Los días de nuestras vidas

Segunda mención honorífica
Seudónimo: Edo Kurosawa
Autor: Gabriel Eduardo González

Nunca dejo de mirar el calendario; ya sean días festivos o de trabajo, recordar las fechas es importante para mí. Supongo que adquirí el hábito ese 3 de abril de hace muchos años, el día en el que mi hermanito y yo vimos aquellas luces.

Era de noche, le insistí a mamá que nos dejara ir al bodegón más cercano a comprar un refresco para la cena; al principio se negó, porque era muy tarde, pero luego terminó cediendo. Mi hermanito y yo salimos a la calle principal tomados de la mano. El alambrado público iluminaba el asfalto con su luz anaranjada dejando huecos de oscuridad allá donde se habían dañado algunas lámparas. Se escuchaba música festiva viniendo desde algunas casas y la lluvia del día anterior había dejado mucha humedad en el ambiente.

Después de caminar un rato, vimos un terreno baldío que se usaba como atajo para llegar a la bodega. Eran construcciones que nunca se terminaron. Casas decían algunos; otros, que era una iglesia. Fuese lo que fuese, habían dejado solo las bases de lo que iban a construir, custodiadas por una cerca de alambre. Las luces eran aún más escasas y ya la maleza reclamaba todo el lugar.

—Jesús, no vayamos por ahí —Dijo Manuel, apretándome de la mano con fuerza.

—No seas cobarde, siempre vamos por este camino de día, es lo mismo. Estás conmigo.

Él tenía ocho años y yo trece; en ese entonces la diferencia de edad hacía que me viera como su protector.

Manuel tragó saliva y asintió, nos metimos por un hueco que había en la cerca y empezamos a cruzar el terreno. Era difícil ver el camino de noche, pero me lo sabía de memoria así que no fue gran problema. Cuando íbamos a la mitad, Manuel se detuvo y señaló al cielo.

—Jesús ¡Mira!

El cielo estaba despejado y se veían algunas estrellas; pero lo que Manuel señalaba eran tres puntos rojos que se movían en círculos.

—¿Qué es eso? —Dije.

—Son alienígenas, como los de la televisión —Manuel dijo con voz aguda.

—No digas bobadas; es más, vamos caminando que mami se va a eno… —Se cortó la luz en el barrio. Estábamos casi por completo a oscuras, excepto por aquellas luces, que ahora se movían más rápido y parecían hacerse más grandes.

—Tengo miedo —Le oí decir a Manuel.

No le respondí, pues también empecé a sentirme asustado. El terreno estaba cubierto de luz roja. Un fuerte zumbido llegó a mis oídos. Sentí cómo Manuel temblaba y yo luché por no unirme a él. Me agaché y lo abracé, enterrando su cabeza en mi pecho. Empezó a llorar. Cerré mis ojos con fuerza.

Cuando el zumbido se detuvo, me atreví a lanzar una mirada. Las luces estaban a unos metros de nosotros. Eran tres y cada una tenía más o menos el tamaño de un auto. No se movían, pero daban la impresión de vibrar. Partículas danzaban en el aire como motas de polvo impulsadas por la brisa. Era hermoso, hipnótico. Manuel y yo nos soltamos. Él estaba tan embobado como yo en aquellas luces.

—¿Qué dijiste? —Me preguntó Manuel.

—No dije nada.

—Sí lo hiciste —Volvió a mirar a las luces— No, no fuiste tú —Empezó a alejarse de mí. Lo tomé del brazo.

—¿Qué haces?

—Algo me está llamando, debo ir…

—¿Pero qué hablas…? —El zumbido regresó, pero está vez acompañado de otros sonidos que no podía identificar. Me tapé los oídos con las manos. Manuel caminaba hacia las luces.

—Ellos me…

—¡Manuel! —Grité, y las luces se hicieron más intensas.

Un destello fue lo último que vi antes de desmayarme.

Desperté poco después, mi cabeza dolía mucho. Noté que la luz había vuelto al barrio. Mi boca estaba seca y mi ropa llena de tierra. Miré a todos lados con preocupación, buscando a Manuel. Luego lo vi tirado en el suelo a pocos metros de mí. Corrí hacia él.

Me arrodillé a su lado; mi hermanito tenía los ojos bien abiertos y la mirada puesta en el cielo.

—Manuel…Manuel…. —Lo sacudí, pero no reaccionaba. De repente me tomó las manos.

—Cero Cinco Cero Dos —Dijo mientras lágrimas caían por su rostro —Cero Cinco Cero Dos

No entendía lo que pasaba, pero me sentía aliviado de que estuviese bien. Luego escuché un grito y vi que mamá y papá corrían hacia nosotros.

Nos llevaron al Hospital más cercano, Manuel seguía balbuceando. Siguieron los exámenes, revisiones y más preguntas «¿Qué hicieron?», «¿Dónde estaban?» Yo intentaba explicar todo lo que pasó, pero nadie me hacía caso. Los doctores dijeron que estaba aturdido, pero bien. Manuel, en cambio, era otro caso. Solo al sedarlo pudieron hacer que se calmara.

Estábamos en la sala de espera mientras los doctores lo revisaban. Intenté explicar de nuevo lo de las luces.

—¿Qué luces, muchacho loco? —Respondió mi papá, caminando de un lado a otro— Fuimos a buscarlos porque después de que se cortó la luz tu mamá escuchó tiros y le preocupó que anduviesen en la calle.

No volví a hablar. Nadie parecía saber nada sobre las luces o el sonido. Pronto salió el doctor acompañado de un par de enfermeras, se veía sombrío.

—Manuel está despierto, señores Gómez.

Mamá pegó un brinco y entró a la sala de observación. Papá y yo fuimos detrás de ella. Al llegar, mamá se tiró a abrazar y besar a Manuel mientras decía «Mi niño, mi niño». Manuel no le respondía, en cambio, me miraba a mí fijamente. Mi papá empezó a hacer preguntas, a lo que el doctor respondió que tenían que hablar en privado. Papá separó a mamá de Manuel y me pidió que lo vigilara mientras iban al pasillo. Cuando se fueron, Manuel me habló.

—Mis piernas…

—¿Qué? —Pregunté

—Ellos dijeron que tendría un costo…Mis piernas.

No entendía lo que estaba diciendo. Luego escuché un grito terrible; era mi madre, sollozaba mientras mi padre la sostenía para que no cayese al suelo.

—Lo siento —Dije y mis ojos se llenaron de lágrimas—. No debimos ir por ahí, debí hacerte caso. Yo…—Me detuve, Manuel me puso una mano sobre la boca.

—No es tu culpa.

En el pasillo, mi mamá seguía llorando.

Luego me lo contaron. Los doctores no sabían el porqué, pero las piernas de Manuel no respondían a ningún estímulo. Recomendaron a mis papás hacer más estudios y llevarlo a especialistas. Todo costaría un dineral, jamás podríamos pagarlo. Lo trajimos a casa. Papá consiguió una silla de ruedas de uno de sus compañeros de trabajo. Ahora debíamos adaptarnos a que mi hermanito estaba incapacitado.

Manuel no decía nada, no sonreía, se quedaba mirando a la pared por horas. Mamá lo llenaba con constantes atenciones. No lo dejaba solo un minuto. Mi abuela vino con nosotros a ayudar con Manuel.

Empezaron los remedios caseros y curas milagrosas. Pasaban por mi casa testigos de Jehová, adventistas, pentecostales, santeros y babalaos. Mamá los trataba como si fuesen su única esperanza. Papá, en cambio, estaba tan silencioso y sombrío como Manuel. Una vez, mientras no podía dormir, fui a la cocina a beber un vaso de agua y me lo encontré sentado en la mesa, con una botella de ron casi vacía entre las manos.

—Un hijo inválido… Dios mío… —Decía mirando al piso.

Volví a mi cuarto, sintiéndome afectado. Cuando llegué me asomé a la cama de Manuel y vi que tenía los ojos abiertos. Le dije que se durmiera, que no pasaba nada, pero me ignoró y luego dijo:

—Él va a irse; pero todavía no. No es tiempo.

Cuando le pregunté qué quería decir con eso, no obtuve respuesta.

Así fue un año entero. Yo pasé a segundo plano; me sentía culpable por todo, así que decidí no molestar y dedicar mi vida a cuidar a Manuel. Ayudar a moverlo por la casa, bañarlo y demás. Siempre estaba atento a lo que mi abuela o mis padres querían que hiciese. En las noches, oraba a Dios, sin saber si me escuchaba, para que me quitara las piernas y se las diera a mi hermanito.

Un día, para ser más exactos el 30 de Junio, mis papás fueron a averiguar en una clínica algunos costes de exámenes y doctores; abuela se quedó con nosotros, pero mientras ella hacia los quehaceres yo debía vigilar a Manuel.

Estaba en nuestro cuarto, de cara a la pared. A veces poníamos su silla frente al televisor o la ventana, pero cuando nos descuidábamos siempre lograba acomodarse para estar frente a la pared. Además, últimamente lo había escuchado hablar solo. Casi siempre eran incoherencias, pero está vez algo fue diferente. Se estaba riendo.

Me quedé un rato mirando sin que se diera cuenta, asombrado porque no lo había oído reír en mucho tiempo.

—¿Todavía hace eso? —Soltó otra risa—. Nunca se le ha quitado esa maña. Mami siempre sabe cuándo…—Manuel dejó de hablar de pronto. No sé cómo notó mi presencia. Le pregunté con quién hablaba.

—Con nadie —Dijo, mientras movía con los brazos las ruedas de la silla para colocarse frente a mí—. Estabas espiándome.

—No —Mentí. Manuel volvió a reírse, fuerte. Me gustaba que lo hiciera pero me molestó un poco que se burlara de mí.

—¿Por qué te ríes? —Dije haciendo una mueca.

—Porque cuando dices mentiras levantas un poco los hombros; nunca has dejado ni dejarás de hacerlo al parecer.

Era cierto, mamá siempre me descubría.

—Ajá… Pero ¿Con quién hablabas?

—No te diré —Dijo guiñándome un ojo—. Luego la conocerás.

Estaba perturbado. Tanto porque Manuel hablara como por las cosas que estaba diciendo. Lo llevé a la sala y me fui a hacer otra cosa mientras pensaba en todo esto.

Luego llegó el 12 de Septiembre. Papá se fue mientras dormíamos. Se llevó una maleta con su ropa y dejó una carta encima de la mesa, explicándose. Mamá nunca me dejó leerla. La rompió y echó a la basura mientras lloraba. Lo único que supe que decía era que iba a seguir enviando dinero para ayudar con Manuel.

—No quiero nada de ese cobarde —Le dijo mamá a abuela—. Yo misma terminaré de criar a mis hijos.

Mamá empezó a buscar trabajo ese mismo día. Pero ahora yo también debía hacer algo para aportar a la casa. Tenía catorce, casi quince, era un hombre. Abuela dijo que quería preparar dulces y tortas para que yo me encargara de venderlas en la calle Todos los días, después del liceo, me cambiaba de ropa, recogía los dulces en una bandeja e iba hacer mi ronda.

Mientras, me sentía muy enojado y triste. No sabía cómo aquel hombre se podía haber ido. Pero Manuel no pareció echar en falta a papá, ni molestarse porque nos abandonara. Le pregunté por qué y solo me respondió:

—Ya sabía que iba a hacerlo.

La respuesta me desconcertó. En esos días mi hermanito estaba muy diferente; le pidió a mamá que consiguiera libros y enciclopedias, y se ponía a leerlas desde que llegaba de la escuela hasta la noche.

También hablaba y preguntaba sobre cosas demasiado complejas para su edad. Cuando llegaba la habitual pandilla de religiosos a orar o compartir la palabra de Dios, Manuel los bombardeaba con preguntas. Un 3 de Diciembre, mientras estábamos todos en la sala, una charla con una compañera de iglesia de mi mamá se convirtió en una acalorada discusión.

—¿Por qué Dios puso el fruto tan cerca de Adán y Eva? —Preguntó Manuel.

La mujer, de la misma edad que mi mamá, le respondía mientras tenía una biblia abierta entre sus manos.

—Fue una prueba, Dios quería saber si hacían lo que él les pedía que hicieran.

—Pero, Dios lo sabe todo. Si sabía que iban a comer del fruto ¿Por qué lo puso ahí en primer lugar? Pudo evitar todo ese sufrimiento y no lo hizo: Dios es malo.

—No; no entiendes. Dios le dio libre albedrío al hombre, para que eligiera. Ellos eligieron seguir al mal.

—Pero Dios veía el futuro, podía guiarlos mejor.

Así fue toda la conversación, a cada respuesta de la mujer, Manuel tenía una réplica. Se mantuvieron así un buen rato, hasta que la señora vio la hora y mencionó que tenía que irse. Antes de que se levantara, Manuel le dijo:

—No, espere. No vaya para su casa esta noche.

—¿Cómo? —Dijo la mujer, alzando una ceja.

—¿Qué estás diciendo, hijo? —Mamá le preguntó. Pero Manuel se quedó sin hablar. Simplemente se mordió el labio y luego bajó la cabeza. La mujer tomó su biblia y su bolso. Mi madre y mi abuela la acompañaron afuera. Quería preguntarle a Manuel qué había sido eso último. Pero cuando me acerqué a él me di cuenta de que hablaba solo.

—No debí decirlo; no puedo decir nada… —Susurraba.

Esa misma noche, aquella mujer fue golpeada de manera terrible por su marido, quien sufría ataques de ira. Después de unos días en el hospital, falleció debido a las lesiones.

Mi mamá y mi abuela fueron al velorio, cuando regresaron, yo veía televisión con Manuel en la sala; de pronto, mi hermanito me miró directo a los ojos y me dijo:

—Soy como Dios; pero me pregunto si él se siente igual de triste.

Solo hasta mucho después comprendí cuánto pesar tenían esas palabras.

En este punto tengo que decir que mi rutina de ayudar a cuidar a Manuel, trabajar por las tardes y estudiar no me dejó hacer muchos amigos en el liceo. Pasaba mi tiempo libre leyendo y escribiendo. En la literatura encontré un refugio. A Manuel le encantaba leer mis relatos. Un 10 de Mayo, después de leer mi último cuento, me dijo.

—Puedes ser escritor profesional, hermano, si te esfuerzas.

—No lo sé, pero me gusta escribir. Siento que puedo controlar a un montón de personitas y hacer que hagan lo que yo quiera. Escribir sus pasados, presentes y futuros.

—¿Crees que el futuro de alguien sea inamovible? —Me preguntó.

—¿Qué quieres decir?

—Esa pregunta vieja, que aparece todo el tiempo en los libros; sobre si en realidad hay un destino preestablecido para cada uno o cosas que no se podían evitar.

—No lo sé. Pero vale intentar evitar algunas cosas malas ¿No crees?

Sonrió, pero era una sonrisa triste.

—Sí, si es que se puede…

El tiempo siguió su curso. Cuando tenía dieciocho años, un 4 de Agosto, desperté mucho antes de mi hora habitual, y noté que no estaba la radio encendida; me extrañó, mi abuela solía poner sus merengues y gaitas apenas se levantaba. Fui a su cuarto y encontré la puerta abierta. Ahí estaba Manuel, de algún modo se había arrastrado desde su cuarto hasta el de abuela. Se aferraba a la cama, con sus piernas desparramadas en el suelo, como las piernas de un muñeco de trapo. Mi abuela yacía tranquilamente. Tenía una sonrisa en la cara. Manuel le sostenía las manos. Cuando miré el rostro de mi hermano me fijé en que tenía ojeras y los ojos vidriosos.

—No puedo…Ya no puedo…—Me dijo con voz apenas audible.

De algún modo supe lo que pasaba. Le di un beso a abuela en la frente. Luego cargué a Manuel hasta dejarlo en su silla de ruedas. Desperté a mamá y luego llamé a emergencias. Llegó la ambulancia pero no había nada que hacer, yo lo sabía. En el hospital nos dijeron que fue un infarto. Murió sin dolor y sin darse cuenta.

La enterramos el día siguiente en el mismo cementerio en donde estaba mi abuelo. Mamá quería irse, le dije que lo hiciera pero que Manuel y yo queríamos estar un rato más.

Me senté en la tierra, Manuel miraba al horizonte. El viento golpeaba nuestras caras, y había un olor a rocío en todo el lugar. Solo había espacio para el silencio y las lápidas.

—Manuel.

No quiso mirarme. Lo intenté de nuevo.

—No es tu culpa. No podías hacer nada.

Seguía sin prestarme atención. Jugaba con un crucifijo que le había regalado mi abuela hace un año.

—¿Cómo hago, Jesús? ¿Cómo evito todo? —Dijo de pronto tenia lágrimas en los ojos.

—¿Cómo evitas qué, Manuel? —Cuando le respondí empezó a temblar de forma violenta.

—No puedo hablarle a nadie de eso. Ni siquiera a ti, sobre todo a ti. Ellos dijeron que podía ser peligroso.

Ya lo sabía, siempre supe que algo le pasó, algo que lo cambió tan profundamente que ya no era solo un niño.

—Si no me hablas, al menos desahógate —Dije, abrazándolo.

—No sabes como es. Puedo verlo todo y no puedo hacer nada. Ellos me lo dijeron; nada, o podría empeorar ¿Qué hago para seguir viviendo así?

Lo pensé un momento.

—Si lo ves todo, también ves las cosas buenas. Supongo que soportar lo malo y enfocarte en lo bueno, digo, eso es lo que hace todo el mundo —Me encogí de hombros.

Lo admito, soy bueno con las palabras en papel, no en persona. No creí que lo que le dije fuese de mucha ayuda, pero Manuel dejó de llorar, y se limpió las lágrimas con sus mangas. Me soltó una de sus sonrisas tristes.

—Bueno, tienes razón.

—Siempre puedes contar conmigo— Lo dije, y en verdad quería que entendiera que era así.

—Lo sé. Gracias por todo.

Los siguientes meses fueron duros, pero me las arreglaba. Pasé por trabajos varios, a veces tenía más de uno al mismo tiempo. No me importaba, tenía que seguir por mi familia. Mamá y Manuel me decían constantemente me estaba exigiendo demasiado. Yo siempre les decía que no, que estaba bien.

—Tienes que descansar mijo, distraerte. Y tengo algo bueno para eso —Mamá sacó un papel del bolsillo. Era una entrada para una charla sobre literatura en el teatro municipal. Me molesté porque no teníamos dinero para gastar en esas cosas. A lo que mi madre respondió que una amiga de su iglesia se la había regalado. Puse otra excusa. Era mi día libre, el que usaba para arreglar las cosas de la casa. Me mantuve firme en eso, hasta que Manuel me tomó por el brazo y me dijo:

—Ve, nunca se sabe lo que puede ocurrir —Y luego me sonrió. No quise despreciar esa sonrisa, ni el cariño que ambos me profesaban, así que acepté.

La charla contaba con algunos escritores de renombre y sus editores. Daban consejos a los nuevos autores y contaban sus experiencias. Admito que disfruté mucho el estar entre literatos; sentí que era la clase de lugar en el que quería estar por el resto de mi vida. Al acabar la charla me sentí un poco triste por alejarme del lugar, pero motivado a seguir escribiendo. Cuando entré a la casa noté que no había nadie. Había una nota pegada a la nevera. «Llevé a Manuel a ver una película. Dios te bendiga» Suspiré, preguntándome cómo pagaron las entradas. Pero luego me arrepentí, después de todo ellos también merecían distraerse de vez en cuando.

Después de unos minutos, sonó el teléfono fijo de la casa. «¿Aló?» Dije, una voz inexpresiva sonó del otro «¿Está el señor Jesús Gómez?» Respondí que sí y lo siguiente que escuché fue:

—Lo siento, señor Gómez, lamento informarle que su madre y su hermano han sufrido un accidente de tráfico.

En ese momento el mundo se detuvo para mí, no recuerdo mucho lo que pasó después, pero terminé en el hospital de algún modo. Al llegar, aparecieron un montón de doctores, bomberos y policías a explicarme lo que sucedió. Un conductor de camión, borracho, los golpeó por detrás. El conductor del taxi está estable, pero Mamá y Manuel se llevaron la peor parte del choque. No sobrevivieron.

Un burócrata apareció al final. Era el encargado de realizar el informe del accidente. Quería contarme más detalles, le dije que no quería saber. Me ofreció sus condolencias y se despidió, pero se le cayeron las hojas del informe. No me molesté en intentar ayudarlo a recogerlas, pero miré hacia donde estaba, y mis ojos cayeron justo en un lugar. Justo arriba, en la primera hoja, decía: Fecha del siniestro: Cinco de Febrero -Cero Cinco, Cero Dos.

Recordé ese 3 de abril, las luces rojas y los balbuceos de Manuel. Y ahí empecé a llorar, tanto y tan fuerte que sentía que el mundo a mi alrededor iba a quebrarse por completo.

A partir de ese día entré en un abismo del que me costó mucho salir. Me entregué al trabajo como forma de lidiar con el dolor, pedía todos los turnos que pudiera, tan solo para no estar en casa, porque cuando estaba en casa, sin mamá y sin Manuel, no dejaba de preguntarme cosas. Obviamente desconocía la verdadera naturaleza de la condición de mi hermanito, no podía imaginarlo. Conocer el momento de tu muerte (y quién sabe qué cosas más), verlo repetido en tu mente El horror de saber que no puedes hacer nada para cambiarlo. ¿Cuánto habrá sufrido? Pensar sobre ello me dejaba siempre en un callejón sin salida; pero una pregunta en específico, de carácter más simple, me agobiaba por sobre todo: ¿Manuel había sido feliz? ¿Nuestros días juntos tuvieron sentido?

Tuve mi respuesta muchos años después; cuando mi vida había tomado otra dirección. Después de forjar una carrera como escritor, logré casarme y tener una hermosa hija; me sentía agradecido por ello.

Un 23 de Marzo, mi hija, que tenía unos diez años en ese entonces, estaba jugando en la sala mientras yo leía en el sofá. De pronto, mi mujer salió de la cocina, muy enojada.

—Jesús, te comiste los dulces de leche que hice —Frunció el ceño—. Te dije que eran para luego.

Lo había hecho, los dulces de mi esposa me recuerdan a los de mi abuela. Nunca puede resistirme a ellos.

—No, no lo hice, mi amor.

—¡Mentiroso!

¿Cómo lo supo? Suspiró y volvió a la cocina, escuché que mi hija se reía muy fuerte.

—¿Y tú de que te ríes? —Le dije.

—De que aún lo sigues haciendo, papi.

—¿Haciendo qué?

—Mueves los hombros cuando dices mentiras, por eso mami te descubrió. Desde pequeño lo haces —Y volvió a reír.

Cerré mi libro y me acerqué a ella.

—¿Cómo sabes que hago eso desde pequeño?

—Es un secreto, él no quiere que te lo diga.

Ese día comprendí que mis días con Manuel habían sido más maravillosos de lo que podía imaginar.

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