Ahora

     Estoy cansado. Ayer volví a trabajar casi catorce horas. Las comandas se revuelven en mi cabeza: mesa tres, diecisiete hamburguesas. Es tarde. Otro pedido. El tiempo parece estancado; y sin embargo pasa. Creo que este país acabará conmigo. No tengo demasiadas ganas de seguir aquí. No lograré cosas significativas. Pienso que quizás hay una vida fuera de esta, pero está muy lejos todavía. Ya no importa. La esperanza me rehúye. Quisiera quedarme a ver cómo nada ocurre. Solamente. Sin moverme. Sin rezar. Nada. 

     La noche es el único momento que pasa deprisa. Como de costumbre, entro al bar. La música del local apenas se oye. Huele a lejía vieja y vómito derramado. En la pared, un reloj redondo con números romanos marca una hora equivocada, como si el tiempo se rindiera.  Camino a la mesa del fondo. Se aproxima la camarera, la misma de cada vez. No sé su nombre; sólo sé que está aquí desde las dos de la tarde hasta la medianoche. 

     El bartender que atiende en el mostrador trabaja rápido y bien. Hacía días que no venía. Parece otro. Se queda de pie mirándome. Hace un gesto con la cabeza, su frente sudada y pálida, que se eleva y luego cae. Sonrío. Sostengo el rostro un instante con efusividad y de pronto todo parece soso, desaborido. El saludo desaparece y la alegría es lejana. De otro. 

–Cerveza.  

     Un hombre de camisa con botones cruza la entrada. Se sienta en la barra. Lleva pantalones de lino y un reloj oscuro que contrasta con el claro de su piel. Algo de su imagen me resulta conocido. No hago demasiado caso. Desde que llegué tengo sensaciones similares. A veces voy a una relojería que se parece a otra de mi ciudad. Creo ver a amigos y familiares en cualquier lado. El cuerpo se inventa sus propios engaños, supongo. Una vez me acosté a dormir luego de un día sin beber agua y soñé que lamía hielo de un vaso. Síndrome del miembro fantasma. Eso. El hombre pide un trago. Sus gestos con las manos los he visto. Centro toda mi atención en sus acciones. Recibe el trago, mira a los lados. Alza la copa con la mano derecha. Dedo meñique al cielo. Acerca la bebida hasta sus labios, olfatea ligeramente. Inclina el cuello hacia atrás con delicadeza. Bebe un sorbo. Se aleja. Su gesto es placentero. Mira el líquido antes de volver con el mismo orden. Bromea con el joven de la barra. Tal vez se conocen de antes. Pide otro. No hay manera de que provenga de otro sitio que no sea este, pero su cara… Su cara se parece a… 

     Desde que toda semejanza me resulta perturbadora, permito que mi cuerpo contemple con esmero. Cada vez que encuentro algo parecido, intuyo que un rasgo en ello delata su falta de autenticidad. Por eso nunca me ha faltado la sospecha. Cada cosa que veo, cada imagen, debe denotar que es diferente de otra que se le asemeje. Silbo a la camarera con fuerza esperando que el hombre se inmute, pero no funciona. Ella se acerca. Dice algo. No la escucho. 

–Otra.  

    Sigo atento. El hombre conversa demostrando soltura. Va por la segunda copa. La camarera camina lentamente con mi pedido. Antes de que llegue a mi mesa, me pongo de pie, tomo la cerveza para lanzarla hasta la barra con la pregunta estridente de ‘¿quién eres?’. Por supuesto, esa no es la historia. En lugar de la cerveza, lo que lanzo es otro silbido, ahora más potente y estruendoso. Ella se detiene en seco. Los demás parroquianos me interpelan de inmediato. Me quedo absorto, en mi propio arrebato. Antes de disculparme con la voz trémula, elevo la cerveza con la mano derecha como un brindis torpe, un falso ademán de camaradería. El sospechoso se mantiene en la misma postura, como si nada hubiera ocurrido. Seguidamente, retoma su conversación con vivacidad. 

     No le quito la atención de encima. El bullicio del bar no me deja siquiera escuchar su voz. El hombre se expresa y por momentos creo escuchar algunas inflexiones del español, pero no estoy seguro; el silencio no es lo que reina en esta selva salvaje. Intento leer sus labios sin éxito. Todo luce como una versión corrupta de algo que he vivido. El hombre se levanta de la silla. Toca los bolsillos de su pantalón, arremanga la camisa y camina en dirección hacia mí. El rostro se muestra cada vez más nítido, más conocido. ¿Será que lo he visto en fotos? Se acerca. ¿Amigo de un amigo? Más cerca. ¿Hermano, primo, sobrino?  Casi aquí. ¿Lo soñé sin conocerlo? ¡Gabriel!, me digo en voz baja. A punto de tropezar conmigo, cruza a la izquierda en dirección al baño. Es él. Quizás no me parezco demasiado a mí aquí y por eso cree que soy otro. Es natural.  La vida cambia, a su modo pero cambia. 

     Me dispongo a hablarle apenas salga, decirle todo. Si me presento se acordará. No sé cómo dejamos de vernos. Me planto al lado de la mesa pensando en cuál de todos los recuerdos le contaré para comprobar que soy yo. Lo veo salir. Es mi momento de hablar con él. El nombre se reitera tanto como las comandas. Gabriel. Gabriel. Gabriel. Casi frente a frente, me quedo de pie. Encuentro sus ojos por una fracción de segundos. Tiene el mismo aire bonachón que heredó de su padre. No es distinto de cerca. ¡Cuánto ha crecido! Le dedico el saludo con un leve levantamiento de cejas, pero no lo recibe. No hay reconocimiento. Me mira como se le mira a un extraño. Continúa su trayecto hasta la barra. Se aleja sin preocupación para volver a su silla. Por fin oigo su voz, su acento es inconfundible. Habla otra lengua, pero el aura de su idioma natal se conserva. Dice palabras. Muchas palabras. Viene de allí, de donde yo. Vuelvo a mirar esperando un golpe de reconciliación. Me siento. Permanezco.  

     Si el tiempo es bueno, deberé ir al médico algún día. No todas las raíces se expanden en el mismo tipo de suelo. El bar parece un espacio de ensueños. Si reconozco a quienes desconozco, tal vez desconozco a quien reconozco. Así ha de ser mi memoria. Seguramente todos mis conocidos están hoy aquí, pero no logro ver sus cuerpos reales sino los de otros que mi mente ha creado. Gabriel puede ser uno de ellos. Su rostro es el mismo. Su estatura. La manera de sonreír de medio lado. El cabello alborotado tan de siempre. Hay una bruma distinta en sus facciones, pero es él. Todos los que venimos de allí la tenemos. Es un rastro. 

–¿Otra?

–Sí. 

     La camarera me atiende con la misma fatiga que las veces anteriores. Antes de que se retire, le hago preguntas que soporta con cierto disgusto. Tomo un billete de mi bolsillo, lo pongo sobre la mesa. Se cuida de que nadie la mire. Tiene prohibido aceptar propinas, pero aquí todos sorteamos el cuerpo. Sus ojos toman otro brillo. La comisura de sus labios se relaja. Sabe lo bien que nos hace un dinero extra. Tiene una hija del otro lado. Esperando, como aquello que dejamos. Esperando. 

–Gabriel, responde ella con disimulo. 

    ¡Lo sabía! Siempre he pensado que hay algo en las personas que es inalterable. La muestra más fehaciente de que existe la unicidad. ¿Pero por qué no me reconoce? ¿Quién soy para que el pasado no se acuerde de mí? 

–¿Lo conoce?

     La camarera niega con la cabeza. Una negación lenta y pensativa. Después agrega:

–Uno viene con un nombre y se queda con otro. Como yo. 

      Se retira y continúa con sus labores con el billete entre sus senos. No es la primera vez que alguien le paga por conversar. Su mirada se pierde hacia la puerta, como si llegasen aquellos que la esperan. Es una aseveración. Aquí todos estamos solos. 

    Ahora el bar está casi vacío. Ya es tarde. No sé cuánto tiempo ha pasado. Veo a Gabriel con su quinta copa. Habla con una fluidez exquisita. ¿Cuánto tiempo lleva en este país? ¿Cómo se puede habitar dos lenguas sin incomodidad? No sé qué sentido tiene insistir en alguien que no sabe de mí. Si jamás he entendido esa devoción en ser reconocido, ¿por qué ahora sí? ¿La memoria me acecha? ¿La casa, la luz?  No hay nostalgia que valga la pena. Me alzo con la espalda erguida y camino hasta la barra. El joven atiende a los demás sin quitarle la mirada a Gabriel. Aprovecho que habla con otros clientes. Coloco una mano sobre su hombro. 

–Gabriel. 

–¿Sí?

     Su rostro se baña con la luz de la lámpara que cuelga sobre él. Percibo que los demás consumidores y borrachines son constantes en lo que hacen. El joven bartender se da cuenta, pero no repara demasiado en nosotros. 

–¿Sí?

–¡Qué feliz encontrar un igual, Gabriel! 

–Me está confundiendo. 

     Después de esas mentiras entre ambos, procedo a contarle verdades. Le digo mi nombre, el de mi país, de mi ciudad; le cuento la historia del perro que lo mordió en el mentón, sus sueños de abogado, la muerte de su madre. Me siento al borde del abismo. Ese punto liminal entre la vida y la otra forma de vivir que ya no es vida. 

–¿No te acuerdas de mí? 

–No sé quién es usted, perdone. 

     La palabra “usted” me carcome por dentro. Es el verdadero opuesto de la camaradería. El joven de la barra hace preguntas a Gabriel, pero él resuelve diciendo que no hay ningún problema conmigo y me salva de ser expulsado por impertinente. Tomo ese gesto como una tregua, así que dejo de cuestionarlo. A lo mejor Gabriel nunca me conoció realmente y por eso no me recuerda. En cualquier caso, confío en él. Algo me dice que debo hacerlo, porque yo sí lo conozco. 

     Mientras conversamos sobre cosas triviales en perfecto español, busco una reacción a su broma, la de siempre: mentir sólo para asustarme y luego burlarse de mí. No sucede. Él me oye con una cortesía especial. Afirma con la cabeza. Niega con la cabeza. De vez en cuando sus ojos hacen un movimiento rápido, casi imperceptible, hacia el bartender, como buscando salida o complicidad. Es un destello de incomodidad, pero también de algo más: cautela. Ha de creer que estoy loco. Le menciono que tengo la sensación de haberlo conocido e inmediatamente su rostro se endurece. ¿Querrá borrar su pasado como todos aquellos que salieron de allí? Un silencio cae entre nosotros. Interrumpe. Su voz es cortante. 

–Lo siento, debo irme. 

     Es tarde. Ya no queda casi nadie en el bar, inclusive la camarera se ha ido. Su respuesta me agrede por dentro. El joven de la barra me mira con desconfianza. Apago mi instinto de supervivencia mientras él paga su cuenta para salir. 

 –Disculpa, sólo te pareces a alguien que conocí. ¿Cuál es tu nombre? 

–Adrián. Hasta luego. 

     Se despide del bartender antes de girar y ponerse en marcha. No mira atrás. Deja media copa sin beber. La puerta del bar se cierra como un portazo sordo. La revelación de su nombre no es un rechazo sino una corrección, o más bien, una confirmación del desespero que yo le he adjudicado. Me quedo petrificado. Le conté mis miedos, algunos anhelos. Su figura se va alejando. Me quedo con una sensación extraña. No quiero seguirlo, pero la certeza es un pozo sin fondo. Aceptar su verdad es negar la mía. Tengo que volver a verlo. Probar que mi memoria tiene razón aunque recuerde a medias. 

     Salgo a la calle. El frío azota. Los faroles proyectan círculos en luz amarillenta sobre la acera. Veo que camina a lo lejos y lo sigo pausadamente. Así. Por inercia. Ya no sé qué más hacer para validar mi convencimiento. Tal vez encuentre más indicios en esta persecución absurda. Aún es de noche. Hay gente afuera. 

     Gabriel entra a un supermercado. Lo espero. Dentro, las luces brillan incisivas. Parece de día, como si ahora fuera temprano. Apenas me adapto a la claridad, Gabriel desaparece entre los pasillos. Rebusco con la mirada. Lo veo salir con una bolsa de supermercado en la mano. Camino sigilosamente a su espalda sin acercarme lo suficiente. Su ritmo es acelerado. El viento helado cala hasta los huesos. Adrián. El nombre retumba en mi cabeza como una sentencia. ¿Por qué no se reconoció a sí mismo en el bar? ¿Su amigo el bartender hubiera podido descubrirlo y por eso mintió? Tal vez Adrián es tan solo su nombre de migrante. El de aquí. ¡Pobre Gabriel! Debe querer olvidar tanto que ha decidido borrar incluso aquello que comparte su pasado. ¿Pero por qué la camarera sí sabe su nombre real? 

     Luego de una calle larga, nos dirigimos a un vecindario de aspecto modesto. 

–¡Gabriel!

–No sé qué quiere, pero aléjese de mí, por favor.

–Quiero hablar… 

     Continúa su andar. 

     Los días siguientes son un lento viraje hacia la duda. No sé distinguir las mentiras profundas de las verdades. Estoy convencido de que esta vez no es un delirio. El cerebro humano nunca recuerda de forma arbitraria; más bien, elabora procesos minuciosos de selección  y reconstrucción. Sólo escoge las cosas importantes. Pero necesito desalojar esa idea de mi mente. Ya no puedo concentrarme. Pienso en él, en sus gestos. Hago visitas por su zona de vez en cuando. No debería sentirme así por otro recién aparecido. Todo se va volviendo constante. 

     Ahora mi rutina se divide en dos: las interminables horas de trabajo y la vigilia fuera de su casa. Aprendo sus horarios, sus costumbres. Resuelvo comprar unos prismáticos en una tienda cerca del restaurante donde trabajo. Cuando me escondo para observar de lejos no sucede gran cosa. Ninguna prueba. Sus actividades domésticas se resumen en tranquilidad; una naturalidad serena que parece un insulto. Cada paso suyo es una prueba más de su falsedad. Las vidas como esa son las que me agotan tanto. A veces se recuesta en el marco de la ventana para verme mientras fuma un cigarrillo, pero en realidad no me ve. Ve sólo una calle que lo divide y que parece ser la última de todos los países. Me gustaría decirle que lo sigo hasta que se duerme, que me fijo en él no como un extrajero, pero eso le molestaría mucho, y ya llevo demasiado tiempo aquí como para agitar este paisaje que a nadie cura. A nadie. Gabriel no debería sentir miedo. Sé lo que se sufre un día de trabajo. Sólo intento aligerar  la geografía. 

     Me siento muy cansado. Hoy de nuevo tuve que hacer un turno extra. Estoy harto de llegar sólo para ver cómo duerme toda la noche. Noto que las bombillas están encendidas, pero no lo encuentro a él. Vigilo la casa desde mi lugar, pero cada cosa persiste en ser lo que es. Nada. Pasadas un par de horas decido acercarme hasta la entrada. Gabriel nunca sale hasta tan tarde los días como hoy. ¿Habrá cambiado de rutina?  Decido tocar el timbre. ¡Qué raro, no está! Él siempre ha sido una persona con coraje. De querer evitarme lo hubiera hecho de manera frontal. De nuevo el timbre. Debería estar en la cama con su libro al lado. Camino a un costado de la fachada trasera y noto la ventanilla del baño abierta. Es mi portal para ese mundo llamado Gabriel. 

     El corazón empieza a latir aceleradamente. Jamás hubiera imaginado que conseguir entrar pesaría tanto como querer hacerlo. No tengo demasiado tiempo. La tentación de registrarlo todo es un zumbido amenazante en las sienes. No sé qué puedo encontrar allí dentro. Pero la razón me hace mezquino. Esa posibilidad de tener una respuesta concreta es la que me vence cualquier último resquicio de cordura. Intento ingresar con dificultad trepando por la pared. El cuerpo me tiembla con torpeza. La madera de la ventana cruje bajo mi peso. Me cercioro de que nadie me esté mirando. Continúo ascendiendo con todas mis fuerzas, hasta que finalmente, con un ligero salto, estoy dentro. 

     El aire respira distinto. Camino por el lugar. Todo es como se ve desde afuera, pero más intenso. Camino hasta la ventana donde siempre lo observo. Hago de cuenta que él me invita a pasar. Echo un vistazo entre sus cosas. Abro el clóset, algunas gavetas. Ahí está su pasaporte. Si no fuera extranjero, pensaría que lo ha dejado para mí. Un breve sudor frío recorre mi espalda. Lo tomo con manos que apenas siento propias. Dudo. Sigo recorriendo los espacios como quien hace tiempo esperando la muerte, o la revelación del truco de un bromista. Pero la incertidumbre me induce a un arrebato. Con las manos desesperadas lo abro. Ahí está su nombre, ese que lo distancia de mi pasado. Adrián López. Pero la fecha de nacimiento es la misma que la de mi Gabriel. No es legal tener dos pasaportes. La camarera se ha debido confundir, o yo. En este mundo doblegado por lo aparente tal vez oí otra cosa. Doy media vuelta, abrumado por un vacío repentino. Reviso el resto de la casa con nostalgia; no entiendo nada. Pareciera que la despedida fuera de nuevo inminente. 

     Regreso a mi lugar afuera, como si todo hubiera sido un sueño, o la infinita espera de una comanda con una nueva orden. 

Seudónimo: Florence Foster Jenkins