Rebelión de los rumores

Vinicio López

Subirás despacio contando cada peldaño como te lo enseñó tu padre cuando eras pequeño. El ascenso te parecerá tedioso pero entenderás que te separan cinco pisos hasta tu destino. Conforme subas podrás darte cuenta que los vecinos son seres de otras dimensiones: puertas cerradas, silencio absoluto, claridad paupérrima. Te guiarás por la memoria que guardas sobre un par de ascensos que hiciste tiempo atrás. Una señora coincidirá contigo en el cuarto piso, su cara te asqueará, tu olor le producirá repelencia. Es lo que tiene el edificio: todo es alérgico a lo humano, a la esencia de los seres vivos. Pensarás que nadie supondrá nada, que lo que vayan a escuchar les importará poco (como lo has sospechado desde que vives ahí). Apartamento 6-B, pensarás conforme terminas de sentir los escalones de cemento revestido con un granito empobrecido bajo tus pies, bordeado por un pasamanos oxidado que siempre te producirá alergia. Según lo que escuchaste, no te sorprenderá lo que verás a continuación. La penumbra producirá una impresión desolada frente a ti, pero tendrás la puerta del apartamento tan cerca que podrás sentir el latir de las paredes, del abismo rugiendo a tus pies. Te saborearás los labios mientras giras la llave que dejaste la noche de ayer guindando ahí mismo. El giro será suave, silencioso, irónicamente prolijo en comparación con aquella arquitectura desvencijada y pobre. El clic del último seguro cediendo te provocará una enorme sonrisa. Acabo de venir de allá y lo único que encontré fue el silencio que suele acompañarnos aquí. Apenas entrecierro la puerta noto la sombra fugaz de alguno de los espectros que habitan este edificio. Me asomo con sigilo y encuentro los pasos temblorosos del viejo banquero del 5-A. Maldito viejo que no duda en joder cuando llega la fecha de cobrar el condominio. A veces provoca revisarle el apartamento y ver qué ha hecho con el dinero que recoge puntualmente cada mes para un mantenimiento que dudo exista. Tengo hambre, no como nada desde ayer y lo único que me queda en la nevera es algo de agua y sal. Sabrina se comió las tres rebanadas de queso que quedaban y, sospecho, una se la dio al perro, como si ese ser vivo valiera lo suficiente como para darse el lujo de masticar la poca comida que puedo comprar con la ayuda que me da el ministerio. Tengo hambre, le digo parado desde el dintel. Se hace la dormida y, en medio de la penumbra, le observo el surco que forma su pecho vertido sobre el colchón. Le sigue la cintura que termina en un culote con una pantis de encaje que seguro le regaló el marido. Lo único que le he podido regalar en nuestros cuatro años de amor ha sido una camisa que heredé de mi padre y que seguía hediendo a armario clausurado y un cunnilingus diario. No tengo otra cosa en esta pocilga. Vivo debajo de los poderosos, de los que se forraron en plata y me dejaron a mí sin nada. El primer piso es habitado por dos muertos de hambre: dos escritores que nos convertimos en la vergüenza de la literatura, autores de la épica del partido de gobierno. Cuando me asomo por la ventana solo veo podredumbre, ciudad gris, perros de cartón, putas desahuciadas… cuando vuelvo la mirada dentro consigo un espacio reducido, de humanidad espuria y sentimiento opresor. Hazme algo de comer, la vuelvo a aupar. Ni soy tu sirvienta ni soy tu puta, acostúmbrate a vivir solo, contesta sin moverse. Ya quiero que se largue, que le vaya a comer los cachos al marido y me deje con la única certeza de que este mal no dura más de cien años. Pero lo único que pudo hacer en ese momento fue acomodar su cuello sobre el brazo flaco y con marcas de guerra al que se había acostumbrado desde hacía tanto. El olor que desprendían era tan fluido que poco le importaba escuchar las quejas que siempre le llegaban sobre el hedor. Da igual, vivimos en la mierda, decía siempre. El sexo la había acostumbrado a buscar la suficiente certeza como para no dejar ir al único miembro viril que le llenaba al completo, que la hacía gemir con ganas. Paseó su mano por el abdomen pobre que, tras los pequeños haz de luz que se colaban por la ventana, dejaban ver restos de una musculatura definida y un pasado dejado a la memoria. Hace mucho tiempo que no disfrutaba de esta manera, comentó. Siempre lo disfrutas más cuando discutes con tu novio, contestó él mientras le sobaba un pezón. Es que tú eres especial…, se acomodó sobre él. Pues claro, tengo la pinga más grande que te has comido. No seas puerco. No seas tan mentirosa. Los dos rieron con ganas, se amenazaron con una estocada más, algún que otro abrazo o con el temido final del día. Las visitas de ella eran esporádicas, aunque él se había dado cuenta que casi todos los días entraba y salía del edificio. La conoció una tarde en la que ingresaba con una señora, de cara agria, por cierto. Las acompañó hasta el piso al que se dirigían aunque él viviera varios más abajo, exactamente en el tercero. 3-A. Esperó tras su puerta hasta verla bajar tiempo después y le invitó una cena, un revolcón y una despedida. Entonces la rutina se convirtió en ritual. Entonces, con ella descansando encima de él, preguntó de nuevo qué sucedería al día siguiente, cuando la mañana fuera describiendo cada uno de los pasos que ella le había comentado. Todo en este edificio tiene sus pasos, las huellas de quienes lo habitan, le comentó ella, tú solo tienes que escuchar. Aquí hay el suficiente silencio como para no confundirse. Él respiró hondo mientras el silencio le hizo conseguir esa erección que ella tanto había ansiado. Me muerdo la lengua para no maldecirla y vuelvo a la cocina con la convicción que no encontraré nada; que el perro, en todo caso, será la próxima víctima de mi hambre. Ya me cansé de esto. ¿Cómo dijo que haríamos para dar el golpe? Empujarás la puerta cuidando no hacer ruido, te introducirás y te tomarás un tiempo para detallar aquel espacio escaso de luz pero al que le sobra brillo. Te encandilará todo lo que tus ojos encontrarán; pero no te preocupes, la fiebre pasará pronto y caminarás con sigilo hasta el pasillo de habitaciones. Recordarás de memoria la historia de Aura que leímos cuando tengas que contar siete pasos hasta la segunda puerta. ¿Hay alguien allí?, te preguntarás cuando escuches el respiro hondo y dificultoso que irrumpe en tus oídos. Voltearás a todos lados y las exhalaciones te parecerán de otras vidas, pero no: ahí estarás tú, con el pulso acelerado y la carne temblorosa pensando que te atraparán en seguida. Creerás que es mala idea, que debes volver a tu espacio seguro, pero la codicia te nublará la razón y devolverás los pasos y darás diez más hasta donde, según recuerdas, estará la cocina, con sus cuchillos sedientos de sangre. El maullar del gato encerrado en una jaula te sorprenderá apenas enciendas la chispa del yesquero para poder buscar algo que aniquile esas exhalaciones que, a veces pareciera, fueran a derrumbar el edificio. Estará lloviendo y los truenos irrumpirán de forma violenta como lo harás tú minutos luego. No temerás porque recuerdas la melodía que te cantaba tu amante cuando te escondías de las tormentas. Él era todo lo que podía desear en un hombre. Durante tanto tiempo el silencio fue la única forma de entablar una relación con el muchacho que a cada tanto tocaba su puerta para poder ver un partido de fútbol. Él aceptaba encantado, entendiendo que las duras condiciones de un militar, residente del tercer piso, no podrían ser tan buenas como las suyas que, aunque también había pertenecido al estamento castrense, al convertirse en banquero y ministro de finanzas, podía darse el lujo de vivir en el quinto piso. 5-A, precisamente. ¿Vives solo?, le preguntó una vez. Sí, mi exesposa me dejó por el ministro de infraestructura; según ella, su edificio duraba más en pie que el mío. Luego de esas conversaciones triviales se guardaban las palabras, cada uno a lo suyo. Él iba a leer en el estudio mientras el extraño descansaba viendo el partido en la habitación. Aunque no lo quisiera le recordaba al primer amor que había tenido en el cuartel, a la desaprobación que había recibido durante toda su vida. Ahora, viejo y casi muerto, sólo le quedaba la convicción de que estaba frente a una memoria que quería concluir. Por ello, en medio del silencio, se fueron acercando hasta convertirse en amantes, confidentes de las pocas cosas que le quedaban en la vida. Él lo veía como un chico que no le amaba, mientras que el militar veía al viejo como una forma de subsistir en medio del hambre. Si no lo salvaba él, por lo menos esperaría que Sabrina lo sacara de aquel suplicio. Sabes que dudarás antes de hacerlo, caminarás en el rellano antes de atreverte a romper tus ideales. Entenderás que es necesario, que por ello dejarás de ser el cobarde que te hicieron creer que eras desde pequeño. Pero lo que conseguirás detrás de aquella puerta es lo que mereces por todo el sacrificio que el mundo se olvidó que hiciste. Recordarás tu juventud como un outsider que quería ser alguien más que la mueca de una sombra. Te dirás que no eres tú, que el hombre que tiene la llave entre sus manos es el mismo al que le dijeron que no saldría adelante. Lamentarás la equivocación que tuvieron tus conocidos y te reirás por dentro. No serás ningún cobarde cuando sientas la vibración de la llave pasar por cada resquicio de la cerradura. La dejarás allí hasta el siguiente día, esa es la prueba definitiva que el cielo será tuyo y el suplicio terminará. Descenderás cada uno de los peldaños hasta encontrarte de frente con tu peor sombra, con el inquilino que odiaste desde que ingresaste a vivir aquí. Sé que ama a otro hombre y que la tardanza en el baño es porque está pensando en él, en lo que disfruta al tenerlo entre sus brazos. Yo no le puedo dar esa alegría pues hace mucho dejé de ser puta, de rendirme a los gustos de los hombres. Mi madre me crio como una mujer decidida e independiente. Lo que me duele es que su cama no rechina como lo hace cuando está con él. Lo sé porque vivo diagonal a su feudo: apartamento 4-B. Las vibraciones del orgasmo llegan nítidas, tanto que me recuerdan las veces que encontré a mi marido siéndome infiel. Sí, sólo fui una embajadora en un país que ni Dios llegó a conocer. También fui el hazmerreír de media nación por mis declaraciones sacadas de contexto y con pobre fondo. Pero el amor que siento por él y que no me es profesado de vuelta es lo que me duele. El apartamento 5-A es el reino de la sodomía y el desenfreno cuando comparte su cuerpo con el del tercero. Entro al baño y le reclamo su desplante y me insulta por romperle su fantasía. Nos gritamos y por ello entiendo que siempre se hable de mí en todo el edificio. Usualmente soy la única que alza la voz. Me grita que mañana se irá y que no lo volveré a ver, que todo lo que hubo entre nosotros es solo polvo y aire. Eso me destroza y termino llorando postrada a sus pies de la misma forma como cuando mi marido me dejó por otra. No estoy lista para otro rechazo. No es que no lo quiera, es que ya no lo necesito, dijo mirándose al espejo. Se recogió el cabello y dijo con displicencia que se iba, que se verían otro día. Él acudió solícito y le dio un beso lleno de baba. Ella trató de disimular el asco. Sí, sí, nos vemos pronto, dijo. Al salir al rellano, y tras cerrar la puerta, se acomodó la ropa, perfumó el cuello y se dispuso a subir hasta el tercero. El hombre que desde meses atrás la hacía feliz la esperaba. Estaba ansiosa de disfrutar otro nivel de adrenalina, otra envergadura. Recordó dejar la copia de la llave sobre la placa que rezaba 1-A y siguió su camino. Nada volverá a ser como antes luego del tercer relámpago. Verás el espacio brillar aún más y sentirás de nuevo al edificio temblar con el trueno. Te volverás uno con el estruendo cuando des los siete pasos hasta la segunda puerta y la abras lentamente. Ahí la encontrarás tirada en el suelo, con la sonrisa que olvidaste que tenía. Un cuarto relámpago te sorprenderá sonriendo ante el reflejo de la sangre y nada volverá a ser igual. Lo sé porque la versatilidad con la que ella me robó a mi marido me confinó al apartamento que sufre los quebrantos de este vecindario disfuncional. Cada vez la miro correr como una niña por las escaleras, revolcándose con todo lo que se mueva, siendo la misma mujer que sonreía en el concurso de belleza que la ayudó a enredarse con mi marido. Sé que él la envía a cuidar a su mamá, mi suegra, que sigue viviendo en el sexto piso, apartamento 6-B. No me canso de maldecirla ni de esperar el momento en el que el tacón se le rompa y se quiebre el cuello. Lo siento, es el instinto de la mujer herida y burlada quien habla por mí a momentos. Sé que esa mujer es una pécora, que sus intenciones desde el principio fueron peores que las del diablo. A lo único que le tengo miedo es que un día decida tocar mi puerta. Tras el orgasmo se suele decir todo lo que uno necesita soltar. En esos momentos, cuando su amante se retorcía de placer, él aprovechaba para preguntarle por su mundo secreto, por la vida que compartía con la miss, con cada uno de los detalles de sus encuentros. Él, cansado por la expiración de las fuerzas, le contaba todo y cuanto tenía sin temor al reproche. Era lo mínimo que podía hacer ante aquel hombre que se había convertido en todo un caballero con él: lo había dejado disfrutar de sus lujos y hasta lo había hecho sentir querido. Por momentos pensaba que lo había comenzado a amar, pero luego desechaba la idea por el debate que se instauraba entre si querer a la miss o querer al ministro, quién le ofrecía gloria y quién infierno. Lo único que tenía seguro era que no había historia ni persona que le doblegaran la codicia y la sed de lujos que tanto había tenido desde el cuartel. Al parecer, esa era la única certeza de todo militar. Por eso el viejo cuidaba muy bien sus cosas y era tan fraudulento como él. Seguro por ello compartían más que simple sexo. Todo es estrategia, te dirás cuando vuelvas a escuchar las exhalaciones. Calcularás el tiempo que transcurra desde que ceda la puerta hasta el inicio de los gritos conforme alguien note tu presencia. Lo viviste una y otra vez cuando fuiste enviado a un sitio que ya no recuerdas, o finges no recordar. La sangre que te correrá por el cuerpo será fría y rápida, deberás hacer movimientos precisos y cumplir todo lo que te habrás propuesto desde un principio. Recordarás la prohibición de no tocar nada hasta que llegue el momento y puedas obtener toda la riqueza traída desde la casa presidencial. ¿Qué mejor sitio para esconder una fortuna sino es en una pocilga como esta?, le preguntó mientras se acomodaba en la cama. Él la miró desde el otro borde y la descubrió resumida entre la penumbra, con su sonrisa demente y los ojos brillantes. Ese destello le recordó tantas veces al viejo cobrador del condominio, cómo el condenado lo veía cuando, cada quinto día del mes, tocaba a la puerta, lo veía de arriba abajo con asco y procedía a cobrar. Lo conocía de antes, de cuando hacían los congresos del partido y él se encargaba de darles trato especial a algunos miembros en los baños. Su fama lo precedía así como su naturaleza codiciosa. A veces, cuando pasaba junto a su puerta escuchaba el rugir de un hombre seguido del suyo y no podía entender cómo un ser tan antinatural podía haber llegado tan alto en las filas del partido. Aunque tenía una pista, nunca hubiera querido ahondar en ella. Esa fortuna será mía, dijo de repente volviendo la mirada hacia ella. Le acarició el muslo y hundió los dedos en su sexo húmedo como si aquel atrevimiento supusiera un instinto orgásmico en ella, pero lo único que hizo fue subrayar por qué las mujeres le tenían asco. Todo a su tiempo, pequeño, contestó ella sacándole los dedos de su cuerpo y vistiéndose rápidamente. Ustedes los escritores lo único que hacen es soñar, soñar y soñar. Recuerda que el mundo no gira según los sueños, sentenció. Y tomarás todo y cuanto se te contó. La habitación quedará vacía en pocos minutos, porque la fortuna de una nación reside en apenas cinco objetos que guarda la vieja con mucho recelo y que los conseguirás en el cuarto y último cajón de la cómoda que descansa junto a la ventana. Aprovecharás para llevarte otras cosas mientras piensas que el lugar en el que vives sólo se sostiene con papel moneda de mentira y escalones infinitos a una libertad que nadie tiene, ni siquiera tú. Pero no te preocuparás porque aquello que llevas en el enorme bolso, que te pesa cada tanto que bajas de vuelta a tu guarida, te da la seguridad que ya eres libre. Que no valen amantes ni ensoñaciones, que ya puedes ser el reflejo que nadie podrá negar en la calle: el ser poderoso y cruel que siempre fuiste. Esconderás el bolso bajo la cama y te acostarás a dormir abrazando a esa mujer quebrada y silenciosa del 4-B mientras escuchas el rumor de todas las realidades posibles. Aunque lo que consigo me deja helado. Sabrina me ha mentido. En esta habitación no hay nada y ella me espera impaciente con el auto en marcha. Sé que de todos sus amantes yo soy a quien prefiere y que yo entiendo que mi futuro está en sus manos y no en los de un viejo ministro a punto de morir de hastío y represión. Me ha vendido una ilusión, maldita mujer. Reviso cada cajón una y otra vez, pero no hay nada. Ella llama repetidas veces. ¡Aquí no hay nada!, le digo por el teléfono. ¡Apúrate que casi no nos queda tiempo!, me grita ella de vuelta. ¡Eres un inútil! Antes que todo termine y la vieja siga mirándome con los mismos ojos que tenía cuando me vio rajarle el cuello, prefiero escapar y ver cómo salgo de esta. Tal vez mi destino siempre estuvo en los brazos del viejo, en el amor secreto que me profesó. No lo sé, lo único que conseguí fue este despropósito; pero vale lo mismo un muerto u otro. Total, todo muerto deja de joder. La vida se trata de supervivencia, de saber a qué atenerse cuando las serpientes pican fuerte y te matan lentamente. Pero cuando los hombres irrumpieron en el apartamento lo que encontraron fue al hombre huesudo y diligente que alguna vez había sido afamado por su historia sobre el partido. Lloraba sobre el cadáver de la madre del presidente, no tanto por la difunta como por su mala suerte: los cajones abiertos de par en par, la brisa entrando por los ventanales con su lluvia inclemente y un hombre que había cometido traición a la patria. Atrás quedaba el rumor de una fortuna custodiada por la anciana del 6-B, la miss con ansias de dinero y el silencio que precedía a la cárcel. Da lo mismo este edificio que el castigo, los dos son la misma clase de muerte, pensó mientras descendía y contaba por última vez los peldaños que lo separaban del mundo y su sonido atronador.

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