Abismo

Me llamo Aurelio Varas, aunque ese nombre ya no me pertenece del todo. Durante años fue suficiente para identificarme en el Archivo de Rumbos, para firmar mapas que nadie más se atrevía a trazar, para poner una rúbrica en el margen inferior de cartas que describían territorios desmembrados.

Pero aquí, en la frontera de la Mortaja Lunar, el nombre se siente frágil, como un hilo que amenaza con romperse a la menor tensión. Quizá porque la Mortaja no entiende de nombres, ni de títulos, ni de la ilusión de permanencia que arrastramos como una herencia. Aquí, lo que importa no es cómo me llamo, sino cuánto de mí resiste antes de disolverse en el polvo.

No fue un viaje glorioso ni acompañado de fanfarrias. Partí con un grupo pequeño de cargadores, un guía que se persignaba ante cada grieta y tres animales que pronto se negaron a seguir. Había visto caravanas más nutridas encaminarse a zonas menos inhóspitas, pero la Mortaja siempre tuvo fama de devorar acompañantes, de arrancar pedazos de cordura a quien la mirara demasiado tiempo.

Cuando el terreno comenzó a fragmentarse, los hombres que me ayudaban se detuvieron con excusas distintas: uno decía tener fiebre, otro juraba escuchar campanas enterradas, el tercero aseguraba que una sombra le caminaba por dentro. No insistí. En mis treinta años de cartógrafo había aprendido a reconocer el miedo verdadero. Y, en el fondo, sabía que esta labor debía hacerla solo.

Me quedé con lo esencial: la libreta de tapas ásperas, cuerdas de medición, brújulas que pronto se volverían inútiles y un compás de metal cuya punta me pareció demasiado frágil para perforar aquella vastedad. El guía me deseó suerte sin mirarme a los ojos y sus palabras se perdieron en la bruma hasta convertirse en eco y  luego en silencio.

Desde entonces, cada paso fue un rumor de soledad.

La Mortaja no se parecía a nada conocido. Piensa en un cementerio de piedras arrancadas del cielo y suspendidas en un aire que no sabe ser aire. El olor era lo primero que te golpeaba: tierra mezclada con algo dulzón, como frutas podridas bajo metal oxidado. Fragmentos de la luna muerta flotaban a distintas alturas, conectados a veces por hilos de polvo que parecían caminos, pero que se desvanecían al intentar pisarlos.

No había horizonte; la luz se quebraba en múltiples direcciones, como si el firmamento fuese un espejo hecho trizas. El silencio no era absoluto, sino vibrante: se escuchaba el roce de las partículas suspendidas, el murmullo de rocas que parecían moverse apenas uno apartaba la mirada. Y había algo más: un zumbido apenas perceptible, como si todo el lugar fuera el interior de una caracola gigante.

La primera noche me senté en un promontorio y abrí la libreta. El hábito me protegía: líneas rectas, distancias aproximadas, ángulos anotados con una letra cuidadosa. Treinta años midiendo tierras me habían enseñado que todo espacio puede reducirse a una geometría legible.

Mientras la tinta se secaba, me sentí dueño de una certeza: si lograba trazar la Mortaja, podría volver con un mapa. Y un mapa, pensé, domestica cualquier territorio.

Al tercer día descubrí el engaño.

Medí la distancia entre dos peñascos flotantes usando la cuerda: ciento veinte pasos. Volví a medir al atardecer: ciento cuarenta. Al amanecer siguiente: ciento treinta y tres. Los números bailaban como si la Mortaja se burlara de mis instrumentos.

Me senté en el suelo áspero, con la libreta sobre las rodillas, y revisé mis cálculos. Había trazado mapas desde Varadero hasta los Campos de Sal; conocía mi oficio. Pero aquí la cuerda de medir se tensaba y encogía como si respondiera a un pulso ajeno.

A cada trazo, la Mortaja parecía ajustar su forma. Comprendí con lentitud que yo no era el cartógrafo, sino el cartografiado.

“Maldita sea”, murmuré, y mi voz sonó extraña en aquel silencio. Era la primera vez que hablaba en días, y las palabras salieron ásperas, como si hubiera olvidado cómo formar sonidos.

 Las primeras señales aparecieron en mis manos.

Una mañana desperté con las yemas de los dedos ligeramente grises, como si hubiera estado tocando carbón. Me las froté contra la tela de la camisa, pero el color no salía. Al mediodía, las líneas de las palmas se veían más profundas, surcadas por un polvo que parecía brotar desde adentro.

La libreta empezó a mostrar signos extraños. Entre mis cálculos aparecían líneas curvas que no recordaba haber dibujado, manchas de tinta semejantes a pulmones, ramificaciones que evocaban arterias. Al principio las tachaba con movimientos bruscos. «Concentración, Varas», me decía en voz alta, imitando la voz del viejo Brígido del Archivo. «Un mapa limpio es un mapa útil».

Pero cada día las formas eran más nítidas, como si la Mortaja usara mi pulso para esculpir su propio retrato. Dejé de tacharlas. Me limité a observar cómo el mapa se volvía un organismo que respiraba conmigo.

Los sueños llegaron al quinto día.

Soñaba con los cargadores que me habían abandonado, pero sus rostros se mezclaban con los fragmentos flotantes: uno tenía la piel de roca, otro los ojos de polvo, el tercero una voz que se disolvía como viento atrapado en grietas. Me despertaba con la boca llena del sabor metálico del aire, con la certeza de que ellos seguían aquí, transformados en parte del paisaje.

El pensamiento me inquietaba. En mis años de trabajo había conocido hombres que se perdían en territorio hostil, pero siempre encontrábamos huesos, señales, algo. Aquí no había nada. Como si la Mortaja se los hubiera tragado completos.

Empecé a sospechar que nadie se marchaba realmente de este lugar; uno simplemente cambiaba de forma.

Mi reflejo en la superficie pulida del compás me mostró que mi pelo había perdido color en las sienes. No era el gris de la edad, sino algo más pálido, traslúcido. Cuando pasaba la mano por él, algunos cabellos se desvanecían entre mis dedos como humo.

El Pozo de Control se insinuó mucho antes de que pudiera verlo. Los fragmentos se inclinaban hacia un centro invisible, como devotos alrededor de un altar. El aire se volvía más espeso conforme me acercaba, cargado de un olor dulzón que me recordaba a la miel fermentada.

No era un vacío común, sino un lugar donde toda medida fracasaba. Intenté calcular su diámetro con la cuerda: veinte pasos, luego cuarenta, después cien. Todas las cifras parecían válidas y absurdas al mismo tiempo.

«Esto no tiene sentido», dije, y mi voz se escuchó hueca, como si viniera de muy lejos. Era como si el Pozo admitiera múltiples verdades simultáneas, como si fuera un agujero en la lógica misma del mundo.

Me detuve en el borde y sentí vértigo no por la profundidad, sino por la certeza de que allí dentro no existían límites. El aire que subía del fondo tenía temperatura corporal y olía a sal.

Fue entonces cuando noté la correspondencia.

Cada respiración mía encontraba eco en los fragmentos. Si exhalaba fuerte, algunas rocas se alejaban con un susurro; si contenía el aire, se estrechaban como si aguardaran mi permiso. Mi cuerpo se había convertido en una herramienta de medición más fiel que cualquier compás.

«Por todos los diablos», susurré, observando cómo un fragmento cercano oscilaba al ritmo de mi pulso. «¿Qué carajo está pasando aquí?»

La pregunta quedó suspendida en el aire espeso. La Mortaja no era un espacio muerto, sino un organismo que respondía a mí tanto como yo respondía a ella. Éramos dos bestias estudiándonos mutuamente.

Mi piel había adquirido una textura nueva: al tacto se sentía como papel viejo, y cuando me rascaba, pequeñas escamas se desprendían y flotaban en el aire antes de disolverse. No dolía. Era un proceso tan natural como inevitable.

La libreta, entretanto, se transformaba en algo irreconocible.

Donde antes había cifras y líneas, ahora había formas que recordaban vértebras, costillas, músculos. A veces el trazo se parecía demasiado a mí mismo: una silueta encorvada, un ojo en blanco, un hueco en el pecho. Los números se curvaban solos en la página, formando espirales que me hipnotizaban.

Nombré ese dibujo cambiante «El Abismo», porque en él parecía concentrarse todo lo que yo era incapaz de medir. El Abismo no era vacío: era memoria convertida en cartografía, un hoyo donde cada línea descendía hacia lo que fui. Era yo mismo, vuelto mapa.

Una tarde, mientras contemplaba los trazos, recordé al Maestro Brígido explicándome los fundamentos del oficio. «Dibujar es reclamar, Varas», me había dicho con su voz grave. «Lo que se mide, nos pertenece. Un buen cartógrafo no solo describe el territorio: lo posee.»

Ahora entendía la mentira de esas palabras. La Mortaja no se dejaba poseer. Al contrario, era ella la que reclamaba mi cuerpo, mi pulso, mi memoria. Yo no dibujaba para poseer, dibujaba para sobrevivir a la correspondencia.

Perdí la cuenta de los días.

El tiempo se quebraba con la misma facilidad que la luz. Mis anotaciones dejaron de tener fechas; solo describían transformaciones. «Las rocas respiraron conmigo durante el amanecer», escribí una mañana. «Mi sombra se quedó pegada a un fragmento cuando intenté moverme», anoté más tarde.

El Abismo crecía en la libreta con vida propia, y yo sentía que también crecía en mi interior. El miedo se mezclaba con un extraño sosiego, como si al perder las medidas comunes hubiera ganado un lugar en esta geometría imposible.

Mi reflejo en las superficies metálicas me mostraba cambios constantes: la nariz más afilada, las mejillas hundidas, los ojos más grandes y pálidos. Pero no me asustaba. Era como ver evolucionar a un extraño que compartía mi nombre.

El Pozo de Control se volvió mi centro. Me sentaba en su borde y contemplaba la oscilación de los fragmentos. A veces creía ver rostros en las grietas, gestos formados por el polvo suspendido, como si la Mortaja quisiera recordarme algo que aún no comprendía.

La certeza llegó una tarde sin tiempo definido.

Sentí que el Pozo me respiraba. No lo digo en metáfora: un aire denso salió de su fondo y golpeó mi pecho, obligándome a inspirar al mismo ritmo. El aire sabía a cobre y a algo familiar que no lograba identificar. Desde entonces supe que no había separación entre mi cuerpo y el territorio.

«Ah», dije en voz alta, y la palabra resonó con una claridad nueva. «Ya entiendo.»

El Abismo, en la libreta, ya no era solo un dibujo: era un mapa que mostraba tanto el paisaje como mis órganos. Un lector podría confundir un fragmento rocoso con un hueso, una grieta con una cicatriz, un ángulo con una costilla. Pensé que esa confusión era deliberada. La Mortaja no quería que hubiera distinción entre lo humano y lo mineral, entre lo vivo y lo muerto.

Yo me había convertido en parte del mapa. No solo lo estaba dibujando: lo estaba siendo.

La aceptación final vino como un alivio.

El Archivo de Rumbos jamás comprendería este mapa. Para ellos sería un garabato enfermo, un error de percepción. Intentarían corregirlo, medirlo otra vez, imponerle cuadrículas. Brígido lo tildaría de trabajo de loco y ordenaría rehacerlo.

Pero yo ya no podía hacerlo. Sabía que la única utilidad de mi trabajo no era entregar un mapa legible, sino dejar un rastro. Un testimonio de que aquí las medidas se deshacen, y que quien intente seguirlas debe estar dispuesto a perderse también.

Una madrugada, o algo parecido, comprendí que debía abandonar la libreta. No era mía, nunca lo había sido. Era un espejo en el que la Mortaja había querido mirarse. Guardarla sería como robarle su propio rostro.

La decisión no me dolió. Fue natural, como el momento en que uno entiende que ha respirado suficiente y debe exhalar.

Caminé hacia la entrada de la Mortaja con pasos que ya no dejaban huellas.

Los fragmentos parecían abrirme paso, como si reconocieran el fin de mi tarea. Mi cuerpo se había vuelto traslúcido en los bordes; podía ver la luz filtrarse a través de mis manos. No era muerte lo que sentía, sino transformación.

Encontré un bloque de roca firme, lo bastante estable para resistir el vaivén del polvo. Coloqué allí la libreta con cuidado, acariciando la tapa áspera como quien despide a un viejo compañero. La textura me recordó mi propia piel de hacía… ¿Cuánto tiempo?

Saqué un trozo de carbón y escribí en la cubierta:

«Para quien necesite llegar a mí.»

No añadí nada más. Todas las explicaciones estaban en esas páginas: las cifras contradictorias, las manchas de polvo, los trazos que parecían huesos, los espacios en blanco donde el silencio se había posado. Quien la leyera, si se atrevía, sabría que el mapa no era del territorio, sino de la correspondencia entre un hombre y la Mortaja.

No miré atrás, aunque ya no estaba seguro de tener ojos para hacerlo.

Caminé con paso firme hacia el interior, sintiendo cómo el Pozo seguía respirando a lo lejos. La Mortaja flotaba en su misterio, guardiana de un enigma que nadie puede poseer. Yo avanzaba ligero, sin la carga de la libreta, sin la carga del nombre, con la certeza de haber dejado un testimonio.

El aire se volvía más denso conforme me adentraba, más familiar. Olía a sal y a cobre, a miel fermentada. Olía a casa.

Y mientras mis contornos se difuminaban y mi forma se dispersaba entre los fragmentos, una sola frase se repetía en lo que quedaba de mi mente, como una consigna y una promesa:

«Debemos viajar al Pozo de Control, dentro de la mortaja de los fragmentos de la luna muerta».

Ahora sabía quién debía viajar allí y por qué.

Por: Le Malheureux