Su toalla verde olivo

Alejo de Lejos

No puedo retirar mi libido de objetos equivocados
—y siempre equivoco el objeto—.
Alejandro Castro, «Segismundo»

Salir de su ducha escurriendo agua ardiente. Muy caliente, pero no tanto. Soportable. Sí, debía soportarlo, debía bañarme con agua caliente. Muy caliente, sí. El agua fría no suele ayudar en estos casos, luego la calentura y el deseo es más alto, más grave, más inapagable. Pero apagable, claro, todo es apagable. Sí, sobre todo esto. Por eso me bañé con agua ardiente.

Salir, luego de dejar el jabón recubierto de mí: mi espuma, mi mugre, mi deseo, mis ansias… Había un pelo suyo en él, eso me hizo feliz. ¿De dónde habrá sido? ¿Qué parte de su cuerpo me dejó este regalo? ¡Ah! ¡Qué descuido tan gracioso! No debió haber planeado mi visita a su ducha. Yo tampoco la esperaba. La deseaba, no la esperaba, pero aquí estoy: escurriendo agua ardiente al salir de su ducha. Pero ya no tan ardiente, no. Ya no. Caliente, sí, caliente-caliente, escurriendo de mis cabellos. Pero no escurre mucho, no son tan largos, no. No como los suyos, esos sí son largos. No como esa cabellera lacia que reposa como el aire encima de sus orejas sonrosadas, no. Nada de eso.

Y mira que siempre me pregunté cómo cuidaba su cabello: ¿qué le hacía oler tan bien? ¿qué lo mantiene tan firme y vigoroso? ¿qué es lo que lo hace a él tan él? ¡Ajá, ya lo sé! Ahora yo soy el que huele a él. Ya descifré el secreto de ese champú de menta, el acondicionador de aloe vera y ese jabón sin marca tan suave y resbaloso. ¡Ah! Ahora huelo a él, huelo a él y no tengo opción: huelo a él y él no tiene opción y lo sabe. Él sabe, lo sé. Sé que debe saberlo. Imagino que debe saber que su cabello, negro en la tiniebla de la noche, castaño en el sol cotidiano y pelirrojo al destello de la mañana, me mata de tanto anhelo… ¡Y de envidia! ¡Ah, qué envidia y qué anhelo!

¡Pero nada supera la rabiosa envidia de ver el labial de la novia! Ese que reposa, inocentemente, en un estuche frente al espejo. Y su dueña tan lejos, tranquila, crédula, insospechada de mi amor tan desenfrenado por su marido ¡Ay, no! Marido no, novio. Novios solamente, marido ni pensarlo. Novios y ya, por ahora y no por mucho si Dios quiere. Nosotros, solo amigos. Solo eso. Solo amigos que pasean, que conversan, que salen a jugar fútbol y les sudan las entrepiernas, y ruedan en la tierra uno encima de otro, no en una cama, por desgracia, en el campo, mientras él persigue una bola y yo persigo otras. Amigos, que sudan, sí, sudan mucho y luego pasean y conversan. Pasean en su carro, uno al volante y otro en el asiento de su mujer (¡Novia! ¡Novia por ahora!), pero sin ser marido y mujer, solo amigo y amigo. Pasean, pasean mucho, a veces a pie, nunca en el metro, ahí se suda feo y él solo suda bonito, solo a pie. Conversan, mucho, aunque uno habla más que el otro y el otro solo piensa. Uno piensa mucho, sí, viendo el sudor escurrirse de la melena del otro mientras comen, sí, comen mucho pero no se comen. Eso sí no: hablamos y paseamos, rodamos y sudamos, comemos, pero no nos comemos. Aunque él sí coma, come mucho cuando el labial reposa ahí, inocente.

—¡Ale! —grita desde la cocina— ¡La cena está lista!

Y en mi mente yo le respondo que sí, amor. Sí, mi amor, voy corriendo a comer. A que me comas, como tú comes y solo tú sabes comer. Voy corriendo desnudo, escurriendo agua caliente, que ya no está tan caliente, sino fría. Muy fría y da frío. Mucho frío. Tiemblo. Qué fastidio. ¿Ahora con qué seco este cuerpo de animal rastrero? ¡Trepador sinvergüenza! ¿No te da pena hacer esto? ¡No! ¡Claro que no! ¡A él no le da pena! ¡No! Nunca le dio pena dejarme con estas ansias irrefrenables de su pene… ¡Ay, dios, qué cosas digo! Pensar en esas cosas, en su baño, escurriendo agua fría, sí me da pena. Sí, mucha pena. ¿Y ahora con qué me seco? ¿Con papel de baño? ¿Con ese que posiblemente haya usado para limpiarse el semen del estómago en esas noches solitarias en las que el labial reposa tan inocentemente frente al espejo? ¡Qué calor pensar en eso! ¡Qué calor, pero qué frío!

Y ahí la veo. Veo aquella toalla, verde olivo, como sus ojos si fuesen verde olivo, reposar en un gancho de la pared azul celeste, como sus ojos que no son azul celeste, pero los veo así cuando el sol de la mañana aclara sus marrones ojos negros y el cielo se cuela por ellos, aunque el cielo siempre sea gris, como mi corazón cuando voy en el asiento trasero y el labial se asoma por su cartera, burlándose de mí. Pero no, ya no. Ya no estás ahí. Tú estás aquí, frente al espejo y frente a mí, que miro intensamente su toalla verde olivo colgando de la pared.

La tomo y la huelo, y mira que huele. Huele mucho: huele a él. ¡Qué descuido! No esperaba mi visita y aquí estoy, oliendo su sudor impregnado en la toalla, un concentrado de sus hormonas en un solo lugar. Pero también huele a su champú, a su jabón, a su pelo… Es peluda, la toalla. Peluda-peluda, como él si fuese peludo, pero no tiene tanto pelo, no. Por eso me pregunto de dónde salió el del jabón, por eso me excita tanto. Pero también me excita ese olor que se desprende cuando me la restriego por todo el rostro: ella que se ha paseado por sus brazos, sus piernas, sus pies, su culo, sus bolas… Lo ha hecho tanto y se huele. Lo ha hecho mucho más que yo, que solo me los he topado por casualidad, rodando en el suelo junto a él, por accidente: un resbalón de manos, ¡ups! Disculpa, mano. Disculpa mi mano, que sintió un no-sé-qué por ahí abajo. ¡Ups! Otra vez. Tocar y tocar otra vez, al rodar y caer. Como probar del fruto prohibido, pero sin probarlo, solo manosearlo sin manosearlo, más parecido a cuando caminamos, a pie, y chocamos nuestras manos, un hombro, un codo, algo que no se siente prohibido, pero que es en una zona prohibida, claro, y que yo disfruto tanto.

Su toalla verde olivo, que a olivo no olía a nada, sino a él y su sudor de hombre infiel. Infiel al labial e infiel al amor que siento por él, que come y come mucho, que rueda y se revuelca en la cama de otras, pero nunca con el amigo que lo desea tanto, que lo ama tanto. Aunque más que amor, es fascinación. Más que fascinación es excitación. Una obsesiva excitación porque no puedo tenerle, no puedo amarle ni decirle que me ame. Solo puedo contemplar. Fantasear y desear. Imaginar y soñar. Morirme aquí, en su baño, y ahogar el deseo al salir de su ducha escurriendo agua fría, helada. Aunque ya no tanto, no. El agua la absorbió la toalla y yo solo estoy ahí, deseando. Seco.

—¿Te falta mucho?

Me falta mucho, me hace falta tanto. Yo que estoy tan solo, pero contigo tan acompañado. Pero solo es compañía; compañero; amigo. No me falta mucho aquí adentro, pero podría. Podría quedarme horas viéndome a través de su espejo: pescando su vida a través del espejo e insertándome en ella, dejando yo mis desodorantes y colonias donde está ese labial que todavía se burla de mí. Mi toalla amarillo pastel junto a su toalla verde olivo, champús y acondicionadores distintos, pero el mismo jabón, lleno de tantos pelos. En ese espejo que refleja su vida, podría insertarme yo. Yo podría insertarme en él… En su vida, no en él. No, que él se me inserte a mí. Sí… o no. Como él quiera, como él lo desee. Claro, si él desea, si él quiere. Aunque no quiero que quiera, ya hubiera querido y no ha pasado nada. ¿Será que espera que yo pregunte? ¿Será que espera que yo haga algo? No, no puedo arriesgarme. Ya ha pasado mucho, es muy tarde. Un amor tan cercano, tan cotidiano, tan hermano, es inconfesable porque es muy fácil de arruinarse.

Un amor que brota lágrimas de mis ojos y debo secar con su toalla verde olivo. Este amor que está por dentro y quema demasiado, quema mucho, pero no, ya no quema tanto. Ahora no. Ahora solo está caliente, mucho, pero no arde, solo enternece. Usualmente, como el cielo, es gris, frío, helado, un dolor que se mantiene congelado. Pero ahora enternece, aunque la ternura también duele. Me duele mucho. Arde de nuevo, arde porque estoy saliendo de su ducha, escurriendo poca agua. Ya no es mucha, claro, es poca ahora, y solo se escurre a través de la raya del culo. Poca agua que podría ser otra cosa más espesa y yo sería tan feliz. Pero no cualquiera, no. Tiene que ser la de él, ¡dios mío! ¡¿Por qué no es él?!

—¿Por qué no respondes? ¿Estás bien?

No, podría estar mejor, contigo. Así solo sea una noche, abrazados y, quizá, solo llorando tiernamente. Dormir, morir, quizá soñar, en tus brazos, a tu lado, acompañado, pero ser más que solo un compañero: despertar y que el dinosaurio siga allí, a mi lado, para siempre. Pero no, no puedes ser tú, porque tú eres tú y yo soy yo, tu amigo. Esto es solo un amor, una excitante fascinación que no puedo contarte. Que no puedo contar porque seré yo el enfermo, y no de amor. Un perverso que debe ahogar la ternura con agua ardiente. Un tonto enamorado que debe secarse las lágrimas, con su toalla verde olivo, mientras el labial se burla inocentemente de mi desgracia. Solo puedo confiarle a mi mente, ella no condena. Uno puede juzgarse por dentro, pero no condenarse, aunque yo ya esté condenado a disfrutar este instante y nada más. Quiero disfrutar, así solo sea en este fragmento de vida que se siente como un sueño, solo tu olor en una tela peluda, los retazos de ti y de tu novia en el espejo. Quiero quedarme aquí, en la intimidad de tu baño, al salir de tu ducha sin escurrir agua.

—¿Alejandro?

Abrió la puerta. Chocamos miradas, pero la suya se desvió. Sí, se le desvió. Hacia aquel lugar donde una gota gorda luchaba por no caer. Y no, no era agua. Era más espeso. Era mío, no suyo. Nunca sería suyo.