Cinco minutos

Quinta mención honorífica
Seudónimo: Atlas
Autora: Andrea Santana

     La primera vez que intenté suicidarme, tenía catorce años. Tomé una botella blanca de plástico con letras rojas y brillantes, la abrí con mano decidida y dejé que el penetrante olor a químico me pinchara la nariz. La sostuve con ambas manos y pegué el pico de la botella a mis labios. Inmediatamente fruncí el ceño al sentir el amargo sabor, que parecía estar frío y caliente al mismo tiempo.

     Pensé que así se sentiría darle un beso a alguien. Incliné la botella y tragué con los ojos cerrados. Pensé que estaba besando a la muerte; se sentía frío, pero me ardía la garganta y me dio miedo. Se me cayó la botella y el líquido azul se esparció por el suelo, impregnando todo el cuarto de su olor a limpio.

     Pensé que mi cuerpo olería a ese limpiador mientras estuviera exponiéndose para la familia, y que yo estaría allí con los ojos cerrados y con la lengua aun azul de producto metida dentro de la cabeza azul de asfixia.

     Sentí un nudo en la garganta y volví a cerrar los ojos con fuerza. Imaginé a mi abuela llorando en mi funeral. Imaginé a mis padres junto a mí en una graduación que nunca llegaría. Entonces, por un momento que pareció eterno y sin abrir los ojos, deseé, de todo corazón, que las cosas fuesen distintas. Lo deseé con toda mi fuerza, con los pulmones, las entrañas y con el estómago que empezaba a quemarse.

     Que impotencia.

     La presión del gas subió desde mi barriga y, cuando abrí la boca, emergieron burbujas tan azules como el espeso limpiador. Al ser consciente de mí misma nuevamente, me encontré sentada sobre mi cama, escuchando el silencioso dormir de mis padres mientras sostenía entre mis manos un papel tachado y arrugado con palabras de tinta borrosa. La botella de plástico blanca, cerrada herméticamente, permaneció dentro del estante de madera, sin que mis manos, quisquillosas de muerte, la perturbaran.

     Fue entonces cuando entendí que la vida podía acabarse en cinco minutos. Y que sólo cinco minutos eran suficientes para acabar con algo o cometer un grave error.

     Mi padre murió dos veces antes de que pudiera salvarlo definitivamente. Pasó tres años después de mi suicidio, un treinta y uno de diciembre o, mejor dicho, un primero de enero, tan temprano en la madrugada que parecía ser, todavía, el año anterior.

     Fue una lástima tan grande que aprendí que los nudos en la garganta que te permiten saltar en el tiempo, no solo aparecen por miedo, sino que también pueden ser causados por el dolor.

     Y solo cinco minutos pueden acabar con la vida.

     La primera vez que mi padre murió, lo esperaba en casa viendo televisión. Mi madre y yo cenamos juntas esa noche, tensas y comiendo pernil, revolviendo los restos en el plato medio vacío con el tenedor. Ella estaba algo molesta porque papá había ido a trabajar en día de fiesta. Se acostó a dormir temprano, sin ver el teléfono y sin llamar a nadie para dar el feliz año. Ni siquiera llegó a escuchar el repicar del teléfono fijo cuando, entre las felicitaciones familiares, me susurraron en el oído con voz monótona que habían ponchado a mi papá y que habían visto el carro unos malandros y que seguro que habían intentado robarle y se resistió porque le habían echado encima tremenda balacera al carro y que esas cosas pasan. Que si había alguien que pudiese encargarse del cuerpo y del carro y que esas cosas pasan…

     El dolor que sentí en ese momento fue el que me permitió saltar ciento treinta y dos veces y pedirle a mi padre que, de verdad, no fuera a trabajar, que queríamos estar con él, que mamá iba a estar triste y cenar sería chimbo sin su compañía, que era Año Nuevo, que teníamos que pasarlo juntos porque había leído nosedónde que si no, íbamos a pasar un mal año e inventé cada cuento más loco que el anterior y le dije cuanta cosa se me ocurrió para convencerlo, pero nada sirvió y tuve que volver a cenar a solas con mi madre y tuve que volver a revolver la poca comida con el tenedor y volver a ver los especiales de Navidad por la televisión mientras mi mamá dormía y volver a escuchar repicar y repicar el teléfono mientras mi cabeza maquinaba, creando el plan que debería llevar a cabo después de saltar otras ciento treinta y dos veces más.

     El día en el que mi padre debió morir por tercera vez coincidió con la primera vez que me rompí un hueso, la parte delantera de mi cráneo, por encima de la ceja, me abrí un surco contra la llave del agua dentro de la ducha. Grité y dije que me había caído. No tuve que fingir que lloraba, porque dolió como darle un beso al Diablo; e intenté mantener los ojos abiertos para no saltar por accidente, tenía miedo de no tener la fuerza de volver a azotar la cabeza contra la llave. Vi la sangre bajar por la alcantarilla y supe que mi padre sobreviviría. No fue a trabajar. Pasar los primeros días del año juntos y en una habitación de clínica que no aceptó seguro médico, resulta mucho mejor que pasarlos en una funeraria viendo, a través de un vidrio la cara acartonada de un cadáver demasiado maquillado para esconder el colador en el que se había convertido el cuerpo de mi padre.

     Una cicatriz en la frente fue el trofeo que me concedió el destino por haber sacrificado mi propio dolor para salvar la vida de mi padre.

     Después de eso, mi poder para saltar fue reducido a momentos muy específicos y así, enfoqué mi vida y mis oportunidades en evitarme problemas. Cuando mis padres peleaban, sus discusiones solían explotar por causas ridículas, que ascendían hasta convertirse en auténticas peleas marcadas por insultos a los gritos, una perenne sensación tensa y, conforme pasaban los días, se resumía en ignorar al otro o un trato de desdén curiosamente limitado; por estas razones, evitar sus peleas resultaba incómodo y extrañamente perturbador. A veces, incluso, me avergonzaba del miedo sobrenatural que se me metía en los huesos cuando sentía que iban a pelear. Se notaba a leguas en los gestos de la cara, en el silencio previo y sepulcral, en los pasos rígidos y derechos que se tragaban su propio eco y que ni siquiera dejaban que la goma de la chola se arrastrara levemente al levantar el pie.

     Evité sus peleas con relativa facilidad, cerrando fuertemente los ojos y apretando la mandíbula casi por costumbre. Cuando lo hacía solía preguntarme cómo serían nuestras vidas si papá hubiese muerto aquel primer día del año. Pero pensar en eso era como volver a meterme en la boca el pico de la botella blanca de plástico y beber agua de muerte azul.

     El día en el que me casé no lo supe, pero no tardé en entender que existen errores que no se pueden evitar y que existen tragedias inmensas que no se arreglan ni saltando ciento treinta y dos veces en el tiempo. Antes creí que había besado al Diablo, pero el día en el que me casé fue cuando verdaderamente lo hice.

     De este modo, la herida que voluntariamente me abrí en la frente unos doce años antes, volvió a sangrar sin parar la primera vez que un plato de comida se resbaló entre mis dedos y mentiría si dijera que mi primera vez como víctima de violación (por el que juró cuidarme hasta la muerte) me tomó por sorpresa. Aprendí a asumir que saltar al pasado me había abierto una ventana-ojo hacia el dolor que vaticinaba mi futuro. Como si la vida se empeñara en recordarme que, realmente, del dolor no se puede escapar.

     Igualmente, mentiría si te dijera que no intenté huir.

     Mi vientre hinchado fue como firmar, involuntariamente, mi propia sentencia de muerte, fue como ser traicionada por Dios, como castigo por haber besado al Diablo. Y cuando te sostuve entre mis brazos sentí que lloraba de rabia y de felicidad, pero más de rabia y de miedo, porque te había arrancado de mi cuerpo cual tumor, para abandonarte en una playa desierta fuera del abrazo protector de mi vientre ¿Cuántas veces tendría que apretar los párpados para deshacer este nudo en mi garganta?

     Odié que nacieras, porque arrancarte de mí fue traerte al mundo, fue como permitirte que existieras y existir es asumir que también existe el dolor. Yo también fui arrancada del cuerpo de mi madre, mi refugio y voluntariamente me arranqué de sus brazos protectores catorce años después; ese fue mi segundo nacimiento, aunque tal vez cuenta más como el primero, porque a partir de ese momento fue cuando empecé a ser consciente del dolor.

     Ser consciente del dolor implica saber que está siempre presente, aunque seas capaz de darle la espalda apretando los ojos con un nudo en la garganta. Para mí, ser consciente del dolor fue ahogarme con químico azul y ver a mi madre llorando cuando mi padre murió, porque en ese momento comprendí que golpearía mi cabeza contra la llave de la ducha las veces necesarias, incluso hasta perder la vista, si eso me garantizaba que jamás vería a mi madre llorar de rabia o de dolor. Aunque todavía no estoy segura si de eso se trata el dolor, solo sé que evitarlo es condenarlo a vivir a tu lado.

     Por eso, cuando estés dormidita en mis brazos y sienta tu respiración contra mi pecho justo antes de que tu padre llegue, te sostendré firmemente, para que no te escurras entre mis dedos como aquel plato de comida y recordaré la humillación y los besos con forma de golpes y los golpes con forma de besos, cerraré los ojos con fuerza, una y otra vez, contando mentalmente quiénsabehastacuánto y volveré a ser una niña en el cuerpo de una niña y tu cuerpo se convertirá en una botella blanca de plástico con brillantes letras rojas. Y cuando beba el líquido azul, dejaré que mi estómago se incendie, esperaré a mis padres y te prometo que no saltaré. No cerraré los ojos.