Errantes

Segunda mención honorífica
Seudónimo: Agripina
Autora: Alesthea Vargas Ibáñez

I

En su Nuevo tratado de psicopatología idiopática de 1933, el doctor Josip Kovac da a conocer diversos padecimientos de naturaleza insondable, cuyo estudio suscitó reacciones adversas en la hermética comunidad científica del momento. Entre dichas enfermedades se pueden encontrar, por ejemplo:

AILUROMORFIA. De las raíces griegasailuros,que significa gato, ymorfia(demorphe), que se refiere a la forma. Dícese del convencimiento psicótico de tipo somático deque alguien (quien lo sufre u otra persona) presenta una gradual trasmutación hacia la estructura anatómica de un gato. Aunque ha habido casos reales de transformación, son muy escasos y las estadísticas demuestran que es una percepción paranoica poco probable de cumplirse. Peligrosidad: baja.

LUXCAPTUS. Compuesto por la raíz latinalux(luz), ycaptus, del verbocapere(acción de capturar, agarrar, tomar, aprehender). Necesidad compulsiva de atrapar la luz. Casos famosos: Nikola Tesla y Rembrandt Harmenszoon van Rijn. Peligrosidad: media.

URANOFILIA. Del griegoouranos(cielo) yphiloso filia (amor, atracción). Obsesiónpor la contemplación del cielo, que puede derivar en la imposibilidad de apartar la mirada de él. Casos famosos: Nikolaus Kopernikus. Peligrosidad: media.

Estas alteraciones de la psiquis pueden encontrarse en el capítulo III, referente a las anormalidades de la percepción y la conducta. El capítulo que le sigue se refiere a los padecimientos del sueño y es considerablemente más extenso que el anterior, pues el doctor Kovac dedicó gran parte de su vida y estudios a dicho campo. Entre todos, habla de tres trastornos específicos:

AMBULOSOMNIA. Trastorno que se caracteriza por llevar a la persona que lo sufre avagar sin control en sueños ajenos. Si el ambulosomne, también conocido como andante o errante, se encuentra en el sueño de una persona que fallece repentinamente, no podrá volver a su propio sueño y despertar. Peligrosidad: alta.

Un caso particular, y que el doctor Kovac registra con enfático carácter de «único sabido hasta el momento», es el ocurrido en el año 1897 en la actual República Checa y, por entonces, parte del Imperio Astrohúngaro: Ezven Voloch, ambulosomne de veintitrés años, se encontraba vagando en el sueño de un hipnomegálico de identidad desconocida, hecho que derivó en una expulsión al plano real de su yo onírico. Como es de suponerse, luego de un encuentro incómodo y explicaciones penosas por parte de ambos, el joven errante hubo de volver a su propio hogar, encontrando a su cuerpo sumido en un profundo sueño del cual no despertaría más. Kovac explica que, según testimonios encontrados en el diario del joven Voloch —o, específicamente, de su yo onírico ahora materializado—, este optó por esconder su cuerpo, alimentándolo y cuidándolo mientras seguía viviendo como reemplazo de sí mismo, por lo menos hasta finales de 1899, dado que no contaba con la medicina necesaria para un cuidado apropiado, por lo cual su cuerpo terminó pereciendo y él —su yo onírico— desapareció.

HIPNOMEGALIA. De la voz griega hypnon (dormir, soñar) y el sufijo megalia(crecimiento exagerado). Dícese de la incapacidad compulsiva —término también acuñado por el doctor Kovac— de mantener a los sueños propios en el plano onírico, expulsándolos a la realidad. Peligrosidad: alta.

Un caso famoso (que ha sido reconocido posteriormente a la publicación del Nuevo tratado de psicopatología idiopática) puede encontrarse en el relato «La continuidad de losparques» de Julio Cortázar.

SOMNIVORIA. Su nombre proviene de las voces griegassomnus(sueño) yvorare(acción de comer). Necesidad compulsiva de alimentarse de sueños ajenos. La persona que lo sufre, conocido como somnívoro, puede tornarse obsesivo, hasta el extremo de cesar su alimentación normal y morir de inanición, pues es bien conocido que la materia onírica noaporta una carga nutricional suficiente para alimentar apropiadamente a un humano adulto.

Peligrosidad: de moderada a alta.

Acotaciones, síntomas y casos diversos pueden hallarse en el tratado, mas solo nos importa —por el momento— aquellos referentes a la ambulosomnia, pues esto es lo que leyó con carácter apasionado y ansia incurable, en 1935, el entonces muchacho Pietro Téllez.

II

Téllez nació, creemos, a principios del siglo pasado, siendo el segundo hijo varón de una respetada familia de Madrid. Desde la infancia demostró un genio quisquilloso e imaginativo. Fue creador de teorías precoces, como aquella que dictaba que la luz podía atraparse en cuencos de porcelana negra y al derramarse representaría un peligro para cualquier animal de cuatro patas cercano.

Debido a su gran talento de inventiva, a nadie sorprendía la capacidad de fabulación onírica que tenía. Por las mañanas, relataba detalladamente todo cuanto había soñado. Muchos, al escucharlo, pensaban que aquellas eran apenas las fantasías del ocio de un niño. Sin embargo, cuando las historias de Pietro empezaron a coincidir con lo que a su vez contaban amigos y familiares, las casualidades no pasaron desapercibidas. Su madre, católica y asustadiza, veía signos del demonio y augurios adversos en aquella situación; pero la palabra de un niño pocas veces es tomada como fuente fidedigna, así que luego de repetidas acusaciones —en las que su nombre y el término «mentiroso» se veían envueltos—, Pietro dejó de narrar.

Pronto, llegó a la resolución del silencio, y, más tarde —tendría, quizás, unos diez años—, era capaz de ignorar todo lo que soñaba. Pero los años de la adolescencia llegaron y su condición se vio agravada generosamente. Por un periodo de tiempo impreciso, Pietro Téllez deambuló por los sueños de un holgazán sin vivienda fija que dormitaba a unas calles cercanas de su propia casa. Aquellos eran episodios que prefería no describir o rememorar. El hombre murió —por suerte, despierto— y Pietro prefirió omitir el alivio que

ese hecho generó en él. Aunque el descanso fue breve. Más tarde comprendería, gracias al libro del doctor Kovac, que la ambulosomnia —al igual que otros trastornos— tiende casi siempre a empeorar, y muy contadas veces lo contrario.

Como la mayoría de los ambulosomnes e hipnomegálicos, Pietro encontró alivio al inducirse el insomnio y se valía de sustancias diversas que mantenían su mente y cuerpo en un estado de alerta constante. Pero la falta de descanso le generó mayores problemas: se convirtió en un muchacho nervioso, irritable, siempre fatigado. Era común ver temblores en sus manos y encontrarlo divagando entre una idea y otra, sin poder enlazarlas o explicarlas con naturalidad. Luego de esos periodos de vigilia permanente, venía lo inevitable. Y, entonces, podía perderse por días enteros en sí mismo; se sumía en los más profundos sueños y deambulaba de uno a otro lado sin hallar la salida a un espacio onírico que le perteneciera, que le fuese familiar. Todos eran ajenos.

Al finalizar sus estudios secundarios y obtener el título de bachiller, tomó la decisión de viajar en soledad antes de continuar hacia la vida universitaria. Era la década de los treinta y su familia costeó todos los gastos para proporcionarle las mayores comodidades, ansiosos por mantenerle lejos mientras se recuperaba de sus extravagancias.

Así, Pietro Téllez inició su travesía, con el propósito —jamás confesable— de encontrar a quien fue desde la adolescencia temprana su única esperanza: el doctor Josip Kovac.

Kovac residía en Ginebra para entonces. Hacía algunos años había conocido el último caso de hipnomegalia que trató antes de su retiro: un joven escritor con un cuadro avanzado, cuyo suicidio, a principio de la década, le afectó particularmente e, incluso, lo llevó a la jubilación. El hipnomegálico, un erudito de tierras tropicales, había llegado a Suiza con cargos diplomáticos que no le interesaban en realidad. De espíritu introvertido y amplia experiencia en el arte del insomnio, recorría la noche y leía numerosas páginas para ocupar la mente de las imágenes que le acechaban —y que, por supuesto, podrían alcanzarlo en la realidad. Una vez que Pietro Téllez logró diluir las reticencias de un retirado doctor Kovac a tratarlo —bajo la premisa de que no haría de enfermo, sino de pupilo—, tuvo contacto con los textos más extraños, muchos de ellos cortesía de ese último

paciente de su mentor. Aquellos eran poemas escritos desde la extrañeza de lo onírico y el hermetismo de un alma inescrutable.

La lectura de esa literatura generó en él la idea de que podían encontrarse signos de diversos trastornos idiopáticos en personalidades conocidas, incluso olvidadas, de la historia y el arte. Kovac lo encontraba cada madrugada sumergido en los libros —en apariencia— más dispares: tratados de pintura, bitácoras de viaje, bestiarios. Le acogió en su hogar y, pese a asignarle una habitación en el ala este de la vivienda, Pietro no llegaba a dormir allí más de tres o cuatro veces por mes, prefiriendo, en cambio, descansar entre velas, pergaminos y estanterías.

La biblioteca del doctor Kovac, nos contó Téllez alguna vez, se constituía de cuatro galerías alargadas, que ocupaban casi todo el primer nivel de la casa. La distribución interna de cada una de ellas variaba según el contenido de sus anaqueles: los tratados de medicina ocupaban dos galerías enteras, pero se dividían entre los estudios convencionales y las ramas del saber que exploraban más allá de estos. El primero de esos espacios era una sala iluminada y en la que imperaba la simetría. La historia entera de la medicina podía hallarse en sus estantes, y el conocimiento infinito del cuerpo humano tenerse al alcance en un catálogo ordenado, límpido, bien enumerado y preparado para la escogencia rápida. Sin embargo, en la segunda de las galerías, la luz era opaca y muchas veces intermitente, los libros se alternaban con papiros, compendios de hojas corroídas que no podían aspirar a llamarse «tomos», mapas indescifrables, escritos en lo que no se sabía si eran idiomas muertos o códigos de algún demente. En una sección entera, que iba desde el ras del suelo hasta lo más alto del techo, se exponían manuscritos, borradores y ejemplares ya encuadernados de libros que Josip Kovac nunca publicó. A su lado, una escalera en espiral llevaba a una única puerta que, se suponía, era su oficina personal, aunque Pietro Téllez afirmó, más de una vez, que nunca lo veía entrar, pero sí salir.

La tercera galería se valía de todo tipo de ejemplares sobre Historia, Literatura, Geografía, Arte, Teología y Filosofía. Junto a esta, la cuarta y última, una cámara destinada a los conocimientos de la Herbología. Consistía en una sala heptagonal, el recinto más luminoso de la biblioteca y, al parecer, de la totalidad de la vivienda. Al final de esa sección, podía encontrarse el único acceso al invernáculo del doctor Kovac, lugar en el que pasaba largas horas investigando y formulando nuevos y mejores remedios para los trastornos de los que solo él se ocupaba.

Por supuesto, no todo era lectura y estudio. En su tiempo como pupilo, Pietro estrechó lazos de profunda amistad con su mentor. Él, anciano y con tendencia al aislamiento, percibió en el joven Téllez aquello que tanto había echado en falta en las rigurosas academias de Medicina: una mente vivaz y abierta a lo inexplorado. Le enseñó todo cuanto pudo y, aunque no estuviese en los términos iniciales de su relación, preparaba brebajes y recetaba los tratamientos necesarios para el alivio de su ambulosomnia. Además de realizarle los exámenes pertinentes, dedicaba tardes enteras a escuchar los relatos oníricos que una vez, hacía años, Pietro había empezado a callar.

Josip Kovac murió una tarde de octubre, dejándole en herencia su biblioteca. Eso es todo cuanto supimos sobre esa etapa, ya que Téllez prefería omitir en sus anécdotas — como hizo durante toda la vida— los episodios amargos.

Sabemos, eso sí, que volvió a España unos meses después, y hubo de encontrarla muy diferente a como la había despedido. La guerra había ajado al país en su ausencia, dando paso también a una dictadura feroz. Inició estudios en la Universidad Complutense de Madrid durante el periodo de reconstrucción que se llevó a cabo en dicha casa luego de que fuese frente de batalla en la Guerra Civil. Así que, paralelo al franquismo, su época universitaria se situó entre las décadas de los cuarenta y cincuenta. Claramente influenciado por las enseñanzas del doctor Josip Kovac, Pietro Téllez se graduó con honores en Neurología y Psiquiatría, pese a la fama controversial que generaron algunas de sus teorías sobre el inconsciente, los trastornos del sueño y la relación entre fenómenos sobrenaturales y la enfermedad.

Ávido lector y furioso investigador, siguió enfocándose especialmente en personalidades del pasado que hubieran de sufrir algún padecimiento idiopático. Gracias a la numerosa correspondencia de Vincent Van Gogh, ubicó confesiones que apuntaban a un claro caso de amarellusfagia, la necesidad compulsiva de consumir el color amarillo.

Redescubrió también antiguos escritos de Hieronymus Bosch, en los cuales daba cuenta de terribles pesadillas relacionadas con lo demoníaco, que luego reflejaría en su pintura. En aquellos pergaminos carcomidos —y, en algunas áreas, apenas legibles—, Téllez reconoció el apresuramiento de una tinta desesperada, asediada por el miedo a lo inenarrable. Bosch registraba cada noche cómo soñaba imágenes fantásticas que luego encontraría personificadas a su alrededor al despertar. Pintaba en la inmediatez de su habitación, para atrapar en el lienzo las imágenes que lo acosaban. No fechó ni plasmó su nombre en ningún cuadro, por una pulsión paranoica de que aquellos sueños podían volver a la vida y encontrarlo. Todo esto explica a su vez la falta de taller artístico y firma en las obras; hechos que generaron, desde entonces y hasta hoy, un halo de misterio en torno a su vida.

Pese a no poseer una vida política activa, el descontento con la España de su tiempo era genuino, así que luego de asistir al Congreso Panamericano de la Historia de la Medicina, celebrado en Caracas en 1961, optó por quedarse en Venezuela. Ya residenciado en la ciudad de Valencia, se casó con la doctora Tharasia Bolívar y formó una familia. A su vez, fundó junto a tres colegas uno de los primeros hospitales psiquiátricos de la zona y promovió activamente diversas revistas culturales. Dictó conferencias en el Ateneo de Valencia, como «La enfermedad de Vincent Van Gogh» y «La imagen de lo sobrenatural en la Historia del Arte». También formó parte de la Colonia Psiquiátrica desde el primer año de su llegada a Venezuela, hasta el último día de su jubilación, en 1996. Por esa época, luego de lograrse reconocimiento a nivel académico y social, publicar trabajos científicos y ser considerado una de las personalidades más importantes del país, el doctor Téllez empezó a dar muestras de lo que una vez le advirtió Josip Kovac: al adentrarse en la vejez, ninguna infusión, menjunje o dieta puede detener el avance inevitable de la ambulosomnia en su última fase, la demencial.

III

Los hechos ocurridos en el 2004 significaron una sentida pérdida para la ciudad de Valencia y la Sociedad de Psicopatología. El diario El Carabobeño escribió luego largas notas de prensa dando el pésame y reseñando cómo, pese a la desaparición física del doctor

Pietro Téllez, todavía podía disfrutarse de su vasta biblioteca en la casa familiar, y estoy citando: «un espacio onírico, culturalmente inconmensurable».

Así fue como él lo prefirió, antes de recluirse en su modesta casa en los Altos Mirandinos, para morir en la soledad y el anonimato que el fingimiento de su muerte le proporcionó. Todo lo que te cuento hoy fue relatado por el mismo Téllez años después, dado que sus continuas visitas a la librería de mis padres me dieron la oportunidad de conocerlo. Creo que me consideraba su amiga. Dedicaba tardes enteras a charlar de filosofía, literatura y otros asuntos. Solo a él le comenté por primera vez mis inquietudes sobre los sueños que tenía desde niña. A raíz de eso, me convertí en su última paciente, por lo que solía frecuentar su hogar entre las montañas. Allí me confió todo cuanto había hecho para resguardar a su familia −y a su propia imagen− de la demencia que le esperaba. Arrogancia o dignidad, no lo sé, pero prefirió simular un asesinato antes que deslizarse públicamente hacia la locura.

Pietro sabía que, con el avance de su enfermedad, estaría cada vez más tiempo en el plano onírico. La ambulosomnia en su quinta fase lleva al errante a entrar en episodios de sueños mientras está despierto, una especie de parálisis en la cual se introduce en el espacio onírico, pero no del todo, porque una parte de sí sigue en el plano real. Entonces, experimenta dos realidades: puede escuchar y ver todo lo que se encuentra a su alrededor, pero también aquello que sueña. Los síntomas de esta etapa terminal pueden variar entre pacientes, pero la mayoría presenta periodos cada vez más largos de enajenación, hasta que un día dejan de volver a la realidad.

Téllez no dejó carta ni señal de explicación. El último día que llegué para cuidarlo encontré tan solo una biblioteca muerta, quemada —¡quién sabe si por mano ajena o suya propia!—, una biblioteca que, además, no sirve ni para vender. Logré recoger algunas hojas sueltas de libros descuartizados, con la esperanza de juntarlos en esta gran analecta, más por la nostalgia y la falta de respuestas que para publicarlo. Incluyen borradores, fragmentos de investigaciones, relatos de viajes e incluso partes de algunos libros del doctor Kovac. Sobre Pietro no puedo decirte más. De su recuerdo y amistad solo me quedan estas páginas que hoy te presento, y la firme certeza de que, para entender qué le sucedió, debo enfocarme primero en aprender más sobre mi propia condición.