El negro Juan

Tercer finalista: “El negro Juan”
Autora: Ana Asiloé Parra
Seudónimo: Siwe’e

La luz roja e intermitente, a semejanza del ojo irritado de un buey, se desplazó por la pequeña sala en medio de estelas nebulosas. En principio, algo  -¿o alguien?- parecía llamar la atención del hombre que, a esa hora, las tres de la madrugada, forcejeaba por alcanzar el sueño. Juan Morillo, a quien todos conocían en la ciudad como “El negro Juan”, intentó distraerse de aquella visión, pero no pudo hacerlo. «Tendré que dejar de beber tanto ron 

—pensó, casi en modo cataléptico, mientras exhalaba bocanadas de aire fresco en su respiración forzada—,  porque desde hace varias noches me la paso alucinando. Creo que me estoy poniendo viejo». Hizo énfasis en la última palabra, en tono displicente.

La luz pareció leerle el pensamiento y fue a refugiarse en un rincón, tal vez prevenido por la voz de una mujerque pronunciaba frases ininteligibles, en el cuarto de al lado. Así ocurría siempre porque la hermana de “El negro…”,Ana Leonor, y su abuela Dolores (Doña Lola)hablaban dormidas por las noches. En las etapasdel sueño, las mujeres revelaban a bocajarro todo lo que les acontecía durante el día. Era así, sin preguntar a nadie, como Juan se enteraba al detalle de lo que ocurría puertas adentro de su casa, debido a que su hermana mayor le recitaba desde la hamaca del cuarto contiguo, cada madrugada, una especie de parte militar.

Esa modalidad onírica resultaba en algo más que una simple ventaja. Era fácil para él, enterarse de cuando los policías de Santa Bárbara del Zuliahabían ido a tocar la puerta de su vivienda y preguntar por su paradero, cada vez que decidían ponerlo preso por faltas como darle algunos puñetazos a un sargento, no acatar “la voz de arresto”, o destrozar botellas y hacer volar las mesas, de una de las tantas cantinas situadas a la orilla del río Escalante. Esos “ataja perros” se formaban con frecuencia, debido a reparos por la facturación exagerada de alguna cuenta de consumo. La mala bebida lo enardecía por cualquier cosa, y entonces “se alzaba” y se fajaba a pelear con cualquiera.

En su casa no necesitaba preguntar por nada, además, porque acostumbraba llegar a dormir tarde en la noche o en la madrugada, con el tufo del alcohol en sus narices; casi siempre aparecía por allí, cuando las luces ya estaban apagadas y todos dormían entre ronquidos y estrofas de concierto. Esa vez, al igual que en otras oportunidades, el recital de su hermana daba cuenta que había salido en su defensa como tigra parida, a encarar las fuerzas del orden: —¡Vergación, ya me le tienen agarrao el numerito! ¡Nojoda, vayan a ponerle los ganchos esos al verdadero culpable!—. Entre dormido, Juan se limitaba a sonreír.

La luz se fastidió de tanto hacerle señas, hasta que hubo un cambio de estrategia por parte del ente que intentaba llamar su atención. Entonces, una mano misteriosa descolgó un cuadro suyo, de cuando recién había salido de baja del Cuartel Libertadorde Maracaibo, y lo colocó sobre un taburete de cuero de vaca reclinado a la pared. En esa foto aparecía sin camisa y exhibiendo los músculos de caletero de puerto, con una gorra volteada de pelotero de las grandes ligas y una cadena de oro que sostenía un crucifijo. Detrás, podían distinguirse las aguas turbulentas de un río crecido.

Cuando la imagen de un hombre vestido de lino blanco se hizo visible en la pared, Juan se sentó en la hamaca de lona y comenzó a rezarle a las Ánimas Benditas del Purgatorio. Notó de inmediato que los pies del aparecido no alcanzaban a tocar el suelo y sus fosas nasales estaban taponadas con algodones de cloroformo; debajo de aquella estampa, podía visualizarse un cirio encendido. Entendía ahora, se trataba de un ánima en pena, cuyo rostro amortajado parecía observar hacia dentro de sí, como quien intenta precisar su autoconciencia. Todos los perros de la cuadra ladraron. Pero nadie en la vivienda despertó, a pesar del bullicio. Uno de los gallos de la vecina, confundió el horario y empezó a cantar. 

Por supuesto, las otras aves de pelea entrenadas en una gallera situada a dos cuadras de allí, se alebrestaron también. Al instante, se formó una parranda de villancicos con furro y charrasca. Las rezanderas del barrio El Paraíso de Santa Bárbara, empezaron entonces con sus letanías y llamados de socorro al Arcángel Miguel, “el guerrero de los guerreros”. 

A Juan se le pasó la rasca, y sin pensarlo más, se dirigió al aparecido con su voz gutural de bajo:

—Te hablo en nombre de las ánimas piadosas que esperan la redención eterna por parte de Dios. Decime: ¿sois de este mundo, o del otro?

Se produjo un tenso silencio. Hasta que la respuesta se dejó oír en su mente, a pesar de que los labios del hombre no se movían y sus ojos permanecían apagados, como pescados mana manas en el freezer de una nevera.

—Hermano, vengo a pedirte un favor…

Ya a esas alturas del encuentro, pudo reconocer la identidad de uno de sus amigos de parranda. Hacía apenas dos días, al final de la tarde de un viernes lluvioso y apesarado, se habían despedido al salir de un bar, cerca del Periférico de la Ciudad. Juan había rechazado la invitación de ir con él de pesca esa noche. Prefirió acercarse hasta la casa de Rixio Perentena, ubicada por los lados del barrio Sierra Maestra, a degustar un sancocho de armadillos y cangrejas.

—¿Cómo de qué será? —respondió él, con un aire de turbación y perplejidad.

—Hermano, —dijo el aparecido con un quiebre de ansiedad en la voz —quiero que me saquéis del fondo del río…

Sin esperar otra pregunta, la imagen desapareció y la luz giró en círculos alrededor de la hamaca, hasta desplazarse hacia la ventana y escapar con rumbo desconocido. Juan se hincó de rodillas y volvió a rezar -todo aprehensivo- esta vez con más devoción. Permaneció así, cabizbajo, hasta que la voz de su hermana le sacó de aquel escondrijo de interrogantes sin resolver: —Parece que vos tampoco estáis durmiendo bien. El doctor Rondón dice que debemos dormirpor lo menos ocho horas; si no, nos volvemos locos. Esta madrugada estabais hablando solo—. Todavía –sumido en una especie de trance- apenas pudo extender su mano para recibirle el pocillo de peltre con café recién colado.

No había sonado aún el primer pito despertador de la empresa Indulac, el de las siete de la mañana, cuando un grupo de mujeres vestidas de luto tocaron la puerta principal de la vivienda de los Morillo. La madre y la mujer de su amigo, Rutilio Iguarán, venían desesperadas a hablar con “El negro” y le traían un mensaje: el hombre había ido a pescar borracho en horas de la noche, cayó a las aguas revoltosas de la creciente del río, y se ahogó.

—¿Cómo saben ustedes que se ahogó? —preguntó él, sorprendido.

—Alguien que pescaba con cordel y anzuelo desde un cayuco amarrado a los alisos, en la otra orilla –dijo la madre- vio cuando un hombre cayó al agua con todo y linterna. Las corrientes del río eran muy fuertes y llevaban troncos y bejucos. El paisano dio aviso a los bomberos, pero cuando estos llegaron y revisaron el lugar, solo encontraron un litro de ron, una franela, un pantalón con su cédula en uno de los bolsillos, y unas chancletas de plástico.

Juan quedó perplejo. No podía creer lo que acababa de escuchar. Pudo percatarse así, de que las casualidades no existen. No era posible escapar del destino –pensó- y por ello, era compelido ahora por las circunstancias de la vida a ejercer nuevamente, mediante un marcaje misterioso,el rol que le había brindado fama y reconocimiento popular al Sur del Lago de Maracaibo: el de Buceador de Ahogados.

Esa misma mañana diseñó un plan y lo puso en marcha. Había que actuar rápidamente, pero una fuerte tempestad sacudió la Ciudad, lo que retardó el despliegue de las operaciones de búsqueda. Ya en horas de la tarde, se le podía divisar encaramado a una de las pilas del puente que une a las ciudades de San Carlos y Santa Bárbara del Zulia. Desde lo alto, observaba con curiosidad el curso del río, mientras una inmensa romería de personas se agolpaba en las orillas. Hacía flexiones musculares de calentamiento, con absoluta parsimonia.

Así las cosas, vestido con un short amarillo, sin franela y con la visera de una gorra roja de pelotero colocada hacia atrás, no parecía inmutarse ante el gentío que le giraba todo tipo de instrucciones. Nadie se movía de allí, a la espera de saber lo que haría para resolver el problema. ¿Quién podría saberlo? Oteaba el horizonte como un águila serrana que espera divisar en lontananza algún presagio o acertijo para tomar la presa con sus garras.

Luego llegaron los refuerzos espirituales: los chimbangleros de San Benito, quienes hicieron sonar desde las orillas del Escalante crecido, sus tambores graves y agudos. Había una razón especial para que eso ocurriera: Juan era el propietario de la estatuilla del Santo y de los tambores. Algunos espontáneos se sumaron al rito y pasearon al Santo Negro a lo largo de esa ladera del río, mientras algunas mujeres bailaban y hacían ondear al aire sus faldas decoradas con flores. Los tragos de aguardiente no se hicieron esperar. Hasta que Juan se dispuso a bajar hasta las aguas, y entonces la multitud aulló de júbilo. La policía hubo de intervenir para aplacar a los más revoltosos y exaltados.

Antes de lanzarse a las corrientes heladas, el hombre mostró de nuevo su musculatura de atleta olímpico. Era pequeño de estatura, tal vez no superaba los 1,60 m., pero tenía la fibra de un luchador de lucha libre y una parsimonia similar al Santo, el enmascarado de plata, uno de sus ídolos tantas veces visto en las películas del Cine Rex. Con una demostración de actor teatral, se inclinó para besar su medalla con el crucifijo, y entonces, sus ayudantes le hicieron llegar una tabla cuadrada, sobre la cual, se había colocado la imagen de la Virgen María; varios velones encendidos, de colores surtidos, escoltaban el símbolo religioso. 

Nadie sabía por qué las mechas de esas velas no se apagaban, a pesar de las ráfagas de aire que cruzaban el ambiente. Luego, levantó su mano derecha en dirección al relámpago del Catatumbo y se deslizó como una anaconda por encima del agua, moviendo sus pies como chapaletas para impulsar aquella especie de trono portátil. La multitud volvió a rugir de alegría y los tambores repicaron con más fuerza que antes. Hasta que la imagen de Juan se perdió corriente abajo, en dirección al Lago.

Nadie sabía cómo lograba ubicar el cuerpo hundido de algún cristiano, bajo el chirero y el barrial arrastrado por el invierno. Pero él no “soltaba prenda”, reacio siempre a revelar un secreto personal marcado por la exclusividad espiritual. En cualquier caso, era evidente la insurgencia de una mano invisible capaz de responder al clamor de las almas angustiadas por el sufrimiento y el dolor. 

Cuando conducía la tabla sobre la corriente fluvial díscola y repelente, de grandes remolinos, desempacaba su herramienta más efectiva: la recitación de un rosario sincrético que metía en el mismo saco a San Benito, Las Ánimas del Purgatorio y las oraciones a la Virgen Santísima. Hasta que las fuerzas ocultas a los ojos de los hombres se mostraban en todo su esplendor: la tabla se detenía y giraba en medio de uno de los tantos remolinos, indicando el lugar preciso del cadáver. Lo demás formaba parte de un protocolo de rescate, aplicado eficientemente por los bomberos de la ciudad. 

Al día siguiente, se escuchaba la noticia por la emisora Ondas del Escalante: “El negro…”  había dado con el paradero del cuerpo del ahogado. Al parecer, se había encontrado a cuatro kilómetros del sitio donde el osado pescador se encontraba esa noche en plena faena. Según se comentaba, parte de su cuerpo había sido devorado por las marianas, unos peces parecidos a los bagres que tenían fama de alimentarse de cadáveres. Ciertas personas, al escuchar esas versiones, se persignaban y juraban no comer más nunca ese tipo de pescado. Pero otros pobladores arriesgaron algo más, y comenzaron a regar por el pueblo otros rumores.

Algunos pescadores que traían pescados a la Ciudad desde las ciénagas de Juan Manuel, regaron la versión de que el infortunado había sido arrastrado y devorado por un caimán. Ese cuento tomó mayor fuerza, cuando unos caza-caimanes que habían venido desde los ríos Catatumbo y Zulia, fueron vistos revisando las aguas del Escalante con linternas de alto voltaje, camiones cargados con canoas de diferentes tipos y varias cuadrillas de rastreadores, cerca del lugar de los acontecimientos.

Por esos días, antes de que el cuerpo fuese encontrado debajo de las ramas de un árbol cerca del caserío Río Abajo, los caza-caimanes se fueron de la lengua e hicieron comentarios reveladores sobre el caso, mientras se emborrachaban en el bar Juan Bimba. Uno de ellos, dijo que en realidad andaban tras la pista de un caimán de más de seis metros, a quien los campesinos de las inmediaciones del golfo de Palmira, más allá del pueblo de Santa Cruz, llamaban “El tuerto”. Como los rumores se riegan rápidamente, la Ciudad se cubrió de un manto de temor.  

Alrededor del nombre de ese caimán se había creado toda una leyenda. Según se afirmaba, era un espécimen territorial, pero se había desplazado hacia el Lago tras los amores de una hembra de su especie que le había robado el corazón. Los cazadores venían persiguiendo sus huellas, cuando de pronto se encontraron tomando fotos y tanteando estiércol en las playas cercanas a Santa Bárbara. Para ellos, no era extraño que el monstruo anduviera haciendo de las suyas por esos parajes. Sus antecedentes, como  “traga hombres”, era bien conocida entre los expertos.

Cuando trajeron a Santa Bárbara el cadáver de Iguarán, la gente se agolpó alrededor de las orillas del río, curiosa por conocer la veracidad de los hechos. Cuando Juan desembarcó de una de las dos canoas que formaban la comitiva forense, Sixto Coronil, un destacado periodista al servicio de la emisora Ondas del Escalante, intentó entrevistarlo. Fue en vano, porque varios pobladores levantaron en hombros al “Negro…” y lo llevaron lejos de los micrófonos y las cámaras fotográficas. Era en esa época tan famoso como los ídolos zulianos del momento, como el boxeador Ramoncito Arias o el big league Luisito Aparicio.

El caso es que, de pronto, el héroe de aquella aventura se encontró al otro lado del río, mimado y asediado por sus admiradores. La actitud de él era serena y ensimismada, como quien se encontraba aún “transportado” o “incorporado” por espíritus de altos vuelos. Alguien se ofreció a hacerle trasbordo hacia la orilla opuesta. Fue imposible evitar que parte de sus admiradores aprovecharan la oportunidad, y abordaran la canoa del oferente.  Repleta de asomados y pasajeros rollizos, el exceso de carga por poco provoca un naufragio.

Pero hubo un momento excepcional, luego de arribar a la otra orilla. Al apenas desembarcar, Juan pidió a sus seguidores hacer silencio. Elevó el rostro hacia la otra orilla, en el instante cuando la policía judicial conducía el cuerpo del difunto hacia la morgue del Hospital Colón. Levantó su mano zurda y saludó con una sonrisa hacia un lugar que aparentaba estar vacío y desolado. Nadie entendió ese gesto. Era que allá, a la distancia, allende el crepúsculo multicolor de la espiritualidad, su amigo le hacía una señal de agradecimiento y despedida.

Era extraño, dijo después a sus amigos, en medio de una tertulia de confidentes. Al parecer, había visto entonces al difunto, envuelto en una neblina ligera. Vestía un traje impecable de lino blanco y un sombrero de lujo, muy lejos de lo que había sido en su vida la vestimenta habitual. Esta de ahora, hacía juego con la exclusividad y la distinción. Es que los sueños se cumplen alguna vez.

Cuando el Sol asoma sobre el verdor y la riqueza de La esmeralda del Zulia, y el relámpago del Catatumbo hace resplandecer la noche con su “río de estrellas”, Juan vuelve a sonreír. Es el sueño dorado de los elegidos, el verso que redime en la inmensidad del multiverso.

Así era él…

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