Cuando las chicharras vuelven

Cuando las chicharras vuelven
Seudónimo:
Laia Lagatta
Autora: Clara De Lima Castillo

Detrás de las paredes de la vida
estás cantando (…)

llevando la nostalgia a la tierra
Luis Fernando Álvarez

Abro la puerta del taxi y la brisa del mar me aleja de todo lo demás. Humedad y calor se mezclan en mis pulmones. El salitre que modifica las fachadas de los edificios también altera mi respiración y tengo la extraña idea de estar en otro mundo, muy lejos y muy cerca de casa.

Casa. Me había convencido de que esa palabra era yo misma después de cinco años de aquí para allá sin tiempo para volver. Pero en realidad mi casa somos mi madre, mi hermano y yo. 

Al cruzar en lancha hacia los cayos, estaré en casa. Habíamos acordado reencontrarnos esta Semana Santa en la “casa de playa” de mi hermano. Así le decía mamá con emoción, como si Manuel no llevara 10 años viviendo ahí. “Pero es una casa y está en la playa, ¿o no?”, me respondía, cerrando el punto. Me río recordándolo porque mamá no puede mentir, ni siquiera en bromas, eso no vino con ella.

“Vivir en la playa debe ser como pedir comida italiana en un restaurante de Italia”, pensé yo mientras caminaba hacia el malecón, “solo es comida”. No había ninguna lancha; en cambio, tres barcazas pintadas sin arte aguantaban milagrosamente el oleaje. Con medio cuerpo bajo el agua tomé impulso para subir a una de esas bestias y caí sentada. Mis dos compañeros de transporte estaban abstraídos viendo el rompeolas, por lo que no se voltearon para ayudarme. Al sentir la sacudida de mi peso, tomaron la cuerda y, tras ocho intentos, el motor por fin encendió.

Hice lo que ellos y dejé ir la mirada, hasta que el mareo me obligó a fijarla en el pozo de agua caliente a mis pies. Los mareos siempre habían sido una de las tantas excusas insuficientes para postergar mi visita a Manuel. “Aquí te espero con el Primperán”, me había dicho por teléfono. Un brusco vaivén me hizo levantar la vista hacia una extensa y solitaria bahía. Algunos peñeros abandonados, unos pocos quioscos con techos de hojas de palma, una familia y un perro que corría ladrando detrás de los niños. Y Manuel. Manuel estaba justo enfrente ayudando a atar la barca, con el agua cristalina hasta las rodillas y un frasquito de antiemético en el bolsillo. 

—¡Lánzate, pues! —me dijo, apurándome con la mano.

Al tocar tierra, el malestar pasó, pero él me dio el frasco como “un regalo de bienvenida”. Lo abracé e hicimos una carrera hasta la plaza, como cuando éramos niños. Nos detuvimos frente a la estatua del pueblo, que una vez me resultó tan imponente y que ahora me recibía sin brazos bajo el sol abrasador del mediodía. Me impresionó ver el efecto de los años en su rostro, agrietado y cubierto de manchas blancas. Pensé en que el envejecimiento no es ningún cuento humano, en que los lugares se hacen viejos con o sin hombres, y que hay cierta magia que se escapa de las cosas de nuestra infancia cuando las volvemos a ver siendo ya adultos. El intenso canto de las chicharras me hizo apartar la mirada de los ojos de piedra. 

—Va a llover —predijo Manuel, y se llevó el dedo índice a la oreja para que escuchara la canción. Yo me reí por sus supersticiones. Sí, probablemente llovería, Semana Santa es época de calor y lluvia, solo que coincide con la reproducción de las chicharras. Seguimos escaleras abajo, hasta la siguiente playa. El olor a mar era tan fuerte que me parecía imposible no sentirlo desde todas partes del país. 

—Toda Venezuela está cerca del mar, y si no llega el olor, entonces están los árboles de uva de playa y los puestos de cocadas, que te dicen que el mar está por ahí aunque no lo veas —le dije, arrancando una uva.

—Yo no lo siento así. Solo me siento cerca del mar cuando estoy en el mar —me dijo enterrando un pie en la arena mojada—. Es por eso que no me voy. 

Hablamos de mamá y de nuestros recuerdos de infancia. Cuando éramos niños siempre pasábamos Semana Santa en estas playas. Por las mañanas salíamos a caminar con mamá para ver qué cosas nuevas había traído la marea. Un día llegó un marco sin su cuadro. Manuel lo colgó en su sala tal como lo encontramos, porque decía que no había obra de arte que pudiese contar su desconocida historia en altamar. Algunos días aparecían zapatos de pares distintos que no podrían volver a caminar; las aguamalas infladas en la arena anticipaban la visita de las tortugas marinas; también eran comunes los peces aún con vida que regresábamos con esperanza a lo hondo y los cangrejos ermitaños en la orilla, a los que observábamos salir y volver a casa. 

Mamá nos había dicho por teléfono que llegaría en la tarde, pronto, así que recorrimos el pueblo hasta las 4 y deshicimos el camino. Manuel, que iba adelante, encontró la piel de una chicharra posada en un árbol. La tomó con cuidado y me la puso en la camisa, teníamos la costumbre de usarlas de prendedor.

—Es curioso que mantenga su forma sin estar ella adentro, ¿verdad? —me dijo fascinado. 

—Está pero no está —le dije dando vuelta a mi nuevo prendedor para ver sus patas puntiagudas.  La transparencia de la piel marrón me hizo pensar en la estela que dejan las vidas después de la muerte. 

Más allá del árbol de la chicharra, estaban las casas de colores, una al lado de la otra, al ras del suelo. Se podía ver la vida de la gente detrás de las puertas y las ventanas abiertas. La casa de Manuel tenía más altura, unas escaleras, un porche y un zaguán que conectaba la entrada con un arco antes de pasar a la cocina. Al abrir la puerta, dos niños vecinos entraron persiguiéndose, los mismos que antes jugaban con el perro. Nos dieron tres vueltas y luego corrieron hasta tocar el poste de luz de enfrente, que llevaba años en penumbra.

Como a las 6, escuchamos el timbre. Desde el umbral, mamá se veía increíblemente joven, como en sus fotos de cuando tenía 40 y pocos años. Siempre había tenido una piel tersa, pero la luz del atardecer le difuminaba las arrugas y le coloreaba los pómulos. Nos abrazó con fuerza y un vacío de emoción me estremeció el cuerpo. Aunque sonreía de oreja a oreja, un jadeo constante le cortaba las palabras. 

—¡Qué correcorre! Pensé que no iba a llegar antes de que anocheciera —dijo preocupada viendo el cielo. 

Mamá no veía bien, un desprendimiento de retina en su juventud le había quitado la percepción de la profundidad, por lo que nunca, nunca, viajaba de noche. Igual disfrutaba inmensamente de las estrellas y sabía ubicar las constelaciones, así que nos sentamos a la orilla del mar y hablamos hasta que la luna estuvo muy alta. Hablamos de las diferencias entre las estrellas y los planetas, de mis viajes, de la gente del pueblo y de la vida en la playa. Ella escuchaba atentamente y a veces reía por los planes de Manuel que nunca eran planes. El tiempo se quedaba sentado con nosotros, escuchando nuestras historias después de un lustro sin vernos.

Manuel fue el primero en levantarse. Dio un brinco, se sacudió la arena de las manos y entró en la casa, impaciente por mostrarnos las remodelaciones que por fin había terminado. Yo entré tras él, riendo por su innecesaria desesperación. Encendí la lámpara del zaguán y mantuve la puerta abierta para que pasara mamá. Ella subió las escaleras con una sonrisa, pero de pronto pareció faltarle el aire. Jadeaba cada vez más fuerte. Los sibilantes de su respiración preocupaban más que el peor ataque de asma. A medida que se acercaba a la tenue luz de la entrada, su paso se ralentizaba, sus ojos se hundían en las cavidades oculares y sus cabellos se desprendían a mechones con la fuerza del viento. A un ritmo acelerado, fue convirtiéndose en un ser mayor, muy mayor, de piel amarillenta surcada de manchas marrones y pliegues naranjas, como en un dibujo mal hecho en el que las proporciones y las líneas no se corresponden con las de la persona retratada. No lo entendía, en la playa mi mamá lucía joven y radiante, pero en la casa, aunque seguía siendo ella, tenía otra piel. Ella lo sabía y una amarga tristeza hizo que bajara el rostro enjuto al ver nuestra reacción. Retrocedió encorvando la espalda y subiendo los hombros hasta pisar la arena, donde la oscuridad de la noche la envolvió en su apariencia de antes.

Nos quedamos en silencio con expresión desencajada. Sin poder vernos, mamá empezó a contarnos lentamente, escogiendo las palabras, sobre su viaje. El verdadero viaje. Contó que había dejado el apartamento limpio y las maletas hechas, que recordaba haber hablado con nosotros justo antes de abrir la puerta, pero que nunca la abrió. Que una sensación extraña le llenó los pulmones de un aire húmedo y caliente, como si respirara en otro mundo. Esa idea le hizo recordar la playa, la casa de Manuel, el esperado reencuentro con sus hijos aquella tarde. Entonces lloró sin llorar realmente.

—De pronto tenía los pies hundidos en la arena y estaba atardeciendo —dijo muy confundida—. Tenía tantas ganas de verlos que corrí a la casa de Manuel, temiendo que esa extraña fuerza que me había traído me llevara lejos.

Mi hermano y yo nos miramos con la certeza impronunciable de que mamá estaba muerta. No entendía por qué me era tan fácil creer en esa historia de fantasmas más bien convencional, más propia de una típica pesadilla. Pero mamá no mentía. Nunca había podido, y tampoco mintió su aspecto desfigurado bajo la lámpara.

Temblando, bajé las escaleras hacia ella. Quise extender la mano y tocarla, pero no pude. Las primeras luces del amanecer pasaron a través de ella como si no estuviese ahí, y de pronto dejó de estarlo. Nos quedamos inmóviles, sintiendo el peso de un cadáver que no podíamos enterrar.

Un diluvio cayó durante todo el día y toda la noche. La lluvia era tan ensordecedora que a ratos se confundía con el estruendo de las chicharras. Era un sonido nuevo que provenía de todas partes y que intenté ignorar tarareando las canciones que mamá me había enseñado. A la mañana siguiente ella no volvió. Su ausencia nos dejó vacíos. Manuel y yo recorrimos la playa muchas veces, inapetentes y en estado de trance, esperando verla de vuelta de su caminata de siempre. El sol iba cayendo lentamente mientras volvíamos, cansados, a una casa que ya no se sentía como nuestra.

A las 6:40, una chispa verde se reflejó en el agua. Manuel conocía bien ese fenómeno. “Es por el plancton”, me dijo en un tono escéptico más propio de mí, “hace que las olas se vuelvan fluorescentes”. Aunque nunca lo había visto en persona, sí había visto fotos del mar brillante y aquello no se le parecía. Mamá apareció poco después, con la última luz del atardecer, justo en el umbral de la casa.

En Semana Santa las chicharras salen de la tierra. Algunos piensan que resucitan, pero en realidad nunca estuvieron muertas. Pasan años enterradas para luego emerger a una nueva vida en los árboles. Ahora, cuando las oigo cantar, sé que no son las únicas que vuelven.

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