…¿qué forma, qué color tomaba la fachada de la casa de un muerto?
Felipe Polleri
The air is dark as murder
Anne Carson
Antes de contar la historia quisiera recordarla, juntar las palabras, unas tras otras, como paredes sostenidas entre ellas y, bueno, cuando termine el relato, se irá para atrás con el olvido, de la última letra a la primera. ¿No es mejor en ese caso contar el olvido? Sería entonces ir hacia atrás, con borrador en mano, o acompañarse de un detective que se desanda, alguien que, aún siendo escrupuloso en buscar las primeras causas de las cosas, termina tras las huellas que él mismo va dejando. A ese hombre llamémoslo Aby Burgos.
Hablemos de Aby, hacer su retrato psicológico nos daría una resta. Un trasfondo está de más porque él no vino de ningún sitio, siempre o casi siempre ha estado acá, en el barrio donde ahora camina y años atrás jugó a la pelota. Antes de la cita planeada se aclimata en el bar El retorno, uno de los pocos que abre temprano, casi a mediodía. Aby no es de los que solo quieren una cerveza mientras pasan el fuerte calor de la tarde, solitario bebe tragos secos, se abstiene de fumar y disfruta de las partes que bien dan carácter a los desconocidos: nucas manchadas, lóbulos estirados, espinillas, imperfecciones y arrugas. A veces, si tenía suerte y sonreían, se dedicaba a detallar el tamaño y color de sus dientes, o las encías pronunciadas. Esta actividad minuciosa, en cambio, no la aplicaba a sí mismo: cuando salió de la tasca apenas se miró en el reflejo de los carros, de las vidrieras. Su guayabera suelta y su olor a tierra mojada pasaban desapercibidos hasta por él, como si no se tuviese en el fondo de ese cuerpo que empezaba a escurrirse en su panza, en su pecho, en sus ojos. Un cuerpo gordo es casi siempre un cuerpo olvidado.
Las caras se abandonan por algo, Aby abandonó la suya por su trabajo. Sus ojos habían visto a tantos irse de sí mismos, en crímenes tan innecesarios como indescriptibles, en interrupciones de la ley y el raciocinio, que él ya no oía el acostumbrado ¿Qué estaría pensando éste?, o, ¿Cómo pudo hacer eso? En el espejo, se veía tan desalmado como aquellos criminales, todos lo notaban en sus informes, tan desafectados e impersonales, tan desalmados, que conmovían al más cruel de los guardias del recinto.
Sin rastros de nostalgia volvió a pasear por su vieja calle, La Esperanza, era ahí donde lo esperaban las incógnitas de siempre. Llegada la hora de la cita, como visitando a un viejo amigo, Aby arribó al lugar acordado y miró vivamente a su sospechoso habitual, una pared de monte y matorrales que atravesaba una reja desganada por el óxido. Sobre tapias estropeadas, esta barrera encubría una casa escarapelada y huesuda, un esperpento que conocía desde chiquito. Era habitual verla de ida al colegio o haciendo las compras, la primera vez que preguntó por ella fue hace años, muchos años, en uno de esos cotidianos juegos de pelota, cuando una pausa afloja los jadeos:
—… ¿y quién vive ahí?
—Es la casa de un fantasma… —le respondió Pedrito— …y él no está en casa.
Pedrito, el hijo del vecino y, quizás, el que fue su amigo más cercano, tenía una contestación para cada cosa. Cuando un día dejó de dar respuestas a todo, empezaron a extrañarlo, dejó de ir a clases y de jugar en la calle, fue largo su silencio hasta que otro día, no tan lejano, él mismo se hizo una respuesta. Encontraron sus huesos en el vecindario opuesto, justo bajo la pared que daba con la casa del fantasma.
Los niños son siempre quienes tienen la última palabra. Aún el día de hoy, treinta años después, las criaturas que corrían entre los autos, pateando su pelota, cuchicheaban la leyenda del fantasma de La Esperanza. No sabían su peligro, que un fantasma es siempre algo por aparecer, es la posibilidad de que el pasado te toque. Cuando Pedrito ya fue escombros de la espera y nuevos vecinos se acomodaban en el caserío, cosa rara, desapareció otro niño.
La clave estaba en ese cuerpo de cemento olvidado, frente al que ahora, viejo y con una vida fracasada, Aby se detuvo como si se viese reflejado en el olvido. No, él era más que eso, en el olvido no andan sino los fantasmas y él, aunque un poco loco y un poco torcido, se negaba a serlo. Si alguien intuyese que éste es el momento en que se revelan nuevos rastros y se aclara el crimen, cuando Aby, más maduro y lúcido, vuelve al principio, a donde todo comenzó, olvida que vamos hacia atrás. No era la primera vez que el oficial Burgos se citaba con el monumento sin memoria, más bien eran viejos conocidos y, además, para Aby ya todo estaba resuelto, es decir, era un caso descifrado porque no tenía respuesta. Ni siquiera sufría de esos impulsos que mueven al insatisfecho a buscar más pruebas o a guiarse por la pregunta qué faltó por ver. No, no había marca de desespero, él tenía la facilidad de llevarse bien con su misterio, es más, ya eran un par de años conviviendo sin pedir respuestas.
Cuando salieron a la luz los restos de Pedrito, Aby apenas contaba con edad para saber qué sucedía. El barullo del vecindario llenaba la casa de conjeturas como puertas por la que se pasa y que siempre, sin importar la dirección en que se cruce, te dejan afuera. Pronto el barrio se plagó de desapariciones inesperadas, pero finalmente explicables: la primera, una niña que no pidió permiso para dormir en casa de su amiga; la segunda, un niño escapado jugando de noche a las escondidas… Fue el llamado de un abuelo, más producto del hábito que de la duda, un ¿dónde estás, amor? Es hora de volver, que oscurece… que recapituló la escritura del fantasma. El crepúsculo llamaba a todos a casa y el señor Oliverio no recibía la contestación de su pequeña nieta.
En un parpadeo la carretera era abisal, tan desmesurada como la breve distracción que apartó los ojos del anciano de las vueltas de la niña en bicicleta. Esta vez sí, la carretera se la tragó. La segunda desaparición es peor, hace de la primera un hecho, no un mero accidente, toda repetición desvanece el azar y pide explicaciones. Recién graduado y con ingenuidad, Aby se propuso conseguirlas, profundizaría más que los vecinos, quienes habían creado una figura informe de rumores, muecas y renuncias, como si a cada pregunta la respondiera una palabra tachada.
Con su primer sueldo de trabajo policial, buscó una habitación justo al frente del enigma de la casa descarapelada, donde podía ver al misterio a los ojos. A media noche, por la ventana de un segundo piso, la mirada del oficial Burgos lo acercaba a lo que guardan las rejas: un patio con piso de ladrillos desiguales, jardines lanosos, ventanas tapadas con maderas y, en el centro, derruida como una boca con pocos dientes, la puerta. Aby se sentía también observado por la casa, inmóvil en una mueca de sonrisa, alumbrada por un poste como si estuviese a punto de hablar o ser ella una historia a punto de comenzar. Con una vigilia continua, durante la noche Aby convertía la calle La Esperanza en una larga espera.
Los horarios de un novato siempre están abarrotados de papeles, autorizaciones por solicitar, trabajos de campo, cateos, levantar un muerto o bajar piñatas (como llamaban en el medio al reconocimiento de un ahorcado). Era todo demasiado explícito, cuerpos putrefactos con el aroma insolente de quien no tiene nada que ocultar, sospechas y algunas interrogaciones… con la impresión de que a cada oficial le interesaba tan poco la verdad como al comerciante los licores que vende, o al carnicero la carne que pica.
Al salir del trabajo, Aby volvía a su misterio privado. Una vez en el cuartucho se quitaba el uniforme de quien aún no asciende a detective, y escondía la identificación bajo su ropa de civil. Interrogando los alrededores, intentaba reconstruir lo sucedido en el momento en que los niños dejaron de ser vistos.
No era el primero que buscaba rastros, se lo hacían saber, aunque nadie quiso o pudo decirle quién había investigado antes, ni cuándo, ni cómo. Asimismo, Aby evitó discutirlo con el sargento, quería tener algo que seguir, nuevas pruebas, aún así sentía que lo rondaba una mirada como una mosca zumbando por su espalda. Entre el trabajo oficial y personal apenas tenía tiempo para visitar a sus padres, quienes cada vez le reconocían menos la cara. A medida que avanzaba en el caso las facciones de Aby se habían hecho menos firmes, demacradas, como si habitase en él la casa abandonada.
Sus interacciones en el trabajo le enseñaron a estar callado, sobre todo, a guardarse quién era y qué hacía después de firmar la salida. Cuando cumplió cinco años de faena, el oficial Burgos ascendió a detective y su responsabilidad cedía la carga descomunal a oficiales más nuevos. La independencia recién adquirida le permitió merodear durante largas horas por las veredas de la calle La Esperanza, caminar hasta las profundidades de escaleras y callejones angostos, donde el tiempo pasaba más lento y las casas y las personas se hacían más viejas y endebles. Al menos manejaba una hipótesis, el problema no eran los sucesos recientes sino por qué estaba la casa deshabitada. Sin embargo, la idea no era suya, sino del señor Alfredo, antiguo telefonista de las oficinas de la ciudad, cuando en una conversación le dijo:
—Mi papá siempre pensó que esa casa estaba rara, él sí sabía lo que pasó. Lástima. Dios lo tenga en su gloria.
Aby volvía ahora a su primera pregunta, ¿de quién era esa casa? pero esta vez la dirigía a los primeros habitantes del vecindario, gente de un tiempo muerto del que quedaban pocos vestigios. Una mañana llamó a la secretaria para avisar que llegaría tarde, sus pesquisas lo habían llevado a Didí, una viuda del barrio vecino, con quien sólo podía hablar antes del mediodía. Después del almuerzo la mujer se hacía un bulto de ronquidos y desvaríos, algunas veces los vecinos la oían hablando, o incluso gritando, a las paredes.
Cuando contaba quince años, Didí trabajó para la última familia que habitó aquella casa. Aún guardaba la llave, la misma con la que durante meses abrió cada mañana para limpiar, fue así hasta la última vez, cuando la usó para dejar entrar a la policía. No recordaba lo sucedido, tenía que ver con un asesinato o algo así.
— Discúlpeme, señor oficial—le dijo— a los noventa y cinco a veces olvido hasta lo que le digo en este momento.
Con mucho esfuerzo Didí pudo describir a sus jefes, pero tal y como no eran: no era tan flaco, más bien canoso, aunque tenía poco pelo, la esposa no hablaba… como souvenir de aquello que no había dicho, le regaló la antigua llave. Hace muchos años la había descubierto en el fondo de su gavetero. Con ella en las manos, Aby volvió sobre su inventiva: verificar que la cerradura es la misma y, si podía abrir, encontrar a la pequeña nieta de Oliverio, con el mismo destino que Pedrito. Su discreción no aguantó más, tenía que compartirlo con alguien e invitó a un compañero del trabajo, quien en respuesta lo miró como a aquellos sentenciados que se explican y dan una razón de sus actos.
— No, no es posible entrar, eso aún es propiedad privada y, además, ese no es su caso.
En una noche inquieta, saliendo de la posada sin hacer ruido, Aby se ve saltar la reja, empujar la entrada, encontrar al fondo una cocina con olores atrayentes y extraños y algunas luces encendidas. Cada paso lo acerca a una mesa servida y un banquete del que no puede comer nada. Despierta, y así presiente que el misterio lo está buscando a él también.
Este es el momento en que aparece el conflicto, la persecución. El detective Burgos apenas hace caso a su compañero, para Aby la casa tiene un nombre y es el suyo, pero necesita más pruebas, le urge saber qué buscar una vez dentro. Sin nadie a quien preguntar, acude a lugares más viejos que los habitantes más viejos del vecindario, decide ir al Archivo, ahí los nombres y fechas no estarían detrás de un si mal no recuerdo… o un así me dijeron que pasó, en los documentos los fantasmas irían y vendrían, pero con nombres, domicilio y procedencia.
Ahora, muchos años después, frente a la casa del fantasma, el viejo y fracasado Aby se da cuenta del error. ¿Todo fue producto de una gran equivocación? Sí y no. Recordemos que mi intención era contarles el olvido.
En su visita al Archivo oficial, el joven Aby descubrió que los papeles que necesitaba estaban vacíos, en vez de nombres y fechas sólo había tachones. Rodeado y sin notar que sus pasos siempre fueron seguidos de cerca, apenas alcanzó a descifrar el apellido de su Sargento en los documentos de propiedad, cuando se sintió tomado por la espalda. El tirón hizo de él también un borrón, como aquellos niños perdidos. Después de un largo tiempo tras las rejas, se supo procesado por desacato e insubordinación. Si quería reintegrarse al cuerpo policial y a la sociedad, debía no volver a preguntar de más, olvidar los caminos que había andado. Aby aceptó sin protesta, lo que es natural en este tiempo en que las historias se escriben con borrador. Ahora, sabiendo que demolerían la casa para hacer un edificio público o un centro de detención, el oficial Burgos tiraba la llave por la alcantarilla. El resto lo escriben los fantasmas.
Autor: Will-o’-the-wisp
