Combate

“Yo preconizaba el abandono del
corsé y la adopción del sostén
en nombre de la Libertad”
Paul Poiret. En habillant l’époque

“Nuestra identidad se moldea en parte
por el reconocimiento o por su ausencia,
o también por la mala percepción que de ella tienen los demás”
Charles Taylor. Política de reconocimiento

La choza de Bon-Hwa, al estar en la ladera de una montaña, bien arriba, daba una imagen de inestabilidad. Pero era todo lo contrario, porque hasta el clima estaba firmemente arraigado: llovía un día sí, otro no, durante poco tiempo, y solo lo suficiente para que el paisaje se lubricara. Por eso, cuando él llegó de la ciudad con un paquete de ropas nuevas, su esposa, Iseul, entornó los ojos y lo miró extrañada. “Se llaman pantalones”, dijo Bon-Hwa, “y es lo que se está usando ahora”. El agricultor miró a su esposa y a su hija con una sonrisa infantil. “Vamos, quítense las togas y pruébenselos”. Iseul y Eung-Kyun entraron a sus habitaciones, dejaron caer sus ropas, unas togas grises idénticas, y se metieron en los pantalones. Al salir, Bon-Hwa abrió los ojos y separó los labios. “Lucen muy bien”, les dijo. Iseul respondió que se sentía muy expuesta porque la tela se ajustaba demasiado a su piel y porque no tenía con qué cubrirse los senos. “¿Estás seguro de que esto se usa así?”, preguntó. “Míranos, no tenemos nada que nos cubra el pecho y nuestras piernas se adivinan perfectamente”. “Sí, sí, estoy seguro de que así se utilizan”, respondió Bon-Hwa. “Yo también traje pantalones para mí. Es cuestión de acostumbrarse”.

En ese momento, Iseul se fijó en que su hija y ella, a pesar de que casi siempre las confundían por su parecido —las confundía Bon-Hwa, casi la única persona con la que compartían—, eran en realidad notoriamente diferentes: Eung-Kyun tenía los senos más pequeños pero firmes y sus muslos eran más grandes, con una curvatura que agraciaba la forma de su cuerpo y que había permanecido oculta bajo la toga gris. Además, su hija, lo notaba ahora, era menos pálida que ella, con lo que el azul de los pantalones destacaba aún más el color de su piel. En contraste, Iseul se sintió maltratada por su nueva prenda: veía sus piernas flacas, sus pechos más abajo que los de su hija y su abdomen tenía una blandura poco atractiva. Se sintió aún peor cuando vio que su esposo se veía grande, fornido y bien enmarcado con sus pantalones.

Por la noche, al momento de dormir, Iseul intentó volver a colocarse su toga (“Porque es más cómoda”, dijo), pero Bon-Hwa insistió en que la dejara, que la olvidara, porque era momento de que ellos avanzaran y dejaran sus hábitos: “Hasta la lluvia cae por costumbre: siempre a la misma hora y de la misma manera”, reprochó él. Así que ambos pasaron la noche en pantalones.

Por la mañana, antes de levantarse, Bon-Hwa le anunció a su esposa que había encontrado la solución para su incomodidad: “Si te sientes mal con tus pantalones, quizá sea porque no son tu tipo y haya que buscarte uno distinto”, dijo, y luego hizo una pausa, esperando alguna respuesta. “Bae, el sastre, me ha dicho que hay un montón de opciones, por lo que solo tenemos que probar hasta dar con los indicados para ti”. Al mediodía, el agricultor, contento por todas las miradas que había captado con su prenda, había vuelto con dos nuevos pares de pantalones. Estos eran anaranjados en la parte de arriba y se iban decolorando por las botas hasta volverse blancos en el ruedo. Tampoco tenían costuras en la parte trasera: no tenían bolsillos ni un empate en medio. Con ellos, Iseul se sintió cómoda al inicio y pensó que, con un poco de esfuerzo, lograría acostumbrarse a esa forma de llevar la ropa, pero al ver cómo los lucía su hija: prensados, prietos, bien rellenos, se dijo que, quizás, aquello no era para ella.

En esa oportunidad, Bon-Hwa dijo: “Luces muy bien”, en singular y solo dirigido a su hija. “Te lucen, como si estuviesen hechos para ti”, continuó. Y luego: “Date una vuelta, para verte mejor”. Eso hizo que Iseul se descolocara, como si una tacita de té se hubiese roto dentro de sus oídos y hubiese llamado su atención: un sonido de algo que a su parecer no debió haber pasado, aunque no lograba identificar qué había sido. “Es verdad”, dijo ella después de unos segundos y como para fingir que todo estaba en orden, “te lucen muy bien, Eung-Kyun”. “Y tú también deberías estar feliz, Iseul”, le respondió Bon-Hwa, “porque ahora, sin las mismas togas grises que las cubrían por completo, no las confundiré. Ahora es obvio quién es quién, porque lucen muy distintas”. Con eso, otra tacita de té se quebró dentro de la cabeza de Iseul.

Al cabo de unas semanas, Bon-Hwa regresó con un nuevo paquete de pantalones. La diferencia de aquella vez fue que la prenda para Eung-Kyun era notablemente distinta que la de Iseul: mientras que los de la madre eran similares a los que había estado trayendo antes, los de la hija eran varias veces más cortos; las botas de estos nuevos pantalones se ajustaban por encima de las rodillas, dejando al descubierto la mayor parte de las piernas. En esta oportunidad, Bon-Hwa no comentó nada acerca de cómo lucían, pero le tendió la mano a su hija y la invitó a dar un paseo por la montaña “para ver cómo funciona este nuevo modelo de pantalones y cómo se ve cuando se utiliza por largo rato”, aseguró él; después de eso, Iseul se quedó sola hasta la noche.

Al momento de acostarse, le preguntó a su marido por qué se habían tardado tanto. “Estuvimos caminando”, respondió él. “Los nuevos pantalones aguantan muy bien, incluso estando sudados no abandonan la posición”. “Eso no es gracias a la tela”, contestó ella, “es porque están muy ajustados”. Luego de eso se hizo una pausa durante la cual Iseul fue tomando impulso, pensando en la mejor forma de decirlo sin que fuese demasiado incómodo: “¿Por qué no me has traído unos iguales a mí?”, preguntó. “No lo sé”, respondió Bon-Hwa, rascándose la cabeza. “Creí que no te gustarían, porque pensé que no te iban a lucir, y como desde un inicio no te gustó la idea de usarlos…”. “Quizá ahora sí los quiera, y quiera ver cómo me quedan todos. Además, ¿por qué crees que no me lucirían?”. En ese momento, Bon-Hwa se quedó en silencio, encogido en sus pantalones, sentado a orillas de la cama, dándole la espalda a su esposa. “En verdad tenemos una hija muy linda”, dijo, cambiando el tema, al cabo de unos segundos, pero a Iseul le pareció que en realidad había querido decir: “tengo una hija muy linda”, porque en su voz había algo de reciprocidad, entre él y Eung-Kyun, como un niño hablando de su juguete, suyo y de nadie más.

A pesar de esa conversación, Bon-Hwa siguió trayendo pantalones distintos: unos cada vez más cortos para su hija, y otros largos para su esposa. La diferencia llegó a ser de varios centímetros de tela: mientras que los de Iseul llegaban hasta un poco más arriba de sus tobillos, los de Eung-Kyun dejaban que se asomara la parte inferior de sus nalgas, como dos medias lunas o dos sonrisas.

En una ocasión, cuando Iseul abrió la puerta de su casa, sorprendió a Bon-Hwa y a Eung-Kyun muy juntos, uno pegado al otro por las caderas, frotándose entre sí —o, más bien, frotando la tela de sus pantalones—. Los dos se detuvieron de inmediato y se alejaron. En la casa, entre los tres, se asentó un aire pesado, acuoso, como si de repente se encontraran bajo agua. Aquel silencio, largo y filoso, se rompió con la risa aguda de Eung-Kyun, quien se cubrió la cara con ambas manos, se dio la vuelta y corrió a la parte trasera de la casa. Un gesto de vergüenza inocente que a Iseul se le antojó falso. Por unos segundos, la mujer vio a su esposo con expresión de reproche y de sincero malestar, después de lo cual ambos acordaron con la mirada fingir que nada había pasado.

Pero los encuentros entre padre e hija se continuaron, cada vez con más frecuencia y con menos pudor. Bon-Hwa y Eung-Kyun podían frotarse junto a Iseul mientras comían, mientras hablaban o estando en la cama recién despertados. Él podía estar a la mesa, cuando su hija irrumpía, se sentaba en sus piernas y empezaba a moverse adelante y atrás, sin parar aunque su madre estuviese enfrente. Incluso, hubo momentos en que Eung-Kyun abría la puerta del cuarto de sus padres cuando estos dormían, se acostaba sobre Bon-Hwa y empezaba a mover sus caderas en círculos, tela contra tela. Sobre todo aquello, el padre solo destacaba las bondades de su hija y sus pantalones: “De verdad es una niña enérgica, lo cual es raro para su edad, así que puedo considerarme afortunado. También creo que los pantalones le están haciendo maravillas, porque ahora se ve incluso más bella, con un cuerpo más maduro. Quizá ya se esté haciendo mujer. Sí, sí, sé que aún es muy pronto, pero quizá. Y esa tela… los pantalones que nos hizo Bae de verdad son muy buenos: resisten mucho más que una toga y no pierden su forma nunca”. Así que aquello se fue haciendo habitual e Iseul, incómoda al inicio, dejó de prestarle atención.

Lo que la madre no pudo pasar por alto fue una vez en la que Eung-Kyun intentó preparar el desayuno. En ese momento, una fuerza, como una mano invisible que la tomara por el estómago, llevó a Iseul a pararse muy cerca de su hija y espetarle que dejara lo que estaba haciendo. Movió las manos con brusquedad y la apartó, para luego ella tomar los utensilios de cocina y aferrarse a ellos con gesto inquieto. Labios apretados, los ojos bien abiertos. El silencio empezó a crecer en la cocina, un silencio tenso como una cuerda templada. Iseul respiraba agitada, y cuando escuchó que Bon-Hwa le habló a sus espaldas giró la cabeza con velocidad. “Oye, Iseul, no seas así, déjala cocinar”, le dijo él, en tono conciliador, desde la silla. Iseul no respondió, frunció las cejas y sus ojos se enrojecieron. “Además, Eung-Kyun no cocina mal. Deja que te prepare algo para que veas que no miento”. Iseul aflojó la cara, dejó caer la mandíbula y sus manos empezaron a temblar. “¿Ya ha cocinado antes?”. Bon-Hwa miró a su hija y a su esposa alternativamente sin poder articular ninguna frase, tartamudeando y entendiendo que había cometido un error. Eung-Kyun se llevó el pulgar a los labios y empezó a morder su uña en un gesto de inocencia infantil. Iseul miró a su hija de arriba a abajo: sus piernas definidas, su abdomen plano, casi desnuda por su ropa en miniatura, y se detuvo en sus manos. Se les quedó viendo por lo que se sintió una eternidad antes de subir a sus ojos y darse cuenta de que no podía aguantarle la mirada. Dejó los utensilios sobre el mesón, salió de la casa con la cabeza baja y no volvió sino hasta varias horas después, y cuando lo hizo fue solo para encerrarse en su cuarto.

Por la noche, Bon-Hwa no le dijo nada, pero ella supo que él la veía con la intención de hacerlo. Aquello hizo que una incomodidad se instalara en la cama, una atmósfera enrarecida que se asentó entre ellos y que no los dejó dormir (días después, Bon-Hwa le diría que no entendía por qué se ponía así y que no era tan grave. En ese momento, Iseul sintió que golpearía a su esposo, que lo lastimaría y lo bañaría con sus lágrimas). Esa noche tampoco entró Eung-Kyun, como ya era costumbre. Iseul imaginó que, mientras ella estuvo afuera, Bon-Hwa le dijo a su hija algo así como: “Mejor esta noche no, mejor vamos a hacer como si no estuviésemos porque tu madre se ha molestado”.

Durante los días siguientes, Iseul estuvo saliendo muy temprano de casa y regresando a altas horas, porque cada mañana veía a su hija preparando la comida del desayuno. Se iba a caminar, consternada y sin saber qué hacer, a estar sola consigo misma y con sus emociones. Al cabo de unos días, se decidió por preparar ella también el desayuno, así que le sirvieron dos platos a Bon-Hwa; pero este, tras pensárselo, y asegurando que lo hacía por la honestidad que ellas se merecían, comió el de Eung-Kyun, quien dio un saltito de emoción. Aquellos fueron días de resentimiento, en los que Iseul sentía que se iba desvaneciendo, como si se transparentara a medida que su hija empezaba a hacerse cargo de la casa; era como si ella no tuviese un lugar definido en ese hogar ni nada más que aportar al mundo. Incluso el clima parecía no quererla, porque cada vez que estaba sola y miraba por la ventana, la encandilaba el cielo despejado, casi seco, tras varios días sin llover, con lo que Iseul no podía sentirse miserable en paz, románticamente indigente, con una lluvia tan triste como ella.

Al cabo de varias semanas, cansada y adolorida de tanto compadecerse, Iseul se reprendió ante el espejo por haber dejado que la relegasen a ocupar una minúscula parte de su hogar, en donde era ignorada casi todo el tiempo. También se reclamó haber vuelto a usar su toga gris como señal de renuncia. Viendo su reflejo, se limpió la cara y anudó el cabello en una larga cola de caballo que cayó por su espalda. Se quitó la ropa y empezó a examinar su cuerpo, deslizando la yema de los dedos por su piel, palpando su figura y las formas de sus huesos. Se estuvo mirando por largo rato, dándose vuelta y adoptando poses incómodas que destacaban secciones de sí misma a las que casi no prestaba atención. Después de eso, apretó los puños y exhaló largamente, como dándose ánimos antes de iniciar una carrera.

Con los pantalones colgando de su mano, Iseul avanzó hacia la que había sido su habitación matrimonial, ahora ocupada solo por Bon-Hwa y Eung-Kyun, que en ese momento estaban frotándose el uno contra el otro. Su hija estaba de espaldas, las manos contra la pared, mientras que su esposo movía su pelvis contra ella, para así poner en contacto las costuras de sus pantalones. Iseul entró en el cuarto y se quedó viendo la escena por un momento, luego empezó a estirarse, a dar pequeños saltos y a mover su cuerpo para relajar sus músculos. Delgadas gotas de sudor aparecieron en su frente, en su espalda, y cuando sintió que ya había calentado lo suficiente, se metió en sus pantalones, ajustándolos un poco más arriba de su cintura, y avanzó hacia la pareja.

Iseul se detuvo a un lado de Eung-Kyun, apoyó la espalda contra la pared y empezó a deslizarse hasta quedar en cuclillas. Viendo a Bon-Hwa desde abajo, separó las piernas lo más que pudo, templando su cuerpo y su figura dentro de sus pantalones, que entonces se apretaban contra su silueta. Mantuvo esa posición por un momento, pero al ver que nada ocurría, volvió a levantarse. Sin despegarse de la pared, alzó los brazos hacia el techo, poniéndose de puntillas y extendiendo los dedos, estirando todo su cuerpo como si quisiera dilatarlo. En esa posición, empezó a mover su abdomen y caderas de atrás hacia adelante en un movimiento sinuoso, como de ondas, contrayendo e inflando su estómago. En el espejo había visto que así sus músculos y huesos se veían con claridad y se marcaban bajo su piel, así que no paró hasta que escuchó que su esposo tragó grueso. Entonces se dio la vuelta y puso las manos contra la pared, muy juntas a las de su hija, separó un poco las piernas y arqueó la espalda. Con la cabeza baja, se relamió los labios y cerró los ojos, como si se preparara a dar un salto largo; tensó sus músculos, exhaló con lentitud y empezó a curvar su cuerpo hasta que su pecho casi rozó la pared. Iseul sintió que su ropa la constreñía y que la tela se rasgaría en cualquier momento. Frunció las cejas, asintió para sí misma y trató de darse ánimos. Moviendo su cabeza, apartó el cabello de su espalda y miró hacia atrás por encima de su hombro. A pesar de que su posición le dolía y de que sentía que su cuerpo se rompería, no se movió, porque Bon-Hwa la estaba viendo y en su gesto había sorpresa y desconcierto. Aunque seguía frotándose contra su hija, él la observaba a ella, recorriéndola con los ojos escarchados y la boca a medio abrir. Sin decirse nada, como concentrados, ambos se sostuvieron la mirada por unos segundos que se sintieron como un largo tiempo, e incluso cuando Iseul abandonó su pose, Bon-Hwa siguió apuntándola con sus pupilas un momento más.

Al terminar el encuentro, Iseul movió sus brazos y piernas para relajarse e hizo respiraciones lentas para calmar su pulso. Se pasó la mano por la frente y se felicitó por su aguante. Aunque aquello solo había durado unos instantes, tras los cuales todo siguió como si nada hubiese pasado y de los que Eung-Kyun no debió percatarse, Iseul sintió que había logrado algo, o que estaba empezando a lograrlo, y que esa era su oportunidad para delimitarlo todo. Eso la encendió por dentro, muy íntimamente, con un ardor que recorrió su cuerpo milímetro a milímetro, que hizo que viese su habitación con confianza y que la llevó a ocupar con seguridad su lugar en la cama matrimonial. Aunque sabía que no pararían sino hasta dentro de varios minutos, no le dedicó más atención a lo que su esposo e hija hacían, porque esa noche ella se sentía satisfecha, con la certeza de que en la mañana ellos la mirarían.

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