El Experimento

Tercera mención honorífica
Seudónimo: Lux Lucis
Autor: Ángel Pacheco D’Andrea 

Día 0

Súbito. Abrupto. Repentino. Sin previo aviso, una inmensa sombra engulló cada rincón del pequeño país. Bañados en tiniebla, los ciudadanos confiaron en que “la luz” regresaría tras pasar un par de horas. Acostumbrados a cortes eléctricos programados, ignoraban la magnitud del Experimento en el que se veían inmersos: el Régimen había transformado cada ciudad en un laboratorio y ellos, inocentes ratas que correrían, ciegas, tras un poco de queso. 

Día 1 

Amanecer. La luna se acobijó y el sol despertó generoso, pero los bombillos seguían dormidos. En cuestión de horas, los rumores difundidos por los des-informantes del Régimen se expandieron como un cáncer fulminante. La intención era despistar, enloquecer, desorientar. Se decía que el “apagón” había sido provocado por la intervención cibernética de un Imperio vecino; también se rumoró que unos piratas habían robado los cables para vender el cobre en el Mercado Negro; otros decían que un adolescente de 13 años había robado la clave de acceso a la computadora del Presidente y apagado los equipos como parte de un reto impuesto por su pandilla; de otras bocas se escuchó que una turbina de la represa más importante se había incendiado bajo el agua y hasta se corrió la voz de que una manada de rabipelados había roído todo el cableado del país. 

Desinformación. 

Especulación. 

Desconcierto. 

Temor… 

Día 3 

Penumbra. Hasta el mismo sol había menguado su brillo. La Casona Presidencial era la única luciérnaga que se negaba a la extinción. En ella, los líderes del Régimen permanecían encerrados, resguardados por un ejército y abastecidos para subsistir hasta que el final del Experimento llegara. Allí estarían protegidos de cualquier bestialidad que intentara asecharlos. 

Los tres primeros días la angustia se apoderó de las calles, pero con el silencio del Régimen y la permanencia de las mañanas sombrías, todo tipo de reclamo fue disminuyendo hasta la desaparición. El pasar del tiempo y la inminente prueba de que la situación no sería controlada con prontitud activaron el instinto de supervivencia y los habitantes definieron prioridades: comida y luz –velas, linternas, fósforos, encendedores, mecheros improvisados, rudimentarias antorchas, hogueras, fogatas y cualquier otro objeto que los alejara de las cavernas–. 

Día 11 

Desconcertados. Las horas pasaban sin ser horas y el tiempo dejó de ser tiempo. Incomunicados, con los teléfonos enmudecidos, los habitantes se vieron aislados en sus propias casas. Vivían durante el día, pero al caer el sol, los candados abrazaban las puertas. Como si se tratase de un acuerdo tácito, las ciudades se organizaron para evitar que la falta de electricidad detuviera sus vidas: las tiendas y oficinas despertaban al amanecer para aprovechar la luz del sol, los colegios y universidades redujeron sus horarios, las clínicas y hospitales habilitaron generadores eléctricos alimentados por combustible y los bancos improvisaron un método rudimentario para que el efectivo no dejase de circular por las calles. Los ciudadanos trenzaron un sistema que les permitió subsistir dentro de las carencias, pero, en poco tiempo, los hilos comenzaron a enredarse y las costuras no tardaron en abrir. 

Día 37 

Caos. Después de cinco semanas sin energía, los bancos quedaron vacíos y los billetes entraron en toque de queda. Las carteras más astutas permanecían, aún, repletas; pero los desdichados bolsillos que sufrieron la huida de sus monedas se vieron obligados a firmar pagarés a los comerciantes y la idea del trueque resurgió desde la antigüedad. 

Sedientas, las estaciones de gasolina sufrieron aridez y sequedad. En cuestión de días, los autos se arrastraron, deshidratados, hasta los garajes. Los que no lograron volver a casa, se quedaron en las vías desiertas, expuestos al salitre y al abandono. Los habitantes desgastaron los zapatos para regresar a casa; una vez descalzos, evitaron salir: las universidades se vieron abandonadas, las oficinas clausuradas, los colegios enmudecidos y las calles, desnudas de almas. 

Durante el día, esclavos de la desidia, las ratas de laboratorio intentaban mantenerse entre los parámetros de la cordura y la civilidad, pero en las noches –que parecían más noches que las antiguas noches– aprovechaban la extrema penumbra para liberar su histeria, cediendo a los más ínfimos instintos: gritos desgarradores, risas despiadadas, detonaciones, lamentos, súplicas, estallidos de cristales y alarmas perpetuas eran las notas que componían sus melodías nocturnas. Al amanecer, serenidad sobre cadáveres y rastros de sangre. 

Pasados varios soles, las tuberías lloraron la desaparición de sus ocupantes. Con la ausencia del gas, los desdichados volvieron a la hoguera; después, olvidaron cómo hacer fuego. El agua fue la segunda en partir. Los últimos vestigios de humanidad los llevaron a lavarse en ríos y playas cercanas; pronto pasaron a las alcantarillas y, al final, la mugre cohabitó con sus pieles. Sin manos que intentaran recogerla, la basura se tragó las calles y las alimañas se dieron un festín: virus, hongos, infección, intoxicación, epidemia… Morgue. 

Día —

Adaptación. Con el tiempo se acostumbraron a las mañanas salpicadas de luz y a las noches remojadas en sombra. Así pasaron los días, tan idénticos entre sí que dejaron de contarlos, y cuando todo terminó, cuando el Régimen decidió que era hora de evaluar los resultados del Experimento y la electricidad volvió a alimentar los famélicos equipos a través de sus desgastados cordones umbilicales, los interruptores permanecieron bajos, los artefactos desconectados, los bombillos congelados, las persianas desmayadas, los fósforos en cenizas, las baterías oxidadas, los yesqueros sedientos y los habitantes, encerrados en sus cuevas.

Animales nocturnos. La luz del día enceguecía sus pupilas, irritaba sus ojos y juntaba sus ceños en una especie de inútil y ordinaria sombrilla. Lentamente, sus columnas empezaron a distenderse, sus nucas a humillarse, sus articulaciones a doblegarse sin retorno, sus pies abandonaron el contacto con el suelo y en su lugar, las rodillas cedieron a la petición de la gravedad y cargaron, cual humillado Atlas, el peso de aquellos animalizados cuerpos. Con los días, abandonaron el uso de la lengua para comunicarse. Las oraciones se convirtieron en frases; estas, con el tiempo, se redujeron a palabras sueltas, inconexas; la simplificación llevó a escuetas sílabas y, al final, solo gemidos y sonidos guturales salían de sus fauces. 

Mientras el Régimen vendía una utopía frente a las cámaras del mundo, los más especializados sociólogos y antropólogos del continente viajaron a investigar tal nivel de involución. Los resultados fueron devastadores: aquella prometedora y vigorosa Nación se había convertido en una enorme cueva de homo ignorens, hombres que pasaron de la inteligencia estándar a los más bajos niveles de degradación humana. Lo habían perdido todo. Caminaban desnudos sobre la pocilga. El pudor, característica que diferenciaba a los humanos de las criaturas, también había desaparecido. 

La extinción 

Ocaso. Los despojos de hombres hibernaban durante el día. Al ocultarse el ignorado astro, salían como ratas y, arrastrándose sobre sus cuerpos, hurgaban entre los escombros y saqueaban instintivamente los escasos comercios que aún se mantenían en pie sobre las ruinas de aquellas que, semanas antes, habían sido grandes ciudades. Así pasaron los días, tal vez meses o algunos años. Nadie supo en qué momento terminó todo, nadie supo cómo ni por qué, nadie supo quién fue el último, pero al final, nada quedó.

Viéndose acabado, sin ningún sujeto al que dominar, el Régimen colapsó. Los líderes del Experimento emprendieron una búsqueda exhaustiva con el fin de encontrar, al menos, un sobreviviente de cada sexo para repoblar las ruinas, pero fue inútil. Finalmente, cuando los recursos se agotaron, murieron devorándose entre ellos. El Experimento podía darse por culminado con éxito: aun conservando el beneficio con cuya ausencia habían convertido a sus ciudadanos en bestias, el Régimen sucumbió ante la perversión y el vacío, fundiéndose con la nada en la que habían sumergido a sus habitantes. Desde el principio, la barbarie habitaba sus cuerpos.

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