A de América

Escrito por Daniela A. Moreno R.
Seudónimo: María Teresa

A de América
América Sandemetrio

Recuerdo muy bien el día en que comencé a tener miedo. Fue el mismo día en que caí en cuenta que el martirio de una estirpe de traumados es que les salgan grietas en los brazos, en las piernas; en la piel, pues; resquebrajarse y que nadie les ponga vendas; romperse y que nadie corra a levantar sus pedazos, pero sí a coger una escoba y barrer los rescoldos de la moral sacrilegiada bajo la alfombra antes de que les corten los talones a otros, sin saber que uno no comienza a romperse por los pies, sino por el corazón. Y yo comencé a temer por el mío muy temprano.

Aranza Blanco, mi mamá, decía que eso era una cosa de los locos suicidas, pero para mí era una cosa de los martirios del alma; sin embargo, la consciencia del nulo aporte que me otorgaba la edad me previno de contraponerme a sus ideas. Aún así, la familia encontró la manera de sobreponerse a mi criterio cuando Felicia Sandemetrio, mi  abuela paterna, no obstante a una inédita condición de muerte inminente, despertó un día con los ojos encandilados como si hubiera dormido encarando al sol, y comenzó a soltar alaridos de conmoción más que de dolencia, diciendo quiénes se iban a morir, y cuándo y de qué y por qué ellos, Jesucristo, por qué te llevas a los buenos, dales señor el descanso eterno y que brille para ellos la luz perpetua, y pasó el día orando rosarios por gente que aún vivía y diciendo que los puestos estaban cada vez más vacíos en las visiones de su funeral.

Luego de un periodo de once meses y dos semanas de delirios, ya habían muerto catorce familiares y conocidos, en el mismo orden que la moribunda había profesado en un principio y por las mismas razones que había aproximado; no obstante, el día anterior a un suceso fatal, pidió que pusieran en su velorio sólo nueve sillas, y ya no diez. «También se va a morir Fernando», dijo, refiriéndose al sobrino viudo. «Su mujer Manuela López lo está pidiendo con velas de cera de abeja».

Fernando Sandemetrio, en efecto, falleció esa noche. Lo encontraron en la casa de Alexis Goiti —para entonces presentador de Sábado Sensacional— sin pulso, pero con la boca de una botella de Old Parr rota en la mano. Mi papá, Silvestre Sandemetrio, fue quien hizo la llamada de emergencia, aún con un trozo del cristal clavado en la frente. Y lo recuerdo muy bien, el día que comencé a tener miedo, porque fue la primera vez que me dijo que iba a dejar el alcohol.

Con el tiempo entendí que lo que mamá intentaba hacerme saber era que tentar a la muerte como mi tío Fernando es contraer nupcias con el diablo y mudar tus macundales al infierno; pero a mí me gusta pensar que el sitio donde está no es tan malo, que Manuela López le ilumina el andar con velas de cera de abeja y le sigue acomodando el cuello de la camisa antes de salir.

Para ese entonces, mi papá protagonizaba La Dama Inclemente, una telenovela de producción nacional cuya fama se encontraba en el apogeo de un reconocimiento que emigraba a varios rincones de América Latina. A los siete años, me costó mucho comprender que lo que veía en la televisión sólo era un acto; que mi papá no tenía realmente otra familia, y mi mamá tuvo que aclarármelo una y otra vez para evitar que me pusiera violenta alrededor de él. Lo que sí tenía, sin embargo, era otra vida; una paralela. Un contraste al sosiego del hogar. Silvestre, el buen padre, era un hombre de modos afables y hábitos de parsimonia; pero Silvestre, el buen actor, tenía el oficio inyectado en la inconsciencia: era un mitómano de primera, y, eventualmente, uno contagió al otro de sus peores ámbitos. Comenzó mintiendo en audiciones con respecto a sus relaciones en la industria para obtener los mejores papeles en las peores telenovelas, y terminó mintiendo acerca de su sobriedad para conservar los peores papeles en las mejores producciones de la república.

Me di cuenta de que comenzamos a estorbarle los fines de semana como a los nueve años, una vez que lo descubrí hablando por el teléfono del dormitorio con mi tío Fernando, pidiéndole que le devolviera la llamada al de la cocina para invitarlo «de improvisto» a cualquier evento social elitista al que encontrara acceso. «El que sea», le decía. «Vámonos a donde sea, con quien sea, menos pa’ la casa». Luego se rió, y colgó la llamada. 

Quince minutos después, el teléfono junto a la nevera sonó. Contestó mi mamá.

Luego de unos segundos respondiendo monosílabos, llamó a mi papá por su nombre tapando la entrada de sonido del teléfono con la palma de la mano. Él entró a la cocina rascándose el ombligo.

—Es Fernando —le dijo—; que hay un evento en la casa de Goiti y quiere que lo acompañes para presentarte a unos dizque productores mexicanos. Y sácate el dedo de ahí, que con la misma mano vienes y volteas las arepas.

En ese momento yo estaba leyendo la Crónica de una muerte anunciada de García Márquez para la tarea de Lengua. De por sí, no entendía un carajo, así que el asunto de mis papás se me hizo más interesante. Recuerdo haber levantado la mirada minutos antes cuando el teléfono sonó y pensar: «No lo atiendas, mamá». La verdad es que no le conté lo que había escuchado media hora antes a ella hasta muchos años después por nada más que miedo: cuando uno está chiquito tienden a pisotearle el criterio y trastornarle las visiones.

Discutieron brevemente antes de que ella se dignara a cederle el aparato, y me mandaron al cuarto de mi abuela Felicia, lo cual era un presagio de que las cosas estaban por ponerse tensas.

—Pase, mija.

Borocanfor, manzanilla y Vick’s vapor-rub. A los cinco minutos, el olor desaparecía. El cuarto de mi abuela era un santuario a la primavera: paredes rosadas y bordados enmarcados de lavanda, tulipanes, camelias; zarcillos de pabilo y chapitas de latas; cristalería rota que mi mamá botaba, remendada con pega loca: una tortuga, un elefante, un delfín. Ella, mi sol, me ponía a leer Mi Jardín

La «loquera», como mi mamá le llamaba, ya se le había pasado. Desde la última noche de fiebre, no se le había escuchado queja alguna de ningún malestar, aunque seguía asegurando que pronto iba a morirse, y cuando estábamos solas solía decirme que tuviera cuidado con los bachacos debajo de la cama. De sobra está decir que allí no había nada.

—América —me dijo en un momento dado aquella noche, luego de abrir el libro Mi Jardín, tocarse por entre los pechos y no conseguir nada—, hágame un favor. Búsqueme los lentes, que los dejé en la sala.

Lo único que recuerdo haber escuchado de la conversación entre mi mamá y mi papá fue lo último que ella le dijo: «No se pongan de aventureros, que ya Felicia Rangel dio el presagio de Fernando y no se peló con ni uno de los que mencionó antes de él». Mi papá se relamió los dientes, y por un segundo la miró como si un hálito de conciencia le entrara por un oído. Pero sólo por un segundo, porque de inmediato le salió por el otro.

—¿A qué hora lo espero, primo? —fue lo primero que dijo al ponerse el teléfono en la oreja. Luego sonó un vidrio estrellándose contra el suelo, y salí corriendo de vuelta a donde mi abuela.

El resto de la noche fue noticia nacional. Era el dos de marzo del setenta y cuatro, y tenía yo como cinco años. Ahora, a los treinta y siete, sigo teniendo la fecha bien grabada porque fue el día que comencé a tener miedo. También fue el día que se inauguró el Domo Geodésico de la Rinconada, al sur de la capital. Luego lo bautizaron como el Poliedro de Caracas. El nombre de mi padre, el buen Silvestre Sandemetrio, figuraba con honores en la lista de invitados para la ceremonia oficial consecuente a la exclusivamente elitista. Recuerdo también que se despertó esa mañana quejándose de que decir que el Domo reemplazaría al Nuevo Circo era cosa de prensas amarillitas. Nunca entendí a qué se refería con eso.

Sin embargo, aquel también fue el día que murió la carrera de Alexis Goiti. Fue encarcelado y desterrado no sólo de Sábado Sensacional, sino de cualquier producción amparada por Venevisión luego de cumplir su condena por haber sido anfitrión de semejante parrandón abigarrado de libertinajes. A estas alturas de la vida me sigue pareciendo inverosímil que los de La Dama Inclemente no hayan botado a mi papá del proyecto, también; pero sé que se salvó a costa de falacias. Para aquel punto, aquella mala costumbre se volvió su salvación confiable.

Yo lloré esa noche, pero no por la muerte de mi tío: de eso nos enteramos la mañana siguiente. Lloré porque antes de que mi papá llegara a la casa por la madrugada, yo me había quedado esperándolo en la mesa del comedor mientras mi mamá dormía. Le pedí la bendición cuando entró a la cocina. «Dios la bendiga», masculló sin siquiera mirarme a los ojos. Luego montó el budare sobre la hornilla. Entendí de inmediato su intención, así que saqué el envase de masa de maíz de la nevera y me acerqué a él para extendérselo; no obstante, lo dejé caer cuando sentí la punta fulminante de un fósforo quemarme la mejilla. La cocina estuvo fallando desde temprano y se sabía que había que encenderla con fósforos hasta que él se dignara a revisarla. Yo pegué un grito y la masa me cayó en los pies. Él me reprendió por hacer bulla.

—¡Va a despertar a su mamá, carajo! —bramó en murmullos—. Ande a buscar un coleto para que limpie el mezclote.

Y por eso lloré esa noche. Lloré mientras limpiaba y lloré cuando mi mamá salió de la habitación para descubrir la escena. Me untó gel de sábila en la mejilla y me mandó a dormir, pero desde mi cama podía escucharla: «un sinvergüenza es lo que eres, Silvestre», decía una y otra vez en respuesta al silencio aniquilante de mi papá. Me asomé por entre la puerta y la pared, y la imagen de mi madre de rodillas fregando el suelo al tiempo que lo reprendía se me quedó tatuada en la conciencia. Tuve que hacerme la dormida cuando escuché la demanda terminante entre unos que otros quejidos: «no me interesa, Silvestre. Ahorita mismo vas y le pides perdón a la niña, me haces el favor».

Quince segundos después, mi papá entró a mi cuarto. Yo me tuve que tapar la boca con la cobija porque mi risa prescindía del dolor cuando intentaba hacerme la dormida, hasta que se sentó en la esquina de mi cama dándome la espalda, cabizbajo. Entonces me comencé a hacer la despierta.

—América —dijo—, ¿en verdad la quemé con el fósforo?

Más tarde aprendí a identificar que mientras más ebrio estaba mi papá, más se le escapaban las raíces colombianas en los modos del habla; pero en ese momento, incluso antes de pedirme disculpas, yo ya lo había perdonado. En serio creí que no tenía idea de lo que había hecho.

—Sí —murmuré, aún con la boca bajo la cobija—, en el cachete.

«Para ver, venga acá», me dijo dándose la vuelta. Se movió tan bruscamente que pude escuchar alguna costura de su pantalón de vestir romperse. Yo lo encaré, sentándome en la cama. Me percaté de la silueta de mi mamá asomada por el resquicio entre la puerta y la pared.

Le pregunté por qué tenía una gasa con sangre en la frente, que precisamente no noté cuando llegó. Me respondió: «pa’ que vea pues; yo también me aporreo por accidente». Fue como si esperara una risa de mi parte, pero no me nació. Sólo tragué saliva.

—Perdóneme, América —admitió al fin, aún con el acento de los borrachitos que se hacen los sobrios—. Yo le juro que no voy a volver a tomar.

Mi mamá nunca me contó qué fue lo que llevó a mi tío a atacar a mi papá con la botella, pero en el velorio de mi abuela Felicia al día siguiente, la escuché conversar al respecto con uno de los nueve comensales que la difunta pronosticó en vida. Eventualmente, la oí decir:

—Qué va, compadre, ese Fernando se cansó de pedirle cacao a la muerte.

Fue ese el momento exacto en que entendí que Fernando Sandemetrio, en efecto y definitiva, se quería morir. El día después de su velorio, fue el de mi abuela, y los rezos consecuentes para ambos difuntos se fusionaron; no obstante, en medio de aquella miseria fúnebre, me descubrí envuelta en una gloria inédita, sorprendente: nadie me había dicho que tomaría chocolate caliente con trozos de queso blanco por siete días seguidos.

El año siguiente nació mi hermana Marcela, y fue también el año que comenzaron a llamarme «mongólica» tan seguido que en un punto determinado se disolvió el nexo entre «América» y mi persona en mi cerebro. Para ese entonces, usábamos las facturas de la luz como servilletas en el desayuno. Estábamos, en efecto, pelando bolas. Entonces a mi papá se le ocurrió la idea de llamar a los disque productores mexicanos de la otra noche, y éstos le ofrecieron un papel de reparto en La Concordia, una novelucha mexicana cuyo libreto tuvieron que extender innecesariamente al menos veinte veces con tal de no perder el compromiso de la audiencia, o algo por el estilo. Firmar aquel contrato le sirvió a Silvestre Sandemetrio como excusa para hacer de lado sus responsabilidades paternales más que otra cosa, pues aquello significaba que tendríamos que irnos a México el mismo año… de no ser por los deseos contrariados de Aranza Blanco.

Mi mamá quería criar a Marcela, mi hermana de entonces dos años, en Venezuela. No quería que se le impregnaran los ámbitos de la costumbre mexicana, ni de ninguna otra costumbre originada fuera del territorio bolivariano, teniendo en cuenta la probabilidad de quedarnos por más —mucho más— tiempo del intencionado; lo que significaba, por otro lado, que nos quedábamos, y, por ende, que ella tendría que cumplir no sólo su rol de madre, sino también el de padre durante aquel tiempo.

No me permitieron tocar a Marcela hasta que cumplió tres años. No sé si hoy en día realmente pueda culparlos: yo era obtusa, distraída; la deficiencia en mis capacidades de atención me dejaban una impronta en la piel día tras día, y nadie querría ver profanada la piel inmaculada de un recién nacido con tales vestigios de torpeza. Era, como me llamaban, «mogólica», porque así lo pronunciaba yo cuando pedía que no me dijeran mongólica. A veces se inventaban apodos para el apodo, una ironía mordaz. Es que «Momo» era más corto que América.

Mi abuela Felicia era la única que seguía llamándome por mi nombre: «América, la puerta», «América, conteste el teléfono», «América, tráigame la cesta de pabilos», «América, no pise los bachacos», «América, no siento la cara», «América…».

—…, busque a Matilde.

Matilde era nuestra vecina. Era enfermera. Tenía el cabello rojo como un cardenal, se hacía florecitas de esmalte en las uñas de los pies, y atendió a mi abuela la tarde siguiente a la muerte de Fernando. Ese día me habían dejado a solas con ella porque mis papás habían salido a la funeraria. Lo cierto es que cuando mi abuela Felicia sucumbió a su propio presagio onírico, oficialmente dejé de escuchar mi nombre en la casa. Era bueno escucharlo de vez en cuando, para no perder la costumbre, incluso si fuera solo para hacerle favores. Ahora sentía que no tenía nada que perder. Era cierto. Ya no había nadie en casa que me llamara por mi nombre, ni que se sentara a hacer conmigo las tareas incluso si ello implicaba gritarme a cada rato «¡no me veas a mí, ve el cuaderno!», ni que me hiciera zarcillos de chapitas de latas, ni que me dejara comer leche en polvo con azúcar a escondidas.

Tengo que confesarlo: no tener permitido tocar a mi hermana en el momento me dolía, quizá por los modos bruscos con los que mis tías y mi mamá me apartaban la mano cuando intencionaba acariciarla. Era como si mis manos estuvieran malditas, y hasta cierto punto me lo creí: que todo lo que tocaba, fenecía. Es otra de las cosas que tal vez sigo creyendo, aunque ahora en un sentido más figurado que en aquel entonces. Una vez, por ejemplo, me puse los guantes de cocina y pregunté si así me dejaban sobarle la espalda. Me acuerdo de que mi tía, Griselda Sandemetrio —que había venido de Colombia para ayudar a mi mamá en la ausencia de mi padre—, estaba inclinada frente a la cama cambiándole el pañal, y me apartó con la pantorrilla cuando me escuchó sin siquiera voltear a mirarme. Me dijo: «deje la ladilla, mongólica. Vaya a ver si ya comenzó La Concordia y avise». Ese día también lloré. Estoy segura de muchas cosas, las suficientes para tener la palabra «porfiada» tatuada en la frente; pero la verdad es que no estoy segura de en qué punto comencé a llorar todos los días. Tampoco estoy segura de cuándo la vida comenzó a dolerme tanto, pero sí sé que a los quince años fue que comencé a entender El coronel no tiene quien le escriba, y que el libro se me cayó en un lodazal cuando venía caminando del colegio un once de septiembre. Mi rabia fue tanta que incluso comprando una copia nueva no pude terminar de leerlo. Llegué a la casa llorando tanto ese día, que mi madre me preguntó quién fue el desgraciado. 

Cuando dejé caer el libro emparamado sobre el comedor, me dijo que dejara de llorar por pendejadas, «mongólica».

La verdad es que comencé a tener empatía por los objetos a los cuatro años. Creía que tenían sentimientos, y que éstos eran tan vulnerables como la masa de hojaldre. Por supuesto que en el fondo sigo creyéndolo. No podía comer con otros cubiertos que no fueran los míos porque sentía que los traicionaba; aunque también se debía a que los demás simplemente no me daban la misma comodidad. Era el material; el grosor… No era lo mismo. Comí con el mismo juego de cubiertos infantiles que mi mamá compró en un catálogo que traía Teresa, una pava negra que siempre me dejaba hipnotizada con el tamaño de sus aretes de oro. Luego comencé el bachillerato, y me tuve que obligar a mí misma a adaptarme a la cubertería de los adultos; no obstante, si me lo preguntan, todavía extraño mi vieja cucharilla y tenedor aunque sean la mitad de los que uno debe usar. Todavía lo hago. Quizá esa es una de las razones por las que me llamaban como lo hacían. No estoy segura de en qué punto dejó de dolerme.

La última vez que escuché a mi madre decir mi nombre fue a los siete años. En la escuela la habían citado para mostrarle mis libros de caligrafía. Le hicieron llegar la preocupación de que yo a esa edad todavía no supiera leer con fluidez; que confundía el seis con el nueve y que escribía las letras al revés, y que necesitaba ir a lo que mi mamá y mi tía llamaban «una escuela de mongólicos». 

—Por ejemplo —dijo la directora. Buscó una cartilla del abecedario y señaló la primera letra—, ¿qué letra es esta, niña?

—La V —dije, mientras agarraba con fuerza el borde metálico de la silla—. La V de vaca.

Mi madre dejó escapar la pesadumbre en el aliento.

—Es la A, niña. Es la A de América —intervino mi madre, y luego miró a la directora— ¿Qué quiere que le diga, maestra? —comenzó a asentir con la cabeza— La niña es mongólica.

Cuando Marcela cumplió cuatro años, sucumbiendo a los despropósitos de la crisis económica familiar, nos fuimos a los Estados Unidos. Vivimos en Corpus Christi por siete meses, y luego nos mudamos a San Antonio. Yo tenía como diez para ese entonces, cuando nos fuimos a los Estados Unidos. Antes de irnos, mi mamá me llevó a muchos doctores. «Especialistas», les llamaba. Mi papá nos mandaba fotos de la Ciudad de México cada dos semanas: en el set de La Concordia, en el hotel donde se quedaba el elenco, en reuniones sociales con personalidades de la industria… Yo las coleccioné una a una del cesto de la basura.

El año que nos fuimos a Corpus Christi fue también el año que terminó oficialmente la filmación de La Concordia. Mi papá había viajado allí en dos ocasiones para grabar episodios especiales, y pasó meses hablando de que nos llevaría a todos a vivir allí algún día. Y lo cumplió, lo cual se me hizo especialmente sorprendente, pues seguía sin cumplir la promesa que me hizo el día que comencé a tener miedo. Recuerdo que el día del reencuentro, sacó su billetera para darme monedas mexicanas, porque sabía que yo coleccionaba divisas de los países que mis familiares visitaban. Ese fue el mismo día que encontré una fotografía de una niña en su equipaje, mientras lo ayudaba a desempacar. Estaba doblada en cuatro partes, y me la arrebató de la mano de un sopetón cuando me descubrió escrutándola. No me dijo una palabra, ni yo le pregunté nunca al respecto, pero veinte años más tarde, una muchacha se acercó a mí en el funeral de mi padre, me puso la mano en el hombro, y me dijo:

América?

Si no me hubiera tocado, posiblemente ni siquiera me habría molestado en voltear en reacción. Era la primera vez que escuchaba mi nombre en mucho tiempo, y en adición a ello había pronunciado la «r» con los mismos modos de mis maestros en la preparatoria gringa. 

I believe we should have a talk —continuó—. I’m Paola. Paola Sandemetrio.

Quería conversar conmigo, es decir. Y se llamaba Paola. Paola Sandemetrio.

Ese día, pero por la noche, fue la primera vez que intenté matarme. Me acordé de mi mamá, que se había regresado a Venezuela con Marcela alrededor de cinco años atrás porque mi papá le pegó con un trapo húmedo. Yo me había quedado en los Estados Unidos porque comencé a estudiar biología en la Universidad de Texas. Me acordé de ella porque pensé en con cuantos trapos húmedos le hubo de pegar mi papá como para no haberse aparecido en el funeral, ni siquiera yo pagándole el boleto.

La segunda vez, sin embargo, fue la noche que se me apareció el espíritu de mi abuela Felicia en los sueños. Olía a borocanfor, manzanilla y Vick’s Vapor-Rub. Tenía el cabello recogido en una trenza hasta la cadera y el contorno de los labios delineados con lápiz negro. Ella, trenzándome el cabello. Yo, sentada en su regazo mientras le leía las oraciones de Mi Jardín. Entonces me dijo:

—América, hágame un favor…

Me mandó a amolar un cuchillo, y yo me desperté, febril, poseída por la indómita impulsión de hacerle el favor. Lo siguiente fue inevitable, de cierto modo, porque el filo del cuchillo chispeando contra la piedra me hizo caer en la maquiavélica realización de que no tenía nada que perder, ni siquiera la inicial del nombre. Ni siquiera la A de América.

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