La ninfa de Villa Ruselli

Segunda mención honorífica
Seudónimo: Granate
Autora: Andrea Leal

Hay una mordida en mí
que doblega al otro
lo arrodilla, lo inclina
Hanni Ossott.

(1) 

Mi taita me decía, cuando vivíamos por allá por Playita de León, que todo hombre tiene alguna vez que vivir una pasión que lo enloquezca. Era un adolescente para aquel entonces, así que aquellas palabras quedaron impregnadas en mi memoria como una especie de sortilegio que me ayudaría a enfrentarme a la vida y convertirme en un gran hombre. Me fui preparando poco a poco, para que el cuerpo y el corazón aguantaran el maremoto que es amar por primera vez. Me veía al espejo, imaginando que el rostro se me transformaría cuando cayese enamorado de alguna mujer. Fantaseaba con la idea de que el amor me haría más alto o más gordo, tal vez los ojos se me pondrían aguarapados o la nariz más ancha para poder detectar el olor de la amada a metros de distancia.  

Empecé a tomar café negro de mañana, tarde y noche, preparando mi estómago para los infortunios que me esperaban. Y también decidí dejarme el bigote para verme como un galán de película, aunque solo me crecía una pelusa de sietemesino sobre los labios. Mi familia, que se tomaba esta cosa del amor muy en serio, notó mi cambio de inmediato y entendió que me quedaba poco tiempo.  

Cada vez que alguno de mis primos caía irremediablemente enamorado, su mamá celebraba la deliciosa tragedia con una sopa de auyama, dulces de albaricoque y un café cerrero. Nos sentábamos en el pórtico de la casa, donde pegaba el fresco de la calle, a hablar por horas sobre los pormenores de la vida conyugal. Todas mis tías tenían pretensiones de mandar a estudiar a sus hijos a Caracas antes de que se casaran, con el objetivo de traer al pueblo a un doctor, un agrónomo o algún profesor de escuela graduado de la capital. De esa manera, la nueva nuera y su estirpe tendrían el futuro asegurado, mientras la familia se quitaba una boca más que alimentar.   

A mí estas conversaciones sobre el porvenir de mis primos me animaban, porque me permitían imaginarme el tipo de vida que me esperaba. Sin embargo, la providencia tendría otros planes conmigo, puesto que nunca encontré noviecita en el pueblo y me tuve que ir a Caracas sin ninguna prometida. Lo cierto fue que no me enamoré nunca de nadie en Playita de León, por más que las niñas me olían rico y me gustaba jugar a la botellita tras los cobertizos de la cervecería de Don Tulio. Eso sí, aprendí que la carne a veces engaña y uno cree que el corazón está sintiendo una cosa, cuando es realmente el cuerpo que quiere otra. Por curiosidad, y también porque no había nada mejor que hacer, tuve un amorío con la hija de María Eusebia, quien le lavaba y planchaba las camisas a mis primos, tíos y a mi papá también.  

La muchacha ayudaba a la madre en la parte trasera de la casa, donde siempre tenía preparado un gran tobo con la ropa blanca a remojar. Ella se ponía un vestidito ligero, que se trasparentaba cuando se mojaba, supongo porque siempre hacía mucho calor por la mañana. Y a mí, su falta de ropa y sus cabellos negros lacios hasta la cintura me inducían un estado de mareo que me hacía deambular por su casa como un borracho.  

Ella notó pronto mi presencia, cuando pasaba como quien no quiere la cosa y la saludaba distante para no dar a entender que iba solo allá a fisgonearle los pezones. Y un día me sonrío, sin quitarme la mirada mientras escurría una camisa para tender. Sus ojos eran de bruja y fue la primera vez que me encontré frente a frente con una mujer que también me deseaba. Me daba sed cada vez que nos veíamos y, luego de recibir mi sonrisa matutina, tenía que salir corriendo a casa para aliviar el dolor de mi cuerpo bajo. Un día lo arriesgué todo, atontado y pensando que tal vez ese fuera mi destino, me acerqué a donde ella estaba y le pregunté por su mamá. No recuerdo bien qué clase de excusa le di, pero quería escuchar el timbre de su voz y cotejar la sorpresa de su rostro al verme tan valiente como para romper la distancia entre ambos. Ella no me quitó la mirada ningún segundo, escrutando cada una de mis palabras y movimientos. Cuando finalicé mi patética actuación, dijo:  

— ¿Y vas a preguntar solo por mi mamá? 

La voz fue tan sugerente que caí en cuenta que había sido un tonto todo ese tiempo y que ella me llevaba toda una vida de experiencia en cuestiones del amor. Me ruboricé, reconociendo mi virginal comportamiento, y ella le quitó importancia al asunto con una risa fácil. Me invitó a entrar a su casa para que me secara el calor, y, apenas cerró la puerta tras de sí, nos atacamos como dos animalitos asustados. Se llamaba Ermelinda, tenía las manos ásperas y arrugadas de tanto lavar ropa y un olor a clavo que se le desprendía por los poros. Estuvimos de amores por año y medio, sin que nadie se enterase de la cosa porque nos gustaba la idea de que todo era clandestino y prohibido. A ella tampoco le convenía hacer públicas todas las cochinadas que hacía conmigo, y con otros tres muchachos más del pueblo, porque a la gente no le gusta que las muchachas disfruten de su cuerpo. Sin embargo, el secreto nos permitió explorar con mayor soltura nuestros sexos e hicimos todo lo que el deseo nos pedía. De ella aprendí a escuchar y a tener paciencia, pero también a desbarrancarme como un carnero. Aunque me dio todo lo que tenía y yo le di lo poco que sabía, y le quise y aún le quiero de forma sincera, jamás pude enamorarme de ella. Ahora que lo pienso, se trató más de unas ganas de no quererla lo suficiente que de una verdadera incapacidad de amarla, porque siempre fantaseé con que la mujer de mi vida tendría otro talante y me transformaría de pies a cabeza de una forma tan milagrosa que no cabría duda alguna de que ella era la destinada para acompañarme por el resto de mis días. Y debo decir que no me equivoqué del todo en mis pronósticos, la vida me habría de demostrar cuatro años después que el amor me deparaba un encuentro con un ser divino.  

(2) 

Llegué a Caracas en 1934, cuando acababa de cumplir los 20 años, y estuve muy ocupado la mayor parte del tiempo que viví por allá. Me quedé el primer año en casa de un primo de mi padre, que no tenía hijos y su mujer era tan dulce como los higos. Vivían en un departamento pequeñito en San Bernardino, alquilados junto a otras dos familias del interior. Él trabajaba en una pequeña imprenta, como operario de las máquinas, y logró convencer a su jefe para que me empleara como mandadero. Gracias a este oficio pude conocer gran parte de Caracas y me gustaba perderme por las callejuelas, visitando tugurios donde vendían el aguardiente por menos de un real. También me gustaba frecuentar los saloncitos de baile donde ponían unos boleritos bien buenos para bailarlos pegados con las muchachas. 

Estudié leyes, aunque a decir verdad nunca fui un alumno sobresaliente y tampoco me apasionaron los estudios. Sin embargo, saqué en cuatro años la carrera que me serviría para regresar al pueblo con cierto renombre. A mí lo que verdaderamente me interesaba era la gente y con eso quiero decir la parranda y los amigos. Siempre tuve un grupo numeroso de conocidos. Nos reuníamos en la plaza a jugar dominó o nos sentábamos en la terraza del café Nueva Caserona a ver a las caraqueñas pasar. Y la vida se me iba feliz en este tipo de cosas, hablando sobre el clima, los borrachines, la nueva moda de las chicas de sociedad, algún vecino caído en desgracia o sobre los viajes que hacían mis amigos fuera del país. Se trataba de un comportamiento que muchos tildarían como vacío e improductivo, pero a mí me permitía disfrutar mi alma y los caprichos del espíritu a mis anchas.  

En Caracas sí me enamoré varias veces, debo decir, aunque todos fueron juegos ilusorios. Siempre aparecía una nueva muchacha, una más bonita que la otra, más inteligente que la otra, más de mundo que la anterior, y yo caía como un bobo a sus pies y las esperaba en las esquinas cerca de sus casas para decirles los buenos días, pidiéndole a Dios que por lo menos una mirada me regalasen. No siempre tuve éxito, aunque varias de ellas pusieron sus ojos en mí y si no me casé fue porque no tenía fortuna con la que caerme muerto. Todos sabemos que para casarse se necesita plata o una fuerza de voluntad imperiosa, dilema que me permitía darme cuenta que realmente no las amaba, porque era mucho incordio y no quería arriesgar mis placeres matutinos para convertirme en el hombre con el que sus padres soñaban que se casarían. Así que, para lamento mío y de las susodichas, todo terminaba en mucha decepción, desaires amargos que lograban quitarme hasta el buen ánimo.  

Fue en el transcurso de mi tercer año en la capital, cuando ya me había ido a vivir con dos compañeros de la universidad a un cuchitril que llamaban residencia estudiantil, cuando ocurrió lo que toda mi vida estuve esperando. Verán, esa casita comunal quedaba cerca de lo que hoy en día es el barrio Los Erasos. Es decir, mi mudanza no había sido fuera de la zona donde vivían mis tíos, pero sin lugar a dudas ahora me encontraba en un sitio más público. A una cuadra de donde nosotros estábamos, quedaba un restaurante de mala muerte llamado Villa Ruselli, el cual parecía a veces un cabaret y otros días una taberna de pueblo. Allí, los universitarios nos reuníamos para matarnos a peas y buscar pajaritas, ya que pululaban por sus alrededores tanto prostitutas de buen ver como muchachitas alegres. El sitio también era conveniente porque estaba muy céntrico, podíamos citar a los que venían de otros lados de Caracas y no había pérdida. Frecuenté el lugar unos meses antes de toparme con ella, sin siquiera imaginar lo que aquel lugar me depararía, hasta que un día escuché su risa estridente. 

Tenía una forma de reírse que era igual a la de una guacharaca, además le gustaba golpear los objetos mientras lo hacía. Cada vez que algo la mataba de risa, todo el restaurante temblaba con sus espasmos felices. Yo la busqué con la mirada, impresionado por tanto alboroto y mis ojos la captaron en el fondo del local, entre las últimas mesas y el pasillo que llevaba a los baños 

Era de un abundante cabello negro de gitana, una piel rosada saludable y una hilera de dientes resplandecientes. Tenía dos cejas muy tupidas, casi masculinas, pero unos ojos profundísimos con pobladas pestañas que le daban a su rostro un carácter sincero. Llevaba un vestido fresco, color verde limón, con un escote pronunciado, pero que se alargaba hasta sus tobillos cual batola sacramental. También llevaba unos aretes pequeñitos de oro que le brillaban como monedas en los oídos y una gargantilla finita que le confería un aire elegante. Desentonaba en el lugar porque parecía ser una niña de su hogar, aunque tenía una forma vulgar de moverse y hablar que sugerían otros modales. La ambigüedad de su persona me atrapó, sin poder hacerme idea alguna de quién era y qué hacía allí. Lo cierto era que jamás la había visto y, posiblemente, se trataba de una clienta de paso que jamás me volvería a cruzar. Así que preferí mirarla de lejos, como se hace con los jarrones chinos y las copas de bacará. No puedo decir que fue amor a primera vista, porque nada me convenció de acercarme o tratar de conocerla. Más bien, me quedé maravillado por su extraña belleza y la guardé en la memoria como otra muchacha bella más, pero cuando al día siguiente la vi de nuevo y luego los próximos días me volví a topar con ella en Villa Ruselli, supe que había una oportunidad para encallar nuevamente en otra aventura amorosa.  

No los voy a aburrir contándoles todas las artimañas que utilicé para conquistarla. Digamos que fueron muchas y ella se resistió por varios meses, alternando entre el interés y la indiferencia, imitando el ciclo lunar. Lo que sí me parece importante mencionar es que se trataba de la hija del cantinero de Villa Ruselli, que había vivido con su madre por un pueblito llamado La Fría, por allá en los Andes y se había venido a Caracas para ayudar al padre con los quehaceres del hogar. Debo decir que no destacaba por su cultura ni inteligencia, aunque sabía vivir a sus anchas y con muy buen humor. Era muy diestra con las manos y estaba ahorrando para comprarse una máquina de coser porque quería independizarse económicamente. Tenía por nombre Silvia y cuando lo pronunciaba sentía un cosquilleo en la lengua que me ponía feliz. Vivía cerca de nuestra residencia estudiantil, en una casucha que su padre compartía con otras cinco familias. Por ello, tenía yo la costumbre de esperarla en la vereda de mi casa para verla pasar tan rozagante. Ella tenía una forma de caminar que revelaba dominio en el cuerpo, pero también tenía un saltito infantil que desentonaba con su sensualidad. No sé en qué momento perdí la cabeza por ella, tal vez fue un martes luego de coincidir en la verdulería o un sábado por la noche hablando de un viaje a La Guaira. 

Lo cierto fue que apenas entendí que aquella mujer me estaba robando la calma del cuerpo, me dio una fiebre nocturna que me hizo recordar los sueños de la infancia y las palabras de mi abuelo diciéndome que pronto viviría una pasión irremediable. Las señales eran inequívocas, me fui a la Santa Capilla, me confesé con el párroco por todos los pecados que había cometido en mis últimos años y me encomendé a la virgen. El cuerpo todo me temblaba, pero era realmente mi espíritu el que había cambiado y no paraba de vibrar de la emoción. Creo que en aquel período crecí unos cinco centímetros, las costillas se me ensancharon y empecé a peinarme de medio lado. Jamás me creció el recio bigote que siempre deseé y tuve que aceptar que aquel vello púbico que tenía sobre los labios en vez de enamorar a mi querida Silvia, lo que haría sería espantarla.  

Luego de varios meses de cortejo, ella dejó de ser indiferente. Me imagino que cambió de opinión impresionada por la fuerza de mi amor, porque no hay nada que halague más a una mujer que un enamorado enloquecido. Juraría que se apiadó de mi alma, antes de que terminara colgándome de alguna viga por el dolor que me causaba su rechazo.  

No hubo criatura más dulce para ser amada, porque tenía unas manitas suaves que me acariciaban el rostro con adoración y se preocupaba mucho por mi persona. Nunca tuve las camisas mejor remendadas como en aquel tiempo en que fui su enamorado. Ni comí mejor ni estuve en mejor estado de salud. Ella, sin que nadie notase su predilección por mí, me llevaba regalitos a la casa y se paseaba por la vereda para hablar un rato a solas. Yo me desvivía por tocarla, porque cada palmo de su cuerpo me llamaba con una fuerza demencial. 

Tenía el cuerpo de las mismas proporciones de una mulata y con la misma salud, pero también al ser andina le brillaba de noche la piel como un lucero. A mí me encantaba llenarla de besos cuando nos escapábamos de Villa Ruselli y nos sentábamos en el parquecito, lejos de ojos indiscretos. Pero jamás me dejó tocarle más allá del cuello, ni posar mi mano en sus piernas o pretender abrazarla con desesperación. Se retiraba como un animalito asustado, para luego mirarme con sus ojos de gitana, disuadiendo todo intento de ataque.  

En un principio pensé que era tímida, porque seguramente era virgen y esperaba que me comprometiese en matrimonio antes de siquiera aceptar alguno de mis avances. Poco a poco me empezó a embargar una duda terrible y unos celos espantosos cada vez que la veía riéndose con comensales masculinos de Villa Ruselli. Silvia siempre tuvo un aire descarado, como de mujer que conoce muy bien sus armas de seducción, esto no se le quitó ni con los amoríos que teníamos. En un principio, creí que era de naturaleza coqueta, pero luego empecé a sentir en el fondo de mi estómago que definitivamente aquella mujer que amaba hacía y deshacía tras mis espaldas. Ella olía a sexo, de manera muy sutil pero certera. Y yo me daba cuenta de cómo los hombres la miraban y la halagaban, como si conocieran cada parte de su cuerpo.  

Este presentimiento me dejó en muy mal estado de ánimo. Dejé de ir a la academia, porque no tenía ganas de hablar con nadie ni juntarme con mis amigos. Perdí incluso el apetito y las ganas de vivir, pero fueron mis compañeros de cuarto quienes se preocuparon por mí y me fueron azuzando para que saliera de este sopor. No sé si Silvia se enteró de mis celos, pero por aquel entonces estuvo muy pendiente de mí y me juró en varias ocasiones que me amaba inmensamente. Insistía, de cuando en vez, de lo mucho que me extrañaba cuando no estaba con ella y de la emoción que sentía cuando la besaba. Yo la escuchaba, pero la idea me mareaba y me sentía en una especie de túnel sin salida donde su voz me llegaba como un eco lejano.  

Comprendí que no podía dejar de amarla, pero no sabía si ella realmente me amaba con la misma intensidad que aseguraba. Esto me hería el amor propio y también me hacía olvidar todas aquellas promesas de infancia, donde perjuraba que aceptaría cualquier amor tortuoso porque me haría un hombre de bien. Ningún ser humano puede imaginar el peso del dolor, ni prepararse para afrontarlo. Siempre nos toma indefensos, cuando más confiados estamos. A mí me había pasado un maremoto por encima y no tenía la fuerza para encararlo siquiera. La veía a los ojos y en la punta de la lengua tenía la pregunta que jamás me atreví a formular porque temía demasiado su respuesta. Así que preferí hacerme el musiú mientras dejaba que el dolor y la vergüenza se transformaran en otro sentimiento. 

Una noche, cuando estábamos nuevamente en el parquecito y ya no intentaba ni tocarla, ella fue la que preguntó por mi cambio de actitud. Yo le respondí con evasivas, indispuesto a ahondar en aquel tema que me generaba tanto conflicto. Llena de lágrimas y rencores me echó en cara que yo ya no la amaba igual. Incluso, se atrevió a sugerir que yo estaba planeando un escape magistral. No daba crédito al espectáculo que había montado, puesto que sus gritos estaban a punto de despertar a todo el vecindario y no iba a ser bueno para ninguno de los dos que nos encontrasen a solas en la oscuridad. Me generaba, sobre todo, mucho miedo que el padre se enterase de mis andanzas y creyera cosas erradas sobre mis amores con su hija. Traté de calmarla, postrándome a sus pies mientras le juraba por mi madre que mis sentimientos jamás cambiarían. Mirándola a los ojos entendí el fruto de mi rabia. No concebía en mi corazón que aquella mujer que tanto quería, que formaba parte de mis adoraciones y consideraba destinada para mí, pudiese estar gozando de su cuerpo a mis espaldas, mientras yo no podía probar ningún palmo del suyo. Entonces, me armé de valor y formulé lo primero que se me vino a la mente:  

— Silvia, yo a ti te amo como nunca he amado a nadie. Pero tu amor por mí a veces queda en entredicho y no lo siento sincero. Una prueba, solo una, me bastaría para entregarme a ti en cuerpo y alma por el resto de mi vida.  

La muchacha me miró con los ojos bien abiertos, sin dar crédito a mi desfachatez. Juré que me atravesaría la cara con una cachetada y todo se terminaría allí, tristemente, en un burdo intento por acostarme con ella. Sin embargo, su respuesta no fue nada de lo que estuviese esperando y me intrigó enormemente.  

— ¡Ay, querido! Lo que tú no sabes es que yo tengo un misterio debajo de la falda.   

— Bueno, pero claro… ¿No todas las mujeres lo tienen? —contesté divertido por su ocurrencia.  

— No entiendes, mi misterio es del tipo que hace que los hombres enfermen y enloquezcan. 

Sentí un sudor frío de tan solo escucharla. Un ave de rapiña me había dado un picotazo en el corazón, porque de nuevo los celos retornaban como un golpe violento. ¿Era esa clase de misterio? ¿El misterio que guarda una mujer promiscua para casarse bien? Tragué largo, sintiendo que, si ese era mi destino, tenía que atravesarlo. 

Ella siguió hablando con los ojos perdidos como si no pudiese escapar de sus pensamientos:  

— O peor aún… es que lo pienso y se me pone la piel de gallina. Ve, mira. No te miento. ¿Qué pasa si te lo muestro y aún me amas? Entonces no habrá salida, quedarás marcado de por vida.  

— Eso no me importa. Ya estoy marcado por ti Silvia. Para mí, ya no hay vuelta atrás. 

Decidí, en ese exacto momento, lanzarme al vacío y apostar todo por ese amor que se me estaba echando a perder.  

(3) 

Ella me citó dos semanas después en su casa, coincidiendo con la ausencia de su padre que iba a visitar a unos compadres suyos en Valencia. De esta manera, ella se sentía menos nerviosa y podríamos retozar tanto como quisiéramos, sin el miedo de que alguien nos descubriese. Yo me llegué a su casa a eso de las 4:00 de la tarde y estaba frente al portón con un clavel que compré en la placita a unas muchachas que vendían flores frescas. Silvia me hizo pasar con mucho recato, fijándose que nadie estuviese fisgoneando nuestros asuntos. Subimos en silencio al cuarto que compartía con el padre mientras nos acariciábamos con las manos llenas de nervios. Cuando se cerró la puerta del cuarto detrás de nosotros, miré a Silvia en la penumbra, solo iluminada por una pobre lámpara de mesa. Llevaba, como de costumbre, sus vestidos largos y coloridos. El cabello le caía sobre los hombros, aunque descubría su cara con una peineta. El rostro le temblaba y pensé que tal vez estaba arrinconando a una criatura inocente, pero incluso en la culpa la deseé. Entendí, en ese momento a solas, cuanto había fantaseado con su cuerpo y con las ganas de hacerle el amor. 

Di un paso, pero ella retrocedió la misma distancia. Sonreí, tratando de calmarla: 

— Tranquila, no hay nada que temer.  

— No, sí lo hay —fue lo que respondió, mirándome fijo con sus ojos de azúcar morena. En la forma que me observaba reconocí a Ermelinda, mi viejo amor de infancia, y aquella revelación me turbó. Miraba como una bruja, como una mujer antigua, como esposa de minotauro, luego completó: — Espera allí y mira. 

Los hombros de Silvia brillaban en la oscuridad y los movía en círculos dejando entrever una sensualidad que no le conocía. Al mismo tiempo, había tomado con la punta de los dedos la falda de su vestido, subiéndolo poco a poco mientras contorneaba sus caderas. La imagen sugerente de su cuerpo, la forma en que se marcaban sus curvas en el vestido, hizo que se me calentara el aliento. Apareció un hormigueo en mis dedos, que se intensificó cuando estuvo el vestido sobre sus rodillas. Tragué hondo, torturado por la espera y la miré a los ojos implorándole que parara ya su juego maquiavélico.  

— Mira mis piernas, es allí donde descubrirás el secreto.  

Volví la mirada a sus piernas y las vi al descubierto. Pero en vez de encontrarme con unos muslos blancos y torneados como siempre me los había imaginado, estaba ante mí una abominación de la naturaleza. Silvia tenía piernas, por supuesto, pero de ellas nacían unos pinos chiquititos y frondosos que se extendían desde la entrepierna hasta casi llegar a las rodillas. Podían haber pasado por unas piernas velludas, pero su forma y tamaño no dejaban duda de que eran legítimos árboles.  

Yo no daba crédito a lo que veía y demandé con la mirada una explicación. Silvia sonrió sencilla, susurrando algo parecido a: “¿Todavía puedes amar a esta mujer rara a la que le crecen árboles en las piernas y tiene una selva por vagina?”. Y mientras decía aquello, se quitó el vestido por completo y liberó su sexo de toda ropa íntima, quedando al descubierto. Tal y como había dicho, Silvia tenía una selva entre las piernas que respiraba por sí sola, que vibraba en vida misma, donde se escuchaban animalitos chillando y venteaba una brisa tropical. Me postré ante ella, sin saber qué decir o qué hacer, pero sin quitar los ojos de aquella vagina sobrenatural.  

— ¿Y todavía puedes decir que me amas con tanta ligereza?  

La voz melodiosa de Silvia me mareaba, pero era su cuerpo quien me había inducido a este estado de invalidez. La vi como un monstruo, como una criatura destinada a la desdicha. Y me supe desdichado también, porque no podía admitir la derrota ante aquella amante botánica. Mas bien, había en mi corazón una preponderancia a amarla con más fuerza y encarnizarme en adorar cada uno de sus pinos. Supe que mi destino no era otro que ese, que me había estado preparando toda mi existencia para conseguirme con Silvia y que ella me revelase su misterio.  

— Y por eso no se lo muestras a nadie… —murmuré para mí.  

— ¿Qué dices, tonto? No sabes nada.  

El rencor de su voz me atravesó como una daga. Me vi desencajado, sintiendo que mi cuerpo era liberado de todo soborno. Los ojos de ella, melancólicos, me hacían cariño con la mirada. Aún guardaba un gramo de su dulzura para mí, pero me odiaba. En el fondo, mi desprecio la había envalentonado y comprendí que ningún amante se había atrevido a tanto. Supongo que los otros fueron clarividentes y cuando ella les reveló su gran secreto se postraron ante sus pies como quien era. ¡Una ninfa, una diosa, un ser divino! ¿Cómo me había atrevido a pensar que aquellos árboles eran impedimento para su amor?  

Silvia sonrió con altivez, diciendo: 

— Me imaginabas inmaculada todo el tiempo y cuando pensaste lo peor, erraste. ¿Realmente lo más malo que podía haber pasado era que me acostara con dos o tres? Más bien, es lógico que eso ocurra, nadie se puede resistir a mi origen vegetal. Ven, acércate, tócame. Ven a sentir estos árboles, a hundirte acá dentro de mí, los dos.  

Gateé como un niño hacia su centro y me agarré a sus piernas, hundiendo mi rostro en su monte pubis. Lloraba mientras le pedía disculpas y le daba las gracias por acobijarme. Ella me abrazó y caímos en un vértigo sin fin, donde todo nuestro cuerpo era una papila gustativa gigante y nos saboreábamos con frenesí. Dentro de la selva de Silvia existen monitos rojos, rinocerontes pequeñitos como gatos recién nacidos, hay también bandadas de pájaros tricolores que imitan la voz de las cantantes de ópera. Ella y yo nos habíamos sumergido en su vulva, corriendo y amándonos a nuestras anchas. No sé cómo hizo para desdoblarse y convertirnos en una entidad tan pequeña como para caber dentro de su vagina, pero ambos rodamos en la carne de su carne, mientras la besaba y acariciaba toda. Influenciados por un festín de amor y felicidad, hicimos el amor 55 veces adelante y otras 55 veces más atrás. Cuando estuvimos exhaustos de tanta faena, cansados de reír y llorar, volvimos a nuestros cuerpos reales y nos encontramos tirados en la cama; malolientes y satisfechos.  

Pensé que, tal vez, esta sería la cosa más rara que me pasaría alguna vez en la vida. También supe que Silvia no se iba a quedar a mi lado, que ella no me pertenecía. Me tocaba enfrentarme al amargo sabor de los amores no correspondidos, pero luego de haber vivido su cuerpo y experimentado las dimensiones de su amor, ya nada me importaba. Silvia me había escogido, entre su tropel de amantes, para iniciarme en sus misterios. Y yo no podía pedirle más, le lloraría como un niño todas las noches.  

— No te pongas triste, toma, fuma —me dijo ella al descubrir una lágrima que me rodaba por el rostro. Me puso el cigarro encendido en la boca y me besó la coronilla— Ya eres un hombre y tienes todo un mundo por delante, no te quedes encallado en esta orilla.  

Le miré nuevamente sus ojos de gitana, el rostro redondo, la nariz respingada. Acaricié su mata de pelo negro azabache y observé nuevamente sus piernas arbóreas. Sonreí y di una profunda calada al cigarro que sabía a mirra:  

— Me lo dices porque quieres seguir tirando con otros —rezongué— Hay que ver que sí eres puta como creía.  

Ella soltó una carcajada con sus espasmos y golpes de guacharaca. Fue la última vez que la vi tan feliz, tan completa y satisfecha. No volveríamos a cruzarnos los cuerpos jamás, porque dejé de ir a Villa Ruselli inmediatamente después de aquel evento. Inventé a mis amigos miles de excusas para no volver a pasearme por aquel lugar e, incluso, traté de convencerlos de frecuentar otras tabernas y cafés para probar suerte con nueva gente.   

No quería volver a ver el rostro de Silvia, tenía las manos vacías, le había dado todo. Lo único que me quedaba era mi promesa de no reincidir, de seguir adelante. Una noche, cuando uno de mis amigos volvió a insistir en pasarnos una tarde en Villa Ruselli, me enfadé e hice una escena que me dejó muy mal parado. Los amigos me miraron con tristeza, compadeciéndose de mi alma y fue así cuando uno me reveló también su secreto: 

— ¿Fue Silvia la que te dejó así de trastocado, no?  

Nos quedamos en silencio, observándonos. Supe por la sonrisa triste en su rostro que él también había sido marcado y posiblemente también mis otros compañeros. Resoplé, mientras entendía que el amor no me había deparado a mí nada distinto que al resto de los hombres de la tierra. Yo no era especial, ella solo me había hecho un favor cuando yo estaba tan necesitado de amar y ser amado. En medio de la camaradería de mis iguales, acepté la efímera fuerza de mi pasión. No era un momento glorioso como siempre lo imaginé, tampoco dulce. Era más bien insípido. Un chicle masticado cientos de veces, hasta perder su sabor. Una baba blanca, eso era lo que me había dejado aquella ninfa en el pecho. No hubo cambio fantástico, seguía siendo yo, posiblemente más lánguido y triste.  

Aquel mismo día decidí devolverme a Playita de León, con la promesa en mente de que tal vez Ermelinda me estaría esperando, con los brazos de melcocha abiertos, para que yo llorase amargo mi primer amor.  

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