El fémur de Renata

Ganador
Seudónimo: Dr. Mogollón
Autor: Carmelo Urso

I

Los derechos humanos son violados con el objeto de ser defendidos;
la democracia es destruida para salvaguardar la democracia;
la vida es eliminada para preservar la vida
Boaventura de Sousa Santos

11-9-2020; 8:20 AM

La nonna Renata contempla el cielo matinal desde la terraza de su casa, en Veredas de Coche. Lleva sesenta años habitando esa vivienda de dos pisos. Allí cohabitó con su marido, Girolamo, quien murió hace ya una década. Allí crió a sus tres hijos: Rosanna, que vive en España; Gioacchino, que está en Italia; y Calogero, el mayor, que nunca emigró ni pensó en emigrar.

Renata está por cumplir los noventa años. Le faltan apenas diez días. Ha visto pasar muchas situaciones: algunas, muy malas, parecían pasajeras, pero acabaron formando parte de la cotidianidad, del estado general de las cosas y hasta del paisaje; otras, muy buenas y deseables, que parecían duraderas y perdurables, terminaron yéndose, diezmándose, esfumándose, acabándose.

Un ejemplo: nadie piensa que un hermoso bosque será arrasado en pocos lustros. Pero fue lo que pasó con el pinar que prosperaba en la colina adyacente a las Veredas de Coche. La arboleda fue devastada. Ni un pino quedó. Ni un ligustro más floreció. Creció en su lugar una villa miseria; una miríada de casuchas apiñadas en denso desorden, reunidas en un tupido cáncer urbano. 

Líderes sociales, dirigentes políticos y efectivos policiales subían y bajaban de la colina: adultos y niños los acompañaban en sus correrías. En nombre del derecho a la vivienda, el bosque fue invadido. En nombre del derecho a la vida, el pinar fue talado. En nombre del derecho a la protección de la familia, fueron levantadas las precarias e insalubres viviendas. Y así, en nombre de la democracia revolucionaria, el bosque dejó de ser bosque.

“Pero esos árboles también tenían derecho a vivir”, piensa la nonna Renata. “Y las paraulatas y los cristofués que vivían entre los pinos también tenían derecho a un hogar. Y yo tenía derecho a despertar con la fragancia de los pinos y el canto de las paraulatas y los cristofués”.

Lo triste, piensa Renata, es que en esa villa se escuchan tiros a todas horas: no hay semana en la que no haya heridos o muertos; las maltrechas viviendas de techos de cartón se caen con las lluvias y carecen de servicios; y las familias, al igual que la suya, sobreviven desmembradas por el caos económico y la emigración masiva. Abuelas que crían a nietos; hijos que no conocen a sus padres; madres que llevan años sin ver a sus hijos.

Renata jamás ha visto en persona a sus nietos. Ha charlado con ellos a través del teléfono móvil de Calogero. Sus rostros son alegres efigies que cobran vida gracias al vídeo. Claro, cuando el servicio de internet no falla.

Y ya que no hay pinos para ver u oler; ni hay paraulatas o cristofués para escuchar; y sus hijos, salvo el ya sexagenario Calogero, están a un océano de distancia, a Renata no le queda mejor opción que contemplar el cielo caraqueño y gozarse con la apacible luminosidad de la bóveda celeste.

“Al menos el sol ha salido hoy. Y saldrá mañana. Y seguirá saliendo mientras viva. Ese derecho nadie me lo quitará”, piensa, antes de cerrar los ojitos y dormir un rato, la nonna Renata.

II         

El derecho no es la justicia. El derecho es un elemento de cálculo;
la justicia es incalculable y exige que se calcule con lo incalculable;
así que la decisión entre lo justo y lo injusto
jamás estará asegurada por una regla
Jacques Derrida

12-9-2020; 8:23 PM

Calogero Urzini contempla el cielo nocturno desde la terraza de su casa, en Veredas de Coche. A lo largo de los últimos cincuenta y nueve años, ha vivido de manera irregular en ese inmueble de dos pisos. Allí fue criado por su padre Girolamo, quien murió hace una década de cáncer de próstata, y su madre, Renata, quien pronto cumplirá noventa años. En esa casa creció con su hermana Rosanna, la del medio, que lleva ocho años en España, y con su hermano Gioacchino, el menor, el visionario, que lleva quince años en Italia. 

Cuando las cosas marchaban bien, pero la gente pensaba que marchaban mal, Calogero era un gerente medio de la compañía petrolera venezolana. Había estudiado periodismo, pero pronto comprendió, como el poeta Campoamor, que en este mundo traidor no hay verdad ni mentira, sino que todo es según el cristal con que se mira. Y dado que las verdades de los medios no son más que medias verdades huidizas y escurridizas, prefirió laborar en el ámbito de la comunicación empresarial, un mundo donde campean las verdades relativas y corporativas.

Durante treinta y cinco años, Calogero laboró para la principal empresa venezolana. Su juventud y madurez transcurrieron entre campos petroleros, lejos de la casa de dos pisos de Veredas de Coche. Su vida fue regida por los valores de la Industria: la meritocracia tutelaba el funcionamiento de la estructura burocrática; el cumplimiento riguroso de las normas y la distinción entre lo justo y lo injusto gobernaba la operatividad técnica y administrativa. Por supuesto, la empresa no era perfecta; cierto: a veces hubo ascensos basados más en las influencias personales que en los méritos profesionales; no faltaban empleados que vulneraban las normas; y, en ocasiones, la distinción entre lo justo y lo injusto se tornaba turbia para algunos gerentes. Pero la Industria funcionaba muy bien: cuando Calogero ingresó, era la compañía petrolera más importante del mundo.

No obstante, un día las cosas cambiaron.  Empezaron a ocurrir cosas muy malas, muy feas, que parecían pasajeras… pero que se volvieron sistémicas, duraderas. Nadie pensaba que la compañía petrolera más importante del planeta podía ser destruida en pocos lustros. Pero fue lo que le sucedió a la Industria: de producir casi 4 millones de barriles diarios, pasó a generar menos de 300 mil. 

En nombre del derecho revolucionario a la igualdad, la meritocracia “fascista, imperialista y clasista” fue desmontada: militares, políticos y líderes sociales sustituyeron a ingenieros y técnicos con décadas de experiencia. En nombre del derecho de las mayorías a ejercer la democracia protagónica y participativa, los campos petroleros fueron cerrados; los pozos fueron abandonados; los taladros fueron desmantelados; los buques petrolíferos fueron subastados; los inmuebles administrativos fueron rematados. Y así, en nombre de la Revolución, un país que durante un siglo fue líder mundial en la producción de combustibles fósiles, se convirtió en importador de petróleo, gasoil y gasolina.

 “¡No hay derecho a esta vaina! No es justo…”, piensa Calogero, mientras mira la luna que brilla en la celeste bóveda caraqueña. “Las pérdidas personales y colectivas son incalculables, inimaginables, irreparables. Y lo peor, es que —quizás— jamás habrá justicia para las víctimas, ni castigo para los culpables…”.

III 

Lo que le otorga derecho a un ser humano a ser tratado como tal
es el hecho de tener la figura de otro ser humano dentro de sí mismo,
al igual que el otro tiene la suya dentro de él
Jean-François Lyotard

13-9-2020; 1:13 AM

La nonna Renata tiene sed. Últimamente, se le seca la boca con frecuencia en la noche. En plena madrugada, se levanta con la garganta reseca. Oprime el interruptor de la luz… y la luz no se hace, no aparece. Desde hace meses, el servicio eléctrico se ha vuelto errático: saber cuándo se va y cuándo vuelve el fluido energético se ha convertido en un hecho enigmático. 

Camina hasta el baño del cuarto. Acerca su boca al caño del grifo del lavamanos, con la esperanza de enjuagarse y aclararse la boca: gira la llave, pero no emerge el líquido. El agua corriente, quizás, sea un derecho en otros países, pero en la Venezuela del presente es una diaria frustración que al más viejo le saca canas y hasta al más joven las raíces capilares le emblanquece.

En una situación similar, su marido Girolamo, que Dios tenga en la Gloria, ya habría maldecido y blasfemado. Pero Renata ha llevado la vida con ardiente paciencia: así sobrevivió a la pobreza y la guerra en su Sicilia natal. Fue paciente durante la hiperinflación y la miseria de la posguerra; fue paciente durante sus primeros años en Venezuela, donde llegó sin dinero por cobrar y con incontables deudas por pagar; con aguante inigualable, sobrellevó durante medio siglo al bueno pero neurótico de Girolamo; con estoicismo admirable, poco a poco, levantó su casa y crió a sus hijos… en una época en la que los problemas, aunque muchos, aún no se habían convertido en calamidades; y en la vejez, cuando parecía que al fin disfrutaría de tranquilidad, le tocó resistir, con una resiliencia incomparable, la sistemática destrucción de su patria de adopción.

Así que, en lugar de blasfemar y maldecir, Renata respira profundo y se dispone a bajar la escalera que conduce a la cocina. Escucha al bueno de Calogero roncar y dormir; y piensa: “¿Para qué lo voy a fastidiar? Es mejor que lo deje soñar. Quizás en el sueño disfrute lo que tanto malvivir le ha de negar”.

Con la vista enturbiada por la unánime penumbra, Renata baja la escalera, escalón por escalón. Se sujeta al pasamanos con precaución; a cada paso que da le presta máxima atención. En lo que parece una eternidad, la nonna llega al fin a la cocina. A tientas, ubica una jarra con agua hervida. El líquido, todavía tibio, dista de ser sabroso, como el agua fría y mineral recién sacada de la heladera. Pero al menos tiene la propiedad de saciar la sed y aclarar la garganta.

“Vuelvo a sentirme como un ser humano”, piensa Renata. Ella, como suelen entenderla sus paisanos, cree que la calidad de vida no tiene que ver con ostentosa frivolidad sino con austera comodidad. “Debería ser sencillo que el agua saliera al girar la llave del grifo y la luz se encendiera al oprimir el interruptor. Es lo mínimo a lo que deberíamos tener derecho… pero todo se ha vuelto un horror”, piensa la nonna antes de iniciar la subida de las escaleras.

En las últimas seis décadas, Renata ha recorrido esos escalones miles de veces. Por enésima ocasión, emprende esa cotidiana ascensión. En el ambiente cunde una oscuridad cósmica, similar a la de las áreas intergalácticas huérfanas de astros, carentes de estrellas. Entonces, Renata se despista y desorienta, se desvía y descamina, se descarría y extravía; da un inédito mal paso: la caída le quiebra la cabeza del fémur izquierdo. Y en ese momento, en vez de reflexionar sobre su tormento, Renata piensa: “¡Qué solo se sentirá Calogero si yo muero!”.  

IV 

Siempre existirá una tensión entre la significación universal de
los “derechos del hombre” y el hecho de que su enunciado deje a la
“práctica”, a la “lucha” y al “conflicto social” el cuidado de hacer
efectiva una “política de los derechos del hombre”
Étienne Balibar

13-9-2020; 1:20 AM

A Calogero le despiertan los gritos de su madre.

Y su madre —usualmente— no grita.

Se levanta del lecho con taquicardia. Años de estrés gerencial, décadas de glotonería y lustros de hábito tabáquico le generaron una cardiopatía hipertensiva. Y un susto nocturno, como el que afronta en este momento, no le ayuda a Calogero a sobrellevar su afección, su padecimiento.

El ex gerente petrolero se orienta en la negrura. Descorre las cortinas del pasillo: en las afueras no hay ni una mínima lumbre encendida. El apagón es general. La cerrazón es total. La noche discurre tan oscura como el lomo negro de una vieja biblia. La madrugada transcurre tan sombría como el péndulo descompuesto de un reloj hecho del duro azabache o de la duradera obsidiana.

Calogero vuelve a escuchar los quejidos de su madre. El chorro de voz proviene de la escalera. El amor y la desesperación por ayudar lo guían en medio de la infortunada nocturnidad. Paso a paso, se orienta en el reino de lo lúgubre; cauteloso, se adentra en la oscuridad fúnebre. Llega, por fin, a mitad de la escalera, donde su madre ha tropezado, ha caído: la ubica, la palpa, la sopesa. Ella se queja y se queja. “Algo se ha roto la vieja”, piensa Calogero. “Ella no es de las que grita y se victimiza. Esto es en serio. Y, además, le avergüenza”.

Pese a sus años y sus dolencias, Calogero sigue siendo un tipo fuerte. Su gusto por las pesas le legó bíceps y tríceps de atleta; aunque su disgusto por los ejercicios abdominales le dejó un barrigón de excepción y, en general, una figura bastante más que regordeta. Cree que es capaz de tomar en brazos a su madre y de transportarla hasta la cama —sin tropezarse ni hiperventilarse ni infartarse. Pero tiene que calmarse, serenarse, concentrarse.

Levanta en vilo a su madre. Le susurra palabras de confianza, serenidad. Confianza prestada, serenidad simulada; pues Calogero, que avanza a ciegas en la lobreguez, en la tenebrosidad, cree que, en realidad, no llegará a la cama. Cada paso que da es una lucha ganada —aunque hiperventilada; cada zancada completada es un conflicto vencido —pero cuasi infartado, hipertensivo; cada tranco finalizado es, en la práctica, una victoria alcanzada—aunque cada paso que falta podría implicar, en teoría, un potencial traspié, un posible desastre.     

Después de hacer camino al andar —un andar transido de locura en la dura senda de la penumbra— Calogero arriba a la habitación de mamá y la deposita en el lecho. La madre le agradece y le dice: “¡mi niño bendito!”. Un infante de sesenta y seis años de edad. “Nunca pensé que mamma y yo seríamos ancianos al mismo tiempo. Pero aquí estamos y aquí seguimos…”.

De pronto, Calogero empieza a sudar, con la respiración aceleradísima y el pulso descontrolado. El corazón le late desbocado, descolocado. La cabeza le da vueltas. Un dolor zumbón le taladra las sienes. Un helor de muerte le recorre la espalda. Los oídos le silban, le zumban. Corre a su habitación: toma la pastilla antihipertensiva; ingiere el medicamento para la cardiopatía. Y en ese instante, en lugar de reflexionar sobre su condición cuasi infartante, Calogero se pregunta y repregunta: “¿Quién cuidará a mi mamma si yo me muero? ¿Quién?”.   

Los seres humanos protagonizan un conjunto peculiar de
relaciones. La palabra “humano” nombra un proyecto prometedor,
esperanzador, pero impreciso. Está lejos de designar una esencia
Richard Rorty

Detrás de lo humano, lo inhumano
Ana Paula Penchaszadeh

13-9-2020; 7:20 AM

En vano, Calogero, se ha comunicado con el 811, el teléfono del Servicio de Emergencias del Gomierdo. “Nuestras líneas permanecen ocupadas. Muy pronto le atenderemos”, repite un mensaje automático desde hace seis horas.

En vano, Calogero ha llamado a más de veinte compañías de ambulancias y servicios paramédicos. “Estamos ocupados”, “no disponemos de unidades operativas”, “nuestros transportes están inoperativos por falta de combustible”, son las respuestas más comunes. La más prometedora: “podríamos atender su requerimiento la semana que viene; el costo del traslado (ida y vuelta) es de 200 dólares”. Un costo prohibitivo, pues el salario mínimo mensual es de 2 dólares.

A esto se suma un problema adicional: estamos en el año 2020. Sí, el año en que los incendios infernales de Australia, California, Amazonas y África han acabado con treinta mil millones de animales; el año en el que un barril de petróleo ha llegado a costar -20 dólares (sí, 20 dólares negativos); el año en que los Juegos Olímpicos han sido suspendidos por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial; el año en que han sido pospuestos por primera vez, y en paralelo, la Eurocopa, la Copa América, la Copa África, la Copa Asia, la Copa de la CONCACAF y el Festival de Eurovision; y, por supuesto, el año de la pandemia del COVID-19, la cual ha producido la peor mortandad sanitaria desde la Gripe Española de 1918 y la peor recesión económica desde el Crack de 1929.

El mundo normal está vuelto patas arribas. Y en Venezuela, que lleva dos décadas fuera del mundo normal, campea una inflación de 1 millón de por ciento anual, la mayor tasa medida en el hemisferio occidental desde la crisis hiperinflacionaria que azotó a la República de Weimar entre 1921 y 1923. La pobreza golpea a 99% de la población. Familias enteras se alimentan de restos de la basura. Los servicios de luz y agua funcionan de modo cada vez más errático. El transporte público ha sido sustituido por camiones del ejército en los que la gente viaja de pie. Hacen falta seis días de fila para surtir de gasolina a un auto. Militares narcotraficantes, delincuentes paramilitarizados, escuadrones parapoliciales y policías narcocorruptos se disputan el control de las calles.

En este contexto, Calogero debe transportar a su madre nonagenaria a algún centro hospitalario para atender la fractura de la cabeza de su fémur (él sabe que su madre se ha quebrado algo y que tal lesión le impide caminar; pero todavía desconoce las complejas y complicadas implicaciones del incidente).

Calogero dispone de auto. Pero su auto no tiene ni gasolina ni batería.

La batería cuesta 70 dólares. Pero Calogero no posee ese dinero.

Algunos de sus amigos disponen de auto, pero no tienen gasolina.

Algunos amigos de Calogero tienen auto y gasolina. Pero Caracas, por la rígida cuarentena del COVID-19, ha sido dividida en sectores que permanecen incomunicados. Por ello, tales amigos no pueden llegar hasta Veredas de Coche.

Calogero debe resolver este problema pronto; la vida de su madre corre riesgo: serio riesgo que podría impedirle cumplir su nonagésimo cumpleaños…  

VI 

La justicia en sí misma si algo así existiera
fuera o más allá del derecho— no es deconstruible
Jacques Derrida

La muerte del mártir no garantiza la verdad de su causa. 
Y la claridad de la conciencia del sujeto
no es prueba suficiente de la validez de lo que dice
Friedrich Wilhelm Nietzsche

14-9-2020; 9:20 AM

Calogero es hombre habituado a respetar a ley; pero no es ingenuo: ha vivido toda su existencia en Venezuela, donde el cumplimiento de las normas no constituye imperativo moral u obligación deontológica. Además, es hijo de sicilianos. Y para los sicilianos, se sabe, la familia está por encima de la ley, las normas, las reglas, el derecho, la justicia y la existencia misma del Estado.

Calogero no está dispuesto a permitir que su madre muera… pero no tiene vocación de mártir y tiene clara conciencia de los objetivos que debe cumplir para auxiliarla. Así que pasa buena parte del día haciendo llamadas telefónicas a ciertas personas que podrían aportar soluciones a su problema.

Calogero dispone de 50 dólares en efectivo. Es todo su capital. La pensión que recibe de la petrolera es de 3 dólares mensuales: su derecho a una jubilación digna fue pulverizado por la hiperinflación y por la reestructuración revolucionaria de la que fue objeto el Fondo de Pensiones de los Trabajadores del Petróleo. 

A las dos de la tarde recibe la primera buena noticia: un motorizado se presenta en la casa de Veredas de Coche. Llega con una batería, evidentemente usada: 20 dólares. El que la trae es un amigo de un amigo de otro amigo. El muchacho, llamado Wilkerson, viene bien preparado de acuerdo a los protocolos de bioseguridad obligatorios: tapaboca, guantes, protector de rostro y gorra.  

—Amigo, buenas tardes. No sé si este accesorio le va durar un mes, tres meses o seis meses —anuncia Wilkerson—. No está abombada, así que debería aguantar como mínimo hasta final de año. Le garantizo que, al menos esta semana, no le va a dejar varado. ¡Suerte con lo de su vieja! ¡Siempre a su orden!

En términos relativos, no es justo lo que acaba de sucederle al antiguo dueño de la batería. Sin embargo, su pérdida, en función del derecho, puede ser calculada: un hurto que le costará 70 dólares —si es que los tiene— y que al hampón podría merecerle unos meses de cárcel —delito que jamás pagará. Pero en términos absolutos, a Calogero no le parece justo que su madre muera por falta de transporte y atención médica: sería una pérdida incalculable.

Resuelto el tema de la batería, ahora debe hallar a alguien que cuide a su mamma por un día, quizás dos. Casi a las doce de la noche, se presenta en casa Doña Lucila, una colombiana costeña que ya se ha encargado de su madre en varias ocasiones. Lucila tiene más de setenta años: es una negra de ojos verdes, con rostro atemporal, busto robusto y brazos fuertes como antiguallas de acero. Con seguridad, está en mucha mejor forma que Calogero.   

—Buenas noches, señor Caló —dice Lucila— Discúlpeme la hora, pero tuve que caminar desde mi casa. ¡Fueron seis horas! ¡Ni loca me monto en esas jaulas de la Guardia! Allí, con ese gentío amontonado, seguro que una se contagia con ese COVID del infierno. Y yo estoy muy joven para morirme… 

Calogero le ofrece 5 dólares diarios: Lucila acepta gustosa. Ahora, le falta una prueba dificilísima: surtirse de gasolina en un país ex petrolero. 

VII 

La Venezuela del Socialismo del Siglo XXI
es el campo de concentración más grande del mundo
Monseñor Jaime Villarroel

Los crímenes de los derechos humanos, en los que se especializan
los regímenes totalitarios, son justificados con el pretexto de que lo justo
equivale a lo bueno y lo útil. El campo de concentración es un claro
ejemplo de este paradigma
Giorgio Agamben

15-9-2020; 12:05 AM

Calogero sale a buscar a un par de amigos: André e Imro, vecinos de la zona. Entre los tres empujan el auto de Caló —un Peugeot 206, año 2008— hasta una de las dos filas que se prolongan hasta la Estación de Servicio del Mercado Mayor de Coche. A las dos de la mañana, se ubican en el último puesto de la fila corta, la de los funcionarios públicos. Quizás en la madrugada del día siguiente hayan surtido de gasolina al Peugeot. Los que se ubican en la fila larga, la de los ciudadanos comunes y corrientes, tardarán una semana en repostar.

Hay una tercera fila: la de los militares y los líderes del Partido Único Socialista (PUS). En realidad, los dirigentes castrenses y los plutócratas del régimen se surten directamente, sin hacer fila y sin tiempo de espera. Sus grandes camionetas último modelo contrastan con los autos añosos de los pobres de siempre y los depauperados vehículos de los ex clase-media.  

Calogero, André e Imro pasan la noche tomando cervezas, empujando el auto y escuchando una y otra vez el álbum Live in Caracas, del grupo Marillion. Hace 28 años, los tres asistieron a ese concierto. La música, que resuena nostálgica, evoca tiempos mejores, cuando Venezuela aún no era un ex país.

Pasan las horas. A las tres de la tarde, un militar vocea con un megáfono:

—Se informa a los ciudadanos y las ciudadanas que, para asegurar la justa distribución de la gasolina, se procederá a vender 20 litros por vehículo. Con esta medida, buscamos garantizar el derecho que tienen todos y todas a acceder al combustible. ¡Nuestro honor es nuestra divisa! ¡Siempre útiles a la Patria! ¡Fieles siempre, traidores nunca! ¡Venezuela vive y la Revolución sigue!

Se escuchan algunos murmullos de desaprobación, pero no se producen mayores protestas. Sin embargo, minutos más tarde, un vecino de las Veredas, el Dr. Víctor Jiménez, médico del Hospital Periférico de Coche, se enzarza en una fuerte discusión con el encargado militar de la Estación de Servicio.    

—¡A las camionetas de lujo sí les venden los 40 litros! —grita el galeno.

Poco a poco, el Dr. Jiménez se ve rodeado por cuatro, seis, doce efectivos militares. El terapeuta no se deja intimidar y sigue reclamando. Como el hombre no cede en su actitud, la docena de Guardias Bolivarianos comienza a golpearlo a mansalva. La salvaje golpiza se extiende durante diez minutos. Se escuchan tímidos murmullos de reprobación en la fila, pero no se generan ulteriores protestas. Al final, el médico es subido a una jaula de la Guardia con sus doce agresores. El vehículo se aleja: resulta obvio que la tunda continúa en su interior.  

A las cinco de la mañana, el trío logra repostar el Peugeot. El encargado militar de la Estación, un primo de la ex esposa de Calogero, le expende 40 litros de combustible. Además, le llena un recipiente con 20 litros adicionales.  

—Primo, esa gasolina iraní es una mierda —advierte el militar—. Se evapora como un guarapo, no rinde nada. Úsala con cuidado. Suerte con la vieja.

VIII 

Vivimos en un mundo donde hay una gran mayoría de gente que
está fuera del sistema de derecho. Y, formalmente, la defensa de sus
derechos humanos resulta imposible
Darío Sztajnszrajber

16-9-2020; 7:30 AM

En los buenos tiempos, cuando las dificultades aún no se habían convertido en calamidades, Calogero reservaba el bofe y otras vísceras para alimentar a los perros de la casa. En este instante, junto a sus amigos André e Imro, desayuna una buena ración de arepas rellenas de… riñón y bofe. Gracias al Cielo, Lucila, con su hábil sazón costeña, es capaz de transformar las vituallas más incómodas e innobles en sápidas y nobles provisiones.

Después de desayunar, Imro, que heredó el oficio de mecánico de su padre húngaro, termina de hacerle unos últimos ajustes al Peugeot.

—Caló —advierte Imro— sabes que para arreglar la fallita que tiene el auto habría que rectificar la base del motor. Y eso, más otras cositas que le hacen falta, son como 80 dólares. Así que, por el momento, conduce con calma. Este Peugeot es fiel: cuando presente la fallita, y no quiera arrancar, deja que se enfríe un poco. En cuestión de media hora, arrancará de nuevo. 

André e Imro ayudan a subir a la señora Renata en el asiento trasero del Peugeot. La mamma ha pasado los últimos tres días a fuerza de somníferos y calmantes. Lucila, que se ha arreglado y maquillado como para ir a una fiesta, se sube al automóvil junto a la señora Renata. Antes de arrancar, Caló le dice:

—Lucila, no sé cuánto tiempo vayamos a estar en el hospital. Es más, ni siquiera sé si nos van a recibir en algún hospital. En este momento no tengo para pagarte. Pero no te preocupes, tú sabes que yo siempre pago lo que debo…

—Señor Caló —dice Lucila—. Lo más importante es la salud de su mamá. Además, para estar sola en la casa, mejor los acompaño. Así no me aburro…

 El trío pasa las siguientes 18 horas desfilando por centros de salud públicos y clínicas privadas. Los entes públicos… o están desbordados con pacientes que sufren el COVID-19, o carecen de los insumos para tratar la lesión de la señora Renata. Ningún ente privado acepta la devaluada póliza de seguro del Fondo de Pensiones de los Trabajadores del Petróleo. Hacer efectivo el derecho a la salud de la señora Renata se está volviendo misión imposible. 

Además, el Peugeot, que tiene su propio mal sin atender, presenta de tanto en tanto su falla; y hay que esperar largos ratos para que retome la marcha.

A Calogero, que ya lo ha intentado casi todo, solo le queda una persona a la que acudir… y ya le debe un favor: el de la gasolina. Deberle dos favores le produce aprensión. Pero no le queda otra opción: llama a John Jairo, el militar que es primo de su ex esposa Paola Andrea. Y le explica con detalle la situación.

Seis horas más tarde, John Jairo le devuelve la llamada. Le ha conseguido un cupo en el Hospital Militar de San Martín. Le facilita el nombre de un coronel, que se encargará del caso. En Caracas, el día amanece soleado. A Calogero, dormir en el auto le ha producido tortícolis: un dolor más que añadir…       

Intenta encender el Peugeot, pero no arranca. ¡Maldición! No debería fallar, se tomó un buen descanso. ¡Es lo único que faltaba! Entonces, Calogero se da cuenta que se quedó sin combustible. “Realmente, esta gasolina de mierda se evapora como guarapo”, piensa. Gracias a Dios, tiene los 20 litros extra…

IX 

¿Qué les ocurre a los derechos humanos cuando son los derechos
de los excluidos de la comunidad política? Es decir, ¿qué les ocurre
cuando ya no son útiles, porque son los derechos de los que no tienen
derechos, y son tratados como inhumanos?
Slavoj Zizek 

La biopolítica es una forma de gobierno que aspira a la gestión
de los procesos biológicos de la población
Bioenciclopedia

18-9-2020; 9:30 PM

Hace dos días que no para de llover en Caracas. La habitación del Hospital Militar en la que está recluida la señora Renata presenta fuertes filtraciones. El piso está salpicado de charcos. El aire acondicionado no funciona. Zancudos y mosquitos de todas las especies y subespecies sobrevuelan la viciada atmósfera del cuarto. A ellos se añaden alimañas roedoras y ciertos insectos rastreros. “Si por milagro no nos contagiamos de COVID-19, de aquí salimos con dengue, zika, Chikunguña o peste bubónica”, reflexiona Calogero.

Él y Lucila comen unas arepas rellenas de salchichas y huevos de codorniz, adquiridas en un restorán cercano. Hace un par de días, se hizo efectiva la remesa de 50 dólares que cada quincena envía Rosanna desde España. Gioacchino, el menor, el visionario, suele mandar desde Italia 50 dólares adicionales cada final de mes. A esas cantidades hay que sumar la pírrica pensión del Seguro Social (2 dólares) de la señora Renata y los 5 dólares al mes que cobra Calogero por concepto de pensión del Seguro y la jubilación petrolera. 

El trío se halla en el ala pobretona del Hospital. Pero existe un anexo VIP: allí se atienden los jerarcas militares, los dirigentes del PUS y los jefazos del Gomierdo. En esas instalaciones no hay filtraciones, la climatización funciona y no pululan insectos rastreros, bichos voladores ni mamíferos roedores. En todo caso, Caló aprecia la mediación de John Jairo.

En ese instante, se presentan en el cuarto el Dr. Yeison Ñáñez, médico general, y el Dr. Williams Mogollón, traumatólogo. Éste último toma la palabra:

—A su madre, señor Calogero, se le pulverizó la cabeza del fémur izquierdo. La señora presenta un cuadro avanzado de osteoporosis. Solo hay una solución: implantarle una prótesis. La misma tiene un costo de mil dólares americanos. A eso hay que añadir mis honorarios, mil quinientos dólares americanos, más otros dos mil dólares americanos por concepto de quirófano, material quirúrgico y honorarios profesionales de enfermeras y asistentes. No realizaríamos la operación aquí, ya que no existen las condiciones mínimas. Pero con el dinero en la mano, yo me ocuparía de la logística y del traslado de la señora a la clínica privada donde efectuaríamos el procedimiento. 

—¿Qué pasaría si no tuviéramos el dinero? —pregunta Calogero.

—Pues aplicaríamos un tratamiento paliativo y daríamos de alta a su madre mañana al mediodía —informa el Dr. Mogollón— En unos meses se formará un callo en la zona y cesará el dolor. Pero no volverá a caminar. Y a una persona postrada se le reduce sustancialmente su esperanza de vida.

—¿Y qué tal si solicitan una ayuda a la Fundación IPSFA o alguna otra institución del gobierno? —le pregunta el Dr. Ñáñez al Dr. Mogollón.

—Con los contactos adecuados, esas instituciones podrían cancelar el costo total de la operación. Pero la señora Renata va a cumplir 90 años. Si se tratara de una persona más joven, la posibilidad de ayuda sería más alta por la relación costo-beneficio. Invertir 4 mil 500 dólares americanos en una persona cuya esperanza de vida es de tres, cuatro o cinco décadas más tiene sentido. Pero la señora Renata no cumple con esa variable biopolítica, con ese requisito bioestadístico. Entonces, ¿tiene el dinero o no, señor Calogero?

 —Deme 24 horas para darle una respuesta, Dr. Mogollón.

Solo hay una persona en el planeta que puede ofrecer una solución a este problema: Gioacchino. Él y Calogero no se hablan desde hace 15 años. Gioacchino, que siempre tuvo buen ojo para los negocios, le insistió una y otra vez que se fueran con los viejos del país. “Es mi patria, y la quiero, pero esto se va a volver ñoña”, le advirtió su hermano en muchas oportunidades. Calogero no lo escuchó: en esa época, él era un idealista fanático; creía que la Revolución del Siglo XXI cambiaría para siempre al país… cosa que ocurrió, pero no de la manera que él esperaba. La última vez que hablaron, Calogero tildó a Gioacchino de “fascista” y “clasista”; además, lo etiquetó con otros epítetos desagradables.  

Calogero llama a Rosanna y le cuenta la situación. Rosanna le dice:

—Caló, deja que yo hable con Gioacchino. Sé que él tiene el dinero. De hecho, él vive en un mundo que ni tú ni yo conocemos; un mundo que ni soñamos con conocer. ¿Por qué te envía poca plata? Recuerda que él piensa que tú eres el favorito de papá y mamá. Sé que no es así. Sé que te daban un poco más de autoridad por ser el hermano mayor, pero él siempre interpretaba las cosas desde ese punto de vista. Él cree que papá y mamá se quedaron en Venezuela porque tú no quisiste emigrar. Cada vez que hablo con él te culpa por ello. La realidad es que los viejos ya habían sido emigrantes y no querían volver a pasar por eso. En Italia, después de medio siglo afuera, se sentían extranjeros. Papá una vez me dijo: “En Sicilia me siento venezolano y en Venezuela me siento siciliano. Y a esta altura de mi vida, a pesar de todo, me siento más venezolano que siciliano”. Pero nuestro hermano piensa que se quedaron por ti, porque eras su niño bendito. Estate tranquilo, Caló. Deja que yo hable con Gioacchino…  

Todos los seres humanos tenemos, por naturaleza, una serie de
derechos por el simple hecho de ser personas
John Locke

31-12-2020; 11:55 PM

Renata, Lucila y Calogero contemplan la noche lunada desde la terraza de la casa de Veredas de Coche. Lucila ahora trabaja a tiempo completo con los Urzini. Su sueldo es sufragado por Gioacchino… que, adicionalmente, sigue enviando su tradicional remesa de 50 dólares cada final de mes.

La operación realizada por el Dr. Mogollón fue un éxito: Renata camina muy bien, aunque cuando sube o baja la escalera le solicita ayuda a Lucila o a Caló. Las estrellas en el cielo arden luminosas: brillan más que nunca, más que de costumbre; pues en la urbe, el apagón es total… y no fulge ni una lumbre.

Cinco horas antes, recibieron desde España los saludos de Año Nuevo de Rosanna y de sus hijos. También se comunicó con ellos Paola Andrea, la ex esposa de Calogero, que se alegró mucho con la recuperación de su ex suegra.  

 —¡Nada de ex! —le reclama Renata a Paola Andrea a través del móvil—¡Siempre seré tu suegra! Calogero todavía te ama… por eso nunca más se casó. 

Santa verdad la que dice su madre. Calogero evoca la prematura muerte de su hijo Gino, en un accidente de tránsito en el que Paola Andrea, que conducía el auto, sobrevivió de milagro. Ella nunca superó esa tragedia, esa pérdida… y pensaba que Calogero la culpaba. Pero no era así. Nunca fue así…

Unos pocos y escuálidos fuegos artificiales anuncian el final de 2020.

 —¡Feliz año, mi niño bendito! —dice Renata, abrazando a Calogero. Y él, casi septuagenario, aún se siente un infante en los brazos de su madre amante. 

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