El ónix

Por Miroslav Woisin

A Nílibe y Mario
que me enseñaron
‘La literatura genera más literatura.’

 

*

Harold Van Bronckhorst fue mi abuelo. Además fue poeta y dramaturgo, lo que quizá conlleve más prestigio. Nunca lo conocí. Lo único que me contaron de él fue cómo enamoró a mi abuela. Ella, ennegrecida ante una cánula respiratoria, desbrozó el silencio con lo último que dijo antes de su aliento final:

—Busca lo que quede de él. Sus papeles, su historia. Búscalo y conócelo, y encuentra la única fotografía que tenemos juntos. Está en su casa. Quiero que la eches sobre mi tumba. Que conmigo muera el recuerdo.

Yo miré mi reloj y descubrí que en él se encausaban las horas restantes de la pobre madre de mi madre. Lo supuse un capricho e hice caso omiso a su noble deseo. Pues, como todos saben, de mi abuelo sólo se conocía su no muy extensa obra visible, y como apéndice un manuscrito nunca publicado a propia testamentaria petición suya. Pero los aires vernales que provinieron de la voz de mi abuela sí me despertaron cierto interés, y aunque no estuviera dispuesto a aventurarme hacia el destino de una desvencijada fotografía, sí se me ocurrió la posibilidad de rendirle memoria. Aclaro que mi renuencia ante la idea de la búsqueda se debía a un hecho concreto: nadie sabía dónde quedaba la que había sido casa de Harold Van Bronckhorst. Mi abuelo, por lo tanto, y para la breve comunidad intelectual y literaria, no era más que un añorado fantasma. Al parecer su obra había sido de indecible relevancia, pero de difusa identidad, de biografía incierta. Y cuando a las malas lo descubrí, me di cuenta de que mi abuela me había encomendado una tarea no más real que fantástica.

Bronckhorst es un castillo que le da nombre a un municipio. A su vez, el castillo perteneció a los primeros caballeros Van Bronckhorst. Del castillo, sólo sé de un grabado remontado a 1731, cuyo autor fue un tal Abraham de Haen. Del municipio, sólo sé que pertenece a la provincia de Güeldres, al Este de los Países Bajos. De la familia de caballeros Van Bronckhorst no sé nada. De mi abuelo, sé que no es natural de Ámsterdam, ni siquiera europeo; menos aun caballero. Pero no cuesta nada imaginarse el paso evolutivo de las huestes desde un continente a otro, regando la estirpe hacia otras vertientes, en donde quizá se hubiesen levantado más asentamientos y cuyos aposentos fueran resultado de culturas cruzadas. No me cabía duda de que mi abuelo, por muy Harold Van Bronckhorst, era criollo y de espíritu indio. Todo esto yo lo sabía, por lo menos vagamente, pero fue corroborado por uno de mis tíos, hijo suyo también; sin embargo me dijo lo que hasta entonces nadie me había querido decir, y que por supuesto yo no sabía: el misterio que embargaba a mi ilustre abuelo era haber desaparecido en circunstancias desconocidas. Su muerte fue secreta, y había sido anunciada tras el descubrimiento (por parte de editores incisivos) de trece hojas mecanografiadas por él mismo que describían una despedida poética, como si estuviera seguro de su inminente abandono terrenal y lo hubiera antecedido con una sublevada prosa; susodichas páginas habían sido encontradas reposando en el escritorio de su hogar: en efecto esa casa mitológica, perteneciente a ningún lugar más que a las ensoñaciones y utopías de sus lectores más acérrimos. En esa época yo me volví uno de esos lectores. Mi tío no confió en que la encontraría. Pero lo que argüí, ferozmente, fue que no dudaba de la verdad que yacía pura en el manuscrito inédito. Nadie lo había leído hasta ese momento, y cuando yo tuve la osadía, contra toda objeción familiar, de palpar el tejuelo y leer su primera línea, comenzó a trazarse un camino místico que me sedujo de forma tan voraz que ni modo me vi apresado ante la ficción dudosa de la realidad y no pude detenerme una vez comencé a excavar sobre las entrañas de este literato; pues leí su prólogo:

‘Creerán que estoy muerto al leer mi grácil testamento: creerán que trece son suficientes páginas para resumir esta vida que sigo y seguiré viviendo…’

¿Qué había sucedido con mi abuelo entonces? Fue ahí cuando me dispuse a desentrañarlo. No había muerto cuando lo creyeron. Yacería muerto entonces, años después, pero no cuando había sido anunciado glorificándolo como una leyenda por fin. 

El prólogo consistía en una muestra de bien labrada ironía. En no más de una página, el autor se mofaba sobre el lector, casi sumergiéndolo y apocándolo ante el majestuoso efecto de la palabra. Todo el prólogo era una burla, y lo leí sin removimiento. Sin embargo, luego de la última línea —no menos jactanciosa que las demás—, me descolocó una anotación ínfima, la cual aún no defino como una posdata o una nota al pie de página. Me extrañó, por lo tanto, que no estuviera mecanografiada, sino escrita con tinta y pluma, aparentemente de su mismo puño:

‘Quien haya de aventurarse a leer esta novela —descubrir al manuscrito como novela fue sorpresivo: su obra era constituida por nueve poemarios y trece obras de teatro; nunca narrativa—, no encontrará en ella mayor gozo que en el de la cotidianidad circundante. No disfrutará leyendo más que con quehaceres rutinarios. No disfrutará las líneas tanto como puede disfrutar recostarse en un mueble y guarecerse bajo la oscuridad en horas de sueño. Pues, la novela no supone más que ello: la historia de una vida; sin matices ni bifurcaciones. Es la historia de un hombre narrada de forma fidedigna, sin conjurar metonimias ni metáforas, ni moralejas o entramados ficcionales…’

Hasta ahí nada fuera de lo común. Pero, en esencia, mi abuelo fue, según había oído de las largas peroratas de mi abuela, un hombre de simplezas en cuyo núcleo escondía complejidades extravagantes. Todo lo que él ostentara como sencillo y plano, era en realidad la traducción de un fenómeno mucho más incomprensible para la enjuta mente humana, que él entendía como primitiva. Dos o tres líneas eran una mancha ininteligible. La nota al pie, o la posdata al prólogo (que abarcaba casi la mitad de la página), concluía así:

‘…sin embargo, hay quien sí la deguste.’ 

Más abajo, como extensión de la nota, había una dirección. Una calle, una residencia, un número de habitación. Un país lejano. Supuse que se trataba de su más reciente domicilio. Supuse un sitio donde estuviera la presunta fotografía.

 

*

Me vi de pronto en Montevideo. Un hombre de flanco parduzco me abría las puertas de una residencia vetusta, de rejas negras y suelo marmolado. En su cabeza atisbaba una calva, y sobre la piel fina de su rostro ascendía una espesa barba blanca, a pesar de no vislumbrársele más de cuarenta años. Se presentó como Mario Casanueva, y se proclamó custodiando esa sociedad de libros: cuando entré no divisé ningún mueble ni alfombra, en cambio el espacio era atestado de una avalancha de páginas y lomos endurecidos que servían a la vez de mueble y de alfombra, de cama y, como me dijo este hombre, de lámpara incluso —qué mejor luz, me decía—. Entendiendo que yo era nieto oficial del señor Van Bronckhorst (oficial, de hecho, porque pertenezco a la camada de su mujer legal aunque abandonada luego: mi abuela), luego de mostrarle una identificación me dio una bienvenida cordial, y me confesó, entonces, que él había sido, y seguía siendo, su fiel mayordomo. Me presentó la que ahora era su biblioteca (no niego que me sintiera aludido, pues de mi abuelo, por muy misterioso y fantasmagórico que fuese, esperaba que retribuyese su ausencia con el más humilde legado, si no paupérrimo, y ni siquiera eso fue; todo se lo había dejado —en un segundo y desconocido testamento— a este hombre quien en su tiempo fue servicial y ahora era una mera estela). Envidié al hombre por cada tomo. Una vez convidado el whiskey, debatimos:

—Claro que escribió narrativa —me dijo—: aquí mismo hay un manuscrito compuesto por cuatro centenas de microcuentos.

—¿Por qué nunca la publicó, entonces? —Inquirí.

—Por miedo.

Según pude ver, Mario Casanueva era austero. No dilapidó nunca la herencia. Quizá mi abuelo sabría de ese destino y por eso se lo confió. 

Me quitó la chaqueta y la colgó en la entrada. Sus manos parecían de almizcle; su voz de lija. Encendió lo que quedaba de una leña y se puso lentes. Yo quería preguntarle acerca de la fotografía, pero me contuve; en cambio, me sorprendió preguntándome si había traído conmigo el manuscrito del que hablaba.

—¿No lo ha leído usted? —Le pregunté.

No me contestó. Procedió a contarme oxidadas anécdotas de Harold Van Bronckhorst, convencido de que serían de mi interés, pero en ellas podía saborearse el orín de su senectud y aunque mi curiosidad las exigía, también esa misma curiosidad diáfana me retenía; era menester elegir de qué hablar. Tres días en Uruguay podía parecer tiempo suficiente para exhumar al ilustre escritor, pero su obra, cuya extensión era inversamente proporcional a cuanto ofrecía para debatir, no cabía en tan reducido espacio. Mario Casanueva me acogió, alegando que ése también era mi hogar. Le pregunté:

—¿Nunca ha venido ningún otro familiar a reclamar aunque sea información?

—Usted es el primero.

—Me resulta casi inverosímil. ¿De verdad nadie ha venido? 

—Le juro que nadie. ¿Pero qué le resulta tan increíble? Creo que es lo normal: su abuelo se escondió, siempre quiso apartarse. Nadie sabía ni sabe dónde queda su casa, ni hay algún rastro de ello.

—¿Y cómo cree usted que estoy aquí?

En el quicio de su mirada había un secreto áureo; procuraba soterrar su ansiedad, aunque sin mucho fruto. Me contestó luego de un sorbo de whiskey:

—Justo le iba a preguntar.

Abrí el manuscrito. Palpé las hojas amarillas. Me fui al prólogo, y no había vestigio alguno de tinta. Ni posdata ni nota al pie. Quise explicarle que no era posible que yo hubiera encontrado el inusitado escondrijo de mi abuelo sin haber tenido señal alguna de su locación, sobre todo acertando encarecidamente Montevideo. 

—Sí es posible —me dijo.

—No me tome por loco —dije, mirando el espacio en blanco de la hoja en donde debiera estar la dirección.

Procedió a contarme la historia que yo ya me sabía de nuestro personaje común. No supe con qué intención. Retornamos entonces el trazo histórico a través del castillo, del municipio de Güeldres, de los caballeros cuyo apellido glorificaba el nuestro; a través de la emancipación continental y los primeros cruces entre nativos y asentados; a través del primer contacto literario y su posterior fecundidad, de sus abundantes influencias y la reconstrucción ancestral de sus raíces, de la búsqueda poética y los franceses malditos, de su arquitectura de diálogos (de cada una de sus tragedias) y sus posibles razones; a través de sus años de obrero, de su teatral alcoholismo, de su fracasado interés matemático, de su deseo arqueológico, de sus creencias divinas; a través de la merma de inspiración, de su historia familiar, de su decepcionante legado, de su frugal y pasional vida de marinero y de cada mujer de cada puerto, de mi abuela y de otras abuelas: y de mí y de otros nietos lectores. Me contó entonces cuándo decidió ser escritor (sin pensar, de hecho, en que tendría que escribir, sino sólo en el hecho de serlo), y mientras hablaba se fue acercando a un anaquel broncíneo, comentándome que se debía al descubrimiento de un camafeo por el que quedó obnubilado, justo a la edad de dieciocho años, al cual le escribió su primer poema, del cual consecuentemente destiló todo un poemario dedicado a solemne baratija. 

—Es éste —me dijo, dejándolo caer en la palma de mi mano.

El camafeo amurallaba con sus orlas a un ónix negro, de ocres auroras, todavía reluciente y de no más de cinco centímetros de diámetro, cuya forma proclamaba un fénix tallado. Mario Casanueva me explicó que la pieza podía estar atribuida a un orfebre del período helénico, quien solía complacer las extravagancias de sus emperadores, y que no había figura que no pudiera emular en una escultura. De hecho, me dijo con tenebrosa certeza:

—El hombre es alto y de tez morena, luciendo siempre un bigote maloliente y, aunque sus obras, como este camafeo, brillan de limpieza, sus manos están siempre sucias. Sin embargo es un tipo adorado. Fíjate que no cualquiera te talla un ave en un espacio tan pequeño.

Lo que sentí al tenerlo en mi mano es inefable. Lo contemplé durante varios minutos, sintiendo como si allí residiera la esencia pura y compacta de mis ancestros. Pero hasta ahora no respondía ninguna de mis preguntas. 

—¿Por qué me cuenta usted todo eso?

—¿Qué cuenta el manuscrito de la novela? —Me preguntó.

—No lo he leído. Sólo las primeras páginas. Es la vida de un hombre, sin mucho más que eso. Puros hechos cotidianos. Creo que no es nada interesante, más bien es monótono y quizá por eso mi abuelo nunca lo publicó.

—¿Cómo se llama el protagonista?

—Juan Camilo Ceballos, creo.

—Ceballos fue un escritor español —me dijo con parsimonia—. Fue un muy buen novelista, aunque injustamente olvidado.

—¿Mi abuelo noveló la vida de un escritor?

Novelar la vida, entiende bien. 

—Algo me dice que usted no fue su mayordomo, o no sólo eso. Sabe demasiado.

—Ya estás entendiendo, Urribarrí —me dijo. 

—¿Acaso usted es su biógrafo, Casanueva?

—Novelé su vida —algo en su mirada clamaba desesperanza. Sus ojos lucían dilatados y pude descubrir que él no concebía nuestra charla como oportuna casualidad. En cambio prosiguió—: el tiempo es un eterno presente.

—¿Qué quiere decir con eso, Casanueva?

—Ceballos, a su vez, escribió sobre un escritor, ¿sabías eso, Urribarrí? Sobre un tal Laurent Cassel, se me escapa su primer nombre. Fue francés. 

—¿Qué tiene que ver eso con el camafeo y con Van Bronckhorst?

—Y Cassel, a su vez, escribió sobre un Feliciano Vestrini, un poeta veneciano también condenado al exilio de la memoria. Y Vestrini, a su vez…

Enumeró una caterva de nombres infumables. Entre cada uno recorrió medio continente. Lo inusual fue lo siguiente, diciéndome:

—Yo escribí sobre su abuelo, quien escribió a Ceballos quien escribió a Cassel quien… y, seguramente, alguien en el futuro me está escribiendo a mí.

Lo entendí al principio como un sencillo juego de posibilidades; no comprendí de inmediato su certidumbre. Mario Casanueva no lo planteaba: lo aseguraba. Su índice removía el casi inexistente polvo del ónix, y, luego de quitármelo, en su mano lo atesoró y aborreció por igual.

—No imaginé que fuera escritor usted. Y casi siempre imagino bien —dije.

—Uno de tantos —su aliento se esparcía sobre la mesa—, sinceramente no recuerdo bien quién de ellos, pero alguno de quienes nombré, escribió, a su vez, sobre un orfebre que talló una piedra semipreciosa y la ajustó a un borde orlado, y tal camafeo resultaría místico, Urribarrí; según el autor que la imaginó, sería, tal como el fénix, una pieza sempiterna, la cual pertenecería entonces a cada escritor que escribió sobre cada escritor que escribió sobre el escritor que escribió sobre el camafeo de ónix…

—¡Ah! ¿Éste es una reproducción de una joya de algún mito? —Lo dije tocando la pequeña talladura.

—Cuesta entender, claro. Mire. La literatura es más real que la vida, Urribarrí. ¿Sabe por qué vino usted aquí?

—Sí, yo le dije. Di con la dirección en el manuscrito de la novela.

—¿Y por qué cree usted que no vino nadie más? ¿Tan soberbio es como para creer que es el primero en ojear esas hojas?

—Le dije, Casanueva. Quizá no me crea, pero la tinta sólo apareció una vez.

—¿Por qué cree que sucedió eso? —Atenazó con su mirada, que no era menos vertiginosa que su tono, mi débil perfil. Hasta entonces hube podido contestarle, mantenerle conversación. Pero lo que ahora me preguntaba se escapaba de mi propio aliento. Permití que entendiera mi silencio, y terminó admitiendo—: Harold Van Bronckhorst existe porque yo lo escribo, y yo existo porque alguien me escribe, Urribarrí, alguien que todavía no ha nacido quizá. Yo escribí que un nieto, de tantos, leería la dirección en un mortecino manuscrito, y así vendría hasta aquí. Luego, cuando usted hubo llegado, inmediatamente borré ese párrafo. Eliminé, en mi propio manuscrito, el que hubiera alguna dirección en la página del prólogo de la novela, y por eso usted se vio tan estupefacto y se cuestionó su propia cordura cuando me quiso explicar cómo llegó. ¿Y sabe por qué lo hice? Porque quería comprobarlo, Urribarrí, comprobar si esto era cierto, si yo estaba tan condenado por el ónix como su abuelo, el ilustre Harold Van Bronckhorst, tanto como Ceballos y Cassel y Vestrini. Y sí lo estoy.

—¿Cómo es posible? ¿Acaso entonces todos quienes somos familiares de Harold Van Bronckhorst, seríamos creación suya, Casanueva?

—No, yo sólo imaginé a su abuelo. Lo demás es producto del azar, qué sé yo, al menos que en mi imaginación un personaje resultara importante. Como su abuela, quien le pidió la foto.

Le creí. Hasta esas instancias todo cuanto había querido explicarme me parecía absurdo, si no pueril. Pero en el instante en que mi abuela fue mencionada —además del episodio de sus últimas palabras, de la búsqueda de la fotografía—, supe que Mario Casanueva suponía una pieza en los engranajes de la causalidad. El tiempo es un eterno presente. Su expresión era melancólica. De hecho hipnotizaba y encendía mi fragua interna. La impronta entera de la escena me envelaba, y ante la oscuridad y los libros, y ante sus palabras fehacientes aunque sin sentido, no me quedó de otra que preguntarle:

—¿Es una especie de camafeo mágico, Casanueva?

—¡Ah, mágico! —Ironizó—, conque así lo ves tú, como un amuleto mágico. El camafeo no es más que un pretexto, Urribarrí, para que el primer escritor que creó esta kilométrica e incesable cadena de escritores pudiera atenazarnos. Si hay algún amuleto milenario, ése es él. 

—¿Quiere decir que somos parte de una ficción?

—La realidad es parcialmente una ficción. 

—¿Y a qué se debe que usted me revele todo esto, en caso de que diga la verdad, si presuntamente no lo ha hecho con más nadie?

Rompió a llorar. Gesté pensamientos que no había dilucidado nunca. Hice un recorrido por cuanto hube leído, que no era mucho, y me pregunté si en esa línea (no sé si decir literaria o metafísicamente genealógica) habría algún autor que yo reconociera. ¿Estaría, quizá, Rafael Cadenas entre ellos? Si era posible que un país se repitiera. ¿Tal vez Javier Marías, oriundez misma de Ceballos? Quizá, entre tantos, pudiera estar un tal Stendhal, o un tal Gógol. ¿Me los nombraría Casanueva? ¿Sería renuente a mencionar un autor importante (más importante que Ceballos y Cassel y Vestrini), cuyas obras fueran ya clásicas? Se limpió las lágrimas con un pañuelo, y, dejando caer el camafeo sobre un cenicero, con vehemencia y asco, me dijo:

—No sólo he escrito a su abuelo. También lo he vivido. Yo he sido Harold Van Bronckhorst, quien por su parte fue Juan Camilo Ceballos, quien… —lo detuve antes de que los enumerara exhaustivamente otra vez—. Por lo tanto llevo siglos viviendo. 

—Eso es fascinante. Hasta envidiable —tenía mucho más para decir, pero mis palabras se atoraron.

—¡Nada envidiable! Usted no sabe la tortura que supone vivir tanto. Amar a miles de mujeres que ya murieron. Repetir sacrilegios y revivir traumas cíclicamente. ¿A usted le gustaría que sus miedos lo acompañaran durante medio mileno? Y todo por haberme encontrado una baratija maldecida. Todo gracias a un ónix con forma de fénix. ¿Sí entiende ahora por qué la forma del tallado? —Asentí, y prosiguió—: quiero despojarme de este luengo destino.

—¿Cómo así?

—Mire, Urribarrí. ¿Qué tanta comprensión tenemos de la dimensión temporal? Fíjese que el futuro y el pasado podrían revertirse. Imagínese un pasado que dependa del futuro, cuando lo lógico es que sea al revés. Imagínese que su vida esté condicionada por lo que no esté sucediendo todavía, sino por lo que sucederá. ¿Querría estar sometido a las cadenas del tiempo? Le cuento que cuando fui Laurent Cassel, esa vida entonces mía concluyó con un suicidio. No le daré detalles. Ahora imagínese que la muerte, que en ese momento yo concebía como una escapatoria, no sería más que un reinicio. ¿Le gustaría tener una fatídica vida milenaria, Urribarrí?

—Es imposible contemplarlo con frialdad —fue lo más noble que pude decir.

—Hay algo que no intenté nunca. Me gustaría probar si cediéndole el ónix a alguien más, me veré desertado de la vida ex aequo con todos los demás autores, y de golpe no sólo dejaré de ser otros, sino que los olvidaré. 

—¿Cree que pueda ceder un destino?

—No pierdo nada con intentarlo. En mi adolescencia, cuando empezaba a tener contacto con la literatura más regularmente, ideé una historia. Durante años no pude escribirla porque no tenía ni las capacidades ni la madurez. La comencé, sin hoy haberla terminada aún, diez años después, un 3 de julio; cinco días después me convidaron a una excursión por un sitio de tu país. Era un pico nevado. Allí, entre la nieve, lo vi. No puedo explicarle el fulgor, nada que ver con el brillo que está sepultado en este polvo. ¿Se imagina un objeto tan reluciente, que pueda ser protagonista entre tanta nieve? Desde donde yo lo vi, parecía un granito opalescente. Lo tomé y lo guardé, lo conservé. Una vez frente a la máquina, pude soltarme, mi historia salió disparada por las hojas; con el camafeo al lado. Hasta ese momento mi vida era inocente. Cuando escribí, descubrí que yo no era más que un conducto para que la vida en efecto vivida de un personaje no más ficticio que real pudiera estar plasmada en el papel. Yo estaba entusiasmado. Imaginé el castillo Bronckhorst y me inventé que fuera luego un municipio de Güeldres. Imaginé un grabado de un tal Abraham de Haen, a quien también inventé. Y luego supe que era real. Que antes de encontrarme el ónix, nada de eso había pasado. Pero luego de tenerlo al lado de mi máquina de escribir, eso por supuesto había ocurrido cuatro siglos atrás. ¿Ya entiende? Y así mismo, Urribarrí, está haciendo alguien en el futuro conmigo. Entonces, en esas vísperas, lo tomé como una preciosa casualidad. Y seguí escribiendo: que fuera un escritor, que fuera un eco de los borrachos escritores de antaño. Y todo se me vino encima. De repente llovieron los recuerdos. No sé decirle cómo emergieron, pero de pronto tuve reminiscencias de otras vidas. Tuve memorias ajenas. Recordé incontables noches de faldas, de borracheras, de brindis y éxito, de pobreza y miseria en callejuelas de Europa, vendiendo versos por migajas de pan. Vi un aluvión de aventuras, cuando en mi vida personal sólo fui a un pico nevado. Vi al orfebre labrando la milenaria pieza. Entonces, así como todo sobrevino con tal rigor, imagino que puede irse, que si el camafeo termina en manos de alguien más, yo quedaré exentado y esa otra persona sufrirá o gozará, todo depende de su carácter, lo que yo le acabo de contar. Por eso lo convoqué aquí, Urribarrí. Yo a usted lo conozco, porque no me quedó de otra que conocer al personaje que creé, con todo y sus alrededores y sus vínculos. Sé que usted sí tendría temple para eso. Yo soy débil, usted no.

—¿Quiere que yo tenga el camafeo?

—Se lo suplico.

Dicho esto, Mario Casanueva, del mismo anaquel, sacó un tomo de empaste verde, y lo colgó sobre la mesa, a un lado del cenicero. No lo abrió, pero me indicó que lo hiciera. Leí en su página inicial: ‘Primera parte’, y leí, entonces, cómo comenzaba su historia:

‘Harold Van Bronckhorst fue mi abuelo. Además fue poeta y dramaturgo, lo que quizá conlleve más prestigio. Nunca lo conocí…’

Y me dijo:

—Continúelo, y quédese con el camafeo.

No niego que el deseo me llamara. No niego que haya contemplado la posibilidad. No niego que el ónix me despertara los impulsos. No niego que lo apretujara en mi mano, en mi pecho.

 

*

Lo escribo cinco años después de ese peculiar episodio. Cuento que volví y eché la fotografía en la tumba de mi abuela, antes de que cayera la tierra. Me parezco a mi abuelo. O él se parecía a mí. Mario Casanueva me la dio: la tenía lista en un estante para cuando yo llegara. Fue amable. Mi abuela, entonces, moriría contenta.

Luego de un tiempo me dispuse a pensar qué tan cierto podría ser todo lo que este dizque mayordomo uruguayo me contó. Sería cínico de mi parte negar que no le haya dado vueltas al asunto: todos estos años lo he hecho, sin una noche dejar de pensar qué deparaba la joya. Pensé en el futuro, que en este caso sería un pasado respecto al enigmático y abstracto linaje que deslindaba de la realidad. Mi abuela había tenido razón: mi abuelo había sido un hombre de simplezas en cuyo núcleo escondía complejidades extravagantes, y con mucha razón entendía la mente humana como primitiva:

Ahora yo, mientras escribo este relato, la entiendo igual; no volví a ver a Mario Casanueva desde aquella visita, y ahora me figuro la probabilidad de que susodicho encuentro no se haya dado ni haya existido sino que yo, en este breve texto, lo haya creado tal como ahora supongo que inventé a Ceballos, a Cassel, a Vestrini, y a este camafeo de ónix que tengo al lado de la máquina de escribir.

Julio, 2017.

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