Lluvia

Por Beatriz Franco Flores

«Esa bata blanca se veía escotada para un día nublado».

A tu padre lo conocí en una de esas estaciones frías que hay en la vida. Igual que ahorita mismo en Chile, caían terrores de los cielos congelando la más mínima mueca de sentimientos. Éramos, si acaso, unos niños. Su madre sufría de fantasía y la mía de extremo equilibrio racional. Su padre tenía de profesión la pastoría, no solo en su hogar, sino también en una catedral tan vieja que la oscuridad le pesaba hasta encorvarla.

¿Tu abuelo? ¿Mi padre, dices? ¡Ja! Un viajero sin transporte en la existencia. Un turista cuya parada era, de vez en cuando, mi cama.

Tu padre y yo crecimos juntos por algunos años. Hasta que un día, ya no lo hicimos. Jugábamos a escondernos. Me escondía en pequeñas urnas donde no se escuchaba ni mi voz. Él se empeñaba en atraparme como si yo fuese un bello azulejo. Me llamaba con paciencia, con silencios largos. Yo no soportaba el ruido. Desde pequeña escribía para no gritar. Luego, donde me llevó mi madre, tuve que acostumbrarme a tener los tímpanos rotos. Con los años, solo quedaron los ecos de una tormenta sigilosa. Ya no quería escuchar los exigentes recuerdos. Era como si mi mente cambiara los canales en mute, sin un televidente.

El otoño, los otoños.

 El año, los años. 

Todo pasó con las piernas del tiempo. 

Menos el invierno.

Tu padre intentó acercarse.

Yo ya no estaba en el almacén de periódicos viejos de su madre. Ese en el que jugábamos a los recortes de noticias que nos hacían felices. Yo estaba en un lugar donde no hay donde, donde no hay lugar. Recolecté amigos, novios, padres. Sí, recolectaba… Eran muñecos desechables. Yo era uno, era otra. Era varias. Una tierra sin bordes. Eso era yo. Una nada de esas que caminan apuradas por las calles de Caracas, porque no van a llegar a tiempo ningún lugar.

Irónico pensar que el hombre siempre envidió las nubes por su lejanía.  Y yo con una adicción insatisfecha hacia la tierra. El peso de las memorias me aplastaba al frío piso de mis escondites. 

La historia me tiró pedazos del relato que pudo ser nuestro, de la misma manera que  en la mañana le lanzabas migajas al perro. «Ahora estudia, a veces canta». Veía su vida como a una luna lejana que se derrite al amanecer. Luego de la muerte de su madre, vestía una novia distinta cada cierto tiempo con telas de amor maternal y, a pesar de uno que otro malestar, siempre reía. Ya no era niño. Era un hombre con la montaña acumulada en la mirada. 

Mi vida siguió de la misma manera en la que camina un inválido. 

Un día en el que las heridas del corazón se levantaron secas y llenas de podredumbre, me percaté de aquellos dos pájaros que volaban antes de la tormenta. Los tontos seguían la misma corriente de aire y no se tocaban. Pero al caer la lluvia se juntaron en una profunda línea recta.

Volvimos a jugar.

Hablamos. Sí. Éramos esos dos pájaros. Por eso tal vez tu mirada sea la de una tormenta entera.

Sé que te duermes solo con los finales felices, pero este es un cuento distinto. Estuve en muchos felices para siempre. Eran rutinarios. Se jugaba a ser la misma persona una y otra vez.  Yo necesitaba un latido volátil en el corazón cada mañana.  Yo era la selva entera, lo venenoso, lo puro, lo claro, lo perverso. Yo era la selva negra de Alemania.

Tu padre era un buen siervo del señor, supongo que merecía más. La selva siempre corrompe, asesina.

Sin embargo, hoy vuelvo a jugar un escondite a destiempo.

Nadie sabe quién encontrará a quién en el próximo ayer, porque las mañanas se agotaron en un suspiro instantáneo que nos dijo que era ilegal tocarnos.

Duerme, bebé. 

Los otros sueños también están cansados.

De pronto, Naoko regresó de mirar el vacío en aquella bata blanca. 

—¿Cuánto, doctor?

—Menos de un mes. 

—Parece mucho tiempo para escribir el adiós.

Al llegar a casa, sus golpes en las teclas eran tan fuertes que se confundían con el gatillo de la pistola que guardaba debajo de su cama, a la espera de visitas indeseadas. Con cada tecleada sangraban un poco las palabras resultantes. Al final, cuando la carta terminó se leía muy poco, confuso por las escenas ensangrentadas.

Sobre Matilda.

Ahora que el tiempo me estafa, veo mi reloj y la aguja toca la hora que tanto deseabas, la de la verdad.

Ya yo era una mujer de esas que vienen en cajas de niñas rotas cuando te conocí. Mi padre fue un cadáver agrietado y mi madre un plástico irrompible. Supongo que ahora soy un poco de los dos. 

Recuerdo que de niña no jugaba con muñecas. Las metía en su cajita transparente, las perfumaba, las peinaba y las vestía como princesas. No podía soportar que alguien más las tocara. Si alguien las acariciaba, seguro se dañaban. Una vez a mi hermana se le ocurrió jugar con una de ellas a mis espaldas. Cuando vi que la pobre figura de plástico estaba en sus manos, manipulada, débil, sin convicción, decidí que ya no podía verla más. Me avergonzaba, aquella barbie estaba sucia. Las muñecas jamás se ensucian. Ellas son perfectas.

Comenzaste con frases sencillas:

«Esto es amor: compartir nuestros cuerpos, comer juntos, repartirnos las almas a pedazos».

«Me llueves paz». 

Frases que iban subiendo de volumen en las noches placenteras, como cuando uno escucha una buena canción en la radio y quiere escuchar más.

«Si sientes que mueres es amor».

«Quiero verte, te necesito, ven». 

Tu voz sigue retumbando dentro de mí, haciendo derrumbes de estructuras que no soportan débiles ondas sonoras.

Me llevó muchos años entender aquellos libros que decían que los juguetes solo son las extensiones de los deseos reprimidos de los niños. Y unos cuantos más para entender por qué yo no servía. Y era tu culpa. Para entender por qué jugaba tan desesperada con aquel niño, por qué él era mi escape, por qué no pude amarlo de hombre. Y era tu culpa.

—Hace mucho estuve casado con alguien como tú. Sí, sí, sí… como tú. —Te reíste como si se tratase de un chiste evidentemente malo. —Con una mujer que, si te enfermas, te prepara la sopita. Te soba, te arropa para después escuchar de tus temores. Tú eres así. Una terapeuta.

 Pero eran consultas gratis. Yo era quien pagaba hasta por el placer. Tenía que dejar entrar ideas en mi cabeza, propuestas de vivir juntos, me exigías que lo pensara, me exigías que te amara. Solicitabas hijos que te recordaran los orgasmos como si fueran fotografías de recuerdos sexuales. Como si el mundo solo estuviera allí, como una oficina que cumple tus solicitudes.

Mi cabeza siempre fue un pasillo lleno de cuadros. El museo del abandono, hasta que decidí  visitar esos lugares para entender por qué me rompían tanto. En esa primera visita, mientras miraba los cuadros de recuerdos congelados, recordé a un señor en un café, deformado por los años. Él trataba desesperadamente de usar el intelecto para llegar a un ritual de apareamiento conmigo.

—¡Mira!,¡qué arrecho lo que dice aquí!, las pinturas son el psicoanálisis de la mente humana.

Me convertí en la amante joven del martes. A veces, también los viernes de llanto. Me rehusaba a sentir por ti, quizá aún sentía odio por aquella noche en la que nos conocimos y me abriste las piernas como las dos puertas del gabinete nuevo de tu cocina, solo para empujarte a mi totalmente flácido, sin oídos, para proclamarte mi dueño. Aún recuerdo el sabor a desprecio, a saliva, a sudor, a borracho, a derrota. Supiste mover bien tus piezas, adivinaste que «papá se había ido a una difícil edad». Ahora yo debía pagar el precio de su ausencia. Ahora no recolectaba muñecas, sino migajas de cariños rotos y violentos para sobrevivir.

Agarrar las imágenes de mi memoria de otro cuerpo sobre el mío. ¿A los cuatro años? Tal vez exagero, eran cinco. Él sobre mí. «La familia se cuida». Recuerdo aquellas pantaleticas que caían al piso con princesas de Disney que ahora sangraban, eran mis favoritas. Dolió un poco, creo. Miraba el club de los tigritos en la televisión. Era la hora del alegre despertar. «La familia se cuida».

Pero, ¿sabes qué? Tú también eres un fugitivo. Y esa niña a la que todas las noches le dices princesa por teléfono mientras una mujer distinta se aburre esperando en tu cama, esa niña soy yo. Yo soy Matilda, la niña que sabe más de ausencias y rarezas que tú. La que solo sabe aceptar a hombres con la esperanza de que vuelva el primero que se fue.

La segunda vez. No hubo dolor. Recuerdo estar jugando al escondite cuando unas manos volvían a bajarme con desespero aquella braga que mi hermana me había prestado. El piso olía húmedo. «Mamá llegará pronto, me traerá mi dulce favorito». No hay por qué llorar. A las nenas que se portan mal, nadie las quiere.

Un día, ella va a crecer y va intentar aprender en una larga relación de muchos años cómo es el amor cuando la otra persona decide quedarse. No lo soportará. Llorará, buscará un amante un poco mayor, enfermo como tú, que la proteja, que la quiera, que de vez en cuando abuse de ella, pero, eso sí, que nunca se pueda quedar una noche. Porque eso, ahora, duele más que la muerte. Eso la mataría. 

La tercera, la cuarta. El primer año, el segundo, el tercero. Mi cuerpo me traicionaba, pero yo no lo sabía. Sentía placer a los siete, a los ocho, a  los doce. Nadie me ayudaba. Maldito cuerpo que sentía. «La familia se cuida».

Más tarde tu hija, la pequeña Matilda, explotará como una bomba de tiempo programada por ti. Dejará a su novio porque él nunca la dejó, agarrará los pedazos que quedan de ella, tirados en el piso, filosos y astillados, y comenzará a correr, sangrando. Siempre herida. Y en la soledad estará sentado en la sala el bendito fantasma del pasado, armado hasta los dientes para rasgarle una vieja herida supuestamente enterrada. 

Luego, en una noche con estrellas mal pintadas, cargadas de miles de deseos envejecidos que jamás se cumplieron, aparecerá el padre que la abandonó interpretado por su nuevo amante mayor. Justo a tiempo para que escapara de aquella sala con cuadros que nadie entiende porque están llenos de polvo.

Crecí y lo dejé atrás. Hasta que un día la piedra más profunda de ese pozo de recuerdos saltó para gritarme:«Sigues siendo aquella niña con la que juegan a enseñarle amor con el cuerpo y por eso tu alma jamás siente». «La familia se cuida»

Matilda encontrará un hombre niño. Como tú. Un egoísta de 42 años que llora en las noches, en las faldas de una veinteañera.  Y él le preguntará mil veces si es mala persona por la chorrera de hijos y amantes regadas en jardines que nunca visita. Ella reirá y dirá «no» porque solo desea un compañero instantáneo. Porque Matilda solo sabe de ausencias y despedidas. Ella no sabe de amores que se quedan.

Las muñecas no tienen alma. Eso las haría horribles, desastrosas, sentimentales. En vez de accesorios bellos, tendrían que incluir un feo y desgastado paño de lágrimas. Nadie las compraría. ¿Quién paga por el dolor?

Cuando tu hija, Matilda, crezca y tenga uno de esos días en el que el corazón gordo de tantas decepciones no la deja caminar, y la muerte le tome de la mano para agilizar su paso, escribirá esta misma carta a ese señor que la acompaña en noches que sudan de tristeza, solo para decir que no hay malas personas, sino gente que le metieron el amor a los trancazos como a ti, como a mí. 

Y ahora, que camino por este museo, lo sé. Nadie compraría una muñeca triste.

No eres un monstruo, la vida no es tan maravillosa como para hacernos sobrenaturales. Eres un mal padre, un humano incompleto, un desecho social que anda con un martillo para volver trizas a los demás, como alguna vez alguien lo hizo contigo.

Esta es la verdad que tanto deseabas. Mi verdad, papá.

Y por esto nunca pude amar. Esta es la verdad que usted tanto deseaba, profesor. Mi verdad.

En aquel adiós vencido, Naoko solo pudo pensar en una última línea. «Murakami tenía razón, algunas cosas son como la lluvia, nadie puede impedirlas. Cae agua, te empapas. De pronto, la ropa pesa más».

Escrito por Benedic Nao

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