Alex Vieira
Hace cuatro semanas que Marta no duerme en la casa. Un mes entero. Treinta días que despierto en una cama vacía. Aunque es verdad que por trabajo suele viajar, nunca habíamos pasado más de una semana separados. Ni siquiera en nuestras peores peleas, siempre terminábamos encontrando un perdón bajo las sábanas, o una tregua de madrugada, que nos permitía recibir juntos un nuevo día. Hace un mes que no duermo con Marta. Y todo es culpa de aquel maldito ratón.
Todo esto pensaba mientras intentaba no dormirme detrás del volante. Ya había pasado más de una hora desde que salí de la ciudad, y aquel olor aún se negaba a desaparecer. Llevaba no sé cuánto tiempo conduciendo, y mis manos se comenzaban a entumecer frente a las vibraciones del volante. Hacía tiempo que no rondaba las tumultuosas laderas de una carretera polvorienta y sin asfaltar. Intenté distraerme como pude del hedor. Del otro lado del altavoz sonaba Camila, que llenando el silencio buscaba hacerme compañía. Se lo permití, a pesar de que en el fondo prefería el murmullo desnudo de la carretera.
—¿Qué es lo más grande que has matado? —dijo de repente.
—¿Qué?
—Lo más grande—repitió—o lo más feo, quiero saber.
Camila tenía por lo menos diez años menos que yo. Por miedo nunca se lo pregunté, pero se hacía más que evidente cuando hablaba, especialmente en sus preguntas ingenuas y su asombro pueril. Trataba de escucharla, o parecer que la escuchaba, pero aquel tufo de mierda no paraba de distraerme.
—¿Entonces?
—Entonces —le dije. Abrí todas las ventanas de nuevo.
—¿Qué es lo más grande que has matado? Contesta rápido, sin pensar —apuró—. Y no te vayas a quedar dormido.
La carretera levantaba tierra y estaba fría, solitaria. No sería difícil caer dormido ante aquella tranquilidad inaudita. Sus intenciones eran buenas, lo sabía bien, no había vuelto a salir de la ciudad desde el último incidente. Ni siquiera por trabajo. Me aseguraba de pedir casas que estuvieran cerca, nada de trabajos lejanos ni viajes recurrentes. Y Camila me ayudaba con eso, después de todo ella es quien lleva los horarios y encargos del personal. No había pedido casas lejanas en casi un año, hasta hoy.
Aquella vez no estaba trabajando. Había salido al aeropuerto, a buscar a Marta. Por supuesto, tomé prestada la camioneta de la empresa como lo hacía regularmente. Siempre me reprochaba que ya no la buscaba. Después de todo, era completamente cierto. Antes la buscaba a todos lados. Cuando salía de clases y cuando se iba con sus amigas. Incluso las primeras veces que se aventuró a viajar fuera del país. La llevaba hasta la puerta de su vuelo, y la esperaba en la entrada del aeropuerto hasta que aterrizara. Por esto sabía bien el peso que se escondía detrás de su reproche.
Aquel día había salido directo del trabajo. No hubo paradas, ni distracciones, solo conduje hacia la cota hasta dejar detrás todos esos parajes urbanos, y luego seguí conduciendo.
No recordaba nada antes del desplome. Lo más impactante fue despertar sin tener conciencia de haberme quedado dormido. Esta vez despertaba detrás de un volante dado vuelta. La suerte permitió que el vehículo se desviase hacia la ladera que subía el monte, y no hacia su bajada. Los gritos desvariados de un anciano me arrancaron abruptamente de aquel letargo inicial. Con golpes de pezuña en el parabrisa, preguntó si me encontraba entre los vivos. Por un instante, incrédulo, no supe bien cómo responder.
Llegué tarde. Marta ya me esperaba de pie en la acera, con la maleta a un costado. Entró sin decir nada, cerró la puerta sin mirarme. Conduje largo rato sin escuchar ningún sonido. El silencio creció entre nosotros como un animal. Yo también dejé de luchar. Al final el incidente fue enterrado en lo profundo de aquel mutismo. No siendo más que un sueño de fiebre. Desde entonces nunca hablé al respecto con Marta. En cambio, resultó ser Camila quien terminó por escuchar la historia.
Poco después del mediodía llegué a la calle que tenía anotada. La recepción era pésima, y hacía un buen rato que la llamada se había caído. Busqué la casa y me estacioné al frente. Agradecí escapar del mal olor, aunque solo me recibió un aire caliente y rancio que venía desde afuera. La calle estaba desierta: sin personas en la acera ni carros en el camino. Sin árboles y sin nubes en el cielo. Podrías freír una chuleta de cerdo en el poco asfalto que se dejaba ver. Frente a mí no había garaje, ni señal alguna, solo una reja torcida y, detrás, una casa que no parecía querer mantenerse de pie. Toqué la puerta tras colarme por un hueco de la reja, pero nadie respondió. Probé girar la manecilla por instinto: estaba cerrada.
Decidí caminar alrededor de la residencia. Un chillido lejano parecía inmiscuirse desde el otro lado. Un reconocible relinchar de algún potro perdido. No llamé a nadie, cuidando que mis pasos no molestaran a lo que sea que viviese por esos lados. Crucé varios yerbajos de maleza y acabé en el patio trasero. Un espacio apenas limitado, colmado de cigarras cantando y matorrales sin dueño. Exclamaciones de pájaros se diseminaban en lo alto y por todas direcciones. Me tomó un rato distinguirla. La anciana estaba ahí, inmóvil, como camuflada entre las hierbas. Sentada en una silla de plástico usando un traje negro, con sombrero y lentes de sol. No había emitido sonido alguno hasta que yo rompí aquel silencio salvaje. Me había dado la impresión de que era el silencio mismo el que se había movido en ella.
—Buenas—dije acercándome
—Buenas—me contestó poniéndose de pie. Como si la hubiera traído de vuelta de algún trance antiguo.
—Estoy buscando la residencia Arauja 86 de la 2da avenida.
La mujer no apartó su mirada, intentando descubrir el significado de aquellas palabras o, quizás, recordando algo que hacía tiempo no retozaba en su memoria.
—¿Señora?
—Es aquí—dijo. Y el silencio que dejó flotó un instante, hasta fundirse con el calor del lugar.
—Soy de la fumigadora. Vengo bajo un pedido.
—¿La fumigadora?
—Así es señora.
—¡Es verdad, la fumigación! ¿Ya es quince?
—Así es.
Lucía recién despertada, como se ven los animales luego de haber hibernado. Sacó una cajetilla y encendió un cigarro. El chasquido del fósforo se asemejó a un breve latido
—¿Quiere?
—No fumo en el trabajo, gracias.
—Como quiera.
Luego de exhalar el humo parecía haber recobrado sus fuerzas. Aquel humo parecía expulsar los males del cuerpo.
—¿Mata insectos? ¿O también animales?
—Lo que sea. Excepto perros, y gatos. Políticas de la empresa. Ya sabe.
Asintió con otra bocanada lenta, y el humo que salió de su boca parecía más denso que el aire.
—No tengo gatos—dijo al fin. —Tengo marsupios. Están por todas partes. ¿Puede hacerse cargo?
—¿Marsupios?
—¿Cuánto tardará?
Eché un vistazo a la casa. No era especialmente grande. Era alta, pero su falta de ventanas me sugirió que no había un segundo piso. Las cigarras siguieron cantando, lo que parecía aumentar la temperatura.
—Un par de horas—contesté
—Es bastante
—Me gusta hacerlo bien. Matar plagas no es algo que se pueda apurar.
—Bueno. Comience cuando guste. Yo estaré ahí en el cobertizo.
Señaló un conjunto de tablas de madera escondido detrás de unos hierbajos altos y árboles de mango.
Regresé a la camioneta para buscar los guantes, y las botas, agarré la bomba aspersora, la pulverizadora y me puse los lentes protectores. El penetrante olor permanecía impregnando las paredes del vehículo. Un olor a muerto. Desistí de usar el overol después de ver que el sol se mantenía en su cenit. Entré nuevamente por el patio trasero. La anciana estaba sentada entre los matorrales, mimetizada junto con los insectos que escondía, como si ella misma también cantara.
Hace quince años que trabajo para la compañía de control de plagas. No tendría más de diecisiete años, y Marta no pasaría los dieciséis. Marta y yo llevábamos apenas unos meses de conocernos. Era, ante los ojos de todos, una muchacha encantadora. No me esperaba que su sonrisa me cautivase desde la primera vez que la hice sonreír.
No llevaríamos más de seis meses cuando me mostró aquel aparato con dos líneas rojas. No hace falta decir que toda la situación fue un revuelo. La escuela expulsó a Marta, y tuvieron que meterla en un convento para que pudiera estudiar. Fue un periodo especialmente difícil. Nos vimos cada vez menos debido a ello, solo la podía visitar los días sábado, y aquellas eran visitas breves, siempre custodiada por alguna reverenda que se escondía a plena vista, y recitaba versos de la biblia en latín. La visitaba, y podía ver el miedo en la cara de Marta, por lo que sabía lo que tenía que hacer, tenía que encontrar trabajo.
Uno diría que conseguir trabajo siendo menor de edad debía ser un reto. Pero la realidad era distinta. En aquel tiempo, podías trabajar cuanto quisieras, siempre que aguantaras la pela, como decían los viejos. Simplemente busqué en uno de esos anuncios de la sección amarilla, y listo: “Se solicita joven con ánimos de trabajar”. Y así de sencillo consigues trabajo matando a los bichos de otros.
Me atrevería a decir que la parte difícil se la llevó Marta. Una cosa es trabajar con diecisiete años, otra muy diferente es quedar embarazada a los dieciséis. Fui yo quien tuvo que tranquilizar a sus padres. Voy a trabajar, les dije, a su hija no le faltará nada, tampoco al bebé. A pesar de esto, sus padres no soportaban ver a Marta a los ojos, y ella se cerró completamente a ellos desde entonces. Después de todo, era tan solo una niña. Yo también lo era, un niño digo, pero la diferencia se sentía mayor entonces. Todo se ve más grande cuando aún eres un muchacho, incluso los años.
Ya tenía un par de meses en el trabajo. Entre cucarachas, termitas y ratones, aprendí que todo trabajo se puede dominar si uno insiste lo suficiente. Había matado mi primera rata el día que Marta me llamó. La vi retorcerse en la trampa de pegamento cuando escuché el teléfono. Soltaba chillidos irritantes, de un ser desesperado y temeroso a la muerte. Se supone que debes acometer rápido, para evitar que sufra. Pero fallé. Golpe tras golpe, aún seguía viva.
Del otro lado de la línea, Marta lloraba por primera vez en meses. Difícilmente podía escucharla, los aullidos de miedo del animal devoraran cada palabra, y la alejaban poco a poco de mí.
—Digo que se arregló —repitió. —ya no hay de qué preocuparse—agregó. Así, sin más. Llegué a pensar que era ella quien estaba deshaciéndose de una plaga.
Yo no pregunté mucho más. Por lo que nunca supe si había sido un accidente premeditado por el destino, o si la premeditación surgía de otra naturaleza. Durante aquella época, Marta ya se mostraba suficientemente afligida, así que simplemente me limité a estar ahí, mantenerme presente por si alguna vez hacía falta. Y como aquella rata, el tema acabó por quedarse inmóvil y en silencio.
El canto de las cigarras parecía hacer vibrar las paredes. Me dispuse a sacar el pulverizador y repartir las gotas de veneno en cada esquina de la casa. Espolvoreaba un poco en los muebles, especialmente dentro de gavetas y almacenes. Es importante no dejar ni un hueco. Eso se aprende temprano en el oficio. Las plagas son escurridizas, quieren sobrevivir, como todos. Si uno les deja un resquicio lo aprovecharán.
Las paredes estaban desnudas, las esquinas cuarteadas. Una cruz pequeña decoraba el lugar, y más atrás, unas estampillas pegadas al marco de una ventana cerrada. En el suelo, apoyado contra la pared, descansaba un cuadro inacabado. La cama matrimonial, grande y corroída por los años, conservaba manchas que parecían mapas: una huella de la vida en conjunto que allí se había gastado. Ahora, la cama parecía pasar frío en aquella habitación vacía.
En medio del salón, un helecho amarillo dormitaba en un matero con tierra añeja. Solo un sofá, separado de la pared, daba algo de presencia. Levanté los cojines y miré debajo: lugar predilecto para encontrar cucarachas o cagarrutas de ratones. Pero todo estaba, sorprendentemente limpio, dando la impresión que la plaga ya se hubiese ido junto con los habitantes.
Estoy acostumbrado a entrar en casas ajenas, la mayoría desarregladas. Uno nunca sabe lo que se encontrará al cruzar la puerta. Muchos clientes tienen casas que la mayoría podría considerar desagradables. El desorden y el descuido es la causa principal. Las plagas suelen aparecer luego. Mientras más tiempo llevan con una infestación, más desagradable suele verse el lugar. Después de todo, si la plaga no se mata a tiempo, se corre el riesgo de dejar morir el hogar que infecta. En esta casa, el hogar ya parecía estar medio muerto.
Hace un mes que Marta no duerme en la casa. Se levantó una noche angustiada, agitándome el brazo y con los ojos abiertos por el pánico: Hay algo en el cuarto, decía, escucho algo, ahí, mira. Yo no me había sacudido el sueño del todo. Revisé el cuarto completo, cada mueble, estante o rincón. Hay un ratón en la casa, dijo Marta, sácalo o no volveré a dormir.
Varias semanas pasaron, meses enteros, con la misma cantaleta. Un ratón en la casa, un ratón que no dejaba heces, un ratón que no roía las bolsas, ni se comía las semillas. Es decir, un ratón que no dejaba rastros. Soy una persona razonable, pido pruebas y lógica. Y puedo decir que en esa casa no había señal alguna de que albergara a un animal. Marta veía cómo los días pasaban sin que hiciera el más mínimo esfuerzo, sin que le demostrara un solo resultado. Entonces comenzó a llenarse de ira.
Yo lo escucho, decía, ¿eso no basta? el coño no me deja dormir. Repetía. Yo en cambio, conseguía dormir fácilmente, hecho que la enfurecía aún más.
Un día, de repente, las quejas cesaron. Una mañana, luego de desayunar, en medio de la más insondable cotidianidad, Marta dejó caer su estamento: Si no encuentras al animal, no volveré a poner un pie en esta casa. Lo dijo mientras recogía los platos, sin hacer escándalo, era lo más normal del mundo. Para acto seguido disponerse a fregarlos sin agregar nada más. Yo encendí un cigarro y me dispuse a comenzar el día. Al volver, Marta ya no se encontraba en la casa.
Desde entonces, la casa respira vacío. Y el sueño, que antes venía fácil, ahora se me niega cada noche.
En una ocasión Camila me acompañó a fumigar una casa. Yo suelo hacer los trabajos solo, y así se lo hice saber, pero la muchacha insistió inquisitivamente ver en persona cómo se deshace de una plaga ajena.
—Me gusta por aquí —dijo Camila cuando llegamos.
La casa estaba muy bien posicionada. No demasiado lejos del centro, pero tampoco inmiscuida en el ajetreo urbano. Entramos con una llave que nos dejó el cliente. Normalmente las personas vigilan celosos cuando un extraño entra a su casa. Pero en el negocio de las fumigaciones es normal trabajar sin que los clientes estén presentes. Quizás sea porque no les gusta ver la peste que guarda las entrañas de su hogar. Como sea, lo más normal es que fumigar sea una labor solitaria.
La casa era grande, de dos pisos, de un blanco deslumbrante. Tenía detalles en madera, como vigas, y muebles. Detalles que, aunque raro, no desentonaban en lo absoluto con la estética modernista del lugar. Camila paseaba por esos espacios de manera tan natural, que parecían suyos. Se quitó los zapatos, pisó la alfombra, y se sentó en la cocina. Se veía totalmente tranquila, apacible y cómoda. Cualquiera diría que había crecido entre aquellas paredes.
—Y entonces —dijo como acordándose —¿Dónde están los bichos?
Así como Camila paseaba, yo me dedicaba a trabajar. Saqué el polvo y lo dispersé por cada uno de los muebles hechos de madera. Saqué los libros de la biblioteca, algunos guardaban larvas recién puestas, así que les pasé un paño húmedo. También desvalijé los cajones y vacié la cómoda. Abrí el espejo del baño, solo había pastillas para dormir, y cremas para la cara. En la cocina los gavetines no tenían más que cucharas, en otros solo platos lisos y platos hondos. Todo estaba repleto de aserrín. Limpié y arrojé polvo en todos los sitios posibles, incluido aquel suelo de madera pulida. Podía ver cómo las termitas salían y entraban constantemente de sus nidos, fabricados con la misma madera de los muebles de esta familia.
—Mira —dijo Camila, sus pasos sonaban como las de una niña que corre descalza por el piso de madera. —Son ellos.
Trajo un retrato con una pareja casada. Él se veía más bajo que ella. Era una buena fotografía profesional. El marco estaba hecho de madera, y una esquina parecía corroída.
—Esto es mejor botarlo —dije —no se puede salvar. Ya es muy tarde.
—Una lástima —dijo Camila —es muy hermoso.
Seguí dispersando el polvo sobrante entre los muebles y los gabinetes de la cocina. La mayoría estaba vacía, con excepción de uno. Al abrirlo estaba repleto de exuvias de cigarra, cuerpos inertes y aglomerados hasta rebosar los límites del gabetin. Por un momento pensé que se movían, buscando recuperar la forma que tuvieron en vida.
Terminé por repartir las gotas envenenadas con el pulverizador. Me cercioré de no olvidar ni un solo rincón. Luego saqué el termo nebulizador, le conecté la manguera, y me dispuse a liberar el humo. Como una niebla, se expandía por cada pared, llegando a los lugares más complejos, por el techo y por las grietas de las esquinas imposibles de alcanzar.
Decidí sentarme en el único sofá que disponía la habitación. Eché un vistazo derredor, pero el humo lo borraba todo. El calor parecía calmarse, quizás por el veneno en el aire, pero aun así resultaba insoportable. Saqué mi celular y marqué el número sin pensarlo. Parecía que las cigarras invadirían las paredes, suscitando aquel cántico antiguo que solo los animales más viejos que el hombre son capaces de entender, parecía que de un instante a otro fueran a abrirse paso entre el humo para anidar la casa entera. Entonces, el tono se detuvo.
—¿Sí?
—Soy yo.
—Hola. Sí.
—Quería saber cómo estabas —dije por inercia.
—Ya hablamos de esto.
—Lo sé
—Podemos hablar luego.
—Solo quería saber cómo estabas.
Marta suspiró
—Estoy bien —respondió seca. Tras una pausa agregó —Gracias.
El viento de la tarde entrante removió los setos del patio. Arrulló a las aves y las obligó a abandonar sus nidos. La puerta dio un golpe y se volvió a abrir.
—¿Te paso buscando después del trabajo?
—No hace falta.
—Estoy un poco lejos. Pero puedo salir pronto.
—Ya cuadré un transporte. No te preocupes. Regresa a Casa. Hablamos luego ¿sí?
—¿Segura?
—Sí, cariño
Las cigarras parecían ya estar dentro de la habitación.
—Está bien
De repente la puerta volvió a abrirse de golpe. Esta vez el viento no tenía nada que ver. Desde el umbral, como un espantajo que parecía llevar ahí toda la vida, la anciana se hizo presente.
—¿Ya terminó? —dijo la anciana.
—Casi, estoy asegurándome de que el veneno se mantenga en su sitio.
—¿Eso es necesario?
—Si no quiere que la plaga vuelva, sí, es necesario.
—Ya veo—dijo, echando un vistazo a la habitación— Ya son como las dos de la tarde. ¿Va a querer comer algo?
—No hace falta —le dije— Tengo un compromiso.
—Ya veo —dijo, manteniendo la mirada hacia las paredes vacías. Sus ojos parecían ver más allá de su desnudez. —Pero tendrá tiempo para un café —agregó.
—No lo sé —dije.
—El mejor remedio para el calor es una bebida caliente ¿no lo sabe? —y antes de que me diera tiempo a responder continuó —venga, tengo el café en el cobertizo.
Se escabulló fuera del humo como una visión, pude distinguir apenas una seña invitándome a salir, y a pesar de mis sutiles negativas, la mujer insistió con tal firmeza, que al final, sin saber cómo, ya me encontraba afuera.
Era un sotechado pequeño, o al menos eso daba la impresión al entrar. A diferencia de la casa principal, esta se encontraba repleta de objetos acumulados y descansando en cada esquina. Una pequeña separación permitía pasar a un descansillo en medio de todo aquello. Una mesita y un par de sillas se distinguían, pero no demasiado. La ventana recibía una luz entrometida que cortaba el aire del lugar. El halo revelaba un sinfín de motas de polvo que se escondían en lo más profundo de las sombras de la habitación.
—Solo tengo negro —dijo mientras me señalaba dónde sentarme.
—No se preocupe —aseguré.
—Trabaja muy bien —dijo mientras calentaba el agua —No suelen venir muchos fumigadores de fiar.
—¿Vienen muchos? —pregunté
La señora sonrió y dejó la olla calentar.
—Más de los que quisiera. Mi esposo nunca supo tratar con las plagas.
—Uhm —exclamé
—¿Le parece raro? —la anciana se había quitado los lentes oscuros, lanzando una mirada atenta por medio de dos ojos completamente azules.
—No es eso —dije. Recordé el ratón de la casa —Una casa bien fumigada puede aguantar años, siempre que se cuide, claro.
—Aquí siempre se meten. Por eso vivimos llamando al control de plagas. A los exterminadores, pues. Pero jamás exterminan nada. A los marsupios me refiero.
—¿Y qué son esos?
—¿Marsupios? Llevan aquí desde que nos mudamos, seguramente vivieron mucho antes de que llegáramos nosotros. Y como pinta la cosa, seguirán aquí ahora que ya no estaremos.
Posado frente a la puerta se veían varias maletas apiladas. Al fondo un cúmulo de bolsas y cajas añejadas acaparaban casi todo el espacio.
—¿Se va de viaje? —inquirí.
—Me voy, sí. Esta casa la compramos para vivir juntos. Ahora no tiene sentido conservarla. Solo quería dejarla sin los marsupios, eso es todo. Pasamos nuestros días aquí intentando deshacernos de ellos. Pero bueno, quizás para ellos nosotros fuimos los invasores. Y ahora estarán felices sin nosotros.
No supe qué decir a ello. Otro movimiento oscilaba entre los cojines bordados, libros desgastados y los abrigos de pieles. Daba la impresión de que las criaturas que una vez fueron aún sintieran la incomodidad del calor.
—Ya está el café —dijo levantándose. No tardó nada en colarlo y darme en una de las delicadas tazas.
El café sabía especialmente amargo. Pero eso no me disgustó. Di un par de sorbos y miré por la minúscula ventana. No se veía la casa, ni el patio, parecía que lo único que existía del otro lado venía de una naturaleza salvaje, de aquel origen imperecedero y arcaico que daba forma al monte.
—¿Está casado? —preguntó.
—¿Cómo? —regresé la mirada a la anciana. Pero mis ojos se habían adaptado a la luz de la ventana. Dándome la desagradable sensación de estar hablándole a un vacío en la oscuridad.
—Si tiene esposa. —repitió.
—Tengo —dije, dejando la taza en la mesa.
La mujer apuntó con el índice largo hacia la lóbrega habitación.
—¿Le gusta algo?
No había entendido lo que decía, así como no distinguía aquello que apuntaba, la anciana continuó:
—Párese, vaya a ver. Vea qué le puede gustar.
Me levanté de la mesa. Caminé despacio porque parecía que entraba en una penumbra. Poco a poco los ojos se iban adaptando. Y la anciana seguía.
—Escoja algo. Todo es mío. La mitad ya no la necesito. Ya no le hace falta a nadie.
Las figuras comenzaban a formarse. Líneas y formas caóticamente distribuidas se dejaban ver, como existencias indeterminadas. Luego, lentamente, mientras mejor se adaptaba la vista, empezaban a tener sentido.
Entonces comprendí: no eran meros corotos, sino una montaña de pertenencias acumuladas de una vida anterior. Entre la penumbra, los recuerdos comenzaron a surgir: podía ver fotografías, retratos con un hombre joven, adornos de mesa, plantas en macetas, ropa arrimada, utensilios de cocina, una pila de vasos con decoración, tazas de café, y otras más delicadas, esas eran de té.
— Todo es mío. Era de mi esposo, pero ahora es mío. Ahí, quedan unas carteras, son de España. O pieles, ¿le gusta las pieles? Son de verdad.
En medio de todo, las sombras ahora formadas tenían nombre, y aunque la desconociese, también tenían historia. Entonces un súbito movimiento me cosquilleó el rabillo. Parecía que aquel cuarto respiraba. Podía sentir como detrás de todos esos recuerdos un fantasma ansiaba hacerse presente.
—Ande, escoja, es para su mujer. —dijo insistiendo —A las mujeres no se nos debería recibir con las manos vacías. Llévele algo.
Mi vista aún vacilaba, así que extendí la mano donde veía más movimientos. Saqué un abrigo de piel, no se distinguía color, pero era extremadamente suave.
—Ese lo conseguí en Alemania. —dijo sonriendo —En el noventa y nueve. Lléveselo. Es suyo.
Yo me negué. Pero la anciana no dio espacio para discusiones. Nos terminamos el café, y pude ver al fondo de la taza un pelo, largo, negro, y solitario. Me levanté de nuevo y me despedí. La mujer me sonrió, como quien le sonríe a un gato cuando se despierta. Enrollé el abrigo, y luego de agradecer el café salí del cobertizo.
—Hizo un buen trabajo. —dijo a modo de despedida. —Lo hubiéramos llamado hace años.
La mujer miró hacia otro lado y suspiró. Luego añadió antes de dejarme salir:
—Cuidado con los marsupios cuando se vaya. Les gusta perseguir a la gente que se aleja rápido.
Me detuve en medio del patio. Saqué un cigarro. Lo encendí mientras el sol comenzaba su descenso. El calor comenzaba a diezmar. Las cigarras parecían calmadas. Una pareja de guacamayas había salido de la copa de aquellos árboles de mango, ahora volaban lejos, juntas, las seguí con la mirada hasta que desaparecieron en el brillo del atardecer. Quién sabe hacia dónde se dirigen.
Intenté llamar a Marta desde la camioneta. No había tono. Así que me centré en el camino. A pesar de ser el mismo, la luz lo hacía parecer más amplio, más tranquilo. La tarde elonga todo lo que toca. A pesar de dejar las ventanas abiertas toda la tarde, el olor aún no se había mitigado. Una vez entré a la carretera el teléfono sonó, era Camila, así que no contesté. El camino se hacía más largo de regreso, y el sol parece más lento mientras más se acerca al horizonte. Como si temiera acabar el día.
En medio de la noche acabé por despertarme. Creí escuchar un sonido, pero al abrir los ojos no oía nada, dándome la impresión de que su origen provenía de mis sueños. Pero al mismo tiempo, no podía recordar qué estaba soñando. La cama seguía sola, al darme cuenta la habitación parecía más grande. Intenté pegar el ojo nuevamente, entonces el sonido volvió, así que salí a la sala. Sentí, quizás por el sueño, que salía de nuevo hacia el monte. Estaba completamente oscuro, y un olor punzante sobresalía, conocía muy bien ese hedor, a animal muerto, a carne descompuesta. Agarré la linterna y me dispuse a seguir aquel sonido grotesco. Al bajar la mirada de la mesa, el sonido se detuvo, y unos ojos vidriosos aparecieron de la penumbra. En el suelo, el cuerpo de un ratón partido a la mitad todavía convulsionaba. Unas fauces ensangrentadas se abrían como una trampa afilada. Aunque su cabeza apuntara hacia otro lado, sabía que me estaba mirando. Un marsupio, me dije. Estaba todavía envuelto en el abrigo de la anciana, ahora manchado de sangre oscura y espesa. El olor era insoportable. El cuerpo del ratón aún temblaba en el suelo. Las fauces abiertas volvieron a crujir como bisagras oxidadas. Miré el reloj en la pared. Eran las tres de la mañana. Sabía que no volvería a dormir. Sabía muy bien, que ya se había hecho demasiado tarde.
