doble hubiera tomado mi lugar y dejara recuerdos vagos de las actividades diarias, navegando paisajes distantes entre archiveros y libros de contabilidad, sin inicio ni final. Con la esperanza de eventualmente exorcizar al dolor que me había convertido en una autómata.

Tres años de terapia psicológica, acompañados por dos años de psiquiatra. Finalmente llorar. Dedicarle tiempo al dibujo. Ir a la oficina. Organizar los datos de nómina. Vaciar la última botella de vino en el jardín. No volver a probar una gota de alcohol. Tomar unas vacaciones que tenía atrasadas. Dibujar flores todos los días. Llevar los dibujos al cementerio. Volver a casa. Buscar otra hoja en blanco. Respirar profundo. Gritar.

Bakari tampoco volvió a ser el mismo: comía menos y se enfermaba con frecuencia. Cada cierto tiempo me acercaba a verlo. No sé si por él o por mí, lo confieso. Para Bakari, yo solo era otra visitante; nunca me prestó mayor atención. Se echaba a tomar el sol largamente, recostado de la reja. Justo bajo la advertencia: “Por seguridad mantenga a los niños tomados de la mano”, como si los visitantes representaran algún interés para el universo del viejo tigre que movía la cola, dirigiendo la orquesta de los grillos, las guacharacas y las ranas.

Las luces del ocaso son advertencias y rara vez les prestamos atención. Lo inevitable no se hizo esperar. La muerte de Bakari fue la segunda muerte de Elías, otra vez el mismo dolor y el mismo silencio. Nuevamente estaba sola, preguntándome: ¿A dónde van los tigres cuando mueren? Quisiera creer que se reunieron otra vez. Por lo menos en mis dibujos estaban juntos.

Para mi psicólogo, estos dibujos dejaron de ser estrategias de afrontamiento saludables, yo lo sabía, pero me estaba quedando sin opciones para lograr que Elías y Bakari pudieran estar juntos por última vez. El camino que tenía frente a mí era oscuro, y estaba dispuesta a caminarlo sola hasta encontrar un resplandor. Una ventana secreta para seguir adelante. 

Decidí encerrarme hasta que pudiéramos despedirnos. 

Al dibujar, pasaban ciertas cosas que no podía contarle al psicólogo porque no las entendería. Más allá de la mente, comenzaron a ocurrir encuentros de carácter espiritual: cuando estaba muy concentrada en un dibujo, conseguía sentir la presencia de Elías en el cuarto poniéndose sus botas de trabajo, o escucharlo tarareando en el baño. Asimismo, podía ver de reojo a Bakari, olerlo, sentir esa voracidad naciendo y disipándose en un instante. El pecho deslumbrado. Las garras del tigre arropándome. 

Las sensaciones en el dibujo absolutamente reales. Cada pequeña línea del pelaje, los ojos de luna llena. Después de tantos años, cuánto había quedado de Elías en la mirada de Bakari. Se habían convertido en la misma criatura. Los dibujé en aquel bosque de hojas plateadas. Adiós al tigre naranja y amarillo. Adiós al tigre de rayas ensombrecidas. Adiós al tigre en llamas que se pasea por mis sueños y me habla con la voz de Elías.

Elías, el tigre enjaulado. 

Bakari, mi difunto esposo con su corazón que ruge bajo la tierra.

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