Cementerio de perros

Ganador
Seudónimo: Minami Mori
Autor: Alejandro Coita Sánchez

Cementerio de perros

No había luz cuando murió Nani, nuestra perra. Ocurrió cerca de las diez de la noche y a esa hora solo estábamos en casa mi papá y yo. Mi hermano y su novia, que solían venir en el día para atenderla y darle de comer, pasaban la noche en su apartamento a las afueras de Santibio. Y mi mamá, que tres años antes se había mostrado reacia a la idea de acoger a Nani pero luego terminó por agarrarle cariño, estaba en Caracas cuidando de mi abuela, a quien le habían diagnosticado un cáncer terminal y solo unos meses más de vida.

Aunque nadie se atrevía a decirlo, era obvio que a Nani le quedaba poco. Había empezado a vomitar sangre semanas atrás y luego a defecar unas heces blandas y sanguinolentas que no auguraban nada bueno. Un año antes tuvimos que llevarla al veterinario por no sé qué asunto y casi estira la pata después de que le inyectaran una dosis de penicilina que superaba el sentido común (según mi mamá, farmaceuta de profesión), de modo que nadie sugirió llevarla de nuevo. Además, las heces sanguinolentas, que en vez de secarse conservaban su frescor y su apariencia maligna con el paso de los días, daban la impresión de algo verdaderamente definitivo.

Yo estaba en el piso de arriba cuando escuché sus últimos aullidos. Eran tan cortos y débiles que no los habría oído de no ser por el apagón y el silencio lúgubre que se había instalado en toda la casa. Bajé las escaleras apuntando a mis pies con la linterna del celular. Un poco más allá, la vi. Estaba tendida sobre su costado izquierdo, sacudiendo la cabeza y soltando un hilito de sangre por las comisuras de su boca ligeramente abierta. Tenía los ojos cerrados y sus patas traseras descansaban sobre un charco oscuro.

—Nani, Nani —la llamé con voz queda, pero no parecía ser capaz de escuchar. Solo tenía esos movimientos espasmódicos de la cabeza, cada vez más lentos, y supuse que nada tenían que ver con mi llamado. Quien sí me escuchó fue mi papá, aunque yo no me di cuenta del momento preciso en el que había acudido a mi lado.

—Nani —dije por última vez.

—No —dijo él—. Ya se fue.

Lo alumbré con el celular y luego volví la vista a Nani. Había dejado de mover la cabeza.

Mi papá fue a la cocina. Me agaché y puse una mano sobre el estómago de Nani. Su pelaje seguía siendo tan suave como siempre, pero su carne se había endurecido y el calor ya había comenzado a abandonar su cuerpo. Hundí el dedo índice en mi propio estómago y me dije a mí mismo que, bien mirado, no pasaba nada fuera de lo normal y que yo estaría igual de duro y de frío algún día.

Mi papá volvió con un mantel entre las manos. No me apuró; de hecho, su mirada pareció indicarme que podía estar allí, agachado sobre nuestra perra muerta, todo el tiempo que hiciera falta. Pero yo no pensaba en Nani, sino en lo difícil que se me haría dormir aquella noche si le sumaba al calor y a los zancudos la imagen de mí mismo tendido en el suelo, botando sangre por la boca y con el estómago tan duro y frío como una piedra.

Me hice a un lado y mi papá cubrió a Nani con el mantel. Como era una perra grande, su cuerpo no quedó cubierto del todo y su hocico ensangrentado sobresalía por debajo de la tela. Cuando mi papá se marchó a su cuarto, corrí el mantel algunos centímetros para ocultar el rostro de Nani, pero eran su cola y sus patas traseras las que ahora quedaban totalmente a la vista. Ya no se veía la sangre que había salido de su boca, pero sí el charco turbio y pestilente que se había formado con su última orina. Me resigné a dejarla así y subí a mi habitación. La idea de buscar otro mantel o una sábana más grande jamás me vino a la cabeza.

Tampoco pensé en llamar a mi hermano. En cambio, sí le mandé un mensaje a mi mamá: «Se murió Nani», pero no obtuve respuesta. Había un amigo que pronto se marcharía a España y del que estaba bastante distanciado. A él también le escribí: «Se murió Nani». Me respondió de inmediato: «¿Quién es?», y no supe si se refería a Nani o a mí. No seguí escribiendo y me quedé con el celular sobre el pecho, tendido en mi cama, en medio de la oscuridad.

Al final sí pude dormir, aunque no demasiado. Me desperté envuelto en sudor. Probé encender mi lámpara de mesa, pero la penumbra que me rodeaba se mantuvo intacta. Ni rastro del sol por ninguna parte. Miré el celular: eran las 3:12 am. Jugué a permanecer inmóvil y a aletargar mi respiración lo más posible. Eso me entretuvo hasta incluso después de que saliera el sol.

Me levanté al escuchar el carro de mi hermano. Sentí que debía decirle lo que había ocurrido antes de que lo descubriera por sí mismo. Me di prisa en bajar las escaleras y alcancé el porche justo cuando él estaba abriendo la puerta.

—Se murió Nani —le dije.

—Ya —dijo él—. Me lo temía. Ayer me miró raro.

No dio un portazo, como solía hacer, sino que juntó la puerta con el marco, suavemente, hasta que sonó un leve chasquido.

—¿Dónde está? —preguntó.

Le dije que atrás. Dejé que me pasara por al frente y luego fui tras él. Cuando vio a Nani se agachó junto a ella, tal como había hecho yo la noche anterior. Le quitó el mantel. Yo estaba de pie, a su lado, y vi cómo acarició la oreja de Nani y cómo tomó entre sus manos una de las patas delanteras, cosa que ella detestó siempre.

—Es curioso que haya venido hasta acá atrás —dijo mi hermano—. Tal vez no quería que nadie extraño la viera en sus últimos momentos. Te da por pensar que los animales tienen una dignidad mayor que la de muchas personas.

Estuvo un buen rato sin decir nada más. Luego volvió a cubrir a Nani con el mantel. Finalmente se levantó y dijo:

—Laura se pondrá muy triste.

Fue a la cocina y regresó con dos bolsas negras de basura que dejó sobre una silla. Salió de casa, se montó en su carro y se marchó.

El sudor se había adherido a mi piel. Una pátina grasienta me cubría todo el cuerpo. Olía mal. Tuve ganas de una ducha, pero no había agua. Resolví quedarme allí, sentado sobre las bolsas negras, hasta que volviera mi hermano. De todas formas no iba a tardar.

Escuché el motor del carro y el abrir y cerrar de la puerta antes de que mi hermano y su novia aparecieran ante mí. Ella no me miró, pero yo sí a ella, y noté que lloraba contenidamente. Se agachó sobre Nani, le quitó el mantel y soltó un breve grito. Mi hermano se fue al interior de la casa. Ella lloraba y sorbía y sentí el impulso de hacer algo. Me levanté, fui a su lado y le dije:

—Lo siento mucho.

Me arrepentí de decir aquello porque, en cierto sentido, Nani me pertenecía más a mí que a ella y yo no había derramado ni una sola lágrima. Pero luego pensé que nada de eso tenía importancia y que en momentos así la gente decía lo primero que le venía a la cabeza.

Ella levantó el rostro hacia mí. Sus ojos se habían enrojecido bajo los cristales de sus gafas. Su nariz también estaba roja y un par de gruesos lagrimones le surcaban las mejillas.

—¿Tú estabas cuando…? —me preguntó.

Le dije que sí y luego quiso saber si había sufrido mucho. Le contesté que no lo sabía a ciencia cierta pero que así parecía haber sido. Ella volvió la vista al frente y una vez más Nani quedó cubierta bajo el mantel.

Mi hermano regresó y agarró las bolsas negras de basura. 

—¿Qué haces? —dijo su novia—. Ni se te ocurra botarla por ahí como a cualquier cacharro.

—Cállate –dijo mi hermano—. Por supuesto que no. Déjame pensar, maldita sea.

Entonces se acercó y me dijo al oído:

—Ve a casa del señor Guillermo y pregúntale que dónde podemos enterrar a Nani. Hace no mucho se le murió su perro y estoy seguro de que debió haberlo enterrado en algún lugar por aquí cerca.

Asentí. No tenía ganas de hacer lo que me decía, pero pensé que no estaría bien negarme.

La casa del señor Guillermo estaba en nuestra misma calle, solo que en el acera opuesta y un poco más hacia el final de la manzana. Era una casa muy bonita, o eso me parecía a mí. Más pequeña que la nuestra y con un huerto en el patio trasero en el que yo había estado no recuerdo a razón de qué. Tenía una reja color lila y un mosaico de cerámicas en el frente y un montón de matas por todos lados. Me gustaba ver su casa y estuve un rato ahí de pie, sin hacer nada, hasta que recordé por qué había ido.

Lo llamé varias veces hasta que salió la señora Consuelo, su mujer. Era una señora muy amable que siempre me decía «gordo» porque así había sido yo diez años antes.

—Mi gordo bello, ¿cómo estás? —me saludó— ¿Buscas a Guillermo?

Le dije que sí, pero ella no lo llamó de inmediato sino que se empeñó en saber para qué lo buscaba.

—Queríamos saber si el señor Guillermo conoce algún sitio donde podamos enterrar a Nani.

Entonces ella se llevó una mano a la boca y dijo:

—¡Santo Dios! ¿Se murió Nani? ¿Cuándo?

Le dije que anoche y me sentí mal porque sin duda debí haber comenzado por ahí.

—Debe ser terrible para ustedes. A nosotros se nos murió Fifi hace un mes y todavía tengo pesadillas de vez en cuando. Lo enterramos junto a la quebrada. No se preocupen, Guillermo los ayudará. Ya te lo llamo.

Asentí. La señora Consuelo desapareció y al poco vino el señor Guillermo.

—Ya Consuelo me contó —dijo él— Qué broma. No era una perra tan vieja, ¿verdad?

Le dije que no y le expliqué que de seguro algo grave tenía porque no paraba de vomitar sangre y defecar heces sanguinolentas desde hacía un tiempo.

—¿Y no la llevaron al veterinario?

Negué con la cabeza. Él me miró raro y pensé que tal vez esperaba una explicación. Pero yo no sabía qué explicar y tampoco quería hacerlo, de modo que me quedé callado. 

—Acá atrás hay un lugar donde pueden enterrar a Nani —dijo—. Ahí enterramos a Fifi y otros vecinos han hecho lo propio con sus perros. Sin embargo, no se accede por aquí exactamente, sino por la cuesta de allá —entonces levantó una mano para señalar la empinada calle transversal que nacía a mitad de nuestra manzana—. ¿Sabes el terreno baldío que usan como taller mecánico? Es ahí mismo, solo que más al fondo, al lado de la quebrada. Hay que atravesar un portón, pero eso no es problema porque yo tengo la llave. Solo tienen que avisarme cuando estén listos, ¿está bien?

Le dije que sí y le di las gracias. Pensé que ya podría marcharme, pero de pronto dijo:

—¿Tienen pico y pala?

—No sé —respondí—. Creo que no.

Volvió a mirarme raro. No me gustaba que me viera de esa forma, así que me fui.

Cuando volví a casa la novia de mi hermano estaba sentada en una silla de mimbre, en el porche. Tenía un vaso de agua sobre las rodillas y lucía más calmada. Mi hermano apareció junto a ella. En una mano tenía un pico y en la otra una pala. Sentí que debía regresar a casa del señor Guillermo para ponerlo al tanto de la novedad, pero hacía mucho calor y yo olía mal y quería bañarme. Concluí que hiciera lo que hiciera las cosas no cambiarían demasiado.

—Y bien —dijo mi hermano—, ¿cómo te fue?

Le dije que bien o al menos eso creía. Entonces le expliqué lo que me había dicho el señor Guillermo con cuidado de no saltarme ningún detalle.

—Bueno —dijo él—, podemos irle dando.

En eso sonó mi celular. Era mi mamá. Me aparté un poco antes de contestar.

—Hijo, ya vi tu mensaje. ¿Cómo estás?

—Bien, ¿y tú?

—¿Desayunaste?

—No. Se me olvidó.

—Tienes que comer. Si no, me voy a poner brava.

—Más tarde. Ahorita vamos a enterrar a Nani.

—¿En serio? ¿Ya saben dónde? ¿Está tu hermano ahí?

—Sí.

—¿Me lo pasas?

Obedecí. Mientras hablaban permanecí de pie, apoyado en la pared del porche. La novia de mi hermano se había llevado las manos al rostro. Otra vez lloraba. A su lado, en el piso, estaba el vaso casi lleno.

Mi hermano me devolvió el teléfono. Cuando me lo llevé a la oreja ya mi mamá había colgado.

—Hoy se van a traer a la abuela —dijo él—. Aquí será más fácil cuidarla.

De inmediato pensé en que no había luz ni agua, pero luego supuse que daba igual y que sería lo mismo en todos lados.

Mi hermano salió de casa y abrió la maleta del carro. Entró de nuevo, sin cerrar la puerta, y me pidió que lo siguiera. Otra vez estábamos frente a Nani y otra vez le quitamos el mantel. Pensé que la vida se me iba en ver y no ver a una perra muerta.

—Querida Nani, te extrañaré un montón —dijo él.

Mi hermano se agachó y levantó las patas traseras de Nani. Me pidió que sostuviera una de las bolsas de modo que pudiera meter allí las patas y la cola y después, en la otra bolsa, el resto de su cuerpo. Eso hice, y al ver la cara de mi hermano supe que Nani pesaba más ahora que cuando estaba viva. Al terminar de envolverla, me fijé que un trozo de piel pálida, a la altura del lomo, seguía siendo visible, pero no había caso.

—Sostenla tú por allá y yo por aquí —dijo mi hermano—. A la cuenta de tres la levantamos.

Nani se había convertido en una gran mole rocosa. Cargarla no se sentía distinto a levantar las pesas de un gimnasio o un saco de cemento, y es que en verdad no era distinto. Ya Nani no olía a perro ni a nada en absoluto. En cambio, yo hedía a mil demonios y pensé que aquel contraste tenía su gracia. ¿Cuánto tiempo tardaría en descomponerse? Quise preguntarle a mi hermano, pero me contuve. Es posible que no lo supiera o que me dijera cualquier cosa para salir del apuro. De todos modos no tenía importancia. Dejé de rumiar en cuanto llegamos al carro y soltamos a Nani dentro de la maleta, sobre el pico y la pala. Me enjugué el sudor de la frente y saboreé el fugaz alivio de una tarea cumplida, aunque sabía que aún faltaba para hacer de aquello un episodio terminado.

Mi hermano me pidió que subiera al carro mientras él buscaba a su novia. A través de la ventanilla pude observar cómo la abrazaba para darle ánimos y convencerla de venir con nosotros. Aproveché que estaba solo para verme en el retrovisor. Tenía unas ojeras enormes, el pelo revuelto y varias capas de sudor superpuestas en el rostro. ¿Qué podía hacer? Me dije que todo aquello -el calor y la perra muerta en la maleta, el estar sin luz ni agua, el cáncer de la abuela y aun los trinos de los pájaros y el sol enardecido que hacía vibrar el aire fuera del carro-, todo aquello, en parte o en conjunto, no era más que una ilusión pasajera, y que ya llegaría el turno de ser feliz bajo una ducha fría. Reparé en los hermosos tulipanes blancos que crecían junto a la acera de enfrente y pensé que no verlos habría sido ya no un desperdicio, sino una auténtica tragedia. Me bajé para arrancar un par de tulipanes y a la vuelta ya estábamos los tres dentro del carro: mi hermano conduciendo, su novia de copiloto y yo detrás, con una tenue sonrisa oculta bajo los suaves pétalos color leche.

Pasamos por la casa del señor Guillermo y mi hermano le gritó desde el asiento que ya íbamos a enterrar a Nani. Dimos un giro, subimos la cuesta y al cabo de un minuto ya estábamos en el lugar indicado. Había tres o cuatro vehículos aparcados en el terreno baldío. Más allá se veía, en efecto, el portón de rejas. Y todavía más lejos, la oscura silueta de un pájaro cuyo canto se entretejía con el rumor de la quebrada.

Nos bajamos del carro. Un obrero empujaba una carretilla vacía al otro lado de la calle. Mi hermano le pidió el favor de prestárnosla y el hombre, sin decir palabra, la soltó en el suelo y siguió andando tras secarse el sudor de la frente y silbar un estribillo muy cómico.

Pusimos a Nani en la carretilla. Mi hermano la condujo monte adentro. Su novia caminaba junto a él. Ya no lloraba ni sorbía aunque tenía el rastro de lágrimas secas bajo los ojos y, en un todo, las facciones caídas, como una máscara de barro. Yo iba detrás, pico y pala en mano, sobrecogido por la vegetación y los pájaros y los insectos y el rumor de la quebrada de aquel sitio tan cerca de casa en el que yo jamás había estado. Pensé que los tulipanes que guardaba en el bolsillo pertenecían a ese mundo. Me sentí mal de internarme en él sabiendo que yo solo sería un visitante casual, y no uno precisamente bienvenido.

Atravesamos una gruesa capa de arbustos y caminamos por un sendero de grava desde el que podían verse, al pie de una pequeña ladera que desembocaba en una hilera de casas, surcos recién hechos en la tierra fértil, sembradíos desordenados de papa, yuca y otros tubérculos cuyas hojas no fui capaz de descifrar, y altas palmares que mecían sus copas al son del viento. Cerca de los sembradíos había una mancha informe de cenizas y de inmediato pensé en los reclamos de mi mamá, asmática desde siempre, sobre no sé qué de una quema de basura. Incluso recordé que a veces se filtraba en mi cuarto cierto olor desagradable, aunque tolerable y débil, que no llegaba a despertar mi curiosidad ni me empujaba a levantarme del colchón, sobre el que solía pasar muchas horas, para asomarme y rastrear su origen a través de mi ventana. Y era su origen lo que ahora tenía ante mis ojos: aquella mancha de gris y negro, cuya forma semejaba una costra grumosa rodeada de tejido sano, en la que, aun más que en los sembradíos, era palpable la mano del hombre. Esta conclusión, absurda y evidente a un tiempo, me causó un asco tan vivo que comencé a sentir arcadas, y tuve que soltar el pico y la pala para llevarme una mano a la boca y otra al estómago a fin de contener mis vómitos. La novia de mi hermano debió advertir que me había quedado atrás, pues al poco, mientras yo miraba mis zapatos e intentaba no pensar en la mancha de cenizas, sentí una mano húmeda sobre mi hombro y escuché su voz que me decía:

—Superaremos esto juntos. Ahora Nani descansa en paz.

Por suerte estaba en una postura muy conveniente para camuflar la gracia que me causó aquel comentario: el torso inclinado, la cabeza caída sobre el pecho y una mano trémula ocultando mis labios arqueados. Me recompuse enseguida. Cuando estuve seguro de que no estallaría en risas, me destapé la boca y le agradecí en voz baja. Era un agradecimiento sincero, pues en verdad ya no sentía ganas de vomitar ni pensaba en el rastro de cenizas. Entonces ella sonrió y se adelantó dando alegres saltos hasta alcanzar de nuevo la posición de mi hermano, quien se había quedado de pie, enjugándose el sudor de la frente, mientras la esperaba.

Cuando llegamos al sitio indicado ya el portón estaba abierto. Vimos al señor Guillermo del otro lado de la reja, agitando un machete sobre un arbusto, y noté que en el suelo, junto a él, descansaban un pico y una pala. Me invadió la vergüenza al pensar que le había hecho cargar innecesariamente aquellas herramientas, y hasta temí que me dedicara otra de sus filosas miradas. Oculté nuestro pico y nuestra pala detrás de mí, como un niño que esconde las manos sucias antes de comer, y me puse a la sombra de mi hermano y su novia, pensando que así podría salvarme. Pero entonces recordé sus palabras acerca del portón y la quebrada y sobre cómo eran exclusivamente accesibles tras subir la cuesta y atravesar el terreno baldío, y concluí que él también había mentido. Desde el sendero de grava podía verse la casa del señor Guillermo, de modo que a él le bastaba subir la ladera para evitar el rodeo al que nosotros nos habíamos visto obligados. Respiré aliviado al descubrir su mentira, pues sentí que ahora estábamos en igualdad de condiciones, y hasta me dije que era yo el que tenía derecho de mirarlo, de arriba abajo, con desconfianza plena. Así, contagiado por este nuevo impulso vital, tomé la delantera de nuestro grupo y exhibí, en actitud desafiante, nuestro pico y nuestra pala, como un trofeo. El señor Guillermo me vio, y no solo era evidente en sus ojos la ausencia de todo rencor y toda suspicacia, sino que, bajo la gloriosa luz de aquel sol de marzo, creí descubrir cierta compasión y dulzura; entonces celebró mi iniciativa y afirmó que con dos palas se podría cavar un hoyo en la mitad del tiempo.

—Pero hay que andar todavía un poco más —agregó—. Sigan el camino recto hasta que vean unos montículos junto a la quebrada. Ese es el lugar —y siguió dándole machetazos al arbusto.

Esta nueva indicación me sirvió para disimular la derrota moral que, por suerte, no llegó a traslucírseme en el rostro bajo la forma de un rubor ardiente. Retomamos la marcha, mi hermano y su novia a la cabeza. Bajo nuestros pies, a poco más de dos metros, corría el agua turbia de la quebrada. El caudal era escaso, porque llevábamos varios meses de sequía, y me sorprendí de haber podido escuchar su rumor apenas nos bajamos del carro. A diferencia de nuestra vera, que era árida y con unos pocos arbustos bajos, del otro lado de la quebrada se alzaban imponentes árboles que iban desde matapalos y mangos hasta una jacaranda florida. De repente, una bandada de zamuros emergió del tupido follaje y cruzó volando sobre nuestras cabezas.

—Parece que han descubierto el cadáver de Nani —murmuré sin pensar, observando cómo los zamuros trazaban círculos en lo alto.

—¡No digas eso! —protestó la novia de mi hermano—. Enterraremos bien a Nani para que nada malo le ocurra, ¿verdad? —y entonces se aferró al brazo de su novio mientras lo miraba inquisitivamente.

Pero mi hermano se mantuvo en silencio. Pensé en decirle que ya nada malo podría ocurrirle a Nani, pero concluí que no había caso y que mis palabras tal vez no le servirían de consuelo.

—Aquí es —anunció mi hermano, dejando caer la carretilla.

Era verdad: a un lado del camino el terreno se volvía ondulado a causa de los montículos. Pude contar una docena de ellos y noté que eran de tamaños muy variados. Algunos estaban cubiertos por una delgada capa de musgo, en otros sobresalía un pañuelo o un trozo de tela de color vistoso y sobre uno en particular se erguía una cruz hecha con pequeñas ramas. Lo que más llamó mi atención, sin embargo, fue la marca de una mano junto a la cruz, señal del poco tiempo transcurrido desde que aquella «tumba» había sido visitada. Me agaché y puse mi mano sobre la marca. Sonreí al ver que cabía casi a la perfección y hasta creí sentir algo de calor humano.

Bajamos a Nani de la carretilla y la pusimos sobre la grava. El resquicio de piel al que no llegaban a cubrir las bolsas negras había adquirido una blancura fantasmal. Cuando un rayo de sol incidió fugazmente en ese punto exacto, aquel pedazo de carne muerta brilló de tal forma que, por un instante, pareció cobrar vida.

—Creo que está bien aquí —dijo mi hermano mientras hacía una X imaginaria sobre la tierra con la punta de su zapato.

—¿No está muy cerca del agua? ¿Qué pasa si hay una crecida? —preguntó su novia.

—Eso no va a ocurrir pronto… Vamos, aquí está bien. Hace demasiado calor.

Su novia no puso ninguna queja y yo agradecí en secreto. Sirviéndose de la aprobación tácita que era el silencio de su novia, mi hermano asió el pico y, ubicándose con las piernas abiertas sobre el terreno señalado, lo alzó en el aire antes de dejarlo caer con todas sus fuerzas. Una vez enterrado, lo movió para que la tierra sacudida se levantara y desmoronara, dejando en su lugar un pequeño vacío. Repitió este proceso algunas veces más, mientras yo veía cómo su rostro se teñía de rojo y su franela absorbía todo el sudor de su cuerpo.

—Ven, échame una mano —me dijo de pronto.

Mi instintiva tendencia a evitar cualquier situación vergonzosa me hizo dar un paso atrás, pero de inmediato pensé que no estaría bien visto que me negara a contribuir al entierro de Nani. Así pues, me paré en la tierra revuelta, exactamente sobre las huellas de los zapatos de mi hermano.

—Tienes que agarrar bien el pico y levantarlo lo más que puedas. Solo imagina que estás bateando, pero en vertical.

Al decir esto, su novia soltó una carcajada, y entendí que yo era un elemento clave en su divertimento.

Agarré el pico y lo levanté con torpeza. Sentí cómo mis músculos, habitualmente flácidos, se tensaban por un instante. Tras absorber en lo alto los rayos del sol, la punta de hierro del pico despidió vibrantes destellos en su fugaz caída. Una y otra vez vi caer el sol sobre la tierra. Me aficioné de inmediato a aquel juego lumínico que solo yo comprendía, y me imaginé asiendo ya no una vulgar herramienta, sino la mismísima guadaña de la Muerte. Absorto en la contemplación de la intensa luz cortante del pico, hice caso omiso de los gritos de mi hermano y de las risotadas de su novia, quien ahora lloraba de alegría.

—¿Te volviste loco? —me reclamó mi hermano— Ya es suficiente, ahora hay que cavar.

Con ayuda de la pala, mi hermano comenzó a recoger la tierra suelta y a depositarla a un lado del camino. Entonces vimos llegar al señor Guillermo, quien traía sus pesadas herramientas, acompañado de la señora Consuelo.

—Veo que ya han adelantado el trabajo —dijo el señor Guillermo.

La señora Consuelo se acuclilló ante la «tumba» coronada con la cruz de ramas. Dejó sobre el montículo un tulipán blanco y puso su mano en la marca que había junto a la cruz. Sus dedos encajaron a la perfección. Un súbito escalofrío me recorrió la espina dorsal y cedí al impulso de restregar mi mano contra una roca cercana.

—Poco antes de que muriera Fifi —dijo la señora Consuelo—, el señor Carlos, de la manzana de atrás, también perdió a su perrito. Era el chihuahua más consentido que he visto nunca. En los primeros días, el señor Carlos venía y pasaba horas frente a la tumba de Hugo —entonces señaló con el dedo un pequeño montículo en cuya cima podía verse un trozo de tela roja y sucia—. Jamás vi a una persona llorar tanto por un animal. ¡Ni siquiera yo lloré tanto por mi Fifi!

Y justo al decir esto, comenzó a sollozar.

El viento se levantó y una brisa cálida me acarició las mejillas. Tuve que cubrirme los ojos para que no me entrara tierra. El sol ardía, pero ya no sentía calor. El trino de los pájaros y el vuelo de los insectos eran distracción suficiente para olvidarme de todo. Además, estaban los árboles, la luz y el rumor tenue de la quebrada… Todo aquello me sostenía, impidiendo que formara parte de la tristeza general que flotaba en el ambiente.

Vi que la novia de mi hermano se había puesto a cavar con él. Me sorprendí al darme cuenta de que el movimiento de las palas no emitía ningún ruido, o al menos no uno que alcanzara mis orejas. De hecho, el subir y bajar de las palas me recordó al de los balancines infantiles, y me pregunté si era posible la existencia de algún rastro de amor en un acto tan frío y mecánico. La novia de mi hermano tenía la cara roja como una úlcera, pero ya no por haber llorado, sino por el impresionante esfuerzo físico al que se había sometido por voluntad propia.

—¿Quieres ayudar? —me preguntó sonriente el señor Guillermo, quien observaba todo con un pie apoyado en el talud de tierra.

—Mejor déjelo en paz —le respondió mi hermano mientras se tomaba un respiro—. No vaya a ser que le dé otro ataque de locura.

Entonces su novia volvió a estallar en risas. Cuando se hubo calmado, clavó la pala en la tierra con la poca energía que le quedaba.

—¡Estoy muerta! —exclamó—. ¿Cuánto más hay que cavar?

—Vamos a ver —dijo el señor Guillermo asomando su cabeza por encima del hoyo—. Para cualquier otro perro podría ser suficiente, pero no para Nani. Falta un poco más.

—¡Me rindo! —replicó la novia de mi hermano.

Al escuchar aquello me estremecí: pensé que me tocaría relevarla. Por suerte, el señor Guillermo agarró la pala y, sin decir nada, se puso a cavar junto a mi hermano. Sus movimientos eran gráciles y desprovistos de todo artificio. Los músculos de sus brazos no tardaron en marcarse, y al poco se habían cubierto de sudor. Saltaba a la vista que el señor Guillermo estaba habituado a esa clase de trabajos, y me mordí los labios al observar que su figura deslumbrante bajo el sol armonizaba de mil maravillas con el mundo que nos rodeaba.

—Bien, creo que ahora sí está listo —anunció.

El hoyo era lo bastante grande para albergar a una persona. Cuando asomé la cabeza tuve el presentimiento de que sería uno de nosotros el que acabaría enterrado en él.

—Vamos a mover a Nani —dijo mi hermano. 

Antes de cargarla le quitamos las bolsas negras y las echamos a la quebrada. A la vista de aquel animal muerto, la novia de mi hermano renovó su tristeza y dejó escapar un alarido ahogado. Finalmente levantamos a Nani, que parecía haber ganado peso durante el recorrido, y la soltamos dentro del hoyo.

—¿Trajeron cal? —preguntó el señor Guillermo.

Mi hermano negó con la cabeza.

—Sería buena idea cubrirla de cenizas para que el olor no atraiga animales raros. Hace poco hicimos una hoguera por aquí cerca, todavía deben quedar los restos.

—Sí, nos dimos cuenta mientras veníamos hacia acá. ¿Por qué no van y buscan un puñado de cenizas? —nos preguntó a su novia y a mí— Yo aprovecharé para devolver la carretilla.

La sola mención de la palabra «cenizas» me puso los pelos de punta, aunque no sabía por qué. Con todo, me dejé llevar mansamente por la novia de hermano, quien me tomó del brazo mientras desandábamos el camino. Como había que bajar una ladera pedregosa para alcanzar la mancha de cenizas, ella prefirió aguardar en el sendero de grava mientras yo me hacía cargo del «trabajo sucio».

—Toma —me dijo, extendiéndome una bolsita de papel—. Te espero aquí.

Bajé la ladera pisando sobre las rocas más grandes o, cuando podía, sobre las zonas despejadas donde crecía un pasto fresco y nuevo. En cierto punto estuve cerca de perder el equilibrio, pero conseguí permanecer en pie agarrándome de las rocas que iban quedando atrás, a la altura de mis caderas.

Me acerqué a las cenizas como si se tratara de los restos de una persona. El vínculo entre la muerte y las cenizas se había formado en mi fuero interno con solo echarle un vistazo desde lejos, pero ahora que las veía de cerca comprendí que no era una idea gratuita o descabellada. Cuando un hombre es cremado, me dije, su cuerpo es reducido a la mínima expresión, y las células descompuestas de lo que alguna vez fue son el único y vago recuerdo de su existencia. Sin embargo, nada garantiza que las cenizas que salen del horno crematorio constituyan la totalidad de este hombre, o que durante el proceso sus restos no hayan sido mezclados con los restos de otra persona…

—¡Apúrate! —me gritó la novia de mi hermano, sacándome de mis cavilaciones—. ¡Hace mucho calor!

El viento sopló de repente y una ráfaga de cenizas me golpeó el rostro. Como respuesta al asco repentino que sentí, disparé al aire un denso escupitajo verdeamarillento con la punta de la lengua. Al sumergir mis manos en la apestosa mancha de cenizas para coger un puñado y echarlo en la bolsa, imaginé que me introducía lentamente en un cuerpo humano, como una bacteria. Lo hice todo sin ver, guiándome por los sentidos del tacto y del olfato. Cuando hube terminado me di prisa en regresar y reunirme con la novia de mi hermano en el sendero de grava.

El señor Guillermo y la señora Consuelo conversaban en voz baja frente a la «tumba» de Nani. Al vernos llegar hicieron silencio y nos dejaron pasar. Nani yacía en la misma posición en que la había encontrado la noche anterior. Pese a los cuajos de sangre que se veían alrededor del hocico, su expresión era de una placidez sobrecogedora; casi parecía que estuviera durmiendo. Tenía las patas dobladas contra la pared del hoyo y las orejas puntiagudas y levantadas, como si aún pudiera escucharnos. Sin pensarlo demasiado, tomé el puñado de cenizas y las esparcí sobre su cuerpo. El apestoso olor a basura quemada ahora era parte de mí, y me dije que aquel hedor a muerte me acompañaría por el resto de mis días.

Mi hermano no tardó en regresar. En sus ojos se mezclaban la tristeza contenida y el deseo de volver a casa cuanto antes. Cogió la pala y comenzó a devolver a su lugar, sobre el cuerpo de Nani, la tierra que habíamos sacado. Poco a poco la imagen de nuestra perra muerta iba desapareciendo bajo la tierra que la sepultaba. Al cabo de unos minutos su rostro y sus patas quedaron cubiertos, y su blanco y suave pelaje pronto también dejó de verse. Al terminar, una superficie ovalada, como una pequeña cúpula deforme, coronaba el lugar donde Nani reposaría por siempre.

—Ya puedes dejar los tulipanes —dijo la novia de mi hermano, secándose las lágrimas.

Me sorprendió que recordara los tulipanes que yo guardaba en mi bolsillo, pero la rabia no tardó en suceder a este asombro inicial, pues no tenía pensado deshacerme de mis hermosas flores. Sin embargo, como las miradas de todo el grupo se clavaron en mí, no pude hacer otra cosa que introducir mi mano en el bolsillo, estrujar los tulipanes hasta ajarlos por completo y tirarlos con desprecio sobre el nuevo montículo que decoraba el sendero de grava. Algunos pétalos flotaron en el aire antes de posarse suavemente en mis zapatos. Cabizbajo por la humillación que solo yo comprendía, dejé escapar unas cuantas lágrimas. Mi hermano me consoló dándome un par de palmadas en el hombro y anunció que era momento de volver a casa.

Agradecimos al señor Guillermo y a la señora Consuelo, quienes se despidieron amistosamente antes de bajar por la ladera pedregosa. Nosotros, en cambio, emprendimos el camino de vuelta por el sendero. El sol se había ocultado tras una inmensa nube. Los pájaros ya no cantaban y los zamuros ya no surcaban el cielo. Cuando llegamos al carro solo se escuchaba el lejano rumor de la quebrada. El olor a ceniza que flotaba alrededor de mi cuerpo era la única reminiscencia de la experiencia vivida. De pronto, me embargó una profunda sensación de pérdida.

Afuera de la casa estaba aparcado el carro de un tío nuestro, hermano de mi mamá, señal inequívoca de que ya se habían traído a la abuela. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? En realidad, era como si el tiempo no hubiera pasado, como si se mantuviera al margen de la azarosa sucesión de banalidades que constituían el flujo de nuestras vidas. Mi tío estaba sentado en el porche, la cabeza sumida entre las piernas, y ni siquiera nos saludó. Cuando entré en el interior de la casa no logré advertir si ya había vuelto la luz. Encandilado como estaba, solo veía fugaces destellos que dibujaban brevemente el contorno de las cosas. La oscuridad lo engullía todo.

—Hijo, veo que no has comido —dijo mi mamá desde la cocina—. ¿Por qué no saludas a tu abuela mientras te preparo algo? La instalamos en el cuarto del fondo.

Yo solo pensaba en ducharme y deshacerme del hedor a muerte que me envolvía, pero ni siquiera sabía si ya había agua. Además, como desde niño cultivé el arte de retrasar, mediante juegos absurdos o tareas impuestas por otros, la realización de mis deseos más elementales, no vi nada malo en aceptar la propuesta de mi mamá. Me dije que solo así podría saborear a mis anchas el goce de lo que por largo tiempo se anhela y al fin se consigue. Caminé con torpeza hacia la habitación de la abuela, tropezando con muebles y sillas, pero no me importó. El dolor no me molestaba en absoluto.

Escuché los ronquidos de la abuela desde antes de entrar al cuarto. A medida que mis pupilas se agrandaban fui detallando el decorado de aquella pieza en la que tantas veces había estado. El verde grasiento de las paredes, las baldosas agrietadas del suelo, las cortinas de encaje que me parecían de un gusto terrible. Me acerqué sin hacer ruido para no despertarla. Mi abuela dormía con la boca abierta, los párpados apretados y los brazos extendidos sobre la cama. Estuve largo rato a su lado, de pie, observando cómo su estómago subía y bajaba, escuchando el fatigoso ritmo de su respiración entrecortada. De pronto, me fijé en el inmenso bulto que sobresalía de su abdomen bajo, y entendí que allí residía el mal que engendraba la desgracia de nuestra familia. Un mal que era a la vez transitorio y definitivo, absurdo por naturaleza y de un azar diabólico. Deslicé mi mano bajo su blusa, suave y despacio, sin pensarlo mucho. Y no me sorprendí al comprobar que aquel bulto era duro y frío, como una piedra.