Avenida La Deriva

Autor: Francisco Camps Sinza

Era la séptima carta que enviaba papá al programa Somos Todos, un concurso nocturno que insistía en probar, como le gustaba decir al presentador, la paciencia del venezolano. El Sr. Oplinio preguntaba, con su voz parsimoniosa, edulcorada, un cuestionario por participante, entre verdades y mentiras, paradojas, intercalando por colores —del magenta hasta el blancoleche, los cuales identificaban a los nueve concursantes—, mientras sus técnicos jugaban con la atmósfera del show. Las primeras cartas de papá con intención de concursar fueron en enero pasado, luego en marzo, mayo, un par en junio y dos en el mes de julio, cuando una mañana cualquiera de un lunes a las ocho de la noche, colocaron una telenovela repetida hasta el hartazgo. Al principio papá se sintió desconcertado, mecía sus cejas apenas blanquecinas, diciendo en voz alta lo que era para sus adentros: «Seguro está enfermo», pero papá no es ningún ingenuo, sabe tan bien como yo que los programas los graban, tienen otro tiempo, así rece a un costado, titilando, el en vivo. Al día siguiente fue lo mismo y de esa forma, continuó el resto de la semana. Para el lunes siguiente, papá preparó otra carta, la leyó en voz alta, como si quisiera convencerse de lo escrito, sin participarme en lo escrito, tratando de corregir algún error que tuviese la misiva. Siempre la comenzaba con un “Estimado Sr. Oplinio”, y finalizaba con “Un fiel seguidor y creyente de Somos Todos”, para estampar su firma oblicua con una cola inclinada hacia la izquierda al término de la misma , firma practicada una y otra vez, inundadas en un viejo cuadernillo. Bajamos al correo, depositamos la carta en la misma agencia, con la señora catira de gruesas cejas y labios muy rojos, fuimos a la panadería, comimos un golfeado y café con leche, y con dos campesinos bajo el brazo volvimos al apartamento. Papá poco salía solo; no sé si era una excusa para cuidarme, o su condición de pensionado, o si en realidad era tan asocial y taciturno como se mostraba. Contadas veces lo vi saludar afectuosamente a alguien en la calle, detenerse a conversar con un amigo, como esa vez que vimos a un hombre de bigotes gruesos, muy alto y con paltó oscuro, ––¡Mario!––, dijo el hombre con sorpresa, papá se abochornó, su rostro cambió por completo, y al abrazo sincero que mostró aquel hombre, él lo respondió con la misma expresión al quedarse sin cigarrillos.

Si ocultaba algo, no lo supe. Él siguió en su empeño por descubrir lo sucedido con el programa. El canal siguió colocando la misma telenovela en el horario del show, y papá duraba días prendiendo la tele a cada hora o consultando la guía televisiva de la semana en el diario El Despertar. No lo cambiaron de horario. Desapareció. La próxima carta de papá fue dirigida al canal exigiendo “una explicación a los usuarios del show por su sorpresiva desaparición”, acentuando la palabra “sorpresiva”, repitiéndola varias veces hasta que, silenciosamente, aparecía en sus labios.

Cada semana nos visitaba la Sra. Juliana, flaca, pelo aindiado negrísimo, limpiaba la casa cada jueves y lavaba la ropa cada sábado. Le gustaba escuchar la radio mientras enjuagaba los pantalones, las sábanas, y uno que otro interior de papá, el cual examinaba como si buscase indicios de alguna noche de escape fortuito. Eso lo entendí después, cuando se ocultaban en el cuarto de la batea, mientras la lavadora resonaba con su soundtrack de chillido impar. Pues bien, una tarde de sábado, mientras ella subía el volumen de la radio al escuchar algún merengue dominicano, tarareando y meneándose con su pantaloncillo corto, papá regresó con un fajo de paquetes, y sacudiendo un sobre blanco en específico. Se sentó en la mecedora, frente a los ventanales. Luego de abrirla, leerla, examinarla con detenimiento, mirar afuera con el entrecejo sembrado de arrugas, complementando lo encontrado en la carta con sus pensamientos, dijo de sopetón: pura basura.

La Sra. Juliana preguntó algo con su desparpajo a las exclamaciones imprecisas de papá:

—El canal se abstiene de responder por el programa —dijo papá con voz apagada— ¡Se abstienen! ¿Puedes creer eso?

Él no se explicó. Ella volvió a la cocina por un vaso de agua:

—¿Sabes de qué habla tu papá? —preguntó pegada a mi oído mientras yo buscaba algo en la nevera.

—No, en realidad no lo sé —dije con calma.

Ella volvió a lo suyo, a menearse con la música e inundar la sala con  aroma a jabón. Papá irritado veía el trajinar de la calle.

Esa tarde-noche llovió como nunca. La Sra. Juliana se quedó con nosotros, primero hasta escampar, luego del aguacero, hasta la mañana. Al ver una tabla de chocolate negro en la nevera, interrumpió el crucigrama de papá y mi mala copia de un grabado de Goya, para preguntar si había pan, ––Encontré éste duro, casi mohoso,  ––dijo. Papá dijo que nosotros calentaríamos el pasticho de la tarde y ella le replicó que la tradición del chocolate caliente era el pan, no pasta con carne apelmazada.

Papá salió con la gabardina vieja, curtida, y un paraguas amarillo chillón (parte de la herencia de mamá). Lo usaba en casos estrictos. Se sentía ridículo al usarlo, como una vez en un parque que prefirió no abrirlo aunque lloviera a cántaros. Él no es de complacer a los requerimientos de otro de buenas a primera, salió sin disgusto y volvió al cabo de un ratico (la panadería del portu Miguel está a una cuadra) con una bolsa gruesa de papel abarrotada de canillas, además de una bolsita de Señoritas, un aperitivo alargado, adornado con piedritas de sal a los costados, crujiente. Tomó dos Señoritas, me dio uno y el resto se lo dio a la Sra. Juliana. Se alegró. Por su reacción

––con un “Gracias mi amor”––, develaba que él conocía sus gustos.

Luego de comer, papá fue al cuarto, cambió las sábanas y puso, del lado izquierdo, donde él duerme, una colcha violácea, limpia, para la Sra. Juliana. También guardó el cofrecito que vomitaba joyas de mamá. Desde esa vez, no vi sus perlas enrolladas en cadenas doradas, ni las sortijas plateadas que gustaba ponerse y que, meciéndose en las tardes, dejaban una estela luminosa en su vaivén.

Antes de dormir, a golpe de las once, vimos una película de vaqueros con John Wayne. Papá veía al hombre hablando desde su caballo sin ganas, perdiéndose en sus pensamientos, mientras que la Sra. Juliana trataba de hablar, interviniendo de cuando en cuando en alguna acción, pero de a poco iba acostumbrándose a nuestras respuestas parcas, automáticas. El volumen estaba alto. Luego del cierre del programa, papá y yo casi no veíamos tele, y cuando él dormía en la sala, iluminado por el resplandor de la pantalla, debía hacerse un esfuerzo para entender lo que decían; se interpretaban las palabras como si mamá estuviese aún en el cuarto, descansando, consumida por estados neurasténicos, por crispaciones violentas. Necesitaba calma. No usábamos el teléfono ni yo podía llevar a Luisito al apartamento. Era muy ruidoso, según papá. Para ese entonces, cada vez pasaba más tiempo en casa, luego del colegio. Luisito dejó de invitarme a jugar con sus muñecos; tenía un Hulk inmenso y un Spiderman con la telaraña saliendo de sus brazos. Se emocionaba jugando; gritaba la transformación de la mole verde, para luego darle una paliza al arácnido. Siempre ganaba. Eso me aburría. Papá tomó medidas serias, como repetía, y se encargó de comunicarse con cada uno de los familiares allegados y amigos íntimos para, tajantemente, decirles que solamente llamaran por medidas extremas. Una que otra vez nos visitó la tía Maite y Cristina, hermana y amiga de mamá y Tomás, hermano morocho de papá. Él se dejaba el bigotico pardo que a mamá le parecía ridículo; me saludaba con un “Hola, carricito”, que a mamá le disgustaba. El resto del tiempo, solamente fuimos nosotros tres.

La Sra. Juliana cabeceaba antes del término de la película, y papá esperó hasta ese momento para decirme que ella dormiría conmigo. La desperté con cuidado, le indiqué el baño, tenía un cepillo de dientes adicional y un paño limpio. Papá tiró un par de almohadas, apagó la luz de la sala, la tele, y se acostó. La luz solacea del cuarto, siempre a oscuras, bañaba la sala.

Ya en la cama, elogiada por ella por lo grande y cómoda, se despabiló, iniciando una charla con una extraña voz baja:

—¿La de la foto es tú mamá, no? —dijo observando el cuadro de la pared.

Asentí. Nos quedamos en silencio un rato.

—¿Dormías con ella? —preguntó mirando el techo.

—Sí —dije— hasta hace unos cinco años.

—Te pareces mucho a ella —dijo volviendo sobre el cuadro. El crucifijo de su cuello hacía ruido al moverse—. Aunque eres tan callado como tú papá. Son muy… cómo se podría decir…  son herméticos. Sí, herméticos.

Volvió a mirar el techo, luego se volteó hasta dar con mi lado.

—Tengo un hijo como tú —dijo bajando un poco más la voz, quebrándose entre palabras—. Tiene ocho años, no tan blanquito ni tan flaco, pero de tu tamaño. ¿Cuántos años tienes?

—Doce —dije bostezando.

—Oh, pensé que tenías ocho, nueve —dijo elevando un poco la voz— Es que te ves tan… menudito.

Ella bostezó, volvió a su posición, acomodó la colcha y entrelazó sus manos a la altura de su pecho.

—Yo no duermo con él —dijo con la misma entonación— tiene su cuarto. Creo que no le gusta mucho estar conmigo. A veces se queda con su papá en Maracay y me pregunto: qué hará, con quién dormirá… Son cosas de madre. A lo mejor tú mamá se pregunta lo mismo, donde esté. ¿Rezas?

—No lo hago —dije irritado.

Mamá sí rezaba, cada noche, en voz baja con las manos cruzadas y tomando un rosario de la mesa de noche. Hacia el final de sus días, dejó de hacerlo. O no lo hizo con la misma ceremonia, acariciando con sus manos pálidas las cuentas del rosario. Si lo siguió haciendo, fue en absoluto silencio.

Parecía que ella también lo hacía o dormía. Cerró sus ojos, inclinó los dedos apuntando al techo y permaneció en silencio. Di media vuelta hacia la pared y no supe más nada de esa noche.

Pasaron dos semanas para que papá recibiera la carta esperada.

Él llegó esa mañana de la agencia. Se disponía a entregar otra carta y por el descuido de la catira, no le hicieron llegar esa misiva almacenada desde hace días; el gerente se disculpó. Sin duda, era una carta misteriosa. Papá regresó azorado, extasiado y a la vez temeroso, por alguna extraña razón. Al término de leerla, tantas veces como para yo leerla de sus propios labios, balbuciendo, dejando muestras de lo constatado, descubrí que era la respuesta del show, seguramente del Sr. Oplinio, poniendo a prueba hasta a sus lectores, con reflexiones, preguntas, verdades a descubrir ––“Si no es verdad es un hallazgo”, decía al final de show–– y meditaciones sobre nuestra condición. Había una dirección: Avenida “La Deriva”. Papá, que había sido policía, se preguntaba dónde quedaba ese lugar; conocía de cabo a rabo Caracas y las ciudades aledañas, y la frustración dio por volver a mecer sus cejas.

Era martes. Él llamó a su antiguo jefe y no supo darle respuesta. Después de unos escasos minutos hablando, recordar infinidad de anécdotas de aquellos tiempos ––papá asentía y repetía: “Sí, cómo olvidarlo”—, el viejito preguntó algo, un lugar llamado “La Mansión”; papá tuvo un atisbo de pista. Pensó en la Sra. Juliana y la historia de su prima caraqueña, bailarina, con dos hijos que perdió, luego prostituta de antros y bares clandestinos, con breve estancia en las “avenidas de noche”: recordaría la Baralt, Bolívar, Libertador, a lo mejor las redadas en aquellos lugares, las prostitutas y transexuales presos, matraqueados y hasta los asesinatos de muchos de ellos, como el de ‘Lucky’ Santos, famoso caso reportado hace un par de años en El Despertar.

Al cabo de minutos, de cavilaciones y preguntas enturbiadas, de imágenes oscuras, retorcidas, sonó el teléfono; era la primera vez que, en mucho tiempo, llamaban. Papá, aguzando los oídos dejó el timbre resonar, como para acostumbrarse nuevamente al sonido, el cual bañó instantáneamente el apartamento. Sería el comandante Aguilar, el viejito de “La Mansión”, o la Sra. Juliana en consonancia con las ideas de papá. ¿Tan a tono estaban los dos? “Mario”, se escuchó como un eco breve, pálido, de voz femenina. Él respondió, era una prima de mamá informando el accidente de la tía Maite. Estaba con su hijo Rubén, en el auto de éste, chocaron. ––Están bien, sólo queríamos que supieran ––añadió––. Carajo, ––dijo papá.

Antes de partir a Valencia, lugar de origen de mamá y su familia,  papá me dijo que tenía una reunión urgente. Revolvió su cajón de la peinadora, buscando algo con afán. Llamó un par de veces, seguramente a la Sra. Juliana. No tuvo respuesta. Bajamos a la panadería de Miguel, él tomó tinto, yo café con leche, me preguntó si quería un golfeado, sólo pensé en que no era lunes, pero que ayer, por distracciones vespertinas, perdimos el hilo de la tradición.

Al tomar el taxi que nos llevaría a la Avenida “La Deriva”, luego de papá preguntarle con parsimonia si conocía el lugar, el chofer asintió con la sonrisa colgada,  recorriendo una y otra calle, serpenteando avenidas, el bullicio, el trajín de la calle, los imitadores de Cecotto cruzando a ciegas los autos y el aire seco que se colaba por la ventanilla, interrumpiendo a ratos la voz del vallenatero retumbando la radio. La ciudad era un constante y autentico jaleo. ––Usté es la tercera persona que me pide llevarlo pá esa avenida ––dijo el hombre mirando por el retrovisor. Buscaba conversación. Papá se limitó a gruñir mientras el hombre volvía, a ratos, sobre nosotros, mientras canturreaba el tema de la radio.

En realidad era un lugar de paso. Al norte, estaba inundada por la avenida Fajardo y la avenida Río de Janeiro, para bifurcar en decenas de opciones, y en una de esas, perdidas en el mapa cotidiano, entre la avenida Manaure y la avenida Mara, se encontraba, sin señalización ni topónimo registrado. No era tan feo. Unos pocos vendedores, como la señora con una especie de sábana añil tendida en el piso, rematando interiores, blusas y pantaletas, se aglomeraban a los costados; apenas algunos edificios grises, pequeños y un árbol de raíces al cielo, peladas, que a lo lejos, parecían las neuronas del libro de biología. ––¿Esta es la “Avenida” señora? ––preguntó papá a la misma vendedora y respondiendo desde el suelo:–– Sí mijo, ¿”La Deriva”? Sí, la conocemos simplemente como “La Avenida”. ¿Qué busca?

Papá no contestó. Y yo, que no sabía por qué estábamos allí, tampoco tenía nada que decir. ––Ah, es allí, gracias ––dijo, echando a andar. Lo seguí. En efecto, a unos pasos de la señora, que debió seguirnos extrañada con la mirada,  estaba “La Mansión”. El portón estaba cerrado y papá llamó desde allí, hasta que corrió su voz por ese pasillo lúgubre y angosto. ¿Alguien vivía acá? Seguramente era el lugar más tranquilo de Caracas. Recorrí la calle, avisos de recauchadora, herrería, santamarías cerradas. Papá fumaba frente al edificio con las A borrosas. Tenía balcones bonitos, el del lado derecho con flores (no supe cuáles, estoy raspado en floricultura), el que seguía desnudo, con sus rejas oxidadas. Papá sacó de su chaqueta desteñida la carta; leyó con atención y vio la hora en su reloj. ––¿Ni una floristería? ––preguntó calando el cigarrillo––. ¡Ni una panadería! ––Después de recordarme comprar azucenas al regreso, antes de ir a Valencia, contarme un chiste de la tía Maite, su risa escandalosa, la cual, extrañamente, inquietaba y regocijaba a mamá, un hombre de barba gruesa abrió el portalón, tenía un sinfín de llaves en su manojo, y casi susurrando: ––¿Mario Contreras?, ––Sí, el mismo.

No se me permitió entrar al cuarto. La excusa, además de ser un niño, era el carácter secreto de la reunión. En ella estaban el señor de barbas con llaves, un hombre con voz edulcorada como la del Sr. Oplinio y tres sombras de tipos altos junto a papá. El señor de barba me dio un vaso de agua y me preguntó si quería quedarme en el pasillo, más caluroso que afuera, y le dije que salía. Papá se asomó: ––No te pierdas. ––Volvió a entrar. Cerraron la puerta. El señor de barba abrió el portalón. Me observó detalladamente; pude ver el candado de canas asomadas en su barba, salí, y cerró nuevamente. Prefería dar una vuelta, tenía un par de billetes en el bolsillo, buscar una cafetería o simplemente quedarme viendo el trajín de la calle.

En esas dos horas de espera imaginé un sinfín de cosas de allá dentro, «¿Qué diablos tendría que ver papá con el Sr. Oplinio?»,  pero el bululú que armaba en mi cabeza, fue interrumpido por las señas y siseos de la vendedora de la sábana añil. Ella, tal vez para matar el aburrimiento, jugaba a las cartas. Al acercarme, pude observarla con mayor detenimiento: tendría unos cuarenta y pico, se dibujaban algunas canas en su melena castaña, y el color de sus ojos como el de su piel, eran avellana.

––¿Qué haces ahí solo carricito? ––dijo tendida en la sábana, mirándome a ratos, mientras lanzaba unas cartas sobre un short pardo. “Carricito”; a lo mejor se dibujó en mi rostro el desdén de mamá al escuchar esa palabra; se replegaban algunas arrugas en su entrecejo y en sus mejillas. No supe qué responderle, por la plena ignorancia en la que estaba, el azar de estar allí, parado frente a ella, o el simple hecho de no querer hablarle a una desconocida. Nunca me he sentido cómodo con las chácharas que nacen de la absoluta nada. ––¿Eres mudo? ––dijo––, aunque no tienes pinta, ––añadió. Ella siguió sumando carta sobre otra, un sol, una luna, una calavera––. Ven, siéntate y te leo las cartas.

Hay dos muertos, dijo en tono melodramático. Describió los rasgos de alguien que podría ser mamá, y luego nombró otros rasgos de un hombre cincuentón. No hablé. El resto de lo que dijo no lo oí y, por mis ademanes impacientes, supo de mi poca atención para con ella. Nadie se asomaba por los balcones, ni el florido ni el desnudo. Se bamboleaba una cortina violácea. La vendedora dejó de manipular las cartas, y una, de figura extraña, salió a relucir; la sostenía en sus manos tostadas, huesudas: ––¿Sabes quién vive allí? ––No ––respondí.   Me miraba intensamente, barajeó las cartas y volvió a echarlas. Me contempló por instantes, sin parpadear, tratando de buscar, extraer algo bullendo de mi cabeza. ––Como no puedo saber nada de ti, mejor me las leo a mí misma, ––dijo. Quise preguntarle por el desenvolvimiento de la reunión arriba, pero era un asunto ridículo; nadie más que ellos, los involucrados, entre esos papá, podían responder. Y sé que no tendría el valor para preguntarle a él. Había tantas preguntas. Hasta pensé en escribirle cartas, anónimas, inquiriendo las dudas agolpadas, sospechas que requerían ser dilucidadas, o al menos, asomadas. Pensé nuevamente en las palabras de la Sra. Juliana: «Te pareces mucho a ella». Pensé: ella no era tan cobarde. Por cada carta echada por la vendedora, relataba una historia de su vida. Nada pasaba. Me parecía ridículo estar allí, aunque estaba de paso. El cielo seguía azul y una nubecita, a lo lejos, se deshilachaba. Hacía calor: ––ésta es por mi hijo muerto, Miguel, ––dijo––. Sé que me cuida, me resguarda. Estaba embromado, lo sé, pero lo culparon de algo que no hizo. ––Pensé: insospechado. Esa palabra se quedó un rato conmigo. Me imaginé a ese Miguel con los ojos avellanas, profundos, la piel parda, flaco como ella y de pelo prieto. Siguió: ––lo llamaron una noche. Estaba con su mujer, el hijo, y yo cocinaba. Algo sentí mal. Ésa mañana me salió una carta feísima y el café de tempranito me había dejado una mancha rara en la taza. Lo llamaron. Se vistió, besó al niño que dormía y me miró como si se despidiera; atendió el llamado del señor. Lo encontraron al día siguiente en un monte, tirado como si durmiera. ––Los ojos de la vendedora parecían contener todo el llanto del mundo. No lloró. Volví sobre el balcón. Es de mala educación mirar a las personas afligidas. Su dolor es suyo. Nada podemos hacer.

Papá bajó al cabo de un ratico, mientras la vendedora recogía sus cosas y las guardaba en un gran bolso verde. Ella guardó las cartas en el bolsillo del jean roído, y me preguntó dónde vivía. Me dijo su lugar de residencia y no le pregunté nada. Se despidió y caminó hasta doblar la avenida. Papá estaba igual, despreocupado, como si nada hubiese ocurrido y en vez de verse con esos hombres extraños, exultado, atemorizado o lleno de tantas interrogantes que podría leer de sus labios, estuvo como si hubiera visitado el mercado y no consiguió los duraznos para el jugo de la tarde. Caminó, miró el lugar, su rostro se afligió por tanta soledad o por algo desconocido. Mientras nos adentramos al cruce de la avenida, como la vendedora acaba de hacer, llamar a un taxi e indicarle la dirección de destino, entrar al auto y perdernos de aquel lugar, dije: ––¿Ese era el Sr. Oplinio? ––Papá no disimuló su cólera. Odiaba las interrogantes. O, lo que realmente odiaba, era justificarse. Se concentró en mirar la calle. De a golpe, oscurecía, y el cielo azul pasó a violáceo. Una sola vez le pregunté algo a papá, algo de carácter serio. Tenía unos siete años y repetí algo que escuché en algún programa, donde un hijo le preguntaba a su papá, también policía, si había matado a un hombre. Cambié hombre por malandro, o choro, ya no recuerdo bien. Todavía me queda la impresión del enojo de papá; había recién llegado a la casa: tumbado en el mueble, en franelilla y con el pantalón oscuro con dos franjas amarillas, verticales, a los lados; esperaba la comida de mamá. Desde la cocina, olía a carne, salsa y papas, además se sentía la humedad del arroz. Se inmutó. Su enojo le da por quedarse completamente absorto, mientras se pliegan arrugas en su entrecejo. Fue al baño, y al regreso, vio el plato que mamá sirvió para él y lo estrelló contra el piso, agarró su franela y volvió a la calle.

Seguía mirando la calle, árboles oscuros, postes chorreando luz amarilla, otros sin luz, como centinelas oscuros. Un río de gente cruzando mientras los semáforos titilan, el Ávila al fondo, moles de metal en lo alto apenas iluminándose y los cerros prendidos desde hace rato. Papá ya no tenía canas en su nuca; había vuelto a ser aquel hombre de pelo azabache. Antes de bajarnos, papá dijo algo; la radio y el ruido de afuera lo interrumpieron. El locutor de voz carrasposa comparte alguna medida del gobierno y los motorizados pasan a nuestro lado anunciando su trayectoria. ––Era la televisión ––logré escuchar––. Vi un programa inédito de Somos Todos, ­­––dijo.

Al cabo de un rato de llegar al apartamento, salí sin avisar. Papá estaba en la cocina, subió el volumen de la radio, y se replegó un fuerte olor a cebolla quemada. Sonaba una ranchera, que volví a escuchar en la panadería del portu Miguel.

—¿Lo mismo? —preguntó al verme con su acento particular.

—Lo mismo —me limité a decir. Frente a mí, estaba un hombre con las descripciones del hijo de la vendedora. Me observó. Su mirada era profunda, triste; como la de ella. Volví al llamado del portu Miguel, y a su pregunta, respondí que papá estaba arriba, descansando. El hombre volvió a mirarme; llegó su mujer con un niño en brazo y un ticket que dio a la hija de Miguel, y ésta le entregó una bolsa gruesa con pan y un litro de leche. Salieron y se perdieron en la oscuridad. Afuera, un chorrito de luz solacea bañaba la acera. Pasaban señores con sus perros y chicos charlando. La noche se adentraba en una cotidianidad insulsa.

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