El Cuartico está igualito

Primera mención honorífica
Seudónimo: Baca
Autor: Bartolomé Carvallo

Déjame que te coloque la canción de Mundito Medina, inmortalizada por Panchito Riset, El Cuartico, para que te des cuenta de que estoy cumpliendo tus deseos; que también son míos, en estos terribles momentos, cuando ya sabes el diagnóstico. «¿Por qué ríes así? Tú no tienes razón / para amargar mi corazón… » y te la pongo tantas veces como la creas necesaria; ahora que los médicos me confinaron en este espacio. El cuartico está igualito, las lamparitas de noche en la mesita; los cubiertos en la despensa; las flores sin el agua, porque el tiempo se encargó de lo demás. 

Ya sé que Panchito Riset no es Mozart, pero es lo único que me ata a algo sólido, a algo que me alarga este penoso tránsito entre dos amores que se bifurcaron como el río cuando se enfrenta al mar; y no es porque uno es más grande que el otro, no, es porque uno es salado y el otro dulce; la pregunta es quién es el dulce y quién el salado. Yo me siento algo dulce; no sé cómo te sientes tú; con la distancia, con el frío y con los recuerdos en el armario de la conciencia. 

Aquí en el hospital, la vida, bueno, si esto se le llama vida, es totalmente diferente a la de allá afuera. Los compañeros, eso sí, aquí todos somos compañeros, cada uno con sus historias y cada quien debe contar la suya en la noche; es algo así como una terapia, pero lo hacemos en forma de juego. Las carnes y las pústulas se confunden, los cuerpos están cubiertos de putrefacciones, que aunque ya nos acostumbramos, todavía se siente el hedor a mortecina. Los excrementos se limpian con agua y un balde, aunque esta tarea la realizan los encargados; los servidores públicos. 

Como te decía, aquí nos contamos nuestros encuentros, algunos furtivos y otros tormentosos, y no te voy a decir cómo te describo porque te vas a afectar demasiado. Lo que debes saber es que te recuerdo en medio de los olores nauseabundos, en las costras escrofulosas que se caen sin uno darse cuenta, en los efluvios que van y vienen dependiendo del poco aire que entra por ese espacio que parece una ventana; no como nuestro cuarto que dejamos sin tocar, como el juego de los infantes: el «paralizao», ¿Te recuerdas? Un…dos…tres…y a quien se tocara se paralizaba hasta que un amigo lo «desparalizaba». Pero eso eran juegos, ahora no. 

Te voy a describir el parecer de algunos de mis nuevos amigos, bueno los que van quedando, porque ya varios están en mejor vida; así es, después de este infierno cualquier 

lugar es una regalía. Si tú estuvieras aquí, me estarías leyendo la Divina Comedia, por aquello de tu afición a leer los clásicos y no a Panchito Riset. Y también por lo del infierno de Dante. ¡Pero cómo me hace vivir Panchito!, su cadencia, sus frases cortas y bien pronunciadas: «El cuartico está igualito»

Oye a Emmanuel, ya casi no emite sonidos; perdió las cuerdas sonoras, bueno las vocales. Su mamá después que se metió a testigo de Jehová no quiso saber más de él. Emmanuel no se llama así, su verdadero nombres es Luis Ernesto, pero su mamá cuando abrazó al Señor, lo comenzó a llamar así. Siempre fue un estudioso, se graduó en el tecnológico en informática y trabajaba en una empresa. Se daba con todo el personal y no había un sarao en que no estuviera Luisito metido; el pobre se enamoró de un bicho que estaba contaminado y también lo contaminó. Ahí está, solo, sin la madre porque ella no lo acepta así. Dice que es culpa del demonio y él verá cómo hace. 

También está Pablo, un tipo de La Cooperativa; la familia al principio tenía algo de dinero y él se crió en ese ambiente y como el padre lo complacía en todo se fue metiendo en líos de falda. Después se pasó para el otro bando, regresó y volvió, hasta que un día se comenzó a enfermar. La familia perdió lo que tenía, el padre se fue a buscar dinero y más nunca se supo de él. Pablito se enredó en las drogas, se hizo chulo, fumón y ¡mira cómo está! Aunque la familia lo viene a ver, lo hace sólo para verlo morir; y ya le falta poco. 

O Cleo; bueno, no vamos a familiarizarnos con ellos ni a hacer sus árboles genealógicos, sólo te los relaciono para que veas a mis amigos y a mis amigas sufriendo conmigo. Cleo se enfermó como dice ella: «No sé quién fue». ¡Claro! ridícula, si cada noche te rondaban todos los del barrio; y ya ves que algunos se marcharon; allí, en esos que se fueron debe de estar tu sica. Ahora sólo queda que la muerte te visite, que tú hagas los célebres manchones en las paredes cuando intentes agarrarte y que aparezcan los servidores públicos con sus camillas ya deformes de los tantos y tantas que han sacado y al final la tumba sin nombre. 

Aunque no te voy a importunar con las vidas de mis amigos y mis amigas; total, desde que estoy acá ya se han llevado a once. Simplemente se mueren. Este lugar es el verdadero fuego eterno. Somos los recogidos. Los desahuciados de la Tierra, como lo dijo alguien. Estamos en el piso ocho; que cuando esto se dice, a las gentes se les pone la carne de gallina. Hablar del piso ocho es sinónimo de muerte. Pero de una muerte sin apuros; nadie pregunta si se salvará, porque nadie se ha salvado. Aquí sólo es esperar, ver el techo, oír los lamentos y ya. El resto lo hacen los trabajadores. Dejan el espacio y enseguida viene otro u otra. 

No hay visitas o sólo las más necesarias; ni regalos, ni adornos, sólo los jergones con cartones, ¡de los que vienen los medicamentos genéricos!, esos que manda el Ministerio de la Salud. ¡Entérate!, ya sé decir hepatotoxicidad, sin que se me enrede la lengua o hiperlipidemia o lipodistrofia; total, son todas enfermedades que yo sé perfectamente que tú no querrás escuchar, por eso marcaste la milla, como dicen en el barrio. Espero que como el gran Panchito: «Tú sabes que te quiero / y que en el cuartico espero / llorando por ti». 

Todo lo que pienso lo estoy escribiendo en este diario, que es más bien, un recetario o más específicamente, un cancionero. Como lo hizo Francisco Hilario Riser Rincón, que para más señas, será recordado como Panchito Riset, y esa canción que te mortificaba tus gustos, porque decías que era muy ordinaria, y mira cómo estoy ahora, en este cuartico; sin aire, sin aliento, sin cuadros, sólo la compañía de los camaradas, los que ya están cubiertos por la piel y son prácticamente una radiografía. 

«¿Por qué no vienes a mí? / El cuartico está igualito / como cuando te fuiste». Y tú te reías, mientras yo lo tarareaba, y pensando ahora que todo está igual allá afuera; tú, paseando en cualquier Centro Comercial de España, donde tu familia te mandó hace ya bastante tiempo; bueno, un año para ti, no es nada, pero aquí es el tártaro, como ya te lo había dicho; yo, solo, melancólico, aterido, con los ojos extraviados, sin poder dormir; pero tu cuartico está intacto, como lo dijo Riset: «El Cuartico está Igualito»

No me vayas a enviar alguna postal, de esas que venden en los aeropuertos, esas donde se ven los paisajes casi naturales, porque no lo voy a soportar. Desde aquí no se divisa ningún paisaje, sólo las paredes blancuzcas, con rayones y las marcas de las manos de los compañeros, que se apoyan en ellas para no caerse. La limpieza la realizan los señores encargados de ese oficio, cada vez que se acuerdan; y no es una limpieza como yo lo hacía en tu cuarto, donde se removía cada objeto minuciosamente; se le quitaba el polvo y se rociaba con Pride, de manzana, sí, no se me puede olvidar. Aquí la limpieza se hace con un tobo, jabón y ¡apártense! 

Déjame anotar aquí, en el cancionero, por si alguna vez lees esto, cómo es este espacio: «…es un cuarto grande, dentro de un hospital, donde caben por lo menos unos treinta compañeros, con jergones sin camas, sin lencería, todos los residentes están solos en el mundo, sin nadie que te tienda una mano. Las paredes fueron blancas cuando inauguraron el hospital; el piso ocho es el más despreciable y despreciado». 

Simplemente se le conoce como el sidanostro. Suena bien, ¿verdad? Cada dos o tres días, los encargados lanzan baldes de agua al piso y esa es la limpieza. No te puedo describir el olor, porque nunca antes había estado en un sitio así. Somos los descuidados del universo. Hoy estoy creativo: ¡Los descuidados del universo!, la otra fue: ¡los desahuciados de la Tierra! Déjame ver si invento otra: ¡los desperdigados del cosmos! Bueno esa no es muy creativa que digamos. 

¿Que cómo llegué a aquí?, bueno, es una historia muy larga, pero lo resumo así: después de que me comenzaron a salir las verruguitas, esas, que tanto te alarmaron, esas, que hicieron que tu familia te mandara para España; bueno, cuando me fui enfermando y los ahorros se acabaron, los amigos desaparecieron, entre ellos tú; las medicinas ya no se encontraban, y un buen día, amanecí aquí. Hay veces en que estoy lúcido, como hoy; otros, que no me encuentro; pero en lo que llevo aquí, que es exactamente cuatro meses y nueve días, sí, que lo llevo apuntado. Por eso te digo, que el cuartico está igualito. Nadie ha entrado ni salido. De aquí ya salieron once como te apunté más arriba. 

Aquí en el sidanostro, los días no se diferencian de las noches; todo es igual, los lamentos, los aullidos, los retorcijones, los «ays» lastimeros, los nuevos residentes y los que terminan sus horas boqueando, algunos arrepentidos y otros hieráticos, con la vista en el techo como buscando palpitaciones de alguien a quien contar su situación; no hay culpables, sólo recuerdos y hechos cotidianos; muchas carnes, cuerpos apolíneos, otros mal formados, sin distinción; en las camas no hay reparos, ni conjeturas, ni calambres que me impidan el gozo, el disfrute terrenal, la tempestad y después, el silencio, la sordina, las naves quemadas delante de la bahía, el último de nuestra generación. 

Te voy a colocar otra parte de la canción, aquí en el diario, para ver si a la distancia, te puedes acordar de mí: «¿Por qué no vienes a mí? / El cuartico está igualito / como cuando te fuiste / La luz a medio tono / la cortina bajita / como tú la pusiste».Y no importa que no está actualizada, que hiera y corte las venas; total, cuando uno cumple los 29 añitos, ya nada es actual. Así estás tú, con tus 34 cumplidos en el frío, abrigado, caminando solo, porque sé que estás solo; tu familia te separó de mí para que te murieras a lo grande, en la Mae Patria, sin que el resto de los tuyos se enteraran. Estamos contaminados los dos, pero tú allá y yo aquí. Sin poder entrar al cuartico que dejamos como una fotografía, de esas que se sacaban en los años 50, donde todos se paraban a esperar el resplandor del flash. 

Anda y trata de opinar; de decir algo por ti mismo, reclámales a tus hermanas… ¡Te das cuenta!, ya ni eso puedes; porque tus recuerdos no te dejan, fue mucho sudar, salivas, clamores, jamaqueos y comparsas para que lo olvides. Porque este cuerpito no será fácil de olvidar; y tú lo sabes y lo saben otros tanto; las correrías en el malecón, las fiestas en casa de los Aparicio, los disfraces de carnaval, las tómbolas y payasadas en el Bar de Manuel, y tú, risa a todo desternillar y ¡Cállate que nos van a descubrir!, y el resto que es pasado, tumulto y cuartico sin desenfundar. 

O sólo recuerdas la algarabía de tu mamá cuando se enteró que yo estaba infectado; que posiblemente tú también lo estabas, como se descubrió en España; que nuestras sangres entablaron un pacto, como ese de las películas de los apaches que vimos en el cine. Porque toda tu familia se movilizó, tus hermanas, el novio de Lucrecia, hasta tu padre, que ya no vivía con ustedes. Fue fácil reunir el pasaje, los gastos médicos de los primeros meses, la habitación en el piso, como lo llaman allá y después; dime: ¿No ha sido la misma soledad de este cuartico? «Tu retrato con flores / Porque aquí tú eras Dios / En este altar sagrado / donde te espero yo». 

Y no me vengas ahora como el cuento de los Capuleto y Montesco o como te gustaba decirlo: Capuleti e i Montecchi; claro, eso era para lucirte delante de los ignorantes, de los boca floja del tecnológico, de los pendencieros que merodeaban el Ateneo, de los agrestes cachapeadores, pero tú no; tú le llevabas ventaja porque tu pasantía por el modelaje los dejaba atrás; tus lecturas de los clásicos, esos que me inculcaste y que peleaban con mis gustos de barrio porque Panchito Riset era muy vulgar. Claro, delante de Édith Piaf, cualquier cantante popular es un babieco. Te voy a escribir un pedacito para ver si te atreves a cantarlo: ¡Claro! en francés: «Quand il me prend il me prend dans ses bras. Il me parle tout bas. Je vois la vie en rose». 

¡Ay!, en este instante se acaba de morir uno de los últimos que trajeron. El pobre debe ser que no resistió la osamenta, las venas a flor de piel, las costras descascaradas por todo el cuerpo, el aliento mortecino que arreó desde la calle y en estos casos es preferible el más allá, si es que no hay un más acá. No voy a decir su nombre porque no lo conociste y yo tampoco; pero no fue nadie en especial. Algún mariquito de barrio, como yo, de los que se la pasan caminando por la avenida Bolívar, de los que reciben todos los insultos de los que pasan a sus lados: «¡Ese marico sí está feo, no es mujer ni hombre!»… de esos que no reparan; de esos que nadie ve por ellos; de los que nacieron solos y solos se van. No como tú, que siempre fuiste selectivo; tus amantes tenían que pasar por el tamiz social, por los libros del realismo mágico primero; de Cortázar, Borges y el Gabo después y ¡Lo que me extraña es por qué me escogiste a mí!, si yo vengo de allí. 

También me pregunto, por qué te separaste de mí. Por qué no pudiste decirle a tu familia que yo era tu vida, que el pacto de sangre fue más real que las películas, que tu cuerpo era mi cuerpo y que mi enfermedad era la tuya; ¡por qué no me llevaste contigo! Hoy estaríamos paseando por España, como lo hacíamos en Maracay, sin pena de lo que dijeran, sin importarnos nada de las risas, de los comentarios, del cuartico. «La radio está en el sitio / donde tú la pusiste. / ¿Te acuerdas?/ junto al nido donde mi amor te di». 

Pero no me importa; me quedan los recuerdos y aspiro que tú también los conserves, las caminatas en la mañana, las tertulias en las tardes, los conciertos los sábados antes de tomarnos unos tragos, tus eternas paleas con tu familia por lo nuestro. Y ya ves con qué me pagaste; huyendo a mares allende, como decía el poeta; posando ante el miedo, como si el amor no tuviera miedo; porque para amar hay que tener mucho miedo. Miedo de dejar, miedo de tener, miedo de ti y de mí; miedo de que la pasión te consuma y ya tu cuerpo no es tu cuerpo; miedo de convertirte en un ser transfigurado, arropado por los convencionalismos, incapaz de ser una trilogía de alma, cuerpo y querencia. 

Por todo esto, escribo para ver si algún día te dignas a leerlo…ah, y no se lo des a tu familia. Deja que tus hermanas se solacen con los cuentos. Te aconsejo que tú también escribas porque estás tan solo como yo. No te das cuenta que aunque estés en Vigo, estás íngrimo, con las alforjas vacías de sentimiento y llenas de hipocresía, sin la caricia en el pelo por las noches, el hielo temprano los domingos, el periódico en su sitio, el pan tostado en las tardes. Te dejaron a la deriva como las aves cuando van en contra del viento, como los circos pobres que no tienen público, como los equipos de futbol cuando van perdiendo. 

Ya vez, la vida es una ruleta rusa; que podría ser húngara, vietnamita o de cualquier nacionalidad; el punto es que debes permanecer la mayor parte del tiempo en lo alto; como cuando vivías conmigo, y no quiero ser cínico; no ahora que el tren viene con la cabeza hacia abajo. Para mí es lo último, no hay problema; pero para ti, cuando sepas que ya los encargados de la limpieza aquí en el hospital, me arrastren como las reses en el matadero; ¿Verdad que vas a sentir un friíto?, algo anegadizo que te envuelve todo, gotas de sudor en medio de las sienes, la sangre como que es más espesa, las piernas en un continuo zigzag, la visión escurridiza, los recuerdos también escurridizos y yo esperándote. Y el cuartico esperándote. Y Riset esperándote. 

No voy a revelar tu nombre para no mancharte. En Vigo nadie sabe de ti y por eso crees que te ocultas como los animalitos en los mogotes orilleros; pero el cuerpo pide y sabes a lo que me refiero. ¿Le vas a decir la verdad como me la dijiste a mí? Cuando dabas vueltas como los gavilanes antes de atacar, y la pobre palomita temerosa protegiendo su nido y tú como pajarraco en picada; y yo sabía lo que te proponías; y me decía: por ahí anda ese, calladito, sin brújula, pero yo soy el Norte y tarde o temprano esa agujita tendrá que apuntar al faro, que soy yo y después la consumación; el pocito de agua, la vela derretida, y el cuartico. Bueno, «el cuartico está igualito / como cuando te fuiste / y siempre estará así / como te gusta a ti». 

Hoy creo que ya mis fuerzas me abandonan; he sufrido mucho para mantenerme sobrio y que las manos no me tiemblen y poder escribir estas reflexiones; bueno, no sé si lo son o para ti sí lo serán. Ya veo las manchas en las paredes y trato de descifrar los jeroglíficos que hacen los internos al arrastrarse y dejan los misterios chorreando saliva, sangre y gargajos verdosos; las moscas también participan y los olores, que ni te digo. Tú, que siempre usabas ambientadores al menor rastro de humo y olor. Si estuvieras aquí, seguro que te desmayarías. Pero como en Europa no hay estos vapores, espero que estés en este momento respirando los aromas de La Ría de Vigo, como me lo dijiste en tu última carta que hace bastante tiempo que no escribes. 

Cuando nos ponemos a describir nuestros juegos, yo digo que tú estás trabajando en Panamá, como caletero, buscando dinero para sacarme de aquí; y todos se quedan extasiados, acurrucados, oyendo mis historias de ti, y todos se imaginan que tú eres un ser extraño, casi sobrenatural, que yo sí he tenido suerte en el amor, no como ellos que son unos cusurros en el arte de las lenguas y la saliva; se imaginan que tú vienes nadando con el dinero entre la boca para que no se moje; que en cualquier momento tú te aparecerás en la puerta como los héroes intergalácticos y me llevarás en un caballo blanco en medio de la soledad. 

Lo que no saben es que Panchito está cada vez más presente en el cuartico que dejamos. 

Tu amigo, Pedro Luis.