Segundo finalista: “Cadencia frigia”
Seudónimo: José Cafard
Autor: José Alejandro Muñoz
A la memoria de mis muertos. Los de hoy, los de mañana.
«¡Me quemo! ¡Me quemo en el fuego de la música!»
Cantar onírico tradicional
«And now I know how Joan of Arc felt…»
The Smiths
G.H.
6- 34, 33,32
37, 36, 35
5- 28, 27, 26
31, 30, 29
4- 22, 21, 20
25, 24, 23
3- 16, 15, 14
19, 18, 17
2- 10, 9, 8
13, 12, 11
1- 4, 3, 2
7, 6, 5
M- 1
¡Otra vez con el mismo cuento!
Reniega, echa las sábanas a un lado, descarga dos golpes sobre el colchón. La situación permanece igual y se nos han ido seis meses en este asunto, quien quita, si no más. Se levanta de la cama, se lava, toma desayuno, se viste, sale a trabajar. En el negocio todo transcurre con la desesperanza de junio, entre las bajas ventas y los bajos ánimos, sentado sobre un asiento incómodo, conversaciones banales para matar el tiempo, pan para la comida, pan para la merienda. Exhausto por la acumulación de tensiones, se recoge temprano. Ya en casa ve la televisión, lee un par de capítulos de una novela, cena alto en carbohidratos —mucho pan—, se va a dormir temprano. Cuando entre roedoras cavilaciones por fin logra conciliar el sueño, por la ventana se cuelan de nuevo los gritos:
«¡Maldita bruja! ¡Quieres ver mi sangrado, me espías, me haces brujería!».
En el edificio se han reunido hasta en seis ocasiones durante los últimos seis meses para discutir sobre el estado de los ascensores —que se turnan en espacios de mal y peor funcionamiento—, el estado de las bombas de agua —que surten con insuficiencia y no arrastran sino óxido y sedimentos—, pero sobre todo, tratar lo concerniente a la fumigación de las plagas y el engorroso asunto del apartamento «36».
—Hay que ponerles trampas
—Hay que tomar cartas en el asunto
—Hay que limpiar los pasillos
—Hay que abrir la puerta y sacarles a la calle
—Hay que golpearles en la cabeza
— ¡Hay que hacer algo!
Los vecinos, que sufren a diario por las mismas vicisitudes que J, están cansados y anticipan un desenlace al asunto. La señora M, a la que llaman «la señora del perrito», es la única que aboga por los condenados:
— ¡Esos pobres seres! ¡Tengan misericordia!
Pero incluso «la señora del perrito», vecina amable y querida por todos, es vituperada y acusada con irónicas miradas. Se dejan notar los comentarios prudentes, sí, pero también los corrosivos, las propuestas originales pero fantásticas, el bulo…y entre una cosa y la otra, no hay consenso. Las ratas, habitantes rastreros de las residencias, asisten al simposio y les piquetean los pies a los vecinos; sus congéneres, las cucarachas, se trepan por las patas de las sillas y no queda más que dar por finalizada la junta.
A cada reunión transcurren los días, ninguna solución. Se estropea un día el ascensor par, otro día el impar, en ocasiones se coordinan para estropearse juntos. Las llaves y tuberías del edificio surten de aguas oscuras a los hogares, y el tiempo, lejos de calmar los ánimos, los caldea. La vecina del «36», como un reloj, abre la ventana y grita los mismos improperios cada mañana, entre ocho y nueve, y cada noche entre diez y once, llegando en una ocasión a exceder sus propios límites y gritar la madrugada de un lunes a las tres en punto. Esa noche la vecina del apartamento inmediatamente inferior, encolerizada y acompañada de su hijo, se hizo presente frente la entrada del «36» y entre ambos dieron de golpes a la reja. El escándalo y la violencia desmedida hicieron que varios de los residentes de los apartamentos más próximos se acercaran y trataran de contenerlos.
«¡Bruja! ¡Una espiadera! ¡Pura brujería! ¡No dejan descansar!»
Notificados por un vecino anónimo, los policías del módulo cercano se apersonaron hasta la escena. Después de momentos de tensión en los que el conyugue de la señora del «36» y el hijo de la vecina del «30» casi se van a los golpes, los funcionarios lograron calmar los ánimos y el grupo de curiosos se fue dispersando, uno por uno, cada uno para su casa. Al irse, los valientes gendarmes fueron embestidos por un enorme grupo de ratas, que furiosas les mordían los talones.
—No se puede vivir así
Dijo J en su cama cubriéndose los oídos con la almohada.
En los días posteriores, vengadores anónimos comenzaron su campaña justiciera: lanzar botellas de vidrio, bolsas de basura, líquidos —o fluidos— a la puerta de los condenados, transformando de a poco, y con cada escaramuza, la entrada del apartamento «36» en una madriguera de ratas. De día tanto como de noche, empezó a escucharse el sobresalto de algún vecino sorprendido por un roedor infiltrado en su apartamento, y se hizo frecuente que las puertas antes abiertas se cerraran de par en par, en algunos casos incluso, que fueran clausuradas.
—Parece el escenario de un cuento de terror
Comenta J con su madre, ambos frente a la ventana, y es testigo de una botella que recién estalla en la entrada del «36». Los vidrios quebrados se riegan por el pasillo y las ratas huyen despavoridas.
«¡Malditos! ¡Animales! ¡Me quieren hacer daño con su brujería!»
Por las mañanas J se despierta malhumorado, vive intranquilo, cuando duerme, lo hace esperando lo peor, no descansa, pero lo mismo se asea, se viste pulcramente, come mucho pan y sale rumbo al trabajo. Allí se está durante horas, entre el tedio de la rutina, las preocupaciones que tensan su mente y el mal dormir. Cuando por la noche está de regreso, suele ir a la panadería, compra pan para el desayuno, almuerzo y cena del día siguiente, luego ve la televisión por corto tiempo, lee dos capítulos de una novela, y se tiende a la cama a dormir. Esta vez, regresando del trabajo, entra a la panadería y saluda al gato blanquinegro, al dueño, a la dependienta de rostro simpático, pide lo habitual y mientras es despachado, se cruza con los vecinos del «37». Los saluda también, observa que llevan abundante pan en la bolsa, pero también caras de cansancio, pesadumbre y frustración; intuye la ira reprimida. Se acompañan un corto camino, primero al edificio, luego al ascensor y atraviesan los grupos de ratas, que no les persiguen pero chillan acechantes. La conversación, aunque breve, es densa. Es la forma que tienen de desahogarse y aliviarse las cargas:
—Esa mujer no deja de golpear, golpea y golpea, es a toda hora, no deja dormir… ¡Quien sabe qué hace! ¡Y nadie le dice nada!
Pero como la cara de J dijera que no estaba enterado de lo que se hablaba:
— ¿No lo has escuchado? Presta atención para que veas. Si te soy honesto, nosotros estamos pensando en mudarnos…
J se ducha, se cambia de ropa, come pan, ve la televisión, lee dos capítulos de una novela, descansa cuanto es capaz. Los últimos meses trajeron consigo fuertes cargas emocionales y se siente envejecido por la desesperanza, «la vida no es placentera; nunca se hace lo que se quiere». Cubierto entre sábanas, en completo silencio, recuerda la conversación en el ascensor y aguza el oído; entre los resoplidos de su propia respiración y los sonidos característicos de la noche cree captar el «golpe» del que le hablaba el vecino del «37»: se trata, efectivamente, de un sonido percusivo, indeterminado e inquietante. Vivo como el corazón de una bestia, ominoso como el llanto proveniente del vacío. Escucha su corazón latir a un ritmo impropio, siente gran pesar y angustia, seguido de un gran sopor; se queda dormido. Esa noche sueña que las ratas, traspasando los límites de la madriguera, entran en su morada y se abalanzan sobre su cama, le muerden los pies y las manos, mientras cucarachas de conchas pardas reptan por su piel y entran por sus oídos. Por la mañana despierta con una sombra cubriéndole el rostro.
Durante los días siguientes los vengadores anónimos cambian su modus operandi: reemplazan las botellas y la basura por la estridencia de la pirotecnia. Un despertar más violento cada mañana. La vecina grita por la ventana, y ahora su pareja la acompaña. Se quejan del daño que le han hecho a su propiedad, de la intranquilidad a la que son sometidos y amenazan de muerte a los implicados. La escena se repite varias veces en el transcurso del mes y se convoca a una reunión de emergencia en el edificio. Mientras, con cada día que pasa, las plagas avanzan y conquistan espacios en cada planta.
—Esto no puede seguir así, mis hijos no duermen bien— dice la señora del «31».
—Entre toda esta plaga… ¿Cuándo fumigaremos? — el jubilado del «24».
—Yo puedo hacer la donación del veneno — un personaje sombrío del «27».
—Sí, pero… ¿Quién lo hará? ¿Tú? — el pasivo-agresivo del piso 3.
—Una comisión debe ir y encargarse — el presidente de la junta de condominio.
— ¿Cuándo ha servido lo de delegar? — el único habitante de la mezzanina, un extravagante de intenciones desconocidas.
La «señora del perrito» no es notificada, por tanto no asiste. El resto de asistentes colaboran con murmullos que se funden junto al coro de voces, y levantan los pies ante la ocasional rata exploradora.
Mientras sus vecinos contemplan sus opciones, J mata el tiempo en la panadería de la esquina. Cansado, no quiere toparse con los problemas vecinales una vez más. Acaricia al gato blanquinegro que descansa subido al mostrador. Fantasea. Pierde la vista en los transeúntes que vienen y van en las horas concurridas de la tarde. Recién salido del horno, el olor del pan dulce y esponjoso le transporta a tiempos más simples, menos rigurosos y menos violentos —si alguna vez los hubo. Se deja llevar por la condición selectiva de la memoria, que tiende a falsear, hacer omisiones y presentar el pasado como un lugar agradable, un paraíso al cual evadirse cuando el presente es un futuro frustrado. Este estado de embriaguez repentino le tienta y seduce. Su respiración fluye acompasada a un ritmo inusual, casi musical y placentero. Embargado por un generoso espíritu de dulzura, se deja llevar por pasos ligeros como corcheas.
Seis días desde la reunión en el edificio, y J viene de una racha positiva en el trabajo. Tiene una buena jornada, mejor suerte en las ventas. Lo visitan viejas amistades y acuerdan una reunión para ir por cervezas esa misma noche. Vuelve a casa para bañarse, cambiarse de ropa y no irse a beber con el estómago vacío. Atraviesa el portal con paso ligero, las ratas no salen a su encuentro. Sube en el ascensor sin toparse con nadie en el camino, se observa al espejo, detalla sus ojos, la totalidad de su rostro y se ve íntegro. Golpea su pecho —del lado del corazón— con cierto orgullo. En casa obsequia a su madre con un pan dulce, «para llenar de momentos dulces la vida» le dice. Como aún tiene tiempo antes de la cita y el silencio es propicio, echa una siesta antes de salir.
Ya con sus amigos, pasa la mejor noche en mucho tiempo. Bebe, canta, tan desinhibido que baila. Sus amigos le presentan a una chica un par de años mayor, ambos conectan de inmediato, la conversación fluye con facilidad, sin la habitual torpeza que lo caracteriza. Descubre que tienen mucho en común, ella también ama el pan y odia los junios, a veces incluso los julios y los agostos. El encuentro es del agrado de ambos, en el transcurso de la noche se hacen más cercanos, se abrazan tiernamente, se besan, y para llevar aquello entre ellos con ritmo ligero, acuerdan salir juntos en otra ocasión. «La vida puede ser placentera, y se puede hacer todo lo que se quiere» piensa.
Saliendo de la reunión vuelve de regreso a casa, aún es temprano y los negocios siguen abiertos. Llega a la panadería a comprar suficiente pan dulce para el día siguiente. Acaricia al gato que lo espera junto al mostrador, este se enreda entre sus piernas y olisquea sus botas. Saluda al dueño, que no le saluda de vuelta porque parece distraído con una gran preocupación. Hace su pedido y la dependienta, como distraída, le despacha con torpeza dejando caer al suelo un pan que el gato blanquinegro no desaprovecha. Al encuentro de sus ojos con los de la dulce mujer, J le encuentra cierto rictus de pavor en la cara y labios temblorosos. Aunque la mueca contraste con el rostro simpático habitual, no dedica más de un pensamiento a este hecho. Se despide del felino y camina con paso ligero hacia el edificio. Allí, distraído como va, es tomado por sorpresa por un tropel: Los habitantes del «37», la señora del «31» acompañada de sus niños, el jubilado del «24», el personaje sombrío del «27», el pasivo-agresivo del piso 3, el extravagante de la mezzanina, incluso su madre, presa del llanto. Todos frente a la entrada reunidos.
La «señora del perrito», con el perrito en brazos, sobresaltada, dando saltitos con los talones, exclama:
— ¡Ay mi dios bendito!
El eco de los comentarios, por en medio del ruido general, extiende una que otra nota vaga sobre una partitura en blanco: «tiesos», «plaga», «por fin». J sale de su asombro para recapitular y traer a la memoria el súbito silencio experimentado durante los últimos seis días. La mudanza presurosa y repentina de la vecina del «30» y su hijo, el fin de las hostilidades por parte de los vengadores anónimos, el cese del «golpe» nocturno y los gritos, el repliegue de la colonia de ratas… Lo ocurrido fue todo muy extraño, pero nadie podía quejarse, en absoluto nadie lo haría: todos parecieron más contentos y más descansados los últimos seis días; había reinado la calma en las «Residencias G.H.», calma que anhelaron sus habitantes por más de seis meses.
Abrazando a su madre, que tiembla conmovida y nerviosa, J trata de recordar los eventos de las últimas seis noches encontrando gran resistencia: es su pensamiento errante y brumoso. Por entre un conjunto de nubes horneadas y esponjosas tan solo vienen claros a su memoria el olor y gusto de un pan dulce, el rumor acompasado del «golpe» y la levedad de sus pasos ligeros como corcheas.
